Capítulo 32 #3
—Y casi te blanquea hasta el culo —añadió Adrián, llevándose una colleja con la mano que me quedaba libre—.
¿Qué? Di que no te estaba tirando los trastos, lo vi por la pantalla.
La gente apostaba a que te la tirabas, y a Edurne también, después del casi beso de la cabaña —siguió metiendo la pata, y yo me cagué en toda su generación.
—«Misófoba». Esa ya la sabemos. Sigo —nos cortó con sequedad Rita—. Dieciocho horizontal: «Su reflejo es su mejor amigo». «Narcisista» —resolvió, mirando al informático.
—¿Por qué te ofreciste a ayudarla? —quiso saber Chus.
—Supongo que no soy tan listo como pensaba —respondió Adrián bajando la mirada, y Rita continuó leyendo antes de que el silencio se volviera todavía más incómodo.
—El diecinueve vertical es la monja: «Reza de día, arde de noche». «Impúdica».
—¿Nos faltan muchos? Porque estoy un poco hasta el toto de esto, la verdad —se impacientó Chus mientras observaba a Ulises, que volvía a quedarse dormido por momentos.
—Solo tres… bueno, cuatro —se corrigió Rita mientras repasaba el crucigrama—. Veinte horizontal: «Guarda hasta lo que no necesita».
—Supongo que ese será el pobre Chano. «Acumulador» —conjeturé, y ella asintió.
—Veintiuno horizontal es Bruno: «Juega con fuego» —continuó.
—«Pirómano» —respondió esta vez Adrián.
—Y el veintidós horizontal es Ramiro: «Come con culpa». «Bulímico».
—El tío mierda se ha tragado hasta el pellejo de los chorizos —protestó Chus, y justo después le gruñó el estómago—. Soy de metabolismo rápido —se justificó, encogiéndose de hombros.
—Bueno, pues todavía nos faltan tres —nos informó Rita mientras empezaba a juguetear con el bolígrafo dándose pequeños toquecitos en el labio inferior, concentrada—. El tres es «Excéntrico». Ese supongo que será Gaspar.
—Yo lo llamaría más bien zombi, porque ahora mismo está muerto aunque todavía no lo sepa —murmuré, sin sentirme ni un poco culpable por la amenaza velada.
Rita siguió revisando las casillas.
—En el quince solo tengo una letra y no se me ocurre nada, así que sabemos que corresponde a la payasa, pero no cuál es su trastorno —se frustró—. Y me pasa lo mismo con el cinco y con el ocho.
Se llevó las manos a la cabeza y se soltó el moño antes de volver a recogérselo de cualquier manera, todavía más despeinado que antes.
—No te flageles, si no llega a ser por ti no habríamos descubierto ni la mitad —intenté consolarla.
—La mitad, dice —apuntó Chus, y Rita sonrió con cansancio.
Pero la sonrisa le duró poco.
—Sí, pero… ¿para qué sirve esto? ¿Por qué quieren que descubramos el trastorno de cada uno?
¿Qué necesidad hay de exponernos así? —Continuó lanzando preguntas al aire mientras volvía a mirar el crucigrama—.
Ya ni siquiera pueden vernos desde fuera.
Puedo entender que exista cierto morbo en comprobar si somos capaces de superar la prueba, pero no comprendo por qué seguir con esto.
Adrián se removió incómodo en la silla y me puso en alerta.
—¿Adrián? —pregunté, notando cómo empezaban a entrarme ganas de matarlo también a él.
El informático tragó saliva.
—A lo mejor… no están desconectadas todas las cámaras de esta sala.
No recuerdo haberme levantado. Solo sé que al segundo siguiente lo tenía agarrado del cuello contra la silla con una sola mano, apretando lo suficiente para dejarle claro que estaba demasiado cerca de quedarme sin paciencia.
—No he tenido otra opción, os lo juro —balbuceó, pálido.
—Paco —me advirtió Rita.
Apreté la mandíbula unos segundos antes de soltarlo de mala gana, y Adrián empezó a toser mientras se masajeaba el cuello. Tuve que apartarme un paso, intentando controlar otra vez la rabia que llevaba horas acumulándoseme dentro del pecho, o hubiera cometido una locura.
—¿No os huele a barbacoa? —preguntó Chus de pronto.
—¿Cómo puedes tener hambre en un momento así? —me ofusqué, aunque el olor me llegó también a mí, y mi olfato no era precisamente el de un podenco.
Salí rápido al exterior con Rita y Adrián detrás mientras Chus gritaba desde dentro que, si encontrábamos costillas, le guardáramos un trozo.
En cuanto abrí la puerta, el olor se intensificó y un resplandor anaranjado me golpeó la cara.
Había un incendio en la zona de las casetas.
Las llamas se elevaban hacia el cielo oscuro iluminando media isla y, durante un instante, la imagen del hospital ardiendo atravesó mi cabeza igual que un disparo.
Rita se detuvo a mi lado.
—No creerás que están quemando a alguien, ¿verdad? —preguntó, y la angustia en su voz me revolvió el estómago.
No aparté la vista del fuego.
—A estas alturas, me creo hasta que los cerdos vuelen.
Me giré rápidamente hacia Adrián.
—Mira, no me fío de ti un carajo, pero sé que quieres salir de aquí tanto como nosotros. Quédate con ellos y sigue intentando contactar con la policía, con los bomberos o con los putos boy scouts , pero manda ayuda ya.
Adrián asintió, nervioso.
—Voy contigo —se ofreció Rita inmediatamente.
Y no me negué. Por egoísta. Por mierda. Y porque, si aquellos iban a ser mis últimos minutos con vida, quería pasarlos a su lado.