Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 31
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Capítulo 31

​​ Rita

asar de la euforia al terror más absoluto en cuestión de segundos era algo que jamás me había ocurrido. Justo cuando empezaba a creer que por fin tendríamos suficientes respuestas para salir de la isla, todo volvía a derrumbarse delante de nosotros con una violencia insoportable.

Ver a Ulises tirado en el suelo, desangrándose, me dejó paralizada durante un instante.

Pero algo había cambiado dentro de mí desde que llegamos allí. Todavía no sabía si para bien o para mal, aunque la verdad era que ya no me parecía en nada a la mujer que había bajado del barco aferrada al transportín de Bartolo e intentando no mirar a nadie.

Respiré hondo, obligándome a apartar el pánico y pensar.

Tenía conocimientos médicos. Teóricos, sí, pero suficientes para comprender que, si Ulises moría allí mientras yo me quedaba bloqueada mirando, parte de la culpa sería mía. Y me negaba a cargar con otra muerte sobre la espalda.

Todavía recordaba la cara del hombre que me sacó de las llamas antes de morir días después en el hospital. Tenía una esposa y un hijo pequeño. Tenía una vida entera esperando fuera de aquella habitación que jamás volvería a recuperar.

Y Ulises…

Ulises ni siquiera era una mala persona.

Solo era un chico roto intentando salir adelante con las piezas absurdas que la vida le había dado y utilizando el humor para que el resto no viéramos todo lo que escondía debajo.

Y todavía le quedaban demasiadas bromas por hacerme.

Corrí hasta el armario intentando ignorar el temblor de mis manos mientras arrancaba varias toallas y mantas de dentro, pero, cuando volví junto a Ulises y vi toda la sangre, tuve que obligarme a apartar la vista un segundo para no bloquearme.

Porque, si seguía mirando cómo se filtraba entre los dedos de Paco y empapaba la ropa de Ulises, iba a quedarme paralizada, y entonces sí que no serviría para nada.

Respiré hondo para controlar el pánico y forcé a mi cabeza a funcionar igual que siempre lo hacía cuando resolvía un crucigrama complicado: separando información, ordenando datos y buscando patrones.

Primero, analizar lo que pasaba: tenía una herida abdominal. El arma estaba retirada. Se veía una gran hemorragia.

Si el cuchillo hubiera seguido clavado, quizá habría contenido parte del sangrado, pero Gaspar se lo había llevado, y ahora lo único que podíamos hacer era lograr mantenerlo con vida el tiempo suficiente para salir de aquella isla.

Me arrodillé junto a Paco y coloqué varias toallas encima de la herida intentando no pensar en que debajo había una persona a la que empezaba a cogerle cariño.

—No apartéis las telas aunque se empapen —expliqué, obligándome a sonar tranquila mientras ayudaba a Paco a hacer presión—. Si levantáis los paños podéis romper el coágulo y hacerlo sangrar más.

Chus seguía sosteniendo la cabeza de Ulises sobre el regazo mientras le acariciaba el pelo con manos manchadas de sangre, y Adrián permanecía a unos pasos de distancia mirando la escena como si estuviera a punto de vomitar o de echarse a llorar. Apostaría a que ambas.

Intenté ignorar el olor metálico que empezaba a llenar la habitación.

—Hay que mantenerlo tumbado y flexionarle un poco las piernas —continué, arrastrando la mochila de Mercedes bajo las rodillas de Ulises—. Así reduciremos tensión en el abdomen y quizá le duela menos.

Ulises soltó un gemido ahogado cuando lo movimos.

—No me gusta nada que ahora hables tan seria, jefa… —murmuró con la respiración entrecortada.

—Pues a mí me gusta todavía menos verte destripado en el suelo —contesté antes de volver a concentrarme.

Intentaba recordar todo lo que había leído alguna vez sobre primeros auxilios y heridas mientras mi cabeza recuperaba información como si estuviera repasando fichas almacenadas durante años para un examen absurdo que jamás pensé que tendría que aplicar en la vida real.

—No podemos darle agua ni moverlo más de la cuenta. Tampoco se debe echar alcohol ni permitir que la loca de Ágata aparezca con alguno de sus remedios improvisados. Y, sobre todo, hay que mantenerlo caliente.

La pérdida de sangre podía llevarlo a un shock , y, si además bajaba demasiado la temperatura corporal, las posibilidades de que terminara mal aumentarían muchísimo.

—Necesitamos cubrirlo bien —dije mientras abría una de las mantas y se la colocaba encima—. Tiene que conservar el calor corporal.

Y entonces entendí algo que me revolvió el estómago.

No estaba intentando salvar a Ulises solo porque fuera lo correcto o porque no pudiera soportar otra muerte persiguiéndome el resto de mi vida.

El verdadero problema era otro.

Me importaba.

Y la idea de vivir en un mundo donde ese idiota no estuviera para hacer comentarios absurdos, discutir con Chus o sacarme de quicio con sus bromas me resultó muchísimo más insoportable de lo que habría imaginado.

Cuando conseguimos frenar un poco la hemorragia y la respiración de Ulises dejó de sonar tan irregular, el ambiente dentro de la sala cambió lo justo para que cada uno de nosotros empezara a notar de golpe el cansancio acumulado de los últimos días.

Seguía demasiado pálido, pero al menos ya no parecía que se estuviera desangrando segundo a segundo.

Chus no quiso separarse de él ni un instante.

Se quedó sentada en el suelo con la espalda apoyada contra la pared y la cabeza de Ulises descansando sobre sus piernas mientras le acariciaba la cara distraídamente, como si necesitara asegurarse constantemente de que seguía allí.

De vez en cuando comprobaba su respiración, le recolocaba la manta o le decía alguna estupidez en voz baja aunque él apenas pudiera escucharla.

Ulises terminó quedándose dormido por puro agotamiento y nadie se atrevió a comentar nada cuando ocurrió.

Porque todos estábamos pensando exactamente lo mismo: necesitábamos salir de la isla antes de que fuera demasiado tarde para él.

Me levanté despacio, sintiendo las piernas rígidas y las manos pegajosas, y fui hasta el baño intentando recuperar un poco de aire lejos de la sala.

Cerré la puerta a medias y abrí el grifo.

El agua empezó a teñirse de rojo en cuanto me froté las manos, y durante unos segundos me quedé mirando cómo la sangre desaparecía por el desagüe sin ser capaz de pensar en nada más.

Había sangre debajo de mis uñas, acumulada en los bordes de la piel como si llevara horas incrustada allí.

También me manchaba las muñecas y parte de los antebrazos, donde se había secado formando marcas oscuras e irregulares.

Incluso tenía pequeñas salpicaduras repartidas por la ropa y la cara, diminutos puntos rojos que contrastaban demasiado sobre mi piel pálida.

Abrí más el grifo y me froté las manos otra vez, pero, por mucho que el agua siguiera arrastrando restos rojizos hacia el desagüe, la sensación no desaparecía.

Supongo que hasta ese momento había seguido funcionando únicamente porque no me había permitido parar a pensar. Resolver cosas era sencillo. Analizar pistas, también. Mantener el cerebro ocupado me ayudaba a fingir que todavía tenía el control de algo.

Pero allí, sola frente al espejo, con el sonido de la respiración dolorosa de Ulises todavía resonando dentro de mi cabeza, toda esa falsa sensación de control empezó a venirse abajo.

Entonces vi el reflejo de Paco entrando detrás de mí.

Simplemente se quedó observándome desde el espejo mientras yo seguía frotándome las manos una y otra vez aunque ya casi no me quedaran manchas.

De pronto sentí el miedo, el agotamiento y la culpa cayéndome encima al mismo tiempo.

La idea de que Ulises pudiera morirse. La posibilidad de que cualquiera de nosotros fuera el siguiente.

El hecho de que seguíamos atrapados en esa isla mientras alguien jugaba con todos como si fuéramos piezas de un experimento enfermo me rompió por dentro y no pude evitar explotar.

Las lágrimas empezaron a caerme antes de que pudiera impedirlo.

Fui a apartar la cara, avergonzada, pero Paco reaccionó antes de que pudiera esconderme. Me acercó despacio hacia él usando el brazo que tenía libre y terminé apoyando la frente contra su pecho mientras él me rodeaba con cuidado, como si tuviera miedo de hacerme más daño del que ya llevaba encima.

Y lo peor fue darme cuenta de lo mucho que necesitaba aquello.

Porque llevaba dos días intentando sostenerme sola y, en cuanto alguien me abrazó de verdad, sentí cómo todo mi cuerpo empezaba a aflojarse de golpe.

Paco me acarició el pelo lentamente mientras dejaba que llorara sin meterme prisa, sin preguntas y sin intentar arreglarlo todo con frases vacías.

—Eh… —murmuró al cabo de un momento con la voz mucho más suave de lo normal—. Ulises es joven y fuerte. Va a salir de esta, ¿vale?

Apreté los ojos para tranquilizarme a la vez que escuchaba los latidos acelerados de su corazón debajo de la camiseta.

—Pero tenemos que hacer algo —añadió después en un tono más serio—. Tenemos que salir de esta isla cuanto antes.

Asentí despacio, obligándome a respirar hondo varias veces hasta que el llanto empezó a remitir un poco.

Cuando conseguí separarme, me sentí ridícula por haberme derrumbado de esa manera delante de alguien.

Me limpié rápido la cara con la manga.

—Perdón —murmuré, evitando mirarlo directamente—. No sé qué me ha pasado.

Él me observó unos segundos en silencio y después me agarró con delicadeza de la barbilla para obligarme a levantar la cabeza.

—Puedes usarme de pañuelo para tus mocos cuando quieras.

Lo miré horrorizada durante medio segundo antes de darle un puñetazo en el hombro bueno.

—Eres imbécil.

Paco soltó una pequeña sonrisa cansada y me apartó un mechón húmedo de la cara antes de responder.

—Pero no puedes vivir sin este imbécil.

Y, para mi desgracia, empezaba a temer que tenía razón.