Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 25
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Capítulo 25

​​ Rita

l mundo se me vino encima en cuanto oí el crac de la maceta rompiéndose. La isla, Paco, la pistola o Edurne maniatada desaparecieron de mi cabeza en cuestión de segundos y lo único que sentí fue el corazón intentando escapárseme del pecho.

Me agaché para recoger a Bartolo, lamentando haber confiado en un desconocido que se sentía cómodo disfrazado de planta.

Una de las palas se había partido por la mitad y varias púas descansaban sobre la tierra desparramada como pequeños dientes arrancados en una pelea.

Lo sostuve entre las manos intentando no aplastarlo más mientras las espinas se me clavaban en la piel sin que apenas notara el dolor.

Tenía el pulso latiéndome tan fuerte dentro del cuerpo que empezaba a marearme.

A mi alrededor seguían hablando.

Paco intentaba justificarse. Ulises hacía preguntas. Chus no dejaba de mirar la puerta de la habitación cerrada, pendiente de los golpes al otro lado. Pero las voces me llegaban amortiguadas, lejanas, igual que si estuviera bajo el agua.

Bartolo se había quedado lacio.

Tragué saliva y aparté un trozo de barro pegado a una de las raíces con más cuidado del que había usado jamás con un ser humano.

—Creo que está en shock —murmuró Chus, sin que nadie le respondiera.

Y, sinceramente, visto desde fuera, la frase tenía bastante sentido.

Estaba sosteniendo un cactus medio destripado entre los brazos mientras una psicópata amenazaba con despellejarnos al otro lado de una puerta y Paco seguía con una pistola en la mano, sin que supiéramos qué intención tenía en realidad.

El nivel de deterioro mental colectivo al que habíamos llegado empezaba a resultar difícil de disimular.

Levanté la vista despacio hacia Paco. Seguía sujetando la pistola, aunque ahora apuntaba hacia el suelo. Tenía la cara sudada, ojeras marcadas y una expresión de culpabilidad dibujada en el rostro.

—¿Quieres soltar eso de una vez? —pregunté, señalando el arma.

Paco obedeció casi al instante.

Y eso me molestó más de lo esperado.

Porque la gente culpable suele discutir. Se pone agresiva. Intenta justificarse demasiado rápido. Él, en cambio, parecía agotado. Agotado de verdad.

Detrás de nosotros, la puerta volvió a temblar con otro golpe seco.

—¡Os voy a rajar de arriba abajo! —gritó una mujer desde dentro.

Chus dio un pequeño respingo.

—¡Mierda, mierda, mierda! —repetía Gaspar mientras daba vueltas a mi alrededor y conseguía ponerme todavía más nerviosa.

Ulises seguía observando a Paco con desconfianza, aunque empezaba a mirar la puerta bloqueada de otra manera.

—¿Alguien me quiere explicar qué coño ha pasado aquí? —preguntó al fin.

Edurne soltó un sollozo desde la silla. Tenía las mejillas húmedas y las muñecas señaladas por las ataduras. Al verla así sentí un pinchazo desagradable en el estómago, porque la escena seguía pareciendo horrible la mirase por donde la mirase.

Tragué saliva a la fuerza, obligándome a respirar.

«Piensa. Si entras en pánico, se muere. Bartolo depende de ti».

Busqué desesperada con la mirada algo que pudiera servirme para levantarlo y entonces me acordé de que llevaba colgada la maleta de Mercedes. La volqué y empecé a sacar carpetas de plástico con movimientos torpes. Al vaciarla, varios objetos metálicos tintinearon al golpearse entre sí.

Cubiertos.

—A lo mejor puede ser que haya metido algunas cosas que vi que nos iban a hacer falta —confesó Ulises.

Ni siquiera respondí.

Cogí un cuchillo y varias fundas transparentes para envolver a Bartolo con cuidado antes de depositarlo sobre la mesa. Tenía el corazón desbocado y las manos me temblaban tanto que apenas conseguía apartar la tierra suficiente para examinar los daños.

La base se había desgarrado, y debajo de la piel verde apareció una carne húmeda y brillante que me revolvió el estómago. Dejé de pensar y actué de forma mecánica, cogí el cuchillo e hice un corte rápido para retirar la zona magullada.

—¡Necesito fuego! ¡Y ceniza! ¡Ya! —grité sin apartar la vista de la herida abierta.

Durante unos segundos solo escuché pasos apresurados y voces cruzándose por la sala, hasta que vi a Chus en el suelo quemando papeles dentro de una papelera metálica. Corrí hacia ella, recogí un puñado de ceniza todavía tibia y regresé junto a Bartolo casi sin respirar.

La presioné contra el corte para sellar la savia y evitar que el moho terminara matándolo más adelante.

Tenía las manos manchadas de tierra, hollín y pequeñas gotas de sangre provocadas por las púas, pero seguí trabajando hasta asegurarme de que la herida quedaba seca. Después lo dejé apartado sobre un estante oscuro, lejos de la humedad y de cualquier idiota con reflejos defensivos.

Enterrarlo o regarlo ahora lo mataría. Necesitaba aire, oscuridad y tiempo. Un tiempo que quizá ni siquiera nosotros teníamos.

El problema era dónde dejarlo en aquella isla llena de desequilibrados para que nadie volviera a dañarlo.

Me dejé caer lentamente contra la pared hasta quedar sentada en el suelo, agotada. La penumbra de la sala, el olor a humo, tierra y sangre seca, los golpes amortiguados al otro lado de la puerta… todo empezó a mezclarse dentro de mi cabeza mientras sentía los ojos del resto clavados en mí.

—Ahora que la planta sobrevivirá, ¿podéis soltarme? —preguntó Edurne con bastante más calma que hacía unos minutos.

Y entonces me reí.

No una risa normal, precisamente. Fue esa risa nerviosa y medio histérica que aparece cuando el cuerpo ya no sabe por dónde sacar toda la tensión acumulada.

Durante unos segundos intenté contenerme, pero resultó imposible.

La situación era tan absurda que terminé doblándome un poco hacia delante mientras seguían escapándoseme carcajadas entrecortadas.

Ulises empezó a reírse también.

Después, Chus y el hombre árbol.

Incluso Edurne soltó una risa débil desde la silla, mientras que Paco seguía de pie en mitad de la sala con cara de no entender absolutamente nada.

Poco a poco, toda la tensión que llevaba horas pegada a las paredes empezó a disolverse hasta que acabamos riéndonos todos sin saber muy bien de qué.

—Perdona, creí que querías matarme —confesó Paco, avergonzado, acercándose a Edurne para intentar desatarla solo con una mano.

—Quita, jefe, y deja de juntarte con este, que al final todo se pega —bromeó Chus señalando a Ulises antes de apartar a Paco con un empujón suave para seguir aflojando los nudos.

Ulises levantó una ceja.

—¿Disculpa? El que acaba de secuestrar a una mujer a punta de pistola ha sido él, no yo.

—Detalles técnicos —murmuró Chus.

Paco terminó sentándose a mi lado.

Y, si te soy sincera, era la última persona de la isla con la que me apetecía mantener una conversación en aquel momento.

Permaneció unos segundos en silencio, apoyado contra la pared junto a mí, respirando con dificultad, igual que si llevara horas funcionando solo a base de adrenalina.

Tenía sangre seca en la camiseta, el pelo revuelto y una expresión agotada que no terminaba de encajar con la imagen de psicópata armado que me había encontrado hacía apenas unos minutos.

—La loca de la limpieza ha sido la culpable de todo este jaleo —acabó diciendo al fin mientras se frotaba la cara con la mano libre—. Bueno… de casi todo.

Ulises frunció el ceño.

—¿La asesina es la señora de la fregona? Esto parece el Cluedo…

—No sé si es una asesina en serie, una asesina puntual o simplemente una enferma mental liberada en una isla sin control, pero sí, el problema principal ahora mismo es ella.

Entonces, otro golpe sacudió la puerta.

—¡Os voy a sacar los intestinos por la boca! —gritó la voz femenina desde dentro.

Gaspar levantó un dedo.

—Esa mujer da mucho miedo.

Paco soltó aire por la nariz antes de continuar.

—Cuando recobré el conocimiento, Edurne no estaba. La loca esa apareció con la fregona, empezó a limpiar y todo se fue a la mierda muy rápido.

—Os juro que eso no era normal —intervino Edurne con voz cansada mientras se frotaba las muñecas enrojecidas—. Llevaba el mocho en alto igual que si fuera una lanza medieval. Me encerró apuntándome con ella después de casi abrirme la cabeza.

Ulises parpadeó despacio.

—Estoy intentando asumir que acabáis de sobrevivir a un intento de homicidio cometido por una señora de la limpieza armada con utensilios del hogar.

—Pues asúmelo rápido, porque todavía sigue ahí dentro y, por los golpes, no creo que la puerta aguante demasiado —respondió Chus señalando al pasillo.

Edurne tragó saliva antes de continuar.

—Cuando me encerró, Leandro salió corriendo. El chico aprovechó el momento y escapó. Yo me quedé atrapada hasta que pude salir.

Noté cómo la sala se quedaba algo más silenciosa después de aquello. Incluso Gaspar dejó de dar vueltas durante unos segundos.

—¿Y Leandro por qué está muerto al final del pasillo? —pregunté sin apartar la vista de Bartolo.

Edurne cerró los ojos un instante.

—Intentaba matar a Paco.

La forma en que lo dijo me hizo levantar la cabeza, porque no sonó fría, sino más bien aterrorizada.

—Yo… yo le disparé —admitió al final en voz baja, contemplando el suelo como si todavía no terminara de creerse lo que había hecho.

Nadie respondió enseguida.

La confesión quedó suspendida entre nosotros, mezclándose con el olor a humo, tierra y sangre seca.

Paco miró hacia ella.

Ulises dejó escapar un «joder» apenas audible.

Y yo me descubrí observándolos a todos intentando decidir cuál de ellos parecía más peligroso.

—Creo que deberíamos enterrarlo en las tumbas del bosque —añadió Ulises.

La sala entera se quedó en silencio.

Incluso los golpes al otro lado de la puerta parecieron detenerse durante un segundo.

Chus giró la cabeza despacio hacia él.

—¿Te caíste de la cuna de pequeño? —arremetió haciendo aspavientos—. Dime que sí, porque necesito una explicación médica para esto.

—No sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí y solo tenemos este sitio como base —se defendió Ulises—. Perdona que te diga, pero no me apetece dormir al lado de un cadáver que va a tardar cero coma dos en empezar a oler mal. Hay que ser un poco pragmáticos, aunque suene como el culo.

Hizo una pequeña pausa antes de señalar vagamente hacia el exterior.

—Además, las zanjas ya están hechas. No digo que ocultemos el crimen ni nada de eso… Lo siento, Edurne, por la parte que te toca. Puedes alegar defensa propia, homicidio involuntario o algo así.

Edurne volvió a bajar la cabeza y se abrazó el cuerpo con los brazos como si acabara de recordar de golpe lo que había hecho.

Entonces, Paco habló.

—He sido yo.

La frase cayó en mitad de la sala con una calma extraña.

Gaspar frunció el ceño, completamente perdido.

—Pero ¿no se lo ha cargado ella?

Paco se pasó la mano por la nuca antes de responder.

—Soy policía. Será más fácil así.

Edurne soltó un ruido ahogado y empezó a llorar otra vez, tapándose la cara con las manos. Paco evitó mirarla mientras el silencio volvía a extenderse por la sala, pesado y agotado.

Lo observé intentando decidir si aquello era noble o estúpido. Probablemente, ambas cosas. Pero al menos confirmaba que, fuera cual fuese su papel en este juego, todavía tenía algo parecido a un código moral.

Y, no por primera vez desde que había llegado a aquella isla, tuve la sensación de que todos estábamos empezando a cruzar líneas que luego no íbamos a saber deshacer.

—Ulises, coge las mantas. Chus, quédate con mi pistola; nos cubrirás por si aparece alguien más ahí fuera con ganas de matarnos. Gaspar, ayúdanos a mover el cuerpo —empezó a ordenar Paco mientras se ponía de pie.

Lo más preocupante fue que todos obedecieron sin discutir. Al parecer, en situaciones desesperadas el cerebro humano decide que cualquiera que dé órdenes con seguridad merece liderazgo provisional.

Ulises recogió las mantas arrugadas del suelo. Chus agarró el arma con una mezcla extraña de emoción y miedo en la cara, y Gaspar tardó unos segundos en reaccionar antes de salir al pasillo con expresión de absoluto terror.

Me alegré de que no me involucraran en aquello, porque ya había tenido suficiente por una noche. Bueno, por dos días. O quizá para los próximos cien años.

Me incorporé despacio y abrí el armario de la limpieza para dejar a Bartolo dentro, apartado de todo aquel desastre. Cerré la puerta con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera terminar de romperlo todavía más.

Esperé a que los demás salieran arrastrando el cuerpo de Leandro hacia el exterior.

El sonido de las zapatillas rozando el suelo se fue alejando poco a poco hasta que la sala quedó en silencio otra vez.

Miré entonces a Edurne. Seguía sentada en la silla, con los ojos hinchados y las muñecas marcadas por las vendas, mientras que la mujer encerrada parecía haberse cansado al fin de golpear la puerta.

Aquella calma repentina resultaba casi peor.

—Necesito una ducha —le informé.

Ella levantó apenas la cabeza, demasiado agotada para responder.

Cogí algunos productos de higiene de los que había traído Ulises y entré en el baño con la sensación de necesitar quitarme de encima tanto la mugre como esa incómoda certeza de que todo estaba mal. Cerré la puerta y me apoyé unos segundos sobre el lavabo.

Levanté la vista hacia el espejo y tardé unos segundos en reconocerme.

Tenía tierra en el pelo, hollín en las manos y la cara marcada por el agotamiento.

Daba la impresión de haber sobrevivido a un apocalipsis, y recordé que el primer pensamiento que me provocó la isla al ver aquellos muros gigantes fue que parecía sacada de El corredor del laberinto .

Resultaba irónico haberlo pensado entonces, porque a esas alturas solo faltaban los Laceradores para completar la experiencia.

Decidí que mantener la cabeza ocupada era la única forma de no derrumbarme. Y ese crucigrama llevaba demasiado tiempo esperando.

A partir de ahora haría lo que mejor sabía hacer: enfrentarme a las letras para formar palabras que, quizá, al unirlas terminarían formando la palabra «libertad».