Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 33
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Capítulo 33

​​ Rita

l viento golpeaba con fuerza mientras descendíamos hacia la plaza, y el olor a humo se volvía cada vez más intenso.

Las llamas iluminaban partes de la isla a ráfagas irregulares, proyectando sombras deformes entre los árboles y convirtiendo aquel lugar en algo todavía más irreal de lo que ya parecía desde que pusimos un pie allí.

Paco avanzaba unos pasos por delante de mí con la pistola en la mano y el cuerpo entero en tensión.

Incluso sin verle la cara, sabía que estaba conteniéndose a duras penas.

Caminaba rápido, con los hombros rígidos y la mandíbula tan apretada que daba la impresión de que fuera a partirse los dientes en cualquier momento.

Yo intentaba concentrarme tan solo en seguir andando y no pensar demasiado en lo que podíamos encontrarnos al final del camino. Después de aquella noche, mi cabeza ya era capaz de imaginar cualquier tipo de apocalipsis.

Supongo que por eso él habló de pronto, como si necesitara arrancarnos durante unos segundos de toda aquella angustia.

—Cuando salgamos de aquí, te debo una cena.

Lo miré de reojo sin entender por dónde terminaría saliendo aquello.

—¿Tú a mí?

—Por supuesto —asintió sin apartar la vista del frente—. Y voy a ir vestido de vaquero sexi. Resolviste el crucigrama y una apuesta es una apuesta, rubia.

La imagen mental fue tan absurda que terminé soltando una pequeña risa, breve y muy fuera de lugar.

—No es necesario, he hecho trampas —confesé, porque, si había alguien en este mundo con quien necesitara ser sincera, era con él.

Paco giró apenas la cabeza hacia mí.

—¿Trampas? No me digas que tú también estás en el lado oscuro, porque me pego un tiro aquí mismo y termino de una vez con mi agonía.

Me reí otra vez, porque no existía otra persona capaz de decir semejante barbaridad en mitad de una situación como aquella.

Respiré hondo antes de hablar.

—Soy Pedro de Puente.

Decirlo en voz alta provocó una sensación extraña dentro de mí, como si acabara de quitarme de encima un peso que llevaba demasiados años arrastrando.

Paco se quedó quieto durante medio segundo.

—¡No me jodas!

Asentí despacio.

—Sí. Por eso el crucigrama firmado con mi seudónimo. Era una prueba para mí. Quien haya organizado todo esto necesitaba que me involucrara por completo.

Paco soltó una risa incrédula.

—Mi hermano se va a morir de la envidia.

Hizo el gesto automático de buscar el móvil en el bolsillo y después resopló con fastidio al darse cuenta de lo absurdo que era.

—Se me había olvidado que el móvil estará criando malvas… Quería llamarlo solo para restregárselo.

—No tardará en saberlo. Ya no es un secreto —murmuré, señalando las cámaras que nos vigilaban.

Él siguió caminando unos pasos más antes de volver a mirarme de reojo.

—¿Me prometes firmarme uno de tus crucigramas? Pon alguna cosa bonita. «Para el hermano lerdo del superpoli» o cualquier cosa así.

Solté una carcajada y negué con la cabeza. Pero la sonrisa desapareció casi tan rápido como había aparecido, porque justo entonces llegamos a la plaza y el calor del incendio me golpeó de lleno en la cara.

Varias casetas estaban ardiendo alrededor de la explanada, y las llamas crepitaban con tanta fuerza que el sonido parecía envolverlo todo.

Trozos de madera se derrumbaban entre chispas, y columnas de humo negro ascendían hacia el cielo nocturno mientras el fuego avanzaba despacio porque alrededor de las casetas alguien había hecho un efectivo cortafuegos, convitiéndolo solo en otra atracción más del macabro espectáculo en el que nos habían metido.

Aunque no fue el incendio lo que consiguió dejarme inmóvil. Fue la imagen que se desplegaba delante de nosotros.

Mercedes estaba sentada en una silla justo en el centro de la plaza, completamente quieta, iluminada por el resplandor anaranjado de las llamas igual que una espectadora contemplando calmada el caos que había provocado.

Sentada a su lado se encontraba Edurne, también inmóvil.

Ninguna de las dos estaban atadas ni tenían aspecto de haber sido obligadas a quedarse allí. Entonces reparé en el resto de personas presentes.

Un hombre al que no había visto antes sostenía un palo grueso entre las manos.

Ezequiel tenía un martillo oxidado apoyado sobre el hombro.

Ramiro sujetaba un cuchillo de cocina, y Ágata llevaba unas enormes tijeras de podar colgando de una mano, mientras que la payasa y Gaspar permanecían algo más atrás observándonos en silencio.

Yo seguía intentando comprender qué demonios estaba viendo, porque continuábamos sin saber quién era el enemigo. Todavía no sabíamos si Edurne había sido otra víctima más de Mercedes o si, en realidad, llevaba manipulándonos desde el principio.

Y lo peor era que, viendo la forma en la que nos observaba desde la silla, empezaba a sospechar que ya conocía la respuesta incluso antes de que nadie pronunciara una sola palabra.

Paco reaccionó al instante. Levantó la pistola apuntándolos y avanzó un paso colocándose ligeramente delante de mí por puro instinto, como si todavía creyera que podía protegerme de algo en mitad de toda aquella locura.

—Que nadie haga ninguna gilipollez.

Su voz sonó grave, cansada y peligrosamente cerca de perder el control. Aun así, Edurne ni siquiera se inmutó. Permaneció observándonos durante unos segundos antes de levantar despacio un pequeño objeto negro que hasta entonces había permanecido oculto entre sus dedos.

Durante un instante pensé que era un arma.

Y creo que no fui la única.

Paco tensó todavía más el brazo con el que sostenía la pistola, y noté cómo varios de los presentes se preparaban para reaccionar, pero tardé apenas unos segundos en comprender que aquello no era una pistola ni un detonador. Se trataba de un simple micrófono profesional.

Entonces, las pantallas comenzaron a encenderse.

En cuestión de segundos había decenas iluminando la oscuridad de la isla.

Cada pantalla mostraba la escena desde un ángulo distinto, como si alguien hubiera convertido nuestra pesadilla en un programa de televisión enfermizo.

Al lado de las retransmisiones desfilaban chats que avanzaban tan rápido que apenas daba tiempo a leer los mensajes antes de que desaparecieran sustituidos por cientos más.

La sensación de estar siendo observados me golpeó con tanta fuerza que tuve que contener el impulso de mirar alrededor buscando el mejor camino para escapar.

Edurne sostuvo el micrófono frente a ella mientras las llamas seguían rugiendo alrededor de la plaza y, por primera vez desde que la había conocido, vi algo parecido al agotamiento absoluto atravesándole la cara.

No parecía satisfecha, ni orgullosa, ni siquiera furiosa ya.

Daba la impresión de ser una persona que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose únicamente gracias al odio y acababa de descubrir que ni siquiera aquello terminaría por llenar el vacío que tenía dentro.

El fuego reflejaba destellos anaranjados sobre su piel pálida mientras el humo ascendía alrededor de todos nosotros y envolvía la plaza en una atmósfera extrañamente irreal.

—Estáis siendo grabados ahora mismo —dijo con una voz ronca que los altavoces amplificaron alrededor de toda la plaza mientras el fuego seguía rugiendo detrás de ella—. Dos millones de enfermos mentales están viendo esto en directo.

Noté cómo Paco tensaba todavía más el brazo con el que sostenía la pistola.

—Estás majara.

Edurne ni siquiera lo miró. Toda su atención estaba clavada en Mercedes.

—Hoy, la buena doctora os va a confesar todo lo que hizo.

El viento arrastró ceniza entre nosotros mientras las casetas seguían ardiendo alrededor de la explanada.

Nadie se movía. Ni siquiera el resto de pacientes.

Era como si todos hubieran llegado al mismo punto de agotamiento mental y estuvieran esperando que alguien terminara de una vez aquella pesadilla.

Edurne tragó saliva antes de continuar hablando.

—Hace seis años, mi hermano entró en el Hospital Santa Águeda buscando ayuda. Se llamaba Aitor Larrañaga. Tenía diecinueve años y sufría episodios graves de ansiedad, paranoia y aislamiento. Era inteligente, sensible y muy fácil de romper si sabías exactamente dónde apretar.

Su voz empezó a quebrarse.

—Y este monstruo lo sabía.

Algo se me encogía dentro del pecho, porque en mi mente podía ver al chico de la silla de ruedas del vídeo, al muchacho de mirada perdida que parecía haber dejado de estar presente mucho antes de morir.

Y lo peor no era solo imaginar el miedo que debió sentir en aquel hospital, sino comprender que, durante todo ese tiempo, había sido tratado como un experimento y no como una persona.

Edurne apartó la vista un instante hacia el fuego antes de seguir hablando.

—Lo encerró durante horas en habitaciones oscuras.

Le liberó insectos encima porque sabía que sufría pánico patológico después del accidente que lo dejó en silla de ruedas.

Lo manipuló hasta convencerlo de que jamás mejoraría y después le sugirió que, quizá, terminar con el dolor era la única salida que le quedaba.

Respiró hondo intentando recomponerse.

—Mi hermano murió aquella noche. Y el incendio de Santa Águeda sirvió para taparlo todo. Hubo dinero. Influencias. Médicos que miraron hacia otro lado. Personas demasiado poderosas interesadas en que aquello desapareciera para siempre. Nadie denunció nada.

Se pasó una mano temblorosa por la cara y durante un segundo dejó de parecer peligrosa.

—Yo sí lo hice. Durante seis años.

Las llamas reflejaban sombras anaranjadas en sus ojos húmedos mientras hablaba.