Capítulo 29
Rita
olo tenía clara una cosa: si quería sobrevivir y conseguir que Bartolo también lo hiciera, necesitaba tomar las riendas de aquella situación y terminar de unir todas las pistas. Y para eso hacían falta respuestas.
Miré al nuevo con cara de mala a ver si colaba.
—¿Cómo te llamas?
—Adrián. Adrián Castellanos.
—¿Y puedes decirnos quién eres? —intervino Paco, incapaz de soportar silencios de más de tres segundos sin empezar a sufrir daños cerebrales.
—Adrián —repitió el hombre con expresión desconfiada, como si sospechara que el de la pistola tenía algún tipo de tara importante.
Ulises resopló.
—Creo que se refiere a qué haces aquí.
—Ah… bueno… —Adrián carraspeó nervioso mientras se recolocaba las gafas—. Mercedes es mi terapeuta.
—Pues creo que todos deberíamos cambiar de loquera —soltó Chus con ironía, y Gaspar asintió con gravedad.
Decidí ignorarlos antes de perder la paciencia.
—¿A qué te dedicas aquí, Adrián? —continué, intentando reconducir aquello hacia donde me interesaba.
—Soy informático.
Ulises reaccionó al instante.
—¿Tú eres el cabrón que me ha estado capando el sistema?
Adrián levantó las manos rápidamente.
—Sí, pero eres bueno, ¿eh? Me ha costado lo mío.
El problema es que con el incendio perdimos las comunicaciones con el exterior y ahora los clientes tienen un mosqueo considerable.
Menos mal que al menos pueden seguir viendo todas las cámaras —añadió antes de saludar con la mano hacia una esquina de la sala.
El resto seguimos la dirección de su gesto y nos quedamos mirando una especie de bomba contraincendios colocada en el techo en la que ninguno había reparado hasta ese momento y que, curiosamente, tampoco se había activado cuando empezó el humo.
Paco soltó una risa seca sin humor.
—Vamos, no me jodas…
Antes de que pudiera detenerlo, colocó una silla debajo del aparato, se subió encima y le pegó un tiro que hizo trizas el mecanismo.
El disparo resonó dentro de la sala, y sentí un latigazo directamente en los tímpanos.
—¿Puedes dejar de comportarte como un puto psicópata aunque lo seas?
—le grité, porque entre las mentiras, los muertos, los tiros y el estrés acumulado ya tenía el corazón acelerado y los nervios destrozados.
No solía perder las formas de esa manera, pero empezaba a notar que mis propios límites también estaban acercándose.
Paco bajó de la silla y agachó la cabeza.
—Lo siento. Estoy hasta la polla de que se estén riendo de nosotros como si esto fuera un reality de mierda.
Adrián tragó saliva.
—Es que… eso es exactamente lo que es.
El silencio cayó de golpe dentro de la habitación.
Chus dejó de chupar el último trozo de chorizo que había encontrado sabe Dios dónde y frunció el ceño.
—Perdona, ¿qué?
Adrián empezó a sudar todavía más.
—Mercedes me dijo que habíais firmado el consentimiento. Incluso me enseñó los documentos. Se suponía que todo esto era legal. Lo único es que no podíais verme a mí ni a las cámaras para que no os sintierais cohibidos.
—Por mis cojones —estalló Ulises.
Me masajeé lentamente la sien intentando ignorar el principio de migraña que amenazaba con destruirme el cerebro.
—¿Quién leyó todos los papeles que nos dieron antes de venir? —pregunté, deseando no haber sido la única idiota que firmó cosas casi sin mirar.
El resto negó con la cabeza, y no supe si sentirme aliviada por aquello de mal de muchos, consuelo de tontos o todavía más preocupada al confirmar que habíamos llegado allí con el mismo nivel de estupidez.
Suspiré y volví a centrarme en Adrián.
—Cuéntanos qué está pasando o te dejaré solo en el bosque con Paco y luego nos haremos los tontos —lo amenacé.
Y, sinceramente, disfruté bastante diciendo aquello, lo cual probablemente tampoco hablaba demasiado bien de mi salud mental a esas alturas.
—No, con él no —lloriqueó Adrián de inmediato.
Tuve que contener una sonrisa al ver la expresión que se le quedó a Paco.
El policía acababa de descubrir que la actitud agresiva y los disparos dramáticos no imponían respeto, sino miedo.
—Voy a vigilar la entrada —anunció, y salió de la sala sin que nadie intentara detenerlo.
Y entonces sí me sentí culpable.
Porque, aunque sabía que Paco se había pasado de la raya, también echaba de menos al hombre risueño, impulsivo e insoportable que había conocido al llegar a la isla, y no a esta versión agresiva y descontrolada de él que parecía reaccionar a todo igual que un animal acorralado.
Necesitaba que volviera a ser él.
Pero también necesitaba que entendiera que la forma en la que estaba afrontando aquello no podía terminar bien para ninguno de nosotros. Tarde o temprano alguien acabaría herido… o muerto.
Suspiré y miré a Chus.
—¿Puedes ir con él?
—Vale, jefa. He tratado con tíos más chungos que él y sigo viva. Si necesitas que le endiñe a este con el palo para que cante, solo silba —contestó antes de salir correteando detrás.
Esperé a que desapareciera por el pasillo y volví a centrarme en Adrián, que parecía bastante más relajado desde que Paco había abandonado la habitación.
La verdad, no podía culparlo demasiado.
—Necesitamos contactar con el exterior y conseguir que alguien venga a detener todo esto. ¿Puedes hacerlo?
Adrián dudó unos segundos antes de responder.
—No creo… Puedo intentarlo, pero va a estar complicado.
La respuesta me cayó encima igual que un jarro de agua helada.
Supongo que, en el fondo, había esperado que dijera que sí. Que pulsaría cuatro teclas, aparecería internet mágicamente y media policía española desembarcaría allí en helicóptero para llevarnos lejos de aquella pesadilla.
Pero, claro, entonces habría sido demasiado fácil, y mi vida nunca había tenido la decencia de serlo.
—¿Puedes contarnos algo que sepas, por favor? Es muy importante, porque ahora tu vida también está en juego.
Él se lo pensó un momento.
—Todo comenzó con el retiro… bueno… no era lo que se dice un retiro normal —empezó mientras se recolocaba las gafas con nerviosismo—. Se trataba de una especie de programa privado online . Muy privado. Había usuarios que pagaban muchísimo dinero por verlo.
El silencio cayó sobre la sala.
—¿Ver el qué, exactamente? —pregunté.
Adrián tragó saliva.
—A los pacientes.
Ulises se pronunció con cara de pocos amigos.
—Ah, pues maravilloso que haya peña que se gaste el dinero en esas mierdas en vez de ayudar a las colonias de gatos, por decirte un ejemplo.
Adrián siguió hablando atropelladamente antes de que Paco decidiera regresar y pegarle un tiro.
—Mercedes decía que era una terapia extrema conductual.
Que las personas solo cambian cuando las sacas por completo de su zona segura.
Usaba el dinero para mantener todo funcionando y para seguir investigando.
Los espectadores pagaban por acceder a las cámaras, las pruebas y las dinámicas de convivencia.
—¿Dinámicas de convivencia? —repitió Gaspar con cara de querer estrangularlo.
—Las… las situaciones que planteaban. Los retos. Las pruebas psicológicas…
Noté el estómago revolviéndose.
—¿Sabías lo que esas pruebas nos harían a los usuarios?
—Sabía que había retos extremos —admitió rápidamente—, pero pensaba que no los llevaríais a cabo. O sea, la gente suele echarse atrás antes de matar a alguien o quemarlo vivo…
Gaspar levantó una mano.
—Bueno, eso depende mucho del día que estés teniendo, que a mí casi me prenden fuego.
—¿Y el crucigrama? —pregunté, clavándole la mirada.
Adrián negó enseguida.
—Eso no formaba parte del programa. Ni el crucigrama ni lo de la comisaría destrozada. Os lo juro. Mercedes tampoco sabía nada. Ahí fue cuando todo empezó a írsenos de las manos.
Ulises dejó de trastear con uno de los monitores y levantó la vista.
—Entonces, alguien cogió vuestro reality de psicópatas de mierda y decidió subirlo de nivel.
—Sí… —murmuró Adrián—. Algo así.
Me crucé de brazos.
—Santa Águeda, ¿qué sabes de eso?
Solo pronunciar ese nombre hizo que Adrián se tensara, intentando disimular sin demasiado éxito.
—Ese fue el sitio anterior a este, cerró después de un incidente y Mercedes perdió bastante reputación entre sus colegas.
—¿Qué incidente? —pregunté rápidamente. A lo mejor por fin tendríamos las respuestas que nos faltaban.
El hombre vaciló.
—No estoy muy enterado. Mercedes nunca quiso hablar mucho de eso conmigo. Solo sé que algo grave pasó con el paciente número ocho y que estuvo a punto de costarle la carrera.
Sentí que toda la habitación se quedaba quieta.
—¿Qué sucedió con él? —preguntó Ulises.
Adrián negó despacio.
—No tengo ni idea. En serio. Solo escuché discusiones sobre «el ocho» varias veces y después todo el mundo actuaba como si estuviera prohibido mencionarlo. Pero al final Mercedes consiguió salir bastante bien parada de aquello.
Pensé que Gaspar iba a tener razón y el ocho significaba algo más que un simple número o las letras de un trastorno.
Miré la caja metálica abierta sobre la mesa y decidí dejar a Adrián y Ulises intentando arreglar los ordenadores para contactar con el exterior, y me acerqué a Gaspar para revisar el contenido.
—Como salga algo más raro todavía de ahí me voy a enfadar mucho —murmuró él mientras me sentaba a su lado. En el fondo me daba bastante ternura, aunque casi hubiera matado a Bartolo.
Lo primero que encontré fue un sobre con una etiqueta escrita a mano:
HOSPITAL SANTA ÁGUEDA 2018.
Dentro había fotografías de doce pacientes. Varias imágenes estaban clasificadas en «antes» y «después». Había nombres que no había escuchado allí en la isla: Aitor. Rafael. Pepe, Sonsoles y María.
También había varios certificados de defunción, y noté un escalofrío desagradable recorriéndome los brazos.
Debajo encontré otra lista de usuarios, pero en esta se leía la palabra «isla».
Empecé a leer deprisa mientras Gaspar se inclinaba sobre mi hombro para cotillear.
Cada persona aparecía acompañada de:
Un perfil psicológico, el nivel de riesgo de hacerse daño y de recaer durante la terapia.
Cosme: ALTO.
Leandro: ALTO.
Bruno: MUY ALTO.
Gaspar: MEDIO.
Chus: MEDIO.
Ulises: MEDIO.
Paco: ALTO.
Margarita: MUY ALTO.
Chano: MEDIO.
Tobías: MUY ALTO