Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 32
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Capítulo 32

​​ Paco

o poco que habíamos visto bastaba para que me entraran ganas de matarla y esconder el cadáver en una de las zanjas de la isla.

Se suponía que Mercedes debía ser una persona de confianza.

El lugar al que acudías cuando tu cabeza empezaba a hundirse y necesitabas que alguien te ayudara a mantener el barco a flote, no una psicópata manipuladora jugando con personas rotas igual que un niño con un juguete nuevo.

Lo que acababa de insinuarle a aquel chico era monstruoso y de hacérselo mirar, porque la doctora muy bien de la azotea tampoco estaba, eso te lo aseguro.

Regresé la vista a la pantalla y continuamos viendo el vídeo en silencio.

Durante un instante tuve una sensación desagradable recorriéndome el cuerpo, porque de pronto me sentí como toda esa gente enferma que había pagado por observarnos desde detrás de una pantalla mientras nos rompíamos poco a poco.

La imagen mostró cómo la enfermera ayudaba a Aitor a salir de la consulta empujando despacio la silla de ruedas. El chico seguía ausente, con la cabeza un poco inclinada y la mirada perdida como si ya no quedara nada dentro de él.

Cuando desaparecieron por la puerta, Mercedes volvió a sentarse frente a la mesa y empezó a escribir algo en varios documentos con una tranquilidad que me revolvió el estómago.

Al cabo de unos segundos, la puerta volvió a abrirse y la enfermera regresó sola.

Estaba seguro de que se trataba de la mujer que aparecía en la fotografía del hombre que había intentado trincharme.

—Doctora, el paciente ocho está donde me pidió —informó con evidente nerviosismo.

Mercedes ni siquiera levantó la vista de los papeles.

—Perfecto. Pasamos a la siguiente fase.

La mujer dudó unos segundos antes de hablar otra vez.

—Doctora… no sé si deberíamos…

Mercedes dejó el bolígrafo encima de la mesa y alzó por fin la cabeza para mirarla a los ojos.

—¿Quieres un remedio para tu hijo? —preguntó con una calma espantosa—. Puede convertirse en una persona normal y funcional, pero antes de hacer una buena tortilla a veces hay que romper algunos huevos. ¿Lo entiendes?

La enfermera tragó saliva.

—Sí, pero ese chico está al límite y no sé qué puede llegar a hacerse… —murmuró con la voz quebrándosele ligeramente.

Y entonces Mercedes sonrió, y esto hizo que se me pusiera la piel de gallina.

—Esa es la idea, querida. ¿Quieres algo más?

La mujer agachó la cabeza y salió de la consulta sin volver a discutirle nada.

En cuanto la puerta se cerró, Mercedes cogió el teléfono fijo de la mesa y marcó un número de memoria.

Alguien contestó al otro lado.

—¿Preparado para subir las apuestas? —preguntó ella, apoyándose contra el respaldo de la silla—. Lo haremos esta noche.

La grabación se detuvo justo después, y durante unos segundos nadie dijo una sola palabra.

Me quedé mirando la pantalla sintiendo cómo la rabia me iba subiendo por dentro hasta el punto de tener que cerrar el puño para no reventar el monitor de un golpe.

No me entraba en la cabeza que alguien fuera capaz de jugar deliberadamente con personas vulnerables hasta empujarlas al borde del abismo para ver qué ocurría después.

—¿Sabéis qué? —murmuró Chus desde el suelo sin apartar la vista de Ulises—. Pues veo normal que alguien haya decidido darle a esa hija de puta un poco de su propia medicina. Se merece que la expongan y que todo el mundo vea la clase de monstruo que es.

La verdad es que, aunque no lo dijese en voz alta, yo también estaba de acuerdo.

Rita seguía observando la pantalla con expresión tensa, pero había algo distinto en su mirada. Ya no parecía solo asustada. Estaba analizando, esa era su cara de crucigramista, y era en la misma medida encantadora y aterradora.

—¿Qué creéis que le hizo para ponerlo tan al límite? —preguntó, más para sí misma que para nosotros.

La duda quedó flotando en el aire, y todos nos quedamos pensando automáticamente en Aitor, en su aspecto ausente, en la silla de ruedas y en aquella frase horrible sobre «subir las apuestas».

Adrián tragó saliva antes de señalar la carpeta abierta en el ordenador.

—Hay otro vídeo… y más documentos.

Por un instante estuve tentado de decirle que no quería seguir viendo nada más. Sentía la cabeza saturada de cadáveres, sangre, manipulaciones y secretos enfermizos. Lo más humano habría sido apagar aquella pantalla y fingir durante cinco minutos que nada de eso existía.

Aunque también sabía que habría sido lo más estúpido. Porque, si queríamos salir vivos de la isla, necesitábamos entender qué coño había ocurrido realmente en Santa Águeda.

Rita se levantó de golpe y caminó con urgencia hasta el desastre de papeles que había extendido por el suelo junto a la pared del crucigrama.

Empezó a rebuscar entre carpetas, notas y fotografías con movimientos cada vez más nerviosos hasta que encontró varias hojas, y regresó con ellas apretadas contra el pecho mientras el resto la observábamos sin entender qué demonios acababa de encajar dentro de su cabeza.

Se dejó caer otra vez en la silla junto a la mesa y extendió los documentos delante de nosotros.

—A ver, vamos a terminar de unir piezas —anunció con esa voz concentrada que usaba cuando su cerebro corría más rápido que el de cualquier persona normal.

Chus levantó una mano sin dejar de acariciarle con la otra el pelo a Ulises.

—Yo soy toda oídos porque entender, lo que es entender, no estoy entendiendo una mierda.

Intenté no mirar demasiado a Ulises, porque cada vez tenía peor color y el miedo a que no lograra aguantar hasta el amanecer empezaba a clavárseme dentro del pecho.

Rita pasó varias hojas hasta encontrar lo que buscaba.

—En la caja que estaba en la zanja había algunas actas de defunción —explicó mientras nos las enseñaba—. Todas tienen la misma fecha. Cinco de marzo de dos mil dieciocho.

—Si ahora me dices que pusieron «muerte súbita» o alguna estupidez parecida, me lo creo —murmuré, inclinándome hacia delante—. Porque esto no lo hizo Mercedes sola. Necesitaba cómplices. Personas sin moral suficiente para pensar que tenían derecho a decidir cuánto vale una vida.

Rita levantó la vista hacia mí.

—Pues casi. Algunos murieron por inhalación de humo y otros por quemaduras graves.

Adrián soltó aire al escuchar eso.

—Hubo un incendio —confirmó mientras se quitaba las gafas para limpiarlas con nerviosismo con la camiseta—. Eso sí lo había oído mencionar alguna vez. Un ala completa del hospital Santa Águeda salió ardiendo y varios pacientes fallecieron dentro.

Rita se quedó quieta unos segundos y después me miró.

—¿Cuál es la mejor forma de borrar tus huellas si algo sale mal?

—Marcarte un Bruno y prenderle fuego a todo. —La respuesta me salió sola—. ¿Quiénes fueron? —pregunté después, notando la garganta seca.

Rita bajó otra vez la vista hacia las actas.

—Paciente uno, Rafael Fernández, treinta años.

Paciente dos, Pepe Gómez, cuarenta años.

Paciente tres, Sonsoles Martín, cuarenta y dos.

Paciente cuatro, María Soledad Ubrique, dieciocho años.

Paciente cinco, Francisca González, sesenta.

Paciente seis, Mauricio Colmenero, cincuenta y cuatro.

Paciente siete, Carmen Atalaya, treinta y tres años…

Hizo una pausa breve y, cuando pronunció el último nombre, sentí que algo terminaba de encajar dentro de mi cabeza.

—Paciente ocho… Aitor Larrañaga. Diecinueve años.

—Nuestro chico de la silla de ruedas —indicó Chus sin dejar de vigilar a Ulises.

Rita asintió.

—Exacto. Y ahora viene lo importante. Uno vertical: «Recaída». Dos horizontal: «Agresivo». Tres vertical… «Piensa fuera de toda caja». Ese todavía no lo sé. La primera letra es una e.

Adrián parpadeó, perdido, y se inclinó un poco hacia mí.

—¿Se le ha ido la cabeza? —me susurró en voz baja al ver que Rita se había puesto a soltar palabras aparentemente al azar.

—No. Te está salvando el culo. Calla y aprende.

Escuché cómo Rita carraspeaba al oírme y, aunque intentó disimularlo bajando la vista hacia los papeles, no consiguió evitar que una pequeña sonrisa le asomara durante un segundo a esos labios que empezaban a distraerme muchísimo más de lo conveniente en mitad de un desastre psicológico con cadáveres incluidos.

Ella pasó deprisa a la siguiente hoja para recuperar la compostura después de mi comentario.

—Vale, dejamos esa pendiente y sigo. Cuatro vertical: «Repite hasta que le duele». Esa es fácil, porque casi me entierra viva, y no tengo demasiadas dudas al respecto. «Obseso».

—¿Ezequiel? Ese es del que hablaba Mercedes en el vídeo —conjeturé, intentando seguir el ritmo mental y absurdo al que iba Rita.

Ella negó.

—No. Ezequiel no es el hijo de la enfermera. Es el de la nota y el ultimátum, pero todavía no sabemos cómo se llama y tampoco tengo claro cuál es su trastorno.

Adrián levantó una mano.

—¿El psicópata de la enfermería?

Todos lo miramos mal al mismo tiempo, y él abrió mucho los ojos.

—Ey, ey… estaba metido en un zulo. Necesitaba entretenerme viendo algo, no me juzguéis. Además, tenía que controlar lo que decían los espectadores. —Se le notó avergonzado en cuanto pronunció esa última frase.

—De eso ya hablaremos luego —gruñí antes de volver al tema importante—. ¿Cómo se llama el majara ese?

—Tomás —respondió Adrián—. En la isla hacía de herrero.

Chus soltó una risa seca sin apartar la vista de Ulises.

—Yo diría más bien carnicero, porque casi le saca un filete al jefe.

Apreté la mandíbula fingiendo indignación.

— Quisi li siqui in filiti il jifi. Mimimimi...

Chus soltó una risa cansada, y durante un segundo la tensión de la sala aflojó un poco. Creo que necesitábamos sacar la angustia por algún lado antes de explotar. Porque ver a Ulises allí tumbado y cada vez más blanco nos estaba destrozando.

Adrián se puso serio otra vez.

—¿Vosotros tomabais alguna medicación antes de venir aquí?

Y entonces ocurrió algo que ninguno esperábamos. Rita soltó una carcajada completamente fuera de lugar. Nos giramos hacia ella, sorprendidos, y tardó varios segundos en conseguir dejar de reírse lo suficiente para hablar.