Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 29 #2
75%

Capítulo 29 #2

Milagros: MUY ALTO.

Ramiro: MUY ALTO.

Adrián: MEDIO.

Olmo: MUY ALTO.

Lola: MUY ALTO.

Ezequiel: MUY ALTO.

Ágata: MUY ALTO.

Tomás: MUY ALTO.

Nico: MEDIO.

Edurne: MUY ALTO.

—Bueno, al menos son sinceros —murmuró Gaspar al ver su nombre. Cosa con la que no estuve de acuerdo al ver el mío...

Recorrí la lista otra vez y entonces me di cuenta de algo que me hizo fruncir el ceño.

Tan solo había veinte nombres. Sin embargo, nosotros estábamos resolviendo un crucigrama de veintidós personas.

Hasta ese momento toda mi atención había estado puesta en la silueta negra del tablero, pero aquello significaba que no tenía una incógnita pendiente, sino dos.

Además de la que se ocultaba tras aquella casilla, había alguien más que ni siquiera aparecía en la lista.

Y eso no me hizo ninguna gracia. Prefería tener todas las variables controladas y allí, de repente, acababa de descubrir que todavía me faltaban dos piezas por encajar.

Fue entonces cuando recordé el ordenador de Mercedes.

El aparato había desaparecido, pero no el USB.

Ese me lo había llevado junto con el resto de papeles y seguía en el cuarto de los encierros.

Corrí hasta allí mientras los presentes me miraban como si se me hubiese terminado de ir la cabeza, y regresé con el lápiz en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

Aunque, visto desde fuera, era probable que sí pareciera una persona a la que no deberían dejar cerca de objetos punzantes.

—Adrián.

El informático casi saltó de la silla.

—¿Sí?

Le lancé el USB.

—Intenta abrir esto.

Lo atrapó por reflejo.

—Puedo tardar…

—Hazlo igualmente.

Entonces me sentí culpable. Paco todavía seguía fuera y, después de cómo lo había tratado antes, quizá no era buena idea dejarlo demasiado tiempo solo con su cabeza y con Chus.

Salí al exterior y los encontré sentados junto a la entrada lateral, protegidos de la lluvia por el pequeño tejadillo metálico.

Chus fumaba apoyada contra la pared, mientras que Paco permanecía sentado en el escalón más bajo con un codo apoyado sobre las rodillas y la vista clavada en el bosque oscuro.

Chus fue la primera en verme acercarme y sonrió de lado.

—¡Milagro! La antisocial ha abandonado la cueva.

La ignoré porque me estaba empezando a caer demasiado bien y me senté junto a Paco sin decir nada. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Solo se oía la lluvia cayendo entre los árboles y el sonido lejano del mar golpeando las rocas.

Chus habló por fin.

—Voy a ir a vigilar a estos, porque tanta testosterona junta no debe de ser buena.

Se lo agradecí en silencio y continué sentada al lado de Paco sin decir nada. Quería darle espacio y tiempo para que volviera a relajarse un poco.

—Nunca te he contado por qué estuve en la cárcel —empecé a hablar.

—Tampoco es necesario. En cuanto salga de aquí miraré tu ficha policial —se burló, aunque sabía que no mentía.

—De adolescente era bastante solitaria, aunque no te lo puedas creer —le conté, y él sonrió—. El caso es que con los años eso no mejoró y un día me llamaron para la típica reunión de antiguos alumnos. No quería ir, pero mis padres me convencieron y, por no escucharlos, acepté.

—¿No fue bien?

—Como el culo —me sinceré, y ambos reímos—. La mayoría sabía que tenía un coeficiente intelectual alto y que era buena resolviendo enigmas, la mejor.

—Modesto, baja, que sube Rita.

—¿Te lo cuento o no?

—Perdona, sigue.

—Dijeron que habían preparado una especie de juego para esa noche.

Nada del típico rey y reina del baile tan americano.

Eran pruebas, acertijos y una yincana por la ciudad.

Y yo, tan lista como soy, me lo creí por completo porque, por primera vez en mucho tiempo, parecían querer que participara en algo con ellos.

Hice una pausa breve antes de seguir.

—Al principio todo parecía bastante inocente.

Resolver pistas, encontrar lugares, descifrar códigos…

cosas que se me daban bien. Algunas pruebas incluso estaban diseñadas para que yo destacara, y supongo que eso terminó de bajar mis defensas.

Me sentía aceptada. Integrada. Y eso era tan raro para mí que ignoré todas las alarmas que mi cabeza llevaba rato encendiendo.

Paco me observaba en silencio.

—Una de las chicas era hija de un joyero bastante conocido de la ciudad y, en una de las pruebas, empezó a darme datos de seguridad de la tienda de su padre.

Horarios. Sistemas de alarma. Modelos de cerraduras.

Me pidió que averiguara las combinaciones como si fuera otro acertijo más dentro del juego.

Noté el estómago encogiéndose al recordarlo.

—Y lo hice. —Tragué saliva—. Porque no entendí lo que estaba pasando hasta que fue demasiado tarde. Yo pensaba que seguíamos jugando y, sin darme cuenta, les estaba dando la información que necesitaban para cometer un atraco real.

La lluvia siguió golpeando con suavidad el tejadillo sobre nosotros.

—Cuando comprendí lo que había hecho entré en shock . Intenté detenerlos, pero ya era tarde. Habían vaciado parte de la joyería y, antes de irse, me encerraron dentro para cargarme toda la culpa a mí.

Paco tensó ligeramente la mandíbula.

—Y después prendieron fuego al local conmigo todavía dentro.

—Mierda, Rita.

—No pasa nada, sucedió hace algunos años, mi psiquiatra dice que si completo esta terapia me firma los papeles para que esté en total libertad… —ironicé.

—Esa pedazo de mierda seca nos va a firmar hasta los papeles del culo cuando salgamos de aquí, créeme.

—Murió una persona, ¿sabes?

—¿Cómo?

—Un bombero.

—Lo siento mucho, Rita, pero no fue culpa tuya.

—Sí lo fue. Se lo dije al juez, le confesé que yo había sido la que les dio las indicaciones. Los detuvieron a todos... y a mí también. Hice un trato después de que me hicieran un estudio psicológico, y me dejaron en manos de Mercedes.

—La ley es una mierda muchas veces —confesó, y se encendió un cigarrillo con bastante dificultad con solo una mano—. Toma. Igual necesitas relajarte.

Se lo quité de los dedos y lo miré con desconfianza.

—Eso huele a cáncer.

—Mejor que oler a cadáver, humedad y pólvora. No estamos para ponernos exigentes.

Le di una calada intentando aparentar dignidad, pero me duró medio segundo.

El humo me abrasó la garganta y empecé a toser de forma violenta mientras sentía que uno de mis pulmones acababa de suicidarse.

Paco me miró sorprendido unos segundos y terminó soltando una carcajada breve, cansada, pero real. La primera que le oía desde hacía bastante rato.

—Eso ha sido dolorosísimo de ver.

Le devolví el cigarro con lágrimas en los ojos.

—El tabaco es asqueroso.

—Y aun así acabas de aceptármelo —señaló Paco.

Me encogí un poco de hombros y entonces bajé la vista hacia el cabestrillo.

—¿Te sigue doliendo?

Él movió algo los dedos de la mano herida antes de negar despacio.

—Menos. Desde que la loca misófoba me limpió y me tomé los antibióticos está bastante mejor.

Asentí distraída mientras lo observaba de reojo. Seguía teniendo mala cara, pero parecía otra vez él.

Entonces, mi cerebro terminó de conectar algo y la neurona que llevaba días hibernando decidió despertarse de golpe.

Antes de pensarlo demasiado, me incorporé un poco hacia él y le di un beso fuerte y sonoro en la mejilla. El ruido resonó ridículamente alto.

Paco se quedó inmóvil y parpadeó una vez. Después me miró como si acabara de golpearlo con una silla, sin saber qué hacer con su existencia.

—Bueno… —Carraspeó, intentando recuperar algo de dignidad masculina—. Sé más palabras difíciles, si eso es lo que te pone a tono.

Mi cerebro reaccionó antes que yo y le pegué un puñetazo en el hombro del brazo herido. Él soltó un quejido.

—¡Hostia, Rita!

Abrí mucho los ojos.

—¡Ay, perdón, perdón…!

Y entonces empezó a reírse.

Una risa de verdad. Torpe, agotada y un poco incrédula, pero preciosa, lo que provocó que yo también terminara riéndome.

El momento me resultó tan incómodo y revelador al mismo tiempo que me levanté antes de seguir haciendo estupideces y salí corriendo hacia el interior con las orejas ardiéndome.