Cruzanoches Capítulo uno
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Cruzanoches

Cruzanoches

Por R. M. Gray

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Capítulo uno

Capítulo Uno

N o soy lo bastante rápida.

Para cuando oigo la campanilla de alarma que anuncia el ataque, Owen ya va armado y sube corriendo la escalerilla entre cubiertas del barco de nuestra familia.

—No te preocupes, ratoncita —dice mi hermano lanzándome una sonrisa burlona por encima del hombro mientras se guarda la jota de tréboles en la manga; la considera su naipe de la suerte.

Los mechones trigueños de su flequillo le rebotan sobre los ojos pardos con cada paso—. Seguro que te da tiempo a hacer algo.

Tras soltar un gruñido, empiezo a meter dagas y pistolas en todas las fundas y cartucheras que llevo atadas al cuerpo.

—¡No eres más que un pirata codicioso! —le grito con una sonrisilla desdeñosa.

Owen, el mayor de los siete hijos que componemos esta familia, siempre se hace con la gloria de arrebatar la primera vida enemiga y recoger el mejor botín.

Pero yo nunca me quejo, y el resto de mis hermanos y hermanas tampoco, porque nadie es más capaz de proteger lo que nuestros padres han construido con tanto esfuerzo: un hogar en el mejor navío que podría imaginar cualquier pirata, donde los nueve miembros de nuestra familia tenemos libertad para navegar por el mar del Oeste, a salvo de los monstruos que campan por tierra firme.

Reviso las armas con rapidez y me aseguro de tenerlas todas contando las empuñaduras con la mano: un cuchillo en cada bota, una daga sujeta a cada lado de la cadera, cuatro pistolas a la espalda… Una vez comprobado que estoy hecha una armería andante, desenvaino el alfanje y sigo a mi hermano.

Antes de llegar al último escalón, ya veo el denso humo negro que consume el aire de la mañana. Salgo a la cubierta principal del Crealuz preparada para toparme con una masacre, pero lo que encuentro es todavía peor.

Mucho peor.

Me resbalo y caigo de espaldas en el suelo con un golpe seco que me deja sin aliento.

El ruido atronador de los cañones me sacude el pecho, acompañado del estruendo ensordecedor que produce la madera al estallar.

Intento reponerme, pero una sustancia cálida y pegajosa me cala la ropa y se adhiere a mi pelo.

El regusto amargo y metálico del cobre me ahoga los cinco sentidos.

He aterrizado en un charco rojizo, nacido del cuerpo degollado que yace a mi izquierda.

No me hace falta buscar la cabeza para saber a quién pertenece la sangre que me empapa por completo: es de Mary Cross, la refugiada que acogimos en nuestro barco hace tan solo una semana, después de que un clan pirata enemigo atacara la nave de su familia.

Los asaltantes asesinaron a todo el clan Cross y abandonaron a Mary en medio del Aciago, una tenebrosa franja del océano plagada de monstruos marinos y piratas despiadados.

Según parece, escapar de aquella batalla no ha conseguido evitar que se una al resto de su familia en menos de una semana.

—¡Ponte en pie! —chilla Owen mientras me levanta de un tirón. Luego grita algo más, pero el estrépito de los espadazos me impide oírlo.

Solo se me ocurre un navío que pueda sembrar tal caos.

Durante los dos meses que pasé como prisionera en el Aullido, encadenada en el interior del oscuro y húmedo casco de ese barco de caníbales, tuve que escuchar una y otra vez cómo invadían naves ajenas en plena noche para secuestrar a los hijos de otros piratas.

Ya hace un año que me rescataron, pero aún noto el escozor de la soga que esos brutos sanguinarios me amarraron alrededor del cuello.

También recuerdo la frase con la que justificaban el miedo que les despertaba una adolescente desarmada y esquelética como yo: «Estás maldita».

—¿Quién…?

No me da tiempo a terminar la pregunta, pues una llamarada repentina ilumina las imponentes velas negras del barco que se encuentra a estribor.

De todas formas, ya tengo la respuesta que buscaba.

Esta vorágine no es obra del Aullido ni de un clan rival.

La bandera negra que se agita al son del viento, decorada con un bordado del sol escarlata de Enigma, pertenece a los cruzanoches.

Miro de nuevo a Owen, con la esperanza de que su cara me transmita al menos un ápice de confianza, ya sea en los bondadosos ojos pardos heredados de nuestro padre o en la sonrisa alegre y descarada igualita a la de nuestra madre.

Sin embargo, lo único que hallo es una expresión atemorizada que nunca antes se había dibujado en sus facciones.

—Pase lo que pase, no dejes que se apoderen de ti —me dice con urgencia, agarrándome de los hombros.

Y después, sin más, se marcha corriendo y se une a la masa de figuras irreconocibles que surca la oscuridad.

Aprieto la empuñadura del alfanje con más fuerza aún y acato las palabras de mi hermano: «Nadie se apoderará de mí».

Pero ahora mismo no temo por mi vida. Esta no es la primera vez que participo en una batalla; ya he degustado el sabor de la sangre y la ceniza, igual que he clavado puñales en corazones enemigos y he arrebatado vidas con un mero disparo.

Por el contrario, mi querida e inocente Elsie nunca se ha enfrentado a la brutalidad de las dagas.

Durante los últimos ocho años, nuestros padres han hecho todo lo posible por resguardar a mi hermana pequeña de la funesta vida que llevamos el resto.

La niñita nunca ha tenido que presenciar una masacre como esta.

Y no permitiré que eso cambie hoy.

Me giro sobre los talones y, en lugar de lanzarme directa a la batalla, trato de regresar abajo. Pero, justo cuando me doy la vuelta, dos figuras se interponen entre la escalerilla y yo.

—¿A dónde vas con tantas prisas, pirata? —Gruñe uno de los hombres, que se adelanta con la espada de hierro en alto.

«Son humanos», concluyo al estudiar sus curtidos rostros. La pregunta es: ¿qué clase de humanos estarían dispuestos a unirse a la tripulación de unos cruzanoches?

En realidad, no necesito saberlo. Sea cual sea la explicación, no hay nada ni nadie que pueda mantenerme alejada de mi hermanita.

—No deberías llamarme pirata como si fuera un insulto —respondo blandiendo el alfanje.

El primer hombre se abalanza sobre mí, y esquivo la estocada con facilidad.

Me vuelvo hacia él con una floritura y bajo la espada de golpe para desgarrarle el pecho.

Él cae de rodillas, con la cara empapada de la sangre que brota a borbotones de la herida.

La imagen aviva algo en mi interior, una sensación que ya había notado antes en el clamor de la batalla: es una vibración que se extiende por todo mi pecho, como el ritmo de las olas que sacuden el casco de un barco.

Antes de que el segundo asaltante se prepare, aprovecho la adrenalina del momento para atravesarle el cuello.

Retiro la espada con un ruido acuoso y él se derrumba al lado de su compañero.

Ha sido pan comido.

Paso por encima de los cadáveres y apoyo un pie en el primer peldaño de la ensangrentada escalera que lleva abajo. Es entonces cuando oigo la voz de mi hermanita.

—¡Aster! —chilla Elsie, pidiéndome socorro.

Me giro en redondo e intento orientarme por la cubierta, envuelta en una nube de humo.

El fuego ya arrasa el palo mayor del Crealuz, el único hogar que he tenido en mis diecisiete años de vida.

La temeridad con la que está atacando el enemigo es una declaración de intenciones: los cruzanoches no pretenden saquear nuestras escasas provisiones, porque el único tesoro que buscan somos nosotros mismos.

Percibo que algo se mueve a mi derecha y asesto una estocada, pero mi espada solo se choca con la de mi hermana Margaret.

Verla es como mirarme en el espejo: aunque ella me saca dos años, tenemos la misma melena incontrolable y enredada.

La cascada de cabello marrón oscuro y ondulado que le cae hasta la cintura está salpicada de sangre, y las lágrimas iluminan el azul zafiro de sus ojos.

Margaret tensa la mandíbula y baja el arma.

—¡Se han llevado a Elsie! —grita con voz rota, en un intento de hacerse oír por encima del rugiente incendio—. Charlie intentó salvarla, pero…

—¡Margaret! —El más escurridizo de nuestros hermanos, Lewis, acaba de aparecer a su lado con media cara ensangrentada a causa de un corte en la cabeza.

Como digno maestro espía de nuestro barco, sabe mantener la calma en cualquier conflicto.

Aun así, sigue siendo un muchacho de dieciocho años.

Casi nunca se nota lo joven que es, pero hoy se evidencia en la agitación de su aliento y el temor de su mirada castaña—. Albert está herido. Tiene la pierna…

De repente, se produce otro estallido que revienta la madera de la cubierta, cuyos fragmentos salen disparados y me rasgan la cara y los brazos.

Margaret parece estar debatiéndose entre acudir a Albert y tratarme los nuevos cortes, pero Albert apenas llega a los once años; esta lucha no es lugar para él.

—¡Ve con él! —le pido a pesar del dolor.

Margaret duda un segundo más, pero al final se sumerge en el manto de humo con Lewis. Vuelvo a estar sola, así que respiro hondo y trato de ralentizar mi corazón, con el fin de concentrarme en la tarea más primordial.

—¡Aster! —chilla Elsie otra vez. Ahora que me he acercado a la barandilla de estribor, su voz suena más próxima.

No llego a decidir el siguiente paso, pues Owen sale del humo en ese mismo instante.

Al igual que antes, reacciona con más rapidez que yo: agarra una cuerda y salta por encima del vacío que separa nuestro barco y el de los cruzanoches.

Lo sigo sin pensármelo dos veces, evitando mirar las oscuras aguas de abajo.

Aterrizo de rodillas en la cubierta de la nave enemiga, pero me enderezo de inmediato y pego la espalda a la de Owen.

—Joder —brama él, tan fuerte que no lo tapa ni el estruendo del cañonazo que agujerea el Crealuz una vez más.

También habrá oído los gritos de socorro de nuestra hermanita, que probablemente se encuentra en garras de un cruzanoches. Pero no la veo por ninguna parte, y el enemigo nos ha rodeado.