Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—Me infiltré en los foros donde se movía la gente que pagaba por ver sufrir a otros.

Encontré retransmisiones, apuestas y chats llenos de enfermos consumiendo dolor ajeno como quien ve un partido de fútbol.

Y descubrí que Mercedes seguía haciendo exactamente lo mismo, como si no hubiera tenido suficiente con lo que pasó en Santa Águeda.

Así, pasé a ser una paciente más para tenerla cerca.

Para ella nunca fueron personas. Eran piezas de un tablero que podía mover a su antojo.

Sujetos. Casos clínicos. Carne rota con la que experimentar sin importar las consecuencias.

Sin alma, sin sentimientos, sin familia.

La voz se le quebró al pronunciar las últimas palabras y, aun así, continuó mirando a Mercedes con un odio tan profundo que resultaba casi insoportable contemplarlo.

—Pero te equivocaste en una cosa —murmuró, dando un paso hacia delante—. Mi hermano sí tenía familia, puta psicópata asesina. Me tenía a mí.

Mercedes empezó a llorar en silencio, pero Edurne ya no parecía mirarla a ella. Ahora parecía estar dentro de un recuerdo.

—Así que decidí traerle aquí Santa Águeda, delante del mundo entero, para que nadie pudiera volver a enterrarlo jamás.

Entonces levantó la vista hacia nosotros.

—Vosotros sois una reproducción del experimento original.

Personas vulnerables. Personas escogidas específicamente por sus trastornos, sus miedos y sus puntos débiles, igual que hicieron con Aitor y los demás.

Pero no fui yo quien les mandó las pruebas ni quien decidió llevarlos al límite para ver hasta dónde podían romperse.

Todo eso lo hizo ella solita —dijo, señalando a Mercedes con una mezcla de rabia y agotamiento—.

Yo únicamente tuve que mover algunos hilos a sus espaldas para que terminara haciendo exactamente lo que siempre hace cuando cree que nadie la está mirando: quitarse la máscara y demostrarle al mundo la clase de monstruo que es realmente.

Entonces clavó los ojos en mí y algo en su expresión se suavizó apenas un instante.

—Necesitaba que tú resolvieras el crucigrama —confesó—.

Que relacionaras las definiciones con cada uno de los que estábamos aquí, y que los que lo vieran desde fuera comprendieran lo que estaba ocurriendo en esta isla.

No eran simples pruebas ni un juego enfermizo.

Éramos personas utilizadas como ratas de laboratorio mientras millones de desconocidos apostaban desde sus casas para ver quién se rompía.

Noté un escalofrío desagradable recorriéndome la espalda porque, por mucho que rechazara todo lo que Edurne había hecho para llegar hasta allí, una parte de mí era capaz de comprender el origen de aquel odio.

Había perdido a su hermano de la forma más cruel imaginable, viendo cómo una persona que debía ayudarlo lo destruía poco a poco hasta empujarlo a la muerte, y después el mundo había seguido adelante como si Aitor nunca hubiera existido.

No justificaba sus métodos, ni el sufrimiento al que nos había arrastrado a todos, pero entendía el dolor que la había convertido en aquella persona.

Edurne levantó el micrófono hacia Mercedes.

—Ahora vas a contarlo tú.

La psicóloga tardó varios segundos en reaccionar. Tenía la cara desencajada, los ojos hinchados y el cuerpo entero temblándole. Ya no parecía aquella mujer segura de sí misma que había manipulado a todos desde el principio.

Parecía una persona aterrorizada que acababa de quedarse sin ningún sitio donde esconderse.

—Habla —le ordenó Edurne.

Mercedes cerró los ojos unos segundos antes de mirar directamente hacia una de las cámaras.

Cuando habló, su voz apenas parecía la misma.

—Me llamo Mercedes Rodrigo. Soy psicóloga. Y he cometido crímenes.

El silencio se volvió insoportable.

—En dos mil dieciocho dirigí un experimento ilegal en el Hospital Santa Águeda utilizando a ocho pacientes psiquiátricos como sujetos de terapia extrema. Creía que podía romper sus límites mentales y reconstruirlos después… pero solo conseguí destruirlos. Todo lo que ha dicho es verdad.

Respiró con dificultad mientras las lágrimas seguían deslizándose por su cara, y durante un instante dio la impresión de que iba a derrumbarse allí mismo.

Paco dio un paso hacia delante, horrorizado.

—Aitor murió por mi culpa. Y yo fingí que había sido consecuencia de su estado mental.

Las llamas seguían rugiendo alrededor de la plaza mientras ella hablaba, y el fuego iluminaba su rostro devastado con destellos anaranjados que hacían que pareciera todavía más envejecida.

—El resto de pacientes murieron durante el incendio del hospital. Eso no fue culpa mía, lo juro… —La voz terminó quebrándosele—. Pero Aitor… Aitor se clavó un cuchillo en el estómago porque estaba convencido de que los insectos lo estaban devorando por dentro y quería sacárselos del cuerpo.

Sentí cómo el estómago se me revolvía de forma violenta al imaginar el nivel de terror que debió alcanzar aquel chico para hacerse algo así a sí mismo.

Mercedes rompió a llorar.

—Yo provoqué eso. Lo llevé hasta ese punto.

Y cuando murió tuve miedo de perder mi carrera, mi reputación y todo lo que había construido, así que mentí.

Dejé que lo enterraran como si hubiera sido solo otro paciente inestable que se había suicidado y cuyo cuerpo había terminado calcinado en el incendio.

Le temblaba tanto la voz que por momentos costaba entenderla. Gimoteó intentando limpiarse las lágrimas y volvió a hablar atropelladamente, como si necesitara justificarse incluso después de todo.

—Yo nunca le di nada para que lo hiciera… La idea era que superase sus traumas y su miedo mediante un efecto de choque. Pensé que podía controlarlo, que todavía estaba a tiempo de sacarlo de ahí, pero…

El golpe resonó en mitad de la plaza antes de que pudiera terminar la frase.

Edurne le cruzó la cara de un guantazo tan fuerte que Mercedes cayó medio ladeada sobre la silla y escupió sangre contra el suelo mientras un murmullo de tensión recorría a los presentes.

—Sigue, pedazo de puta —la amenazó con la respiración temblándole de rabia—. Atrévete a seguir llamando terapia a destrozarle la cabeza a un crío hasta convencerlo de que abrirse el estómago era la única salida.

—Años después repetí el experimento aquí porque terminé convenciéndome de que la gente necesitaba ser salvada de sí misma —continuó Mercedes con la voz rota—.

Creí que, si los enfrentaba a sus peores miedos y los empujaba hasta el borde, podrían convertirse en versiones más fuertes de sí mismos…

y, además, las retransmisiones empezaron a generar muchísimo dinero.

Había personas dispuestas a pagar auténticas barbaridades por ver sufrir a otros en directo, y pensé que así podría subvencionar el experimento.

¡Estaba haciendo un bien para la sociedad!

¿Es que no lo entiendes? —chilló aquello último fuera de sí.

Después miró hacia las cámaras repartidas alrededor de la plaza y algo en su expresión terminó de derrumbarse por completo, como si acabara de darse cuenta de lo monstruoso que sonaba todo al escucharlo en voz alta.

—Cuatro millones de euros —murmuró, derrotada—. Eso es lo que valía vuestra desesperación.

Las pantallas colocadas alrededor de la plaza empezaron a llenarse de mensajes que aparecían sin parar. Miles de comentarios, capturas y retransmisiones se multiplicaban a una velocidad absurda mientras el mundo entero contemplaba por fin lo que había ocurrido allí.

«¿Esto es real?».

«DETÉNGANLA».

«Llamad a la policía».

«Santa Águeda era verdad».

«Mátala».

«Quémala».

Entonces, todo se rompió.

No hubo una gran señal previa ni un instante concreto que anunciara el desastre.

Todo empezó con un movimiento pequeño y casi imperceptible en el borde de mi visión, algo tan mínimo que probablemente cualquiera lo habría pasado por alto de no llevar horas observando a cada persona de aquella isla como si en cualquier momento fueran a intentar matarnos.

Gaspar estaba llorando.

Las lágrimas le resbalaban silenciosas por la cara mientras respiraba cada vez más deprisa, desencajado.

Parecía un niño aterrorizado atrapado dentro del cuerpo de un hombre incapaz de gestionar lo que estaba viendo.

Le temblaban los hombros y tenía la mirada perdida entre Mercedes, Edurne y las pantallas que seguían retransmitiéndolo todo en directo.

Y entonces vi el brillo metálico entre sus manos.

—¡Ella nos ayudaba! —gritó con la voz rota, levantando el arma—. ¡Vosotros no entendéis nada!

Su voz resonó en mitad de la plaza mezclándose con el rugido del incendio, y durante un segundo nadie pareció reaccionar.

Supongo que seguíamos demasiado atrapados en la confesión de Mercedes, en Aitor y en la sensación de que aquello acababa de convertirse en algo muchísimo más grande de lo que habíamos imaginado.

Pero entonces comprendí hacia dónde estaba apuntando Gaspar.

Paco giró hacia él por puro instinto, levantando también su pistola, pero yo ya había visto el movimiento de su muñeca y supe que no llegaría a tiempo.

El cañón subió hasta apuntar directamente a su pecho y, durante una fracción de segundo, todo a mi alrededor pareció volverse extraño, irreal y silencioso.

Las llamas seguían moviéndose frente a mí, el humo continuaba elevándose hacia el cielo y las pantallas todavía mostraban nuestras caras desde todos los ángulos posibles, pero mi atención se quedó atrapada tan solo en aquella pistola.

Alcancé a ver cómo la comprensión y la sorpresa le cruzaban la cara justo cuando el dedo de Gaspar apretaba el gatillo.

Y yo no pensé. Aunque tampoco es que tuviera tiempo para hacerlo.

No valoré opciones, ni consecuencias, ni me pregunté qué podía pasarme si me interponía. Todo ocurrió demasiado deprisa para razonar nada. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, impulsado por una necesidad visceral y desesperada de apartarlo de la trayectoria del disparo.