Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 26
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Capítulo 26

​​ Paco

as gotas de lluvia nos saludaron en cuanto salimos del búnker.

No era una tormenta fuerte, apenas una llovizna fina y constante que terminaba empapándolo todo igual y convertía el bosque en una masa oscura de barro, ramas húmedas y olor a tierra.

Ulises y yo sujetábamos la manta por delante mientras que Chus y Gaspar cargaban la parte trasera con bastante menos estabilidad de la deseable, sobre todo porque el hombre árbol parecía estar a punto de cagarse encima si hacía otro esfuerzo, y aquello reducía considerablemente sus capacidades logísticas.

El sonido de nuestras botas hundiéndose en el barro mientras arrastrábamos el cuerpo hacia las tumbas se uniría a tantos otros que seguramente terminarían acompañándome durante las noches de insomnio y culpa.

No estaba del todo de acuerdo con lo que hacíamos, y menos teniendo en cuenta que las cámaras seguían vigilándonos y no sabía cuántos putos psicópatas estarían comiendo palomitas mientras nos observaban desde algún sitio.

Aun así, Ulises tenía razón. No podíamos dejar el cadáver en el búnker y, sinceramente, después de todo lo ocurrido tampoco creía que ninguno tuviera fuerzas para ponerse creativo con el tema funerario.

Gaspar fue el primero en detenerse al llegar al claro. Respiraba con dificultad y llevaba el disfraz todavía más destrozado que antes.

—Colega, o te quitas eso de una vez o al final se te caerán los huevos del nido con tanta tala de ramas… —le indicó Ulises.

El hombre árbol se encogió de hombros.

—Más burro y no naces —lo defendió Chus mientras se secaba el sudor de la frente mezclado con lluvia.

Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda al observar las hileras de tierra removida extendiéndose entre los árboles bajo aquella oscuridad húmeda.

—Ulises, trae la linterna —le pedí al percatarme de algo extraño.

Él obedeció y vino hacia mí, aunque estuvo a punto de irse de cabeza dentro de uno de los agujeros, que ahora parecía una trampa de barro y fango dispuesta a tragarse a cualquiera.

Un brazo apareció de golpe sujetándolo antes de que se diera el leñazo de su vida.

—No pienso enterrar a nadie más esta noche —gruñó Chus colocándose a mi lado.

Ulises soltó aire despacio.

—Te juro que, si sobrevivo a esta mierda, no vuelvo a pisar un bosque mientras viva.

Le quité la linterna y apunté hacia las tumbas que nos rodeaban.

—Ahí. Mirad.

—¿Qué? —preguntó Chus sin entender.

Ulises entrecerró los ojos y después señaló hacia varios montones de tierra.

—El de Bricomanía está a punto de venir con plantas protegidas para colocarlas encima de los cadáveres.

Todos lo miramos desconcertados.

—¿Cómo? —preguntó Gaspar.

—No le hagas caso, ha inhalado demasiadas bolitas de alcanfor —respondió Chus antes de volver a mirar hacia donde apuntaba la linterna.

Negué despacio.

—¿Veis que hay muchos montones de tierra removida?

Los tres asintieron.

—¿Y no notáis nada raro?

Chus fue la primera en entenderlo.

—¡Mierda!

Se llevó las manos a la boca mientras volvía a mirar las zanjas.

—Exacto —murmuré—. Alguien más ha tenido la misma idea que nosotros y está utilizando las tumbas.

Señalé con el haz de luz a las que ya estaban cerradas, y deseé desde lo más profundo de mi alma que estuvieran vacías.

Porque, si no era así, la Científica iba a encontrarse un panorama muy divertido cuando llegara… suponiendo que consiguiéramos avisarlos antes de acabar todos muertos.

Decidí apartarlos de aquello antes de que empezáramos a pensar demasiado y señalé el cuerpo de Leandro envuelto en la manta unos metros más atrás.

Nos acercamos a una de las zanjas vacías y dejamos el cadáver dentro con todo el cuidado que se puede tener enterrando a alguien que había intentado matarnos varias veces durante las últimas horas.

La manta cayó pesadamente sobre el barro húmedo, y después volvió el silencio.

Chus se cruzó de brazos intentando no mirar demasiado hacia abajo, Gaspar se abrazaba a sí mismo mientras murmuraba algo incomprensible sobre raíces regresando a la tierra, y Ulises mantenía la vista fija en el agujero con expresión ausente.

Mientras tanto, yo me descubrí pensando algo bastante jodido.

Apenas conocíamos a Leandro.

No sabía cuántos años tenía, ni de dónde venía, ni cuál había sido su vida antes de terminar atrapado en aquella isla de mierda vestido de trovador e intentando seguir las normas de un juego psicópata mientras perdía la cabeza poco a poco.

Pero nada de eso importaba ya.

Porque aquella noche seguíamos enterrando a una persona. Y la sensación de que aquello podía repetirse con cualquiera de nosotros empezó a aplastarme el pecho igual que una piedra.

Cogí la pala que había junto a una de las tumbas dispuesto a empezar a echar tierra, pero Chus me la quitó de las manos antes.

—Tú bastante tienes con no desmayarte —gruñó.

Empezó a cubrir la tumba ella sola, y los demás terminaron ayudando poco después. El sonido de la tierra golpeando la manta mojada quedó amortiguado por la lluvia y, si te soy sincero, di gracias al cielo por ello.

Cuando terminamos, levanté la vista y sentí otro escalofrío al volver a mirar a mi alrededor. Seguían quedando demasiadas zanjas abiertas esperando cuerpos que todavía continuaban respirando.

El camino de vuelta al búnker se hizo mucho más largo que el de ida.

O quizá era solo el cansancio. La lluvia había terminado empapándonos por completo y el barro se nos pegaba a los zapatos como si el bosque intentara retenernos allí dentro junto a Leandro.

Gaspar caminaba unos pasos por detrás con el disfraz deshecho y expresión ausente.

Chus se había quedado demasiado callada después del entierro, y Ulises llevaba la linterna apuntando hacia el suelo mientras mascullaba insultos cada vez que resbalaba.

Yo, por mi parte, apenas conseguía pensar con claridad.

Notaba que la destemplanza seguía golpeándome a intervalos y el brazo me dolía bastante menos gracias a las curas improvisadas de Ágata, aunque admitir aquello me provocaba un conflicto moral importante porque significaba aceptar que tenía motivos para agradecerle algo a la limpiadora psicópata.

Cuando el búnker apareció entre los árboles sentí un alivio bastante triste.

Aquel sitio seguía pareciéndome horrible, pero empezaba a sentirse como nuestro horrible lugar al que regresar.

Ulises abrió la puerta primero, y el calor del interior nos golpeó de lleno junto con olor a comida.

Chus levantó la cabeza al instante.

—Por favor, decidme que estoy en el paraíso y que eso que huelo no son otra vez barritas energéticas caducadas.

Rita apareció desde la sala principal todavía con el mono azul puesto y el pelo húmedo pegado a la cara. Durante un segundo se quedó mirándome como si necesitara comprobar que seguía vivo de verdad.

Y fue una tontería, pero aquel gesto consiguió calentarme algo dentro del pecho bastante más que la calefacción del búnker.

Chus pasó entre nosotros como una locomotora hambrienta, eliminando por completo el momento extraño y silencioso que acabábamos de tener.

—Comida, Dios mío, sí. Esto es mejor que cualquier puto orgasmo que haya tenido en mi vida —declaró mientras se metía un puñado de macarrones en la boca.

—Quédate conmigo a solas un rato y ya te diré yo si sigues pensando lo mismo —se insinuó Ulises.

Ella lo miró con auténtica decepción humana, decidió que no merecía ni una respuesta y siguió devorando pasta directamente del recipiente.

Miré a Rita intentando entender de dónde había salido toda aquella maravilla culinaria, pero ella se adelantó antes de que pudiera preguntarlo. Que fuera capaz de leerme tan bien empezaba a no tener claro si me gustaba o me preocupaba.

—No me deis las gracias. Cuando salí de la ducha, Edurne ya tenía todo montado. Ha encontrado un microondas en no sé dónde.

Giré la cabeza hacia la mesa y vi a Edurne colocando más platos con una tranquilidad casi doméstica que resultaba rarísima después de todo lo ocurrido hacía apenas unas horas.

Costaba asociar a la chica que ahora calentaba comida y repartía cubiertos con la misma persona que había matado a un hombre delante de mí.

—El primero en ducharse va a ser Gaspar —dictaminó Ulises con un trozo de pan con chorizo en la mano—. Necesito dejar de verte como una jodida planta.

—Aquí hay otro mono —anunció Edurne señalando hacia el baño antes de llevarse a Gaspar casi arrastrándolo del brazo.

—Yo no estoy mal así —protestó él mirando su traje destrozado.

—Pero los demás sí, por Dios —replicó Chus sin levantar la vista del plato—. ¿Quieres palmarla vestido de arbusto medio muerto?

Todos la miramos mal, y ella alzó una mano inmediatamente.

—¿Qué? La estadística es abrumadora…

Y volvió a sentarse para seguir saqueando todo lo que Edurne había conseguido preparar con la comida robada de la caseta de Mercedes.

Rita cogió la maleta y salió del búnker en silencio. La seguí por puro instinto y, una vez fuera, la vi dirigirse directamente hacia el quad .

—¿Dónde vas? —le pregunté.

—No es que se pueda ir a ninguna parte, ¿no? —respondió, seca, mientras abría el maletero y sacaba la caja metálica.

La observé unos segundos antes de apoyarme contra la pared intentando ignorar el cansancio.

—Buen escondite —la alabé, buscando recuperar aquella especie de normalidad rara que habíamos tenido antes de descubrir que participábamos en una terapia organizada por psicópatas con dinero.

Ella ni siquiera levantó la vista.

—No me fiaba de nadie para dejársela.

La frase me golpeó bastante más de lo que esperaba, y me temo que se notó.

Rita cerró el maletero y por un instante pareció darse cuenta de lo brusca que había sonado, aunque no llegó a disculparse. Se limitó a sujetar mejor la caja contra el pecho y suspiró.

—Deberías entrar antes de que Chus acabe con toda la comida.

—No tengo hambre.

Aquello sí consiguió que me mirara directamente.

—He cruzado media isla para conseguirte antibióticos que vas a tomarte, y necesitas alimento. No me he jugado la vida por nada.

Señaló mi brazo en cabestrillo como si a mí se me hubiese olvidado, y continuó: