Capítulo 30
Paco
a verdad era que tenía sentimientos encontrados.
Por un lado, seguía cabreado por lo que Rita acababa de contarme y tenía unas ganas tremendas de hacerles una visita en prisión a los hijos de puta que se habían aprovechado de ella.
Pero, al mismo tiempo, no conseguía quitarme de encima aquella sensación rara que me había dejado el beso en la mejilla.
Porque, para ser sinceros, algo así no lo habría imaginado ni soñándolo.
Entré detrás de ella, todavía intentando procesarlo, y la encontré prácticamente corriendo hacia el crucigrama de la pared con una piedra en la mano y esa mirada intensa que se le ponía cada vez que su cerebro conectaba piezas.
—¿Qué le has hecho? —me acusó Chus en cuanto me vio aparecer.
—Nada para todo lo que me gustaría hacerle —murmuré, más para mí mismo que para ella.
Chus abrió mucho los ojos.
—Qué miedo das cuando te pones romántico, jefe.
La ignoré y seguí observando a Rita, que había empezado a escribir cosas junto al crucigrama con movimientos rápidos y nerviosos.
—¿Es normal que se le vaya la olla así? —preguntó Adrián, contemplándola con la boca entreabierta.
Y no me gustó ni una pizca la cara de imbécil fascinado que puso al hacerlo. Me acerqué despacio hasta él y me incliné un poco hacia su oído.
—Como se te ocurra acercarte a menos de un metro de ella, no vas a tener que volver a apretar para cagar en toda tu vida porque la mierda te saldrá sola por el nuevo agujero que te voy a abrir —le susurré a la vez que bajaba la vista hacia la pistola que llevaba metida en el pantalón.
El nuevo se puso blanco al instante y volvió a girarse hacia el ordenador con una concentración digna de un cirujano operando a corazón abierto y las mismas gotas de sudor en la frente.
Detrás de nosotros, Ulises soltó una carcajada por lo bajo.
—Vale, definitivamente el poli ha perdido ya las pocas neuronas funcionales que le quedaban.
—¿Qué haces? —le preguntó Gaspar, que se había colocado a su lado y la observaba fascinado.
Entonces recordé lo que me había dicho Edurne y, por una vez en aquella maldita isla, decidí pecar de prudente.
—Gaspar —lo llamé antes de que Rita pudiera contestarle, aunque no parecía que fuera a hacerlo en un futuro próximo. Seguía dando pequeños saltitos nerviosos mientras peleaba con la piedra para escribir sobre la pared.
Gaspar se giró hacia mí.
—Dime —respondió, medio acobardado.
—Quítate los pantalones.
Se hizo un silencio extraño.
—¿Cómo? —preguntó él, parpadeando varias veces.
Chus reaccionó al instante colocándose delante de él.
—Tío, se te está yendo la cabeza muchísimo.
—Si no tiene nada que ocultar, no le importará demostrarlo —insistí, empezando a cansarme de que todo el mundo cuestionara cualquier cosa que hacía.
Ulises levantó la vista desde los ordenadores.
—¿Mostrar qué? ¿Sus vergüenzas?
Me masajeé la frente.
—Gaspar, vida —intervino Chus con paciencia—, ¿puedes enseñarle los calzoncillos al paranoico este para que nos deje descansar las pocas horas que nos quedan en paz?
Ulises soltó una risa.
—Eso de «descansar en paz» ha sonado fatal.
Ella bufó.
—¿Tienes que ponerle el punto a todas las íes?
—A las que lo llevan.
—Oh, perdóneme, señor erudito de las letras.
—Eso es ella —señaló Ulises apuntando a Rita con la cabeza.
—Eres gilipollas.
—¿Podéis parar un momento para que este se quite la jodida ropa? —les grité, sintiendo que el brazo empezaba otra vez a palpitarme de mala manera.
Gaspar levantó despacio una mano.
—No llevo calzoncillos.
Cerré los ojos unos segundos. De verdad que aquella isla iba a terminar conmigo.
—Pues vamos al baño, entonces —propuse, intentando mantener la poca cordura que me quedaba.
Gaspar se puso rojo y supe por dónde se había ido su mente.
—¡Que no me van los tíos, cojones! —expliqué por octava vez desde que había llegado a ese manicomio.
—Estadísticamente, alrededor de un cinco por ciento de la población reconoce abiertamente ser bisexual, aunque el porcentaje real probablemente sea muchísimo mayor, porque seguimos viviendo en un mundo donde la mayoría de la gente todavía siente que tiene que ocultarlo —soltó Rita de pronto sin dejar de escribir sobre la pared—.
Nos queda bastante por avanzar en según qué temas.
Todos nos quedamos mirándola, y ella siguió garabateando como si acabara de comentar el tiempo.
Ulises fue el primero en reaccionar.
—Me fascina que puedas pasar de resolver un experimento psicológico criminal a dar una charla TED sobre sexualidad en menos de diez segundos.
—La mente es una cosa preciosa —murmuró Rita distraída, sin dejar de escribir.
Chus suspiró y volvió a mirarme.
—Paco, si le dices qué estás buscando, igual nos ahorramos verle el pajarito a este hombre.
—Águila real —corrigió Gaspar rápidamente.
Tuve que dejarme caer en una silla porque la situación me había superado hacía ya bastante rato.
—Vale, águila real —aceptó Chus meneando la cabeza.
Me pasé una mano por la cara antes de responder.
—Edurne me dijo que llevabas un cuchillo escondido.
Prefería levantar ya las cartas antes de volver a ponerme en modo Terminator delante de todos. Bastante milagro era que Rita pareciera haberme perdonado un poco después del numerito anterior.
Rita levantó ligeramente la vista del crucigrama.
—Todavía no sabemos si Edurne está implicada en todo esto o si Ramiro se la llevó obligada —nos recordó mientras seguía escribiendo, como si pudiera dividir su cerebro en cinco partes independientes.
Gaspar levantó las manos.
—No tengo nada, lo juro por mis raíces.
—Eso no inspira demasiada confianza, Gaspar —le recriminó Chus.
Ulises dio un paso hacia delante levantando ambas manos en señal de paz.
—¿Quieres que te acompañe yo al baño? Doy bastante menos miedo que este animal y te cacheo sin mariconeos ni nada raro. Lo prometo por la tumba de Obi-Wan Kenobi y las bragas de Mafalda.
Mientras hablaba, levantó la mano derecha intentando hacer el saludo vulcano de Star Trek y fallando estrepitosamente.
Escúchame una cosa. Si conseguía terminar aquella noche sin cargarme a ninguno de los presentes, merecía el Nobel de la Paz, el de la Paciencia y probablemente también el del coño de mi prima en almíbar por no perder del todo la poca cordura que me quedaba en aquella isla de descerebrados.
—Ve con él —acepté, porque quería acercarme a Rita y averiguar qué mierda estaba haciendo tan emocionada con el crucigrama—. Pero le miras bien entre las cachas del culo.
Chus puso cara de absoluto agotamiento existencial.
—Tío, acabo de comer. Das muchísimo asco.
—Venga, hombre, piensa que esto es como la cera. Cuanto más rápido, mejor, y antes podemos tumbarnos en el suelo a sufrir de las vértebras con tranquilidad —lo animó Ulises mientras le daba unas palmaditas a Gaspar en la espalda.
Este soltó un suspiro resignado y terminó siguiéndolo hacia el baño con la cabeza gacha, igual que un preso camino de su ejecución pública.
¿Me sentía mal por obligarlo a pasar por aquel examen humillante?
Sí, un poco, no te voy a mentir; pero tampoco iba a arrepentirme. Después de todo lo que había pasado en aquella isla, ya no estaba para confiar en nadie solo porque pusiera cara de imbécil inofensivo.
Me acerqué hasta Rita mientras ella seguía escribiendo sobre la pared, abstraída del resto del mundo. Tenía varias palabras ya marcadas dentro de las casillas y otras anotadas alrededor junto a flechas y números que solo ella parecía entender.
Se giró apenas un poco al notar que me detenía a su lado.
—¿Quieres algo? —me preguntó sin dejar de mover la piedra entre los dedos.
—Respuestas —contesté, apoyándome contra la pared.
Y entonces ocurrió algo que me dejó bastante más descolocado que cualquiera de los cadáveres y los majaras de aquella isla.
Rita sonrió.
Pero no una de esas sonrisas pequeñas y secas que soltaba a veces sin darse cuenta. Aquella vez fue una sonrisa de verdad. Un poco cansada, sí, pero real. Y no pude evitar tener la sensación de que acababa de desbloquear un logro secreto de la humanidad.
—Me diste una de las palabras que faltaban —admitió, señalando el crucigrama.
Me acerqué un poco más para mirar las casillas.
—Mira. «Agresivo». Dos horizontal. Después esta: «Viste de santo, piensa en pecado». Dieciséis horizontal… «Lujurioso».
Fue rellenando las letras mientras hablaba y después me señaló otra definición escrita en una esquina.
—Te dejo esta a ti.
Entrecerré los ojos, leyendo.
—«La suciedad la paraliza».
La respuesta salió sola.
—Misófoba.
Rita levantó la vista hacia mí y asintió.
—Exacto.
Noté algo extraño en el pecho al verla tan emocionada con aquello. Parecía más viva resolviendo ese maldito crucigrama que cualquiera de nosotros durante los últimos dos días.
Ella siguió repasando las casillas rápidamente.
—Ya están casi todas. Solo me falta terminar de colocarlas y comprobar cuáles quedan vacías. Si relacionamos cada palabra con las personas de la isla, podremos averiguar quiénes ocupan las dos casillas que faltan y qué pone en sus perfiles.
—¿Dos?
Asintió, pero, cuando iba a abrir la boca para responder algo, un grito desgarrador atravesó el búnker de punta a punta, y sentí cómo todo el cuerpo se me tensaba de golpe.
Había algo tan desesperado y aterrorizado en aquel sonido que el estómago se me encogió antes incluso de entender qué estaba ocurriendo.
Un segundo después se oyó un golpe seco que hizo vibrar las paredes y, justo detrás, el chirrido metálico de lo que parecía la puerta principal abriéndose de golpe.
La reacción fue instantánea.
Rita dejó caer la piedra al suelo con un ruido sordo, Adrián se levantó tan deprisa que tiró la silla hacia atrás y Chus soltó un «hostia puta» cargado de un miedo que no le había escuchado hasta entonces.
Yo saqué la pistola por puro instinto mientras el corazón empezaba a golpearme con fuerza dentro del pecho.
Corrimos hacia el pasillo casi chocándonos unos con otros, y en cuanto llegué vi la puerta de entrada abierta. Esta seguía balanceándose por la fuerza con la que alguien la había empujado, y el viento entraba desde fuera arrastrando olor a lluvia y tierra mojada.
Entonces me fijé en el baño y sentí un mal presentimiento al ver que la luz estaba apagada.
No se oía a Ulises soltando alguna estupidez para rebajar la tensión, ni a Gaspar protestando, ni pasos, ni movimiento alguno. Solo había un silencio espeso y antinatural que parecía haberse tragado todo el lugar.
Avancé despacio con la pistola levantada mientras intentaba ignorar la angustia que me iba subiendo por la garganta. Chus caminaba pegada a mí, Rita venía detrás, callada, y Adrián respiraba demasiado rápido a nuestra espalda, como si estuviera a punto de hiperventilar.
Cuando alcancé el baño, empujé despacio la puerta con el arma por delante, buscando el interruptor sin apartar la vista de la oscuridad que había dentro hasta que la bombilla terminó iluminando el peor escenario posible.
—¡Ulises! —gritó Chus detrás de mí.
El chico estaba tirado contra la pared con una mano presionándose el abdomen mientras la sangre se filtraba entre sus dedos y se extendía por el suelo del baño. Tenía la cara blanca y respiraba de forma entrecortada, como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo insoportable.
Chus soltó un sonido ahogado y cayó de rodillas a su lado antes que ninguno.
—¡No, no, no, no…! —balbuceó, agarrándole la cara entre las manos.
Ulises intentó sonreír.
—Bueno… al final sí que tenía que haberle mirado entre las cachas… —murmuró antes de escupir sangre.
—Cállate, joder —sollozó ella mientras le apartaba el pelo húmedo de la frente—. Cállate, porque como te mueras te juro que voy a matarte yo misma.
Noté cómo Rita se quedaba inmóvil detrás de mí al ver toda aquella sangre.
—Hostia… hostia… hostia… —repetía Adrián desde el fondo con la voz temblando.
Entre todos conseguimos sacarlo de aquel cubículo asfixiante y llevarlo hasta la sala de ordenadores. Ulises apretaba los dientes intentando no gritar cada vez que lo movíamos.
Fue entonces, al tumbarlo bajo la luz, cuando comprendí de verdad la cantidad de sangre que estaba perdiendo.
Le había empapado toda la ropa y seguía extendiéndose bajo él demasiado deprisa.
Había muchísima más de la que quería ver en alguien que hasta hacía unos minutos estaba haciendo bromas y al que le quedaba demasiado por vivir todavía.
Lo peor era que ni siquiera entendía qué coño acababa de pasar.
Me arrodillé junto a él y le aparté la mano ensangrentada para comprobar el alcance de la herida mientras Rita reaccionaba por fin y salía corriendo hacia el armario buscando toallas, vendas o cualquier cosa que sirviera para frenar aquello.
Ulises respiraba de forma irregular, tensándose entero cada vez que el dolor le atravesaba el abdomen, y Chus le sostenía la cabeza sobre el regazo con las manos manchadas de sangre mientras lo mantenía despierto.
—Necesito algo para hacer presión —gruñí, sintiéndome completamente inútil intentando manejar aquello con solo una mano buena.
—Ey, mírame… mírame, gilipollas… —le repetía Chus con la voz rota mientras le acariciaba el pelo—. No se te ocurra cerrar los ojos ahora. Te juro que si me haces eso voy a resucitarte solo para volver a pegarte.
Ulises soltó una risa débil, pero el sonido terminó rompiéndose en un jadeo de dolor que le arrancó a Chus un «que no te muevas, joder» cargado de auténtico pánico.
Entonces me juré que, dondequiera que se hubiera escondido ese grandísimo hijo de puta, pensaba encontrarlo antes de que volviera a tocar a ninguno de nosotros.
Y, cuando lo hiciera, no iba a detenerme hasta matarlo yo mismo.