Capítulo uno #2
Owen y yo nos encontramos en medio de un círculo conformado por seis cruzanoches, cuyos estoques están hechos de un metal más oscuro que cualquier otro; el hierro negro de las espadas parece emitir destellos violetas, verdes y azules.
Todos llevan unas capas tenebrosas poco adecuadas para la vida en altamar y esconden el rostro entre las sombras de las capuchas.
Aun así, me han contado las suficientes historias para saber que están desfigurados.
Según las típicas fábulas de las abuelas, pensadas para que los niños se asusten y no se atrevan a portarse mal, los cruzanoches tienen una piel cetrina, unos dientes puntiagudos y unos ojos que cambian del negro más abismal al rojo de un fuego ardiente.
No obstante, los mitos y las leyendas no pueden arrancarte un trozo de carne de un mordisco, mientras que los cruzanoches de verdad sí lo hacen.
Es por ellos que la humanidad huyó al mar hace seiscientos años.
Después de la Caída, los cruzanoches se apoderaron de nuestras tierras y nos cazaron hasta dejarnos al borde de la extinción.
Se suponía que el océano nos protegería, que ellos no podrían seguirnos.
Sin embargo, a medida que crece el comercio entre Barbarie —un reino situado en la costa oeste de Temor— y las Tierras Domadas del este, cada vez se avistan más barcos de cruzanoches cerca del Aciago.
Han empezado a perseguirnos de nuevo, y esta vez no nos queda ningún lugar al que ir.
Trago saliva y le echo un vistazo a nuestro navío. ¿Seguirán vivos nuestros padres? ¿Habrán oído los chillidos de Elsie?
El corazón me late con tanta vehemencia que me noto el pulso en el cuello, y percibo que Owen tensa los hombros detrás de mí.
Evoco las muchas veces que hemos acabado en esta tesitura, espalda con espalda para enfrentarnos al enemigo.
Pero normalmente ya estaríamos riéndonos.
¿Por qué no ha soltado ninguna carcajada aún?
—Lo siento —susurra rozándome el codo con el suyo.
Sé lo que significa ese gesto: cuando perdamos la batalla, algo que se ha vuelto inevitable, no permitirá que los cruzanoches me capturen.
Me matará antes de que puedan ponerme la mano encima.
Si estuviéramos luchando con un clan enemigo, esa promesa me reconfortaría: morir rápidamente a manos de mi hermano sería una bendición. Pero ahora mismo solo consigo pensar en Elsie hasta que se me revuelve el estómago. Si todos caemos hoy, ¿qué será de ella?
Subo la mano libre al medallón que me cuelga del cuello y acaricio la calavera y las dagas cruzadas grabadas en la moneda de bronce.
Se la robé al pirata que me rescató del Aullido, pero solo para comprobar que no era una visión febril.
Algunas noches, cuando me despierto atenazada por el miedo, agarro el medallón para recordarme que salí de aquella pesadilla.
Ahora, cuando toco el símbolo de la muerte, me viene a la cabeza lo que dijo aquel pirata mientras yo luchaba por mantenerme consciente: «No es la hora de morir, querida. Tienes que vivir. No lo olvides».
La muerte es la salida más fácil. Para salvar a Elsie y al resto de mi familia, tengo que sobrevivir. Si no protejo a mi hermanita del destino que hayan planeado para ella los cruzanoches, ¿quién lo hará?
—¿Y qué pasa con la isla Roja? —comento dándole un codazo a Owen, sin quitarle ojo al círculo de cruzanoches que se va arrimando a nosotros—. Habíamos quedado en encontrarla juntos.
Owen tuerce la cabeza para estirar el cuello y suspira hondo.
—Creía que habías tirado la toalla.
—Ya deberías saber que no me rindo tan fácilmente —contesto, y luego cambio el peso de un pie a otro para ponerme en una postura defensiva.
Son muchos los piratas que cuentan leyendas sobre la misteriosa isla Roja, un refugio para marineros oculto en algún lugar remoto del Aciago, ese trozo de océano en el que pocos osan adentrarse.
Owen lleva años rogándoles a nuestros padres que salgamos a buscarla, pero ellos se niegan.
«No es más que un mito», le dicen siempre.
Aun así, él cree en su existencia, y yo también.
—Entonces, tendremos que ir juntos —acepta él con voz sonriente.
A continuación, Owen se lanza hacia delante y yo me dejo llevar por la danza de la batalla.
Me muevo con ligereza mientras me bato en duelo con dos cruzanoches, y no me cuesta demasiado evadir sus estocadas. La pesadez de las capas que visten me da ventaja, puesto que, combinada con las sacudidas constantes de las olas, impide que ataquen con acierto y con rapidez.
Cada choque entre las armas de metal hace que me tiemble la mandíbula, y aprieto los dientes para soportar la vibración.
Por mucho que ellos no estén acostumbrados a luchar a bordo de un barco, yo no soy rival para un cruzanoches, y mucho menos para dos.
Mientras que ellos tardan más en cansarse, yo tengo que aunar todas mis fuerzas para devolverles cada golpe.
—¡Aster! —chilla Elsie.
Solo me desconcentro un segundo, pero el enemigo no necesita más. En cuanto giro la cabeza para localizar a Elsie entre el caos, el cruzanoches más cercano se prepara para clavarme el estoque en el corazón.
No soy lo bastante rápida.
Pero Owen sí.
Mi hermano salta hacia mí, con tanta fuerza que me derriba, y desvía el ataque a tiempo. Me tropiezo y aterrizo sobre un montón de cadáveres. Él ha derrotado a cuatro cruzanoches, y yo ni siquiera he podido con dos de ellos. Si salimos con vida de esta, me lo recordará hasta el día que muramos.
Apenas me da tiempo a incorporarme porque unas manos enormes me agarran del cuello y me levantan. Se me nubla la vista, y el alfanje que sostenía cae a la cubierta. Muy a mi pesar, se me escapa un gritito estrangulado.
Esta vez es Owen quien se da la vuelta.
Sus ojos, colmados de bondad, se cruzan con los míos al instante. Y luego se abren como platos al tiempo que una mancha carmesí se propaga por su pecho.
Uno de los cruzanoches retira la espada, empapada ahora de sangre, y Owen se desploma de bruces.
Quiero gritar, pero las manos de mi captor no dejan de asfixiarme. Por mucho que las lágrimas me emborronen la silueta de Owen, no aparto la vista de él en ningún momento. Mi hermano mayor, mi mejor amigo, ha muerto. Y es culpa mía.
«Acaba conmigo de una vez», ruego para mis adentros, deseosa de ponerle fin a mi vida. Pero, nada más pensarlo, la vergüenza me hunde las garras en el pecho. «¡No!», me grita. Elsie y el resto de la familia me necesitan. Tengo que seguir luchando. Debo sobrevivir.
Forcejeo a patadas, pero cada vez noto más presión en el cráneo, como si los ojos se me fueran a salir de las cuencas.
Justo cuando el mundo empieza a oscurecerse ante mí, alguien me tira al suelo.
Me apresuro a agarrar la manga de Owen y araño la áspera tela como si eso pudiera despertarlo, como si se hubiera quedado dormido y nada más.
—¡Levántate! —le chillo—. ¡Tenemos que ir a la isla! ¡Tú y yo, juntos!
—¡Déjalo! —brama una voz ronca.