Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Intentaré decirlo de forma sencilla para que lo entiendas.

La amoxicilina mata bacterias. El ácido clavulánico evita que las bacterias destruyan la amoxicilina.

Si te tomas lo que te hemos traído con el estómago vacío, es muy probable que acabes con dolor de estómago, náuseas o una diarrea terrible.

Solo tenemos un baño, y no creo que monopolizarlo por imbécil sea ahora mismo una prioridad del grupo.

La miré en silencio mientras terminaba su explicación con aquella seriedad absoluta de crucigramista antisocial intentando salvarme la vida a regañadientes.

Y, de manera bastante humillante, me dieron ganas de besarla. Sin embargo, conservaba todavía algo de instinto de supervivencia y no hice ningún movimiento.

Rita volvió a entrar al búnker sin esperar respuesta y me dejó allí plantado en mitad de la lluvia con cara de gilipollas.

Suspiré resignado y terminé obedeciendo. Porque, por desgracia, tenía más razón que un santo.

—¿Serías capaz de abrir esto? —le preguntó a Chus, dejándole la caja justo delante.

—Por supuesto, jefa. Si esperas a que termine de comer, te prometo que la abro en menos de lo que Ulises la va a liar de nuevo —contestó la chica con la boca llena, y tuve que sonreír al ver la cara del aludido.

Después, Rita cogió las carpetas que estaban en la maleta y se sentó apartada, en el suelo, junto a los monitores apagados. Llevaba el cuaderno apoyado sobre las piernas cruzadas y el bolígrafo clavado en aquel moño rubio improvisado que amenazaba con deshacerse a cada movimiento.

Tuve que obligarme a dejar de mirarla.

Había algo peligrosamente hipnótico en la forma pausada y precisa con la que se movía.

El modo en que apartaba los folios, anotaba cosas o fruncía el ceño mientras pensaba empezaba a provocarme una especie de catarsis extraña difícil de explicar.

Y, si seguía así mucho más tiempo, terminaría mirándola con la misma cara de imbécil que tendría un golden retriever viendo abrirse una bolsa de salchichas.

—Paco, ¿podemos hablar? —preguntó Edurne, sacándome de golpe del trance justo cuando intentaba obligarme a tragar algo de comida.

—Claro. Dime.

Se acercó un poco más y bajó la voz.

—Hay algo que no me gusta. Cuando entré al baño con Gaspar vi que lleva escondido un cuchillo debajo del disfraz.

El comentario consiguió despejarme la cabeza de inmediato.

—Mierda… —murmuré—. Por eso no quería quitárselo.

Fue entonces cuando me pregunté dónde coño se había ido mi instinto policial desde que habíamos llegado a aquella isla.

Me apunté mentalmente ocuparme de aquello después y volví a fijarme en Rita.

Seguía abstraída del resto del mundo. Tenía algunos mechones húmedos pegados a la cara y una concentración tan intensa que parecía estar intentando reconstruir la Capilla Sixtina pieza a pieza dentro de su cabeza.

Iba pasando folios despacio, anotando cosas, tachando otras y escribiendo palabras sueltas mientras murmuraba para sí misma.

Chus seguía devorando comida frente a ella mientras observaba el proceso con auténtica fascinación.

—Te juro que cada vez que te veo hacer eso siento que estoy delante de una detective victoriana con problemas de personalidad. Me recuerdas a Lady Mayfair.

—No la conozco, pero, si tú sabes quién es, lo más probable es que no sea muy importante —contestó Rita sin levantar la vista del cuaderno.

—Eso no ha sonado ni medio ofensivo.

Ulises apareció entonces cargando varias herramientas robadas de la enfermería y las dejó sobre la mesa junto a la caja metálica.

—Bueno, ya que Miss Marple ha empezado su ritual satánico de unir pistas y el triturador de basura de Los Picapiedra todavía no ha terminado de cenar, yo voy a ir adelantando trabajo.

La caja emitió un pequeño ruido metálico cuando la giró entre las manos buscando el candado y, por alguna razón, aquel sonido consiguió que todos levantáramos la cabeza al mismo tiempo.

Chus fue la primera en reaccionar .

—Déjame hacerlo a mí. Tú dedícate a tus teclas.

Ulises soltó un bufido ofendido.

—Antes de dedicarme a «mis teclas», como dices, abría estas cosas con los ojos vendados.

—Claro. Y yo soy espía rusa prima hermana de Mata Hari.

—Margaretha Geertruida Zelle nació en una ciudad llamada Leeuwarden, al norte de Holanda, el 7 de agosto de 1876. Creo que te estás refiriendo a las «Brujas de la Noche» —la corrigió Rita, apartando la vista de la página.

Chus la ignoró por completo. Le arrancó la caja de las manos a Ulises con tanta rapidez que el chaval reaccionó por puro orgullo masculino herido y volvió a agarrarla al instante.

—¡Dame eso, bruta!

—¡Suéltala tú, palomino con patas!

Durante unos segundos, ambos empezaron a forcejear tirando cada uno hacia un lado igual que dos niños peleándose por la última chocolatina de Navidad.

La caja metálica pasó de una mano a otra varias veces mientras chocaba contra la mesa, las rodillas y hasta el pecho de Ulises, que terminó medio subido encima de una silla intentando recuperarla.

—¡La vas a romper! —le chilló él.

—¡Esa es literalmente la idea!

El espectáculo alcanzó un nivel de estupidez tan lamentable que incluso Rita terminó poniéndose de pie y dejando el cuaderno a un lado, probablemente porque empezaba a asumir que la selección natural llevaba años funcionando fatal.

Y entonces ocurrió.

La caja resbaló de las manos sudadas de ambos, salió despedida girando por los aires y atravesó media sala mientras todos seguíamos su trayectoria con la misma expresión horrorizada que tendría alguien viendo volar una granada sin seguro.

En ese exacto momento, Gaspar apareció por el pasillo recién duchado y vestido con el mono azul de trabajo que, por algún motivo deprimente, ya empezaba a parecernos un uniforme oficial.

La caja aterrizó contra la pared a apenas unos centímetros de su cabeza con un estruendo metálico brutal.

Gaspar soltó un grito agudísimo impropio de un ser humano adulto y dio tal salto hacia atrás que terminó cayéndose sobre la barra metálica que encerraba a la psicópata.

El golpe del hierro al desplomarse contra el suelo resonó por todo el búnker y, durante un instante, el silencio posterior resultó casi peor.

La puerta se abrió de golpe y apareció Ágata. Llevaba el delantal arrugado, el pelo despeinado y una expresión todavía más perturbada que antes.

Se quedó inmóvil en mitad del pasillo, observándonos uno por uno. Después sonrió de tal manera que consiguió helarnos la sangre a todos al mismo tiempo.

—¡Mierda! —dijimos todos casi a la vez.