Capítulo 28
Paco
o me podía creer que nos hubieran encerrado a todos.
¿En qué mierda estaba pensando?
Lo mínimo que tendría que haber hecho era vigilar las vías de escape, asegurar entradas y salidas, y dejar de actuar como si aquello fuera una puta convivencia de instituto.
Pero no. Allí estaba, en una habitación mientras jugábamos al jodido crucigrama con el que mi hermano se habría sentido comodísimo y en el que yo me movía igual que un pez fuera del agua.
Y todo por intentar impresionarla.
Apreté la mandíbula con rabia.
Porque, en lugar de comportarme como un maldito policía, llevaba horas actuando como un adolescente con las hormonas revolucionadas que necesitaba quedar bien delante de la chica rara e inteligente que le gustaba.
Cojonudo, Paco. Brillante trabajo policial.
Me golpeé la cabeza contra la madera y me entraron ganas de romper la puerta de un cabezazo.
Aporreé con fuerza usando la mano que todavía tenía bien y empecé a gritar:
—¡Abre, Edurne, esto no tiene ninguna gracia!
—Paco —me dijo alguien, intentando apartarme.
—¡Edurne, abre o cuando salga te va a faltar isla para correr! —la amenacé, ignorando al resto mientras seguía tirando de la manilla.
—Paco —insistieron otra vez.
Y ahí fue cuando algo terminó de romperse dentro de mí. La culpa, unida a la presión y al miedo constante de no ser suficiente, explotó de golpe dentro de mi cabeza, y reaccioné igual que siempre hacía cuando me sentía acorralado.
Me giré bruscamente y aparté de un empujón a la persona que tenía más cerca, cegado por la rabia, la frustración y toda la mierda que llevaba demasiado tiempo intentando contener.
—¡Paco, coño! —me gritó Chus.
El velo de ira desapareció de golpe y la vi en el suelo junto a Rita, intentando incorporarla.
Sentí el estómago desplomándose dentro de mí.
Ulises reaccionó enseguida y se colocó delante de ellas por puro instinto, usando su cuerpo como barrera mientras me miraba con tensión.
—Tío, la violencia entre nosotros no es la solución —me indicó con cautela, como si temiera que pudiera volver a explotar.
Y eso fue muchísimo peor, porque en ese momento entendí exactamente lo que estaba pasando conmigo.
No era solo rabia, también era culpa y decepción conmigo mismo por no haber estado a la altura de nuevo.
La sensación constante de estar fallando desde que habíamos puesto un pie en aquella isla.
No había protegido a nadie. No había visto venir nada.
Nos habían manipulado, encerrado y utilizado delante de mis narices mientras yo seguía intentando mantener la situación bajo control igual que un imbécil que todavía cree que las cosas funcionan siguiendo normas.
Y encima Rita había confiado en mí. Esa era la parte que más me estaba destrozando por dentro.
Toda aquella presión terminó mezclándose dentro de mi cabeza hasta dejarme sin espacio para pensar con claridad. Apenas escuchaba ya lo que decían detrás de mí. Solo quería salir de allí antes de que le pasara algo a alguien más por mi culpa.
Saqué la pistola y apunté con la mano izquierda hacia la manilla. La postura era incómoda y torpe porque todavía no me acostumbraba a usar la zurda, pero en ese momento me daba exactamente igual. Si habían puesto algo al otro lado para encerrarnos, lo iba a reventar.
Los disparos resonaron de forma brutal dentro de la habitación y los estruendos me hicieron vibrar hasta los dientes.
Oí a alguien sobresaltarse detrás de mí, probablemente Rita o Gaspar, pero ya estaba demasiado cegado por la rabia para detenerme.
Cuando la madera alrededor de la cerradura quedó hecha astillas y aparecieron varios agujeros, descargué toda la frustración acumulada en una patada seca y la puerta terminó cediendo de golpe.
Salí al pasillo con el arma levantada y el corazón desbocado, preparado para encontrarme a cualquiera detrás de aquello, pero justo entonces oí el sonido de la puerta secreta cerrándose al fondo de la casa.
El golpe resonó por el pasillo, y algo dentro de mí terminó de quebrarse por completo.
Me giré inmediatamente y eché a correr hacia la entrada oculta mientras notaba el calor subiéndome por el cuello y la sangre golpeándome con fuerza en las sienes. Cuando llegué empecé a aporrearla con rabia.
—¡Abre la puta puerta!
No respondió nadie, y eso solo empeoró las cosas.
Volví a levantar el arma y disparé otra vez hacia la zona donde calculaba que estaría el mecanismo de cierre. Los tiros reventaron parte de la madera y algo metálico salió despedido al otro lado. Después de un golpe con el hombro, la puerta terminó abriéndose también.
A esas alturas ya estaba hasta los cojones de tantas maniobras, secretos y juegos psicológicos. Había intentado hacer las cosas por las buenas desde que llegamos a aquella isla, te juro que sí, pero la paciencia, la diplomacia y toda esa mierda acababan de irse definitivamente al carajo.
Le propiné otra patada a la puerta y esta terminó de abrirse de golpe contra la pared. Levanté inmediatamente la pistola y apunté al interior con el pulso todavía acelerado, negándome a permitir que me cogieran otra vez desprevenido igual que un idiota.
Ya estaba bien.
Llevaba demasiado tiempo intentando contenerme, actuar con calma y convencerme de que todavía podía manejar aquello hablando con la gente, razonando o fingiendo que seguíamos dentro de una situación medio normal, pero ya no quedaba nada de eso.
Todo el mundo allí dentro estaba roto de una forma u otra, y yo empezaba a estar harto de actuar como si pudiera salvarlos mientras nos manipulaban igual que a ratas de laboratorio.
Si me habían metido en aquel experimento por agresivo, perfecto.
Entonces, iba a demostrarles que tenían razón.
Lo primero que vi al entrar fue una sala de ordenadores con monitores apilados hasta el techo y luces parpadeando entre montones de cables.
Algo se movió a mi lado y estuve a punto de disparar por puro reflejo, hasta que reconocí a Ulises avanzando detrás de mí con una barra metálica levantada sobre la cabeza.
—Yo te cubro, jefe psicópata —me informó.
Y, contra todo pronóstico, tuve que contener una sonrisa.
Di dos pasos más dentro de la sala mientras intentaba abarcarlo todo de un vistazo. Cuando empujé más la puerta para abrirla del todo, esta chocó contra algo blando que había detrás.
Entonces noté cómo toda la tensión volvía a apoderarse de mi cuerpo de golpe. Corrí hasta el centro de la sala y me giré, apuntando directamente hacia el bulto oscuro agazapado junto a la pared.
—¡Un solo jodido movimiento y tus sesos van a quedar peor que la cerradura! —le grité.
—Joder, casi me cago yo en los pantalones, tío. Está vacío, cojones, ¿qué mierda te va a hacer un ordenador? —protestó Ulises detrás de mí, incapaz de seguir el ritmo de paranoia homicida que llevaba encima.
Lo ignoré por completo y le propiné un puntapié al desconocido para obligarlo a reaccionar.
El hombre soltó un quejido y terminó incorporándose despacio con las manos levantadas mientras yo seguía apuntándole directamente a la cara.
Lo primero que vi fue una barriga prominente, una nariz chata y unas enormes gafas de pasta que le daban aspecto de profesor universitario obsesionado con los videojuegos. Parecía más el mejor amigo de Sheldon Cooper que alguien capaz de organizar un experimento psicológico clandestino.
Ulises abrió mucho los ojos.
—¡Mierda! ¿Y este quién coño es? —exclamó cuando saqué de allí al desconocido.
—Vigílalo. Y si hace cualquier estupidez, le rompes la cabeza —le ordené a Ulises.
Este palideció todavía más mientras sujetaba la barra metálica con menos entusiasmo que antes.
—Joder, Paco, me gustabas más cuando solo amenazabas de boquilla…
El tipo empezó a negar muy rápido con la cabeza.
—Yo no he hecho nada, os lo juro. Yo solo llevaba la parte técnica.
Aquella frase hizo que algo se tensara todavía más dentro de la habitación.
—¿Qué parte técnica? —preguntó Chus entrando detrás de nosotros.
El hombre tragó saliva al verla aparecer con una rama entre las manos.
—Las cámaras… los micrófonos… las grabaciones… Yo solo controlaba eso.
—¿Dónde está Mercedes?
El hombre palideció todavía más.
—Ni idea, me dijo que me quedase aquí, pero ya me meaba, tío. ¿Sabes lo que es hacerlo en una botella de plástico sin salirte?
Lo ignoré antes de que la agresividad me poseyera otra vez y terminara metiéndole un tiro entre ceja y ceja. Después miré a Chus.
—Ayuda a Ulises, y que esta vez no se escape —le ordené.
Salí de la sala sintiéndome agotado. La adrenalina empezaba a bajar y me dejó un cansancio espeso pegado al cuerpo junto a un dolor insistente latiéndome en la sien. Todavía notaba la rabia recorriéndome por dentro, pero ahora venía mezclada con algo peor.
Vergüenza.
Busqué a Rita con la mirada y la encontré junto al armario donde había metido a Bartolo. Sujetaba la carpeta en alto y revisaba el cactus con expresión ausente, aunque en cuanto me acerqué noté cómo se tensaba.
Frené un momento antes de llegar hasta ella porque no sabía muy bien qué decirle.
Llevaba toda la vida siendo un desastre manejando ciertas cosas, pero en esta ocasión podía ser que se me hubiera ido demasiado de las manos.
La había asustado. Había perdido el control delante de ella igual que un puto animal y ahora no podía quitarme de la cabeza su imagen en el suelo ni la de Ulises colocándose delante por si volvía a explotar.
Me acerqué despacio, intentando no invadir demasiado su espacio.
—Rita… —empecé, porque necesitaba pedirle perdón.
Ella levantó la vista hacia mí y esperó en silencio.
Tragué saliva.
—Yo no… no quería hacer eso antes.
Noté un nudo desagradable cerrándome la garganta.
—Sé que me pasé. Y sé cómo ha debido verse desde fuera.
Rita sostuvo mi mirada unos segundos y después suspiró cansada.
—Paco, estamos atrapados en una isla llena de personas con problemas mentales mientras alguien juega con nosotros igual que si fuéramos piezas de un experimento. No creo que ninguno esté reaccionando de forma especialmente sana.
Solté una risa seca sin humor.
—Sí, bueno, pero yo acabo de abrir dos puertas a tiros y casi le arranco la cabeza a un informático gordito que parecía venir de una convención de Star Trek .
Eso consiguió que la comisura de sus labios se moviese apenas un poco.
Lo suficiente para que me doliera el pecho.
Ella bajó después la vista hacia las carpetas que estaban sobre la mesa.
—Cada uno tiene su papel en toda esta historia —murmuró—.
El tuyo probablemente sea perder los nervios y ponerse agresivo cuando siente que no puede proteger a los demás.
El mío, obsesionarme con las pistas hasta olvidarme de que hay personas alrededor.
El de Ulises, hacer bromas para no admitir que está aterrado.
Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de Bartolo.
—Y, la verdad, espero que todo esto termine pronto.
La miré en silencio.
Rita levantó la vista otra vez y añadió con voz agotada:
—Porque no quiero volver a ver a ninguno de vosotros después de salir de aquí.
Aquello me golpeó bastante más fuerte que cualquier puñetazo, y durante unos segundos sentí que no era capaz ni de respirar bien.
Una parte de mí quiso decirle algo, cualquier cosa, intentar convencerla de que no hablaba en serio, pero en el fondo entendía a la perfección por qué lo hacía.
Aquella isla nos estaba arrancando lo peor poco a poco, y volver a mirarnos después de salir de allí siempre significaría recordar en qué nos habíamos convertido para sobrevivir.
Si es que sobrevivíamos…
Le dejé espacio y terminé guardándome el arma mientras intentaba obligarme a recuperar algo parecido al control.
Notaba todavía la adrenalina recorriéndome el cuerpo y por eso empecé a repasar mentalmente las balas que me quedaban.
La pistola tenía dieciséis contando la de la recámara.
Si no me equivocaba, Edurne había matado a Leandro de un disparo y yo había gastado tres en la primera puerta y otras tres en la secreta.
Siete.
Eso significaba que todavía me quedaban nueve.
Preferí no comprobarlo allí delante de todos y dejarlo para cuando pudiera quedarme solo unos minutos sin sentirme observado.
Por el rabillo del ojo vi a Rita acercarse otra vez al armario para esconder a Bartolo.
Volví entonces la vista hacia el tipo raro, que parecía a punto de echarse a llorar mientras Ulises y Chus lo vigilaban de cerca.
—No tengo claro qué hacer contigo primero —comenté.
Gaspar levantó inmediatamente la mano desde el fondo de la sala.
—¿Puedes pegarle un tiro chiquitito?
Lo miré mal.
—¿Por favor? —añadió.
—No, Gaspar, no va a disparar a nadie más. ¿Verdad, jefe? —dijo Chus, aunque sonó bastante más a advertencia que a pregunta.
—Pues al final a Edurne sí tendría que haberle disparado —murmuré.
Noté cómo varias miradas se clavaban en mí al mismo tiempo, y no pude culparlos.
Porque, hacía apenas unos minutos, probablemente sí habría sido capaz de hacerlo.
Apreté la mandíbula mientras intentaba ordenar aquella sensación desagradable que llevaba rato creciendo dentro de mi cabeza.
Tendría que haber hecho caso a mi instinto cuando empezó a avisarme.
Había algo raro en Edurne desde el principio, y ahora mismo no sabíamos dónde estaba la posadera, qué pretendía realmente, ni siquiera si se había marchado por voluntad propia o si Ramiro se la había llevado siguiendo órdenes de Mercedes.
Antes de que me diese tiempo a comentarlo en voz alta, se oyó un clic metálico a mi espalda, y todos nos giramos de golpe.
Rita estaba apoyada sobre la mesa con la caja metálica abierta delante de ella mientras observaba el contenido con esa expresión fría y concentrada que se le ponía cada vez que algo dentro de su cabeza terminaba encajando.
Ulises abrió mucho los ojos.
—¿Cómo coño has hecho eso? —preguntó, ofendido porque no hubiera podido él hacer los honores de abrirla.
Rita ni siquiera levantó la vista.
—Era un candado numérico.
—¿Y? —insistió Chus, que también la miraba como si acabara de presenciar magia negra.
—Y el código era bastante obvio —respondió ella con total naturalidad mientras apartaba despacio la tapa—. El año del Hospital Santa Águeda. Dos, cero, uno, ocho.
Rita levantó entonces la vista despacio y observó al tipo raro en silencio durante unos segundos que se hicieron demasiado largos. Después cerró la carpeta que todavía tenía entre las manos y habló con una calma que resultó muchísimo más inquietante que cualquier grito.
—Ahora vas a explicarnos qué está pasando en este lugar.
El hombre tragó saliva mientras Rita daba un paso hacia él sin quitarle los ojos de encima.
—Y te recomiendo que no me mientas —añadió en un tono que no dejaba espacio para réplica y con el que, si te soy sincero, hasta yo habría confesado cualquier cosa que me preguntara.