Capítulo 31 #2
Suspiré despacio, intentando recomponerme, mientras me apartaba de él lo justo para volver a girarme hacia el espejo y terminar de lavarme la cara.
El reflejo seguía siendo un desastre. Tenía ojeras, restos de agotamiento pegados a la expresión y el miedo todavía latiéndome debajo de la piel, pero, aun así, por primera vez desde que empezó toda esa pesadilla sentí algo parecido a determinación en lugar de puro miedo.
Abrí el grifo una última vez, me limpié las mejillas y después respiré hondo antes de mirarlo a través del espejo.
—Vamos a salir de esta puta isla.
Obligué a mi cabeza a apartarse del baño, de la sangre y de la posibilidad de que Ulises dejara de respirar mientras nosotros seguíamos atrapados allí dentro sin poder hacer nada.
Si me quedaba demasiado tiempo pensando en eso volvería a derrumbarme, así que hice lo único que sabía hacer cuando el mundo se convertía en un caos imposible de controlar: analizar información.
Me dirigí hacia la mesa de ordenadores, donde Adrián había retomado su trabajo. Las pantallas iluminaban su cara con reflejos azulados mientras tecleaba demasiado rápido y se mordía el interior de la mejilla como si intentara mantenerse ocupado para no pensar en nada más.
La verdad era que lo entendía a la perfección. A veces, hacer algo mecánico era la única forma de no volverte loco.
Me senté a su lado, y levantó la vista hacia mí con expresión agotada.
—¿Tienes algo?
Adrián asintió ligeramente sin apartar las manos del teclado.
—He podido desencriptar dos vídeos y una carpeta, pero sigo sin conseguir recuperar las comunicaciones con el exterior —confesó antes de bajar la mirada—. Lo siento muchísimo. Todo esto ha sido culpa mía.
Fruncí el ceño.
—No tienes un cuchillo mágico que haya apuñalado a Ulises solo —le recordé.
Él soltó una risa triste por la nariz.
—Le dije a Mercedes que la denunciaría si pasaba algo grave aquí. Le juré que hablaría. Pero me acobardé y no lo hice.
Sus dedos dejaron de moverse sobre el teclado durante unos segundos.
—¿Sabes cuál es mi trastorno?
Negué despacio porque no tenía ni idea de por dónde iba a salir.
Adrián tragó saliva antes de continuar.
—Soy un narcisista ególatra de mierda que solo piensa en su propio culo. Tengo necesidad constante de validación y Mercedes dice que carezco de empatía hacia los demás.
Hizo una pausa breve y después levantó la vista hacia mí con los ojos empezando a humedecérsele.
—Pero yo creo que no es verdad. Te lo juro. No quiero que ese chaval se muera. Me cae bien… y, además, dice que soy espectacular.
Aquello último lo dijo con una mezcla tan absurda de tristeza y vergüenza que sentí un pellizco incómodo dentro del pecho.
—Hacía muchísimo tiempo que nadie me decía algo bueno —admitió con la voz quebrándosele un poco—. Aunque supongo que pensar así demuestra el problema. Necesito que la gente me admire para no enfrentarme a la mierda de persona que soy.
Me quedé observándolo unos segundos en silencio y entonces entendí algo que debería haber visto mucho antes.
Mercedes no solo había estudiado a personas vulnerables, también se había aprovechado de ellas.
Había encontrado qué necesitaba cada uno para sentirse querido, aceptado o útil, y después había utilizado esa necesidad para manipularlos como si fueran piezas intercambiables dentro de uno de sus experimentos.
Adrián no era un monstruo, era un hombre desesperado por escuchar algo bueno sobre sí mismo. Y, si soy sincera, sabía qué tenía que hacer para que volviera a confiar un poco en sí mismo.
—Reproduce los vídeos y ayúdanos a entender qué está pasando aquí, ¿te parece? —le pedí para darle algo en lo que concentrarse y apartarlo, aunque solo fuera un poco, de los pensamientos de culpa y sabotaje que sabía que le estaban atravesando la cabeza.
Adrián asintió enseguida y empezó a mover ventanas en el ordenador con las manos todavía temblorosas.
—Sí, claro… claro…
—¿Tenéis frío? —preguntó de pronto Paco a mi espalda.
Me giré sobresaltada y lo vi observándonos con cara de pocos amigos.
Adrián parpadeó, desubicado.
—No… la verdad es que estoy bien.
—Pues entonces que corra un poco el aire, porque tampoco hace falta que estéis tan juntitos —protestó Paco.
Tuve que morderme el labio para no echarme a reír por lo infantil que acababa de sonar.
Sin esperar respuesta, agarró una silla, la arrastró haciendo ruido por el suelo y se sentó justo en medio de los dos, ocupando el espacio igual que un guardaespaldas territorial.
Adrián resopló, cansado.
Desde el otro lado de la sala, Chus soltó una carcajada breve mientras seguía vigilando a Ulises.
—Esto se lo voy a contar enterito al lerdo este en cuanto despierte.
Paco puso mala cara, pero aun así llegué a ver una pequeña y casi imperceptible sonrisa tirándole de la comisura de los labios durante un segundo.
Después, nuestro nuevo aliado abrió el primer vídeo.
La imagen apareció llena de interferencias antes de estabilizarse y mostrar una habitación blanca bastante parecida a la de un hospital.
Frente a la cámara había un chico joven sentado en una silla de ruedas.
Era muy delgado y estaba anormalmente pálido, además de tener la mirada perdida en un punto fijo de la pared.
A su lado estaba la enfermera de la foto y de la nota del hombre que había atacado a Paco.
—¡Es el de la foto! —soltó el señor jueves, inclinándose hacia la pantalla.
Le mandé callar con un gesto para poder seguir escuchando.
La voz de Mercedes resonó a través de los altavoces con esa falsa suavidad profesional que empezaba a provocarme náuseas.
—Aitor, ¿estás bien?
El chico no respondió. Permaneció mirando a la nada fuera de cámara mientras movía ligeramente los dedos sobre el reposabrazos de la silla.
Mercedes volvió a hablar con el mismo tono tranquilo.
—¿Has vuelto a tener instintos homicidas? ¿Quieres hacerte daño a ti o a alguien más? Sabes que puedes contármelo. Solo quiero lo mejor para ti, y, si es lo que necesitas, puedo ayudarte a hacerlo.
Sentí cómo el estómago se me revolvía y vi a mi lado a Paco tensarse entero.
—¡Hija de puta! —gritó al mismo tiempo que Chus desde el fondo de la habitación.
Yo ni siquiera fui capaz de hablar. Porque, de pronto, todo empezó a encajar de una forma muchísimo más horrible de lo que habíamos imaginado. Fue entonces cuando supe, sin necesidad de que nadie me lo explicara, que todo aquello estaba relacionado con Aitor.