Capítulo 27 #2
—Pues no lo sé, pero quien haya hecho este crucigrama me conocía demasiado bien y sabía que lo resolvería.
Chus hizo una mueca.
—Eso ya entra en categoría de acosador chungo.
—Mercedes es la única que sabía algunas cosas de mí y ha podido usarlas para esto —dije.
La habitación se quedó algo más silenciosa.
Pasé la página.
—Segundo: Mercedes aparece atada a una silla.
—Eso significa que no controla la situación —dijo Paco.
—O que dejó de controlarla. Porque hasta ahora parecía parte del experimento, y a veces lo sigue pareciendo. Recuerda que en la taberna fue ella la que habló por megafonía para decirles a todos que tenían que cumplir con sus retos.
—Hija de puta —la insultó Ulises, y creo que los demás también hicimos lo mismo en nuestra mente.
Me quedé pensando unos segundos.
—Pero hay algo que no encaja. ¿Por qué seguir exactamente el mismo sistema del hospital? Las pistas. Las pruebas psicológicas. Las dinámicas de conducta. He estado revisando las notas que tenía, y es bastante similar.
—¿Estás diciendo que quien hace esto podría ser Mercedes o alguien que aprendió de ella? —preguntó Ulises.
—O trabajó con ella. Igual es la enfermera que sale en la foto del que iba vestido de herrero y casi le amputa el brazo a Paco —hizo el inciso Chus.
Noté un escalofrío desagradable recorriéndome la espalda.
—O era uno de los pacientes.
Gaspar levantó otra vez la mano.
—A mí me gustaba más la opción del hijo secreto psicópata.
—Eso suena muy a película de las cuatro de la tarde de televisión autonómica —le indicó Chus.
—Ya, pero molan.
Pasé otra página.
—Tercero: la nota de Bartolo. «Cada respuesta es una pieza. Cada pieza es un secreto». —Me apoyé hacia atrás en la silla—. Eso significa que los trastornos de cada uno son el resultado de las casillas del crucigrama.
Paco frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que tenemos que relacionar los nombres con los trastornos.
Chus señaló a Gaspar.
—Pues el pirómano intentó cocinarlo.
—¿Y cómo se llama? —quise saber para ir completando algunas cosas.
—Bombero —contestó Ulises, y Chus meneó la cabeza, cansada.
—Bruno, se llama Bruno —habló Paco—. ¿Recuerdas cuando me empeñé en conocer a todo el mundo en la isla?
Asentí, porque sería imposible que olvidase el estrés que me causó que quisiera saludar a cada ser viviente que nos rodeaba.
—Pues era por esto.
Busqué en las definiciones que tenía apuntadas.
—Veintiuno horizontal: «Juega con fuego». Ocho letras.
—¡Pirómano, pirómano! —gritó Ulises, levantando la mano igual que si estuviéramos en el colegio.
—Exacto, tenemos tres: mentirosa, agresivo y pirómano —les informé antes de seguir con las pistas para completar el crucigrama una vez que tuviera todos los datos.
—Y luego viene Santa Águeda, 2018. La única fecha concreta de todo esto —añadió Paco.
Lo miré.
—Eso significa que ahí pasó algo importante. Lo bastante importante para que años después alguien haya montado este teatro.
—¿Y si fue cuando empezó Mercedes con los experimentos? —preguntó él, pensativo.
Negué despacio.
—No. Creo que fue cuando algo salió mal.
El silencio volvió a caer unos segundos.
—Porque esto no parece un proyecto en marcha.
Parece una venganza cocinándose desde hace años.
—Pasé otra hoja—. Luego está el crucigrama gigante.
—Solo de recordarlo me entraba mal cuerpo—.
Veintidós casillas. Una palabra ya escrita.
Y definiciones que parecían hechas por alguien obsesionado conmigo.
Leí una de las anotaciones:
—«Teje redes que no son de araña».
Ulises frunció el ceño.
—Eso suena a manipulador.
—En realidad, la definición correcta es «mentirosa» y se refiere a mí, pero no tiene demasiado que ver ni conmigo ni con la palabra —confesé, y todos me miraron. Me masajeé la sien—. Y lo peor es que todavía nos faltan nombres y trastornos concretos.
—Eso, a estas alturas, no es demasiado difícil, teniendo en cuenta que creo que casi hemos conocido a todos los majaras de la isla y la mayoría estamos aquí —dijo Ulises.
Gaspar señaló al pasillo.
—Los de ahí fuera dan más miedo que nosotros.
Nadie discutió eso.
Pasé otra página.
—La nota a Mercedes. «Pagarás por todo lo que hiciste, y el mundo entero lo sabrá».
—Supongamos que la loquera no es la que está haciendo esto ahora, porque apostaría mi carrera a que antes sí —dijo Paco—.
Alguien quiere vengarse de ella por algo que sucedió en el hospital Santa Águeda en 2018 y sabía que esto se iba a llevar a cabo, además de conocer que había cámaras y que lo que sucediese lo verían no quiero saber cuántas personas fuera.
Eso no es algo que se haga porque sí y tampoco se puede considerar una broma pesada.
—No —estuve de acuerdo—. Eso es odio. —Levanté la vista—. Y además habla de exposición. «El mundo entero lo sabrá». Quieren sacar algo a la luz.
—¿El qué?
—Ni idea. Pero lo suficientemente grave para montar esta locura.
Pasé otra hoja.
—Después está la foto de llegada con las caras tachadas.
—Eso da muy mal rollo —murmuró Gaspar.
—Sí, porque tachar caras significa algo. Gente marcada. Eliminada. Silenciada. Muerta. Algo.
Ulises verbalizó lo que muchos pensábamos:
—Las tumbas de fuera tienen ya algunos inquilinos. Si la monja y el cura cochinos se fueron de verdad con los de seguridad, ¿quiénes son? Además de Leandro, claro. A ese lo hemos metido nosotros.
—No pienso ponerme a cavar y hacer exhumaciones de cadáveres. Eso me da un mal rollo que lo flipas —puntualizó Chus.
Respiré hondo antes de seguir.
—Luego está el bombero pirómano recibiendo instrucciones para quemar a Gaspar.
Gaspar miró a Paco.
—Sigo pensando que eso fue personal —dijo.
—No era personal —lo contradije—. Era parte de las pruebas.
Todos me miraron.
—Las pruebas están diseñadas según los trastornos concretos de cada uno, para ponernos al límite y ver hasta dónde llegamos.
Pasé directamente a las últimas páginas.
—Y ahí es donde todo encaja de la peor forma posible.
Levanté las carpetas del maletín de Mercedes para que pudieran verlas.
—Esto no era una terapia grupal, tal y como intentó vendernos. Era un simple entretenimiento subvencionado por un montón de psicópatas sin diagnosticar.
La habitación volvió a quedarse callada.
—Nos eligieron por nuestros problemas. Luego nos metieron juntos para observar qué ocurría bajo presión.
—Un puto zoo humano —murmuró Chus.
Miré las anotaciones otra vez.
—«Provocar crisis controladas para medir evolución». —Noté el pecho encogérseme un poco—. Eso lo escribieron sobre mí.
Paco se tensó.
—Rita…
—No. Escucha. —Levanté la vista—. Eso significa que llevaban estudiándonos desde antes de llegar aquí. Sabían exactamente qué botones tocar para hacernos explotar.
Ulises frunció el ceño.
—Entonces, todo esto estaba preparado desde hace años, y la mejor candidata vuelve a ser Mercedes.
—Sí, pero algo no cuadra. —Moví la cabeza, pensando—. ¿Por qué exponerse ella misma?
—No te olvides de la fotografía que había en el bolsillo del que intentó matarme —me recordó Paco.
—Bueno, ¿abrimos ya la caja? —preguntó Chus, impaciente.
—Como lo que tenga dentro sean condones, verás la gracia que nos va a hacer… —añadió Ulises antes de llevarse el correspondiente guantazo por parte de su amor platónico.
—También falta el USB y el portátil de Mercedes. De eso se encargó Edurne —nos recordó Paco, y todos miramos hacia fuera de forma instintiva.
El silencio duró apenas un par de segundos, pero fue suficiente para que volviera esa sensación incómoda en la boca del estómago.
Hasta ahora solo habíamos estado trabajando con piezas sueltas. Fotografías. Notas. Grabaciones. Las carpetas del maletín.
Pero el portátil seguramente contenía la parte que Mercedes jamás habría querido dejar en papel.
Me incorporé un poco en la silla.
—Si ahí dentro hay historiales completos, nombres o grabaciones del hospital, podríamos saber quiénes estaban realmente implicados en Santa Águeda.
Ulises se apoyó contra la pared.
—¿Y si encontramos el nombre de la silueta negra?
Negué despacio.
—No creo que sea tan fácil. Si alguien lleva años preparando esto, no va a dejar la respuesta escrita en una carpeta llamada «PSICÓPATA ASESINO DEFINITIVO».
—Joder, pues sería bastante práctico —opinó Chus.
Paco seguía mirando hacia el pasillo.
—¿No llevan mucho tiempo en silencio ahí fuera?
Paco terminó incorporándose despacio, todavía mirando hacia el pasillo con esa expresión tensa que se le ponía cuando algo empezaba a olerle mal.
—Edurne —la llamó desde la puerta.
Su voz atravesó el silencio del búnker y desapareció sin recibir respuesta.
Paco frunció ligeramente el ceño y me miró un segundo. Yo le devolví la mirada sin decir nada porque sabía que acabábamos de pensar lo mismo.
—Edurne —repitió, esta vez más alto.
Otra vez nada.
Noté una presión desagradable subiéndome lentamente por el pecho, como si el aire dentro de la habitación se hubiera vuelto más denso de pronto.
Ulises dejó de apoyarse contra la pared y la media sonrisa burlona desapareció de su cara.
—Vale… eso ya no me gusta una mierda.
Gaspar empezó a incorporarse también desde el suelo mientras miraba hacia el pasillo con inquietud, y, antes de que ninguno pudiéramos movernos para salir, la puerta se cerró de golpe con un estruendo que reventó el silencio de la habitación.
Gaspar soltó un grito ahogado del susto, Chus masculló un taco y Paco reaccionó al instante agarrando la manilla antes de que terminara siquiera de vibrar, aunque la puerta no cedió.
—Pero ¿qué cojones…?