Capítulo 32 #2
—Perdón… —murmuró, secándose una lágrima que le había salido de pura tensión antes de volver a centrarse en los papeles—. Cinco vertical: «La vida es su escenario». Este tampoco sé quién es.
—Lo peor no es que no lo sepamos —pensé en voz alta mientras notaba cómo el estómago volvía a encogérseme—. Lo peor es que eso significa que todavía hay más locos sueltos por la isla a los que ni siquiera hemos visto.
La frase dejó un silencio pesado, y Adrián se removió incómodo en la silla.
—Yo los he visto a todos —se disculpó—. Lo que no puedo deciros es quién corresponde a cada cosa.
—A ver, son veintidós casillas, ¿no? —interrumpió Chus para devolvernos un poco a la parte práctica.
Rita afirmó con un movimiento de cabeza.
—Vale, pues rellenamos lo que sepamos y lo que quede lo sacamos por descarte.
La verdad era que eso llevaba haciendo Rita desde hacía rato, pero aun así vi cómo la animaba como si no se le hubiera ocurrido antes.
—Me gusta esa idea. En la lista de los papeles de Mercedes había veinte nombres de los usuarios que estamos ahora mismo en la isla. El problema es que el crucigrama tiene veintidós casillas y sigo sin saber quiénes ocupan las dos que faltan.
Chus sonrió con orgullo.
—Y mi madre decía que solo iba a servir para ponerme de rodillas…
Lo soltó a modo de broma, pero había una nota amarga debajo de sus palabras que hizo que nadie se riera demasiado.
Rita volvió rápidamente a los documentos.
—Seis horizontal: «Los sonidos son su tortura».
—Teniendo en cuenta el nivel de hija de puta de Mercedes, ese tiene que ser el herrero —puntualicé.
—Misofónico —añadió Rita.
Chus abrió muchísimo la boca.
—Jefa, eres literalmente un diccionario con patas. ¿Nunca has pensado en currar de esto? Porque creo que se te daría de lujo.
Rita volvió a sonreír, y yo no pude evitar quedarme mirándola otra vez más tiempo del necesario. Había algo en verla tan viva resolviendo aquel caos que conseguía hacerme olvidar durante unos segundos dónde estábamos.
—Venga, ya tenemos dos letras del tres —aplaudió Chus, completamente metida en la investigación—. Sigue, cabeza pensante.
Rita parecía en su elemento. Agotada, sí. Asustada, también. Pero mientras analizaba pistas y conectaba piezas daba la impresión de que su cerebro encontraba por fin un terreno firme al que agarrarse.
Entonces algo volvió a chirriarme.
—Espera —la detuve antes de que continuara—. Ese sí era el hijo de la enfermera, ¿no?
Mi mente ya no era capaz de seguir la cantidad absurda de nombres, trastornos y psicópatas distintos que estaban apareciendo.
—Sí, espera un momento —pidió ella antes de levantarse otra vez y regresar a su montaña de documentos.
Rebuscó unos segundos hasta encontrar otro folio y volvió rápidamente.
—Aquí hay una lista de las personas de la isla junto a sus perfiles psicológicos y el nivel de riesgo de recaída o autolesión durante la terapia.
La miré con incredulidad.
—De verdad que esto es enfermizo. No consigo entender cómo alguien puede analizar a personas vulnerables, clasificarlas y después juntarlas aquí para montar un espectáculo a costa de su integridad y de sus vidas, cojones.
Rita levantó la vista hacia mí y, aunque seguía hablando con calma, había cansancio detrás de sus ojos.
—Paco, ahora mismo necesitamos dejar de empatizar o no podremos pensar con claridad. Si no mantenemos la cabeza fría, va a ser imposible salir de aquí.
Aquello me golpeó más de lo que debería, porque se suponía que el policía era yo.
El que tenía entrenamiento para controlar situaciones límite, mantener la calma y proteger al resto cuando todo se iba a la mierda.
Sin embargo, allí estaba ella, una mujer que había llegado a la isla abrazada a un cactus y evitando mirar a la gente a los ojos, siendo la única capaz de obligarnos a seguir pensando mientras yo cada vez tenía más la incómoda sensación de que quizá no estaba tan preparado para seguir utilizando una placa como llevaba años intentando creer.
—Siete vertical: «Mentirosa».
—No entiendo por qué te dice mentirosa —confesé, y ella se removió incómoda en el asiento.
—Mercedes decía que le mentía al mundo y a mí misma, y que prefería encerrarme en casa a trabajar antes que afrontar la verdad. Me repitió muchas veces que hasta que no dejase de mentir no saldría mi verdadera personalidad —confesó con la voz entrecortada.
—La loquera necesita un manicomio más que cualquiera de nosotros. Sigue, jefa, que la siguiente la adivino yo —dijo Chus.
Rita le sonrió y continuó leyendo.
—Ocho horizontal: «Una última página arrancada por la espalda».
—Joder, ¿no podía haberlo puesto un poquito más retorcido? —protesté—. ¿Tenemos alguna letra?
—No, lo siento —contestó, encogiéndose de hombros—. Nueve vertical: «Mueve las piezas ajenas», empieza por eme y no tengo muy claro qué es, por el número de letras puede ser «manipulador» o «manipuladora», y eso me lleva a una conclusión que no os va a hacer ninguna gracia…
—Suéltalo, jefa —la animó Chus.
—La persona que encaja en esa definición a la perfección es Mercedes, pero...
—Pero, si ella aparece en el crucigrama y se inmola, quiere decir que ocupa una de las casillas que faltan. Así que puede que no sea quien nos está obligando a resolver esta gilipollez.
—Exacto. Y todavía nos seguiría quedando otra persona sin identificar —respondió Rita.
—¿Qué más tenemos? —rompí el mutismo porque no era el momento de que nuestras cabezas terminasen de explotar con más mierdas ni de obsesionarnos con las casillas que seguían vacías.
—Pues estos de abajo ya los tenía de antes. El catorce es, sin duda, Nico, el cartero: «Hiperactivo». «Quieto es su enemigo». Y el dieciséis: «Lujurioso». «Viste de santo, piensa en pecado».
—¿El cura fornicador? —preguntó Adrián poniéndose colorado.
—Sí. Lo viste en directo, ¿eh? —me burlé, y él se encendió todavía más.
—¿Unas pajillas sin mariconeos?
Los cuatro nos giramos rápidamente al oír la voz rasgada de Ulises.
—Gilipollas —lo insultó Chus, a la que se le caían las lágrimas sin poder contenerlas.
—Bienvenido al mundo de los vivos —le dije, y él hizo un amago de sonrisa que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor.
—No te muevas o te ato —lo amenazó su enfermera particular.
—¿Cómo sigues? ¿Te duele mucho? —se preocupó Rita.
—Solo cuando respiro —contestó Ulises—, pero no pienso morirme sin enterarme del final de la historia, así que, si veis que la estoy palmando, me hacéis spoiler , ¿vale?
—Vas a ver hasta el «qué pasó cinco años después», por mis santos ovarios —le aseguró Chus.
—¿Seguimos? —nos urgió Rita, y supe que lo hacía porque el aspecto de Ulises no era lo que se dice esperanzador. O nos dábamos prisa o no tendría ninguna posibilidad—. Diez vertical: «Comercia con lo prohibido».
—Traficante —respondió Ulises desde el suelo—. Presente.
Nos reímos y continuamos.
—Once vertical: «Ama más allá de su especie».
—Uf, de verdad, qué fatiga… Cosme. Ese es, por narices, el hombre vaca —indicó Chus, y creo que a todos se nos revolvió bastante el estómago.
—Zoofílico —apunté, y Rita siguió.
—Doce horizontal: «Busca oro, pero no en la mina».
—Mi ladrona favorita —bromeó Ulises, aunque pudimos notar que le costó terminar la frase.
—Exacto, «ladrona». Trece vertical: «Tropieza con sus palabras» —añadió, y todos nos quedamos en silencio sin necesidad de responder a esa—. Quince vertical: «Huye de todo, incluso de sí misma». ¿Alguna idea?
—Pues mira, por descarte de féminas me da que va a ser la novia de It —propuso Chus, y, si te parabas a analizarlo, lo que le habían mandado hacer era justo lo contrario de lo que ponía ahí.
—Este tampoco sé cuál es, lo siento. No tengo aún ninguna letra que me ayude. Aunque la siguiente la tengo bastante clara —añadió Rita poniendo mala cara—. «La suciedad la paraliza». Diecisiete horizontal.
—Menos mal que la paraliza —ironicé—. Aunque me desinfectó bastante bien la herida del brazo.