Cruel Debt (Debts and Devotions LAS nº 1) CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

BETSY

Despierto con la luz gris del domingo y el aroma del café.

Y algo más. Algo dulce y cálido que tira de un recuerdo que intento no examinar.

Panqueques.

Por un momento, no me muevo. Me quedo ahí, escuchando a Darren en la cocina: el tintineo de las tazas, el suave roce de sus pasos, el siseo de la masa al caer sobre una sartén caliente. Los sonidos cotidianos de un hombre que prepara el desayuno para la mujer que ama.

No debería sentirse revolucionario. La gente hace esto todos los días. Despertar al lado de alguien. Compartir un café. Construir una vida a partir de pequeños momentos ordinarios.

Pero nada de lo nuestro es ordinario.

Hace dos días, lo vi matar a cuatro hombres. Ayer, le entregó su alma a un señor del crimen para mantenerme a salvo. Y ahora está en mi cocina, preparando panqueques como si fuéramos una pareja normal en una perezosa mañana de domingo.

No somos normales.

Nunca seremos normales.

Pero quizá podamos tener esto.

Me levanto. Me pongo su camisa, robada también de su apartamento, demasiado grande y con su olor. Camino hasta la entrada de la cocina y me apoyo en el marco.

Está de pie frente a la encimera, sin camisa, volteando un panqueque con más concentración de la que exige la tarea. La luz de la mañana ilumina las cicatrices de su espalda: un mapa de violencia que apenas empiezo a comprender.

Hay una pequeña pila en un plato a su lado. Redondos. Deformes. Uno de ellos está un poco quemado en los bordes.

No son medias lunas.

Mi padre preparaba panqueques en forma de media luna. Todos los sábados por la mañana, antes de que mamá enfermara, antes de que todo se viniera abajo. Bauticé mi café en honor a ellos: un monumento a un hombre que creía conocer, a un recuerdo que creía puro.

Estos no son medias lunas. Son desprolijos e imperfectos y están hechos por unas manos que han matado gente.

Y, de algún modo, eso es mejor.

Darren no intenta recrear mi pasado. Ni siquiera sabe lo de las medias lunas, lo del nombre del café, lo del fantasma que llevo a cuestas. Solo está preparando el desayuno. Construyendo algo nuevo.

Algo nuestro.

—Me estás mirando —dice sin darse vuelta.

—Vale la pena mirarte.

Se vuelve. Sus ojos me recorren: las piernas desnudas, el cabello revuelto, su camisa deslizándose por mi hombro, y algo oscuro y hambriento le cruza el rostro.

—Ven aquí.

Deja el café. Me atrae contra él. Me besa despacio y profundamente mientras sus manos se deslizan bajo la camisa en busca de piel desnuda.

—Preparé café —murmura contra mi boca.

—Ya veo.

—Se está enfriando.

—No me importa.

Sus manos se aferran con más fuerza a mis caderas. —¿Qué te importa?

—Tú. —Me aprieto más contra él. Siento cómo se endurece contra mi vientre—. Me importas tú. Y nuestro domingo. Y el hecho de que, por un día, puedo tenerte sin todo lo demás.

—Me tienes todos los días.

—No así. —Me aparto. Lo miro—. Todos los demás días, una parte de ti le pertenece a Viktor. A la oscuridad. Pero hoy... —Apoyo la mano sobre su corazón—. Hoy eres solo mío.

Sus ojos se oscurecen.

—Siempre soy tuyo, Betsy.

—Entonces demuéstramelo.

Me levanta. Le rodeo la cintura con las piernas mientras me lleva al dormitorio; no con el tropiezo frenético de antes, sino con algo más firme. Más seguro. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Porque hoy lo tenemos.

Me recuesta sobre las sábanas que huelen a nosotros. Se queda de pie al borde de la cama, contemplándome con una expresión que todavía estoy aprendiendo a interpretar.

—¿Qué? —pregunto.

—Te estoy memorizando.

—Ya me viste desnuda antes.

—No así. —Se arrodilla en la cama. Avanza sobre mí—. No bajo la luz de la mañana. No sabiendo que puedo quedarme contigo.

—Qué sentimental.

Me besa la mandíbula. La garganta. El hueco entre las clavículas.

—¿Qué quieres?

—Esto. —Me sube la camisa. Besa la suave piel de mi vientre—. Domingos contigo. Despertar a tu lado. El aroma de tu champú en mi almohada.

—Eso es muy doméstico.

—Lo sé. —Levanta la mirada hacia mí—. ¿Está bien?

Lo atraigo hacia arriba. Lo beso como es debido.

—Está más que bien.

El sexo es diferente.

Todas las demás veces que estuvimos juntos, hubo algo extremo. Desesperación. Ira. Miedo. Cogimos como si se nos acabara el tiempo, como si tuviéramos algo que demostrar, como si el mundo pudiera terminar si dejábamos de tocarnos.

Esto no es así.

Esto es lento. Sin prisas. Su boca traza un mapa de mi cuerpo como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo: cada curva, cada parte suave, cada lugar que me hace jadear.

—Tenemos todo el día —murmura contra mi muslo.

—Lo sé.

—Voy a tomarme mi tiempo.

—Lo sé.

Usa la boca hasta que tiemblo. Usa los dedos hasta que suplico. Me lleva al borde y se detiene, una y otra vez, hasta que casi lloro por la necesidad de liberarme.

—Darren. Por favor.

—¿Por favor qué?

—Necesito... —Apenas puedo formar las palabras—. Te necesito. Dentro de mí. Ahora.

Se alza sobre mí. Se acomoda entre mis muslos. Lo siento ahí, presionando contra mi entrada, y todo mi cuerpo se arquea hacia él.

—Mírame.

Abro los ojos. Sostengo su mirada.

—Te amo —dice.

—Yo también te amo.

Se desliza hasta el fondo.

Despacio. Muy despacio. Llenándome centímetro a centímetro hasta que no queda espacio entre nosotros.

—¿Está bien? —murmura.

—Perfecto.

Se mueve.

No con el ritmo brutal de la ducha. Ni con el compás furioso de nuestra reconciliación. Solo embestidas largas y profundas que alcanzan algo hondo dentro de mí, algo más allá del placer, más allá de la necesidad. Algo que se siente como volver a casa.

—Esto es lo que quiero —dice junto a mi oído—. Todos los domingos. Tú debajo de mí. A mi alrededor. Recibiendo todo lo que te doy.

—Sí.

—Diciéndome que me amas incluso cuando sigues enojada.

—Ahora no estoy enojada.

—Volverás a estarlo. Voy a meter la pata. Haré algo que te pondrá furiosa. —Cambia el ángulo y jadeo—. Pero aun así me dejarás tener esto. Seguirás dándome los domingos.

—Sí. —Lo rodeo con las piernas. Lo atraigo más adentro—. Siempre.

Acelera. Solo un poco. Apenas lo suficiente. Su mano se desliza entre nosotros, encuentra mi clítoris y traza círculos con la presión exacta.

—Quiero verte llegar —dice—. Quiero ver tu rostro cuando acabes.

—Entonces hazme llegar.

Lo hace.

El orgasmo crece despacio y golpea con fuerza: una ola que nace en mi centro y se extiende hasta que cada centímetro de mi cuerpo tiembla con ella. Grito su nombre. Le aprieto los hombros con tanta fuerza que le dejaré moretones.

Él me sigue segundos después. Siento cómo palpita dentro de mí, oigo el sonido quebrado que emite contra mi cuello, siento el estremecimiento de todo su cuerpo cuando se abandona.

Permanecemos enredados durante mucho tiempo. Su peso sobre mí. Nuestros corazones latiendo al unísono. La luz del domingo intensificándose tras las cortinas.

—Podría acostumbrarme a esto —susurro.

—Bien. —Me besa el hombro—. Porque ahora estás atrapada conmigo.

—Promesas, promesas.

*****

Más tarde, yacemos entre los estragos de las sábanas.

Tiene una mano en mi cabello, deshaciendo los nudos con los dedos. Mi cabeza descansa sobre su pecho y sube y baja con su respiración. El café está frío, la mañana se fue a medias y ninguno de los dos se ha movido en lo que parecen horas.

—Nunca había tenido esto —dice.

—¿Domingos?

—Alguien que sabe lo que soy y se queda de todos modos.

Levanto la cabeza. Lo miro.

—Esto es una locura, ¿sabes? Lo que estamos construyendo.

—Probablemente.

—Viktor podría venir por nosotros cualquier día. Podríamos perderlo todo.

—Podríamos. —Alza una mano. Me acuna el rostro—. Pero hoy no.

—No. —Sonrío—. Hoy no.

—Entonces hoy es suficiente. —Me hace subir por su cuerpo. Me besa—. Y mañana lucharemos por otro día. Y luego por otro. Hasta que hayamos robado suficientes días para que, juntos, formen una vida.

—Una vida construida sobre domingos robados.

—Una vida construida con lo que podamos conseguir. —Su mano se posa en la base de mi columna. Posesiva. Segura—. Aceptaré cualquier migaja de felicidad que el universo me arroje. Y la protegeré con todo lo que tengo.

—¿Aunque el universo nos arroje monstruos, señores del crimen y sangre?

—Incluso entonces. —Sus ojos se clavan en los míos—. Tú vales todo eso.

Vuelvo a apoyar la cabeza sobre su pecho.

Sobrevivimos.

A pesar de todo lo que intentó separarnos, sobrevivimos.

—¿Juntos? —pregunto.

Su mano encuentra mi garganta. No aprieta; solo me sostiene. Su palma cálida contra mi pulso, sus dedos curvados alrededor de un costado de mi cuello. Un recordatorio de lo que es y de lo que elegí.

—Juntos.

No me estremezco. No me aparto.

Sonrío.

Porque ahora lo creo. Creo en los domingos. En la felicidad robada. En un futuro construido sobre sangre y amor y la esperanza desesperada de que seamos suficientes el uno para el otro.

Creo en nosotros.

Dos monstruos.