Capítulo 27
Rita
uando la puerta se abrió y apareció aquella mujer con pinta de desquiciada recién salida de unas rebajas violentas, no supe si ponerme a reír o encerrarme en mí misma hasta sufrir un colapso nervioso silencioso en alguna esquina del búnker.
Mercedes nos la había jugado de una forma tan retorcida que empezaba a sospechar que aquella mujer disfrutaba organizando brotes psicóticos colectivos igual que otra gente monta barbacoas los domingos.
—Ágata, bonita. ¿Ya está limpio ese cuarto? —preguntó Paco mientras avanzaba despacio hacia ella con una mano levantada, igual que si estuviera intentando tranquilizar a un animal salvaje que pudiera arrancarle la cara de un mordisco.
Ágata entrecerró los ojos inmediatamente.
—No, cara bonita. Otra vez no me vas a engañar.
Y, antes de que nadie pudiera reaccionar, giró la cabeza hacia el pasillo que llevaba a la salida con una intención tan evidente de huir que casi resultó enternecedora.
Si te soy sincera, era probablemente lo mejor que podía pasarnos.
No sabía cuánto más podría soportar antes de empezar a romperme de verdad y, aunque aquella mujer estuviera ida, tampoco quería cargar con otra muerte encima. Ya tenía suficientes cadáveres ocupándome espacio en la cabeza.
El problema fue que Ágata decidió escapar exactamente igual que haría una cabra poseída por demonios.
Pisoteó a Gaspar, que seguía tirado en el suelo intentando recuperarse del susto, y salió disparada hacia la entrada del búnker moviendo los brazos y soltando amenazas.
—¡Mi riñón! —gritó Gaspar desde el suelo.
Todos echamos a correr detrás de ella. Yo solo quería asegurarme de que desaparecía de nuestro refugio; el resto, si te soy sincera, no sé muy bien qué pretendía hacer.
Ágata cruzó la puerta y se perdió en la oscuridad húmeda del exterior. Apenas habían pasado dos segundos cuando oímos un grito ahogado seguido de un golpe seco que resonó fuera.
Nos quedamos paralizados y durante un instante nadie se movió.
Después, una figura apareció lentamente en la entrada del búnker.
Era un hombre corpulento con un delantal manchado, el pelo pegado a la frente y expresión extraña, casi ausente, que me resultaba familiar. Tenía la nariz ligeramente levantada mientras olisqueaba el aire con insistencia igual que un sabueso buscando droga en una estación.
Y entonces habló.
—¿Tenéis comida? —preguntó de repente.
—¡Ramiro! —exclamó Edurne al reconocerlo.
Él levantó la cabeza al oír su voz y su expresión perdió parte de aquella ansiedad rara que parecía llevar pegada al cuerpo. Sonrió con auténtico alivio y ambos terminaron abrazándose en mitad de la entrada igual que dos supervivientes reencontrándose después de una guerra.
El resto nos quedamos mirando la escena bastante descolocados.
—¿Hola? —intervino Ulises después de unos segundos, porque alguien tenía que verbalizar la incomodidad colectiva.
Edurne se separó enseguida del abrazo.
—Perdón. Este es Ramiro, el cocinero. Nos conocimos cuando nos asignaron los puestos del pueblo.
Ramiro seguía mirando hacia el interior del búnker con una intensidad inquietante. Las manos le temblaban y la nariz se le movía ligeramente cada vez que le llegaba el olor de la comida.
—Han arrasado con todo lo que quedaba en la despensa —murmuró de pronto.
Y aquella frase, dicha con esa mezcla de angustia y derrota absoluta, consiguió que incluso yo sintiera un poco de pena por él.
Pude ver cómo se le humedecían los ojos mientras intentaba mantener la compostura, y entonces Chus dio un paso hacia delante sin pensárselo demasiado.
—Todavía tenemos comida, tío. Yo sé lo mal que se pasa cuando se tiene hambre.
El comentario me hizo girar la cabeza hacia ella de inmediato.
No me encantaba la idea de que empezara a confraternizar tan rápido con un hombre gigantesco que acababa de surgir de la oscuridad oliendo macarrones igual que un depredador rastreando sangre fresca.
Ramiro tragó saliva antes de hablar otra vez.
—Creo que he noqueado a vuestra amiga.
Paco salió disparado hacia el exterior antes de que nadie pudiera responder. Ulises fue detrás con la linterna, y ambos desaparecieron enseguida de nuestro campo de visión mientras la lluvia seguía entrando a ráfagas por la puerta abierta.
—¿Me ayudáis? —pidió Gaspar desde el suelo con dignidad bastante limitada.
Y, aunque me sentí un poco culpable por ello, fingí no haberlo oído. Mi estabilidad emocional ya iba bastante justa y no me veía preparada para tocar a nadie más en esos momentos.
Edurne terminó ayudándolo mientras le indicaba a Ramiro dónde estaba la sala de monitores y el resto de la comida.
El cocinero entró guiado por el olor y, en cuanto vio los recipientes sobre la mesa, empezó a devorarlos con una ansiedad tan salvaje que a ninguno nos dio tiempo ni de sugerir que quizá deberíamos racionar las provisiones por si no encontrábamos más.
Y, sinceramente, viendo la velocidad a la que estaba desapareciendo la comida, me alegré muchísimo de haber escondido a Bartolo. Tal y como tragaba aquel tipo, lo mismo confundía al cactus con una lechuga y se lo zampaba también.
—No está —informó Paco entrando otra vez en la sala completamente empapado—. Cierra bien esa maldita puerta.
—¡A sus órdenes! —gritó Ulises desde el pasillo justo antes de que oyéramos el clonc seco del metal al cerrarse.
Paco se pasó una mano mojada por la cara y volvió a mirar al recién llegado, adoptando otra vez aquella postura de policía que parecía salirle sola incluso medio muerto y febril.
—Bueno, Ramiro. ¿Nos cuentas qué ha pasado y dónde has estado?
—Me escondí y no me vieron —respondió el cocinero con la boca llena de chorizo.
Paco frunció el ceño.
—¿Te escondiste de quién?
Ramiro levantó la vista hacia Edurne antes de responder.
—De todos. ¿Hice bien, Edurne?
Y ahí noté algo raro, porque ella tardó demasiado en contestar.
—Le dije que se escondiera cuando reunimos a todos en la cantina —acabó confesando—. Pensé que así no le harían daño.
Entonces lo recordé. Era el cocinero al que habían tirado al suelo esa noche. El hombre enorme que había tardado siglos en levantarse mientras el resto gritaba y se empujaba alrededor.
Mi vista fue sola hacia la caja metálica. Y en ese momento entendí que necesitaba alejarme de todos.
Cogí la caja del rincón donde había quedado tirada, agarré también el cuaderno, la maleta de Mercedes y una botella de agua antes de dirigirme hacia el cuarto que, por fin, acababa de dejar de funcionar como cárcel improvisada.
—¿Dónde vas? —preguntó Paco demasiado cerca de mi oído.
Di un pequeño respingo antes de girarme hacia él.
—A resolver esto sin que me sigáis interrumpiendo.
Entré en la habitación sin esperar respuesta y abrí más la puerta para tenerlos a todos vigilados. Enderecé la silla caída, coloqué la mesa que alguien había tirado durante el caos anterior y me senté despacio intentando ignorar el cansancio que empezaba a pegarse a mi cuerpo.
Después, abrí el cuaderno y volví a mi zona de confort: las letras.
Mi plan era ordenar todas las pistas que teníamos hasta ahora y analizarlo con los nombres y la información de la que disponía.
Antes de que me diese tiempo a empezar, Paco apareció en el umbral y me miró con expresión culpable, igual que un labrador enorme después de romperte media casa.
—¿Puedo pasar? Me siento un inútil sin hacer nada.
—Si no hablas, me da igual dónde estés —respondí con sequedad.
Paco levantó las manos en señal de paz y entró despacio.
Sin que me diera tiempo a volver a fijar la vista en los papeles, aparecieron Chus y Ulises discutiendo.
—Este gilipollas dice que nos vamos a quedar sin comida. No, ¿verdad? Quiero decir, habrá más… —protestó Chus, dándose cuenta demasiado tarde de la mala idea que había tenido al darle barra libre a una persona que tenía toda la pinta de tener un trastorno alimenticio grave.
—Te he dicho que luego, cuando solo te queden barritas caducadas, no quiero oírte llorar —replicó Ulises.
—Me siento solito. Esos dos no dejan de hablar de sus cosas y no me hacen caso —confesó Gaspar entrando también.
De pronto había casi más personas que metros cuadrados allí dentro, y empecé a notar esa presión desagradable detrás de las costillas que anunciaba que mi cerebro estaba valorando seriamente tirarse por una ventana para evitar interacción humana prolongada.
Suspiré y tragué saliva intentando relajarme.
—¿Vais a estar todos en silencio? —pregunté, hastiada y sabiendo perfectamente que aquello era una fantasía más improbable que encontrar una persona emocionalmente estable en esa isla.
—Hecho, jefa —aseguró Chus.
Ulises se cerró una cremallera imaginaria en la boca, Paco sonrió y se encogió de hombros, y Gaspar se sentó en el suelo con expresión aburrida.
Los observé unos segundos y después bajé la vista hacia las notas.
—A ver… —murmuré, pasando una página del cuaderno—. Vamos por partes.
Respiré hondo y señalé la primera hoja llena de anotaciones para decirlo en alto. Me servía para dos cosas: una, el cerebro analiza mejor las ideas si las expresas en voz alta, y dos, así los mantenía entretenidos y no me darían tanta lata. O eso esperaba.
—Primero: el crucigrama. Veintiún nombres. Fotografías. Y una silueta negra con un ocho debajo.
Gaspar levantó la mano desde el suelo.
—Yo tengo una duda importante. ¿Y si el ocho es porque se cree infinito?
Lo miré unos segundos.
—Voy a fingir que no has dicho eso para conservar la poca salud mental que me queda.
Volví al cuaderno.
—La cuestión es que la silueta tiene número. Eso significa que forma parte del crucigrama. No está fuera observando. Está dentro del tablero igual que nosotros. Ocho palabras es lo que contiene su definición.
—¿Será otro paciente? —preguntó Paco.
—Puede. O alguien relacionado con Santa Águeda. Pero el detalle importante es otro.
Golpeé suavemente la palabra escrita en el centro.
MENTIROSA.
—Solo hay dos palabras ya colocadas. La mía y la tuya. —Señalé a Paco al decir esto.
Ulises apoyó los brazos en las rodillas.
—¿Eso qué puede significar?