Capítulo cuarenta y tres
Capítulo Cuarenta y Tres
L o miro con la boca abierta, intentando asimilar lo que estoy viendo: Tito lleva el inconfundible atuendo rojo del capitán Sombra, mi héroe.
Y eso significa que fue él quien me rescató del Aullido y me reunió con mi familia.
El pirata considerado que se tomó la molestia de buscar mi distintivo, justo después de cortar la soga que estuvo a punto de ahorcarme…
era el mismo príncipe al que tanto detestaba, el chico al que le he deseado la muerte un número incontable de veces.
Recuerdo de repente lo que me dijo aquella noche en el jardín: «Tengo la sensación de que nos conocemos desde hace mucho».
¿Cómo he podido estar tan ciega? Los tatuajes de las manos, el arma que tenía escondida en la manga, el nombre…
Debería haberme imaginado que el pirata más icónico de mi época era un cribasangres.
Por todas las Estrellas…
Acabo de caer en que también es el informante de Will. Cuando le hablé sobre el capitán Sombra y le dije que se había ofrecido a llevarme consigo… él ya sabía que era Tito quien se ocultaba detrás de la máscara.
Me giro sin mediar palabra y paso por delante de Will a toda prisa.
—¡Aster! —llama él con suavidad, pero no me doy la vuelta.
Me abro paso entre las dos puertas que dan al alcázar del barco, y el esfuerzo reaviva el dolor familiar del hombro, que me manda una punzada directa al corazón.
Avanzo a trompicones hasta que me acostumbro a la brillante luz del exterior.
El Cazaestrellas está en pleno ajetreo, lleno de gente que grita y ríe por todas partes.
Pero el silencio de mi mente se traga las voces cuando veo aquello con lo que he soñado desde hace tantos meses: el mar del Oeste se extiende en todas las direcciones, hasta el mismísimo horizonte. Estoy en mi océano. Estoy en casa.
Al respirar el aire fresco y salado, siento que despierto del todo por primera vez en mucho tiempo.
La sensación me empuja a bajar por la escalera y asomarme por la borda.
Me aferro al áspero pasamanos de madera y dejo que el frescor del agua me bese la cara.
Por un instante, me convenzo a mí misma de que he vuelto al Crealuz, de que me daré la vuelta y me toparé con mi familia, sonriente, feliz y unida.
Pero el momento pasa tan rápido como llega, y lo único que queda en su lugar es una pena tan inmensa e inabarcable como el propio océano.
—¡Oye, baja de ahí! —chilla alguien.
No he tomado la decisión consciente de subirme al pasamanos; es como una idea que lleva mucho tiempo asentada en mi mente, una reacción tardía que empezó a gestarse en cuanto me separaron de mi querido océano.
Me agarro a la jarcia sin pensármelo dos veces y saboreo la brisa que me agita la melena, muy similar al viento que me acariciaba la piel cuando cabalgaba por los campos con Cáligo.
Cuando cierro los ojos, casi puedo fingir que estoy en la mansión Bludgrave, en la cocina donde me espera mi padre, en el comedor donde Dorothy y Henry cruzan miraditas secretas, en la habitación donde Elsie y Annie pintan cochecitos de madera, en los establos donde Albert acompaña a Jack por las mañanas y las tardes, en los lugares donde estamos felices, seguros y llenos de esperanzas de futuro.
Se me encoge el corazón al pensar en todo ello, en mi otro hogar.
De repente, la daga se me resbala y desaparece entre las olas de abajo.
—Sujétame el sombrero —dice Tito en alguna parte, pero yo suelto la jarcia, dejo que el aire me empuje y me zambullo de cabeza en el mar.
No atravieso la superficie, sino que el agua me envuelve con delicadeza y me recibe con brazos abiertos.
En realidad, el océano siempre ha sido bueno conmigo, como si supiera que era una cribasangres y merecía un trato distinto.
Por alguna razón, eso no me hace sentir especialmente bien, menos aún cuando miro arriba y veo otra silueta borrosa entre los remolinos de burbujas: Tito, otro cribasangres que se ha ganado el favor del mar, se sube al pasamanos y salta al agua sin vacilar ni un instante.
En vez de alejarme a nado, dejo que la corriente me siga hundiendo, por mucho que me ardan las piernas.
El océano es lo único que puede deshacer esta pena insoportable; el agua es lo único capaz de curar las heridas profundas y rezumantes de mi corazón, donde han quedado grabados los nombres de mi padre y mi hermano, como un recordatorio cruel de todos mis defectos: no soy lo bastante rápida, ni lo bastante implacable, ni lo bastante valiente.
¿Cómo esperaba salvar a mi padre o a Owen? Ni siquiera fui capaz de salvarme a mí misma cuando los tripulantes del Aullido me ataron aquella soga al cuello.
Suelto un bufido de ira, que se convierte en burbujas de aire malgastado.
Odio que me haya mentido tanta gente: Will, que solo pretendía aprovecharse de mi maldición; mis padres, que me han ocultado mi pasado; Tito, que se hizo pasar por una persona completamente distinta.
Pero lo que más detesto desde el fondo de mi alma es que me tragué todos y cada uno de esos embustes.
Empiezo a notar presión en las sienes, y se me va nublando la vista.
Sopeso la opción de rendirme y permitir que el agua me inunde los pulmones, que el océano me arrastre a las profundidades.
Pero, justo entonces, aparece ante mí una capa corta de color escarlata que parece fluir como la sangre por el agua.
La figura se quita los guantes y deja una mano tatuada flotando entre nuestros cuerpos.
No aparta esos ojos azules de mí ni un segundo, como si estuviera tomando nota de la manera en que tenso los músculos cuando acerca los dedos.
Frunce el ceño al rozarme la piel con las yemas y acariciarme la mejilla con la palma callosa.
Después posa los ojos en mis labios, todavía más atento.
En el mismo instante que entreabro la boca y suelto el poco aliento que me queda, Tito pega sus labios a los míos y me rellena los pulmones de aire.
Cuando noto el tacto de su boca, el océano entero palpita, y él se separa de mí bruscamente. No, no se ha separado: el agua lo ha empujado hacia atrás.
De un momento para otro, el mar se torna tan oscuro que ni siquiera el sol consigue penetrar en la superficie.
En un primer instante creo que todo es obra mía, que he sido yo quien ha apartado a Tito.
Pero luego reparo en el manto de polvo dorado que me rodea, como las innumerables estrellas del cielo, y comprendo que esto se sale de mis habilidades.
El agua comienza a formar una especie de torbellino, revolviéndose a más velocidad cada vez.
A pesar de la profundidad a la que estoy, el remolino me encierra en una burbuja de aire, justo en el centro del vórtice.
Caigo de rodillas en la arena rocosa del fondo del mar, jadeante y sola.
—¡Tito! —grito con voz ronca.
Intento meter la mano en el ciclón de agua oscurecida que me envuelve, pero la retiro en cuanto rozo la superficie de la imparable corriente, por miedo a que el agua no me suelte nunca si llega a tocarme.
El polvillo dorado brilla en el aire como miles de hadas. Me levanto y me dispongo a agarrar un puñado, pero entonces…
— Hija del mar .
Al oírse esa voz incorpórea de mujer, el rugido del torbellino cesa y el fulgor de las partículas doradas se intensifica todavía más. Ahora iluminan el suelo marino, donde la empuñadura de mi daga refulge como si estuviera hecha de luz solar.
Cuando la recojo, el metal me calienta la mano.
El polvo dorado continúa brillando por toda la burbuja de aire que me rodea, como un manto de luz deslumbrante. Poco a poco va tomando la forma de una mujer, tan reluciente que no puedo mirarla directamente. Me pongo la mano de visera y me encojo levemente.
— La reina de este mundo ha despertado, aquella que acecha entre las sombras y devora la luz. Solamente la sangre puede curar la tierra. Solamente la verdad puede enmendar el pasado .
—¿A qué se refiere? —pregunto con voz rota—. ¿De qué verdad habla?
— Elige tu destino, hija del mar. Arrodíllate ante la oscuridad o conquístala .
Reprimo las lágrimas y aprieto los puños.
—¡Pero si estoy maldita! ¿Cómo diantres voy a conquistar nada? ¡Ni siquiera puedo doblegar mi propia oscuridad!
La silueta femenina me toca la mejilla, un gesto que me abrasa como el fuego.
— ¿Quién eres, Aster Oberon, y por qué has olvidado tu luz?
¿Quién soy?
Soy Aster Oberon, la prisionera maldita de una tripulación caníbal.
Soy la hermana de un joven asesinado y la hija de un padre martirizado.
Soy una pinche de cocina forzada a trabajar por contrato en el hogar del enemigo.
Soy una rebelde, el arma perfecta para ir contra la Corona.
Soy una chica enfadada consigo misma por haber malgastado el tiempo extrañando a Will, cuando tendría que haberme centrado en luchar contra el Gremio de las Sombras; enfadada con mi madre por las mentiras que me contó sobre el mundo y mi lugar en él; enfadada con Owen por creerse que podría manipularme para que me uniera al ejército de los secuaces.
—¿Y si no lo sé? —replico, entornando los ojos en un intento de discernir los rasgos dibujados en la luz cegadora—. ¿Y si no soy quien pensaba?
El polvo traza algo muy parecido a un rostro. Aunque no lo reconozco, me resulta familiar igualmente. La mujer de luz me seca una lágrima de la mejilla, y su tacto es como una caricia del propio sol.
— Eres quien tú decidas ser .
Al oír eso, una sensación cálida y ancestral aflora en mi pecho.
Cuando los cruzanoches me capturaron y el capitán Sombra se ofreció a llevarme a consigo, a protegerme y devolverme la libertad, elegí quedarme con mi familia y afrontar lo que nos deparara el futuro.
Cuando los secuaces invadieron la mansión Bludgrave, elegí luchar contra ellos, aunque en apariencia no tuviéramos muchas probabilidades de ganar.
Cuando el veneno amenazó con vencerme, elegí vivir a pesar del dolor, la pena, las mentiras y todo lo demás.
Ya me he enfrentado a la oscuridad en otras ocasiones, y siempre la he conquistado. Puedo elegir hacerlo otra vez.
—¿Y quién es usted? —pregunto estirando el brazo hacia ella, dispuesta a tocarle la cara para palpar aquellos detalles que no logro ver.
— Ya sabes cómo me llamo . —Retira la mano y, ante la ausencia repentina de su calor, un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Luego me susurra algo con voz amable pero firme, como una especie de recordatorio o un juramento solemne—: El Rey Verdadero lo ve todo .
Un instante después, la figura se desvanece y vuelvo a quedarme sola.
El rugido del agua se intensifica de nuevo hasta alcanzar un nivel casi ensordecedor, y el polvillo dorado me eleva hacia la superficie girando a mi alrededor como un ciclón de luz.
Aferró la daga tan fuerte como puedo, decidida a impedir que la embravecida corriente me la arrebate.
— Palomi havella dinosh beyan .
La voz de la mujer resuena por encima del incesante bramido del torbellino, que sigue empujándome hacia arriba, cada vez más rápido.
Nada más sacar la cabeza al otro lado de la superficie, tomo una bocanada desesperada de aire. Dos pares de manos me agarran al instante y me suben a un bote de remos. Vomito varios chorros de agua y me pongo bocarriba, con la daga bien resguardada entre mis manos.
Will y Tito me contemplan con la respiración agitada, y detrás de ellos se extiende un cielo tan oscuro como las profundidades oceánicas de las que he emergido.
Todavía era por la mañana cuando me zambullí en el agua, pero ahora son las estrellas las que centellean en las alturas, más bien sosas en comparación con el polvo dorado que me tenía encerrada hace unos segundos.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto, debilitada.
Tito y Will cruzan miradas serias.
—Has estado doce horas dentro del agua —responde Will con voz rota, apartándome el pelo de la cara mientras me estudia con la mirada escrutadora de siempre—. Tito podía verte… percibía que seguías viva…
—Traté de sacarte un montón de veces, pero…
—Tito sacude la cabeza. A la tenue luz del farol, sus ojos azules adquieren un brillo vidrioso e incluso atormentado.
No sé qué ha sucedido a lo largo de las últimas doce horas, pero está calado hasta los huesos y tiene diversos mechones de pelo rubio pegados al rostro.
Ahora me repasa de la cabeza a los pies, observando cada parte de mi cuerpo menos los ojos.
Se me acaloran las orejas al recordar el tacto de sus labios sobre los míos—.
No conseguí llegar a ti. No nos quedó otra que esperar.
A juzgar por su expresión, deduzco que habría estado dispuesto a esperar en este bote todavía más tiempo.
Doce horas… Para mí apenas ha transcurrido un minuto. Y la mujer… ¿Es posible que me la haya imaginado?
« Palomi havella dinosh beyan »: se avecina el juicio final. A estas alturas he oído esas mismas palabras en boca de humanos, secuaces, mitos y cruzanoches.
Le echo un vistazo a la daga, que sigue brillando, aunque con menos intensidad de la que tenía debajo del agua.
Miro a Will a los ojos, cuya preocupación no logra ocultar del todo el destello de diversión que arde en el fondo de esos iris verdes.
Es como si supiera lo que ha ocurrido en las profundidades, lo que significa todo esto.
Por primera vez, creo entender la pregunta que siempre parece hacer con la mirada. Y también puedo intuir la respuesta.
Will sabe que no me marcharé del Castillo Sombrío hasta que haya derramado toda la sangre necesaria, hasta que haya encontrado a Morana y la haya derrotado, hasta que la haya obligado a darme una cura para salvar mi vida, la de Will y la de Owen.
Y, una vez que los secuaces hayan caído, los monarcas pagarán por las atrocidades que han cometido contra mi pueblo, contra mi familia, contra mí.
Cuando lance mi ataque, el rey, la reina y todos aquellos que hayan apoyado sus crímenes se enterarán de quién soy realmente.
Porque soy aquello que más temen, el monstruo que acecha entre la oscuridad.
Soy el juicio final.