Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 24
60%

Capítulo 24

​​ Paco

odo pasó a cámara lenta.

Había estado en suficientes tiroteos como para saber que eso era imposible y que, cuando alguien disparaba, las cosas solían ocurrir demasiado deprisa, no al revés.

Aun así, en ese instante el tiempo pareció deformarse delante de mí, seguramente por culpa de la fiebre, el agotamiento y el dolor constante que seguía latiéndome dentro del brazo.

El tartamudo cayó a plomo apenas a unos centímetros de mí.

Recuerdo perfectamente el sonido de la barra metálica golpeando el suelo antes que el de su propio cuerpo desplomándose. Después vino el olor a pólvora mezclándose con la lejía y el agua sucia que Ágata había dejado extendida.

Tras caer el chaval, se reveló la figura de Edurne sosteniendo la pistola con las dos manos. Ahora me apuntaba a mí y no tenía pinta de querer bajarla.

La expresión de su cara consiguió helarme, porque no parecía asustada ni fuera de control. Parecía alguien que acababa de tomar una decisión horrible y todavía no sabía si arrepentirse o volver a disparar.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

—Baja el arma. Está todo bien —intenté tranquilizarla porque, por experiencia, sabía que los actos impulsivos suelen ocurrir cuando alguien está demasiado nervioso.

Edurne seguía apuntándome con las dos manos, completamente rígida. Tenía la respiración acelerada y la mirada clavada en mí con una mezcla extraña entre miedo, adrenalina y culpa.

—Paco, llamaron a la puerta y pensé que serían los otros. Cuando abrí, esa loca me dio con una escoba en la cabeza, y después me desperté encerrada —empezó a explicarse de forma atropellada—. Estaba muy preocupada por ti.

Asentí despacio, intentando mantenerme centrado mientras la fiebre me hacía sentir que el suelo se movía ligeramente bajo mis pies.

—Edurne, necesito que bajes el arma y me ayudes a mantenerme en pie. Estoy a punto de caerme.

Eso consiguió romper algo dentro de ella.

Me miró de arriba abajo, vio la sangre, el temblor que me recorría el cuerpo y la forma en que apenas conseguía sostenerme apoyado contra la pared. Bajó la pistola enseguida y corrió hasta mí para colocarse debajo de mi hombro y estabilizarme.

—Lo siento, lo siento… ¿Está muerto? ¿Lo he matado? ¡Ay, Dios Santo, he matado a alguien! —empezó a repetir casi en bucle mientras intentaba sujetarme.

Y, aun así, algo seguía sin encajarme.

No sabría explicar qué era exactamente. Tal vez la forma en que había sostenido el arma. O quizá el hecho de que hubiera reaccionado demasiado rápido para alguien que aseguraba estar aterrorizada.

Pero mi instinto llevaba años manteniéndome vivo, y nunca me había gustado ignorarlo.

Aproveché uno de sus despistes, el momento exacto en que giró la cabeza hacia el cadáver del tartamudo, y la adrenalina consiguió darme unas fuerzas que mi cuerpo ya no debería tener. Le arrebaté la pistola de las manos y le doblé el brazo a la espalda antes de que pudiera reaccionar.

Edurne soltó un grito ahogado, completamente sorprendida, mientras Ágata empezaba a moverse en el suelo.

Todavía medio mareado, conseguí arrastrarla hasta una de las sillas de la sala y mantenerla pegada al respaldo con el codo mientras apuntaba a la limpiadora psicópata.

La cabeza me latía con tanta fuerza que cada pulsación parecía desplazarme el cerebro unos milímetros dentro del cráneo, y el olor a lejía mezclado con sangre no ayudaba precisamente a recuperar la concentración.

Necesitaba impedir que aquello terminara de irse a la mierda antes de perder otra vez el control de la situación, algo que, vista la fauna humana reunida en aquel manicomio infernal, empezaba a parecer una misión imposible.

—Sabía que tenía que haber matado a esa prostituta —se recriminó Ágata mientras se levantaba del suelo indignada.

Tuve que pensar rápido. Dentro de una intrusión en territorio enemigo hay prioridades básicas: primero eliminas a los sujetos más peligrosos y después vas descendiendo según niveles de amenaza.

En cualquier otro escenario habría pensado en tipos armados, francotiradores o perros entrenados para arrancarte la tráquea.

Allí, en cambio, el mayor peligro era una limpiadora con trastornos severos.

—He conseguido atraparla por ti —improvisé, intentando sonar colaborativo en lugar de amenazador.

Ágata sonrió al instante. Sus ojos bajaron hasta Edurne y la observó con esa alegría turbia que uno suele ver en documentales sobre asesinos antes de que aparezca un vecino diciendo que siempre saludaban en el ascensor.

—¿Y este? —preguntó, señalando el cadáver—. Se escapó antes, me pisó lo fregado y ni siquiera pidió perdón.

—Lo maté por eso mismo. No se puede tener tan mala educación.

La mujer le propinó una patada al cuerpo.

—Te jodes, niñato de mierda —le espetó al muerto—. Mira cómo lo está poniendo todo. Acabo de limpiar esto.

—Creo que lo mejor será que me ayudes antes de que los microbios nos ataquen.

Ágata abrió los ojos de golpe y se llevó las manos a la cabeza.

—¡No, por favor! Eso sería el fin de todo.

Lo dijo con un horror tan genuino que durante una décima de segundo me planteé si realmente creía que las bacterias iban a organizar una ofensiva militar contra nosotros.

Te juro que, en cuanto encontrara a Mercedes, iba a matarla yo mismo.

¿A quién coño se le ocurre reunir a tantos perturbados en un mismo sitio?

La mujer se acercó entonces a la mesa y empezó a rebuscar en una bolsa.

—Ya tengo el brazo casi bien —apostillé, intentando evitar cualquier contacto físico innecesario.

—No es para ti, tonto. Con la cataplasma de tomillo y miel está libre de infecciones, y deberías encontrarte mejor poco a poco. Aunque, quizá, si te duchas, podríamos celebrarlo juntos.

Se insinuó con una sonrisa ladeada que consiguió provocarme un escalofrío bastante ofensivo para mi sistema nervioso. Mira, yo había dicho muchas veces que en época de guerra cualquier trinchera servía de refugio, pero uno tiene límites. Y ella los cruzaba todos.

Avanzó hasta nosotros con un contoneo exagerado de caderas que parecía aprendido en una telenovela barata de los noventa y me apartó con suavidad para empezar a atar a Edurne a la silla.

Observé el movimiento de sus manos mientras ajustaba los nudos con rapidez y precisión.

Eso, había que reconocerlo, no era mala idea.

Hasta que supiera de qué pie cojeaba la posadera, me convenía tenerla inmovilizada.

Edurne seguía en shock y me sentí culpable por desconfiar de ella cuando, al fin y al cabo, lo único que había hecho era intentar ayudarme.

Levantó un poco la cabeza al notar las cuerdas clavándose en sus muñecas e intentó incorporarse, pero Ágata le inmovilizó los brazos con una eficacia alarmante, apretando los nudos con la seguridad de quien ya había atado a demasiada gente en su vida.

—Listo —anunció al terminar, dando un paso atrás para admirar su trabajo—. Uno de mis maridos fue marine y me enseñó a hacer estos nudos.

Preferí no preguntar dónde estaba ahora. Tal y como iba la noche, sospechaba que aquel hombre llevaba años pudriéndose bajo algún salón recién fregado.

—Paco, te estás equivocando —sollozó Edurne, y la culpa volvió a retorcerme el estómago.

La voz le salió rota, cargada de miedo y desconcierto, y durante un instante tuve que obligarme a no mirarla demasiado. Si lo hacía, iba a empezar a dudar.

—¡Calla, puta! —le gritó Ágata.

Antes de que pudiera reaccionar, se arrancó uno de los guantes rosas del delantal y le soltó el mayor guantazo que había visto en mi vida. El chasquido resonó por toda la sala. Edurne giró la cara de golpe y quedó inmóvil durante unos segundos, con los ojos abiertos por la impresión.

Estuve a punto de intervenir. El cuerpo se me tensó entero y di incluso medio paso hacia delante, pero todavía necesitaba que la loca confiase en mí. Si sospechaba algo antes de tiempo, la situación podía torcerse otra vez.

—Tenemos que quitar de aquí el cuerpo antes de que siga manchando el suelo —le sugerí.

Ágata bajó la vista hacia el cadáver y asintió enseguida, satisfecha al descubrir que tenía delante a otro perturbado comprometido con la limpieza. Lo agarró por los brazos y empezó a arrastrarlo fuera de la sala, dejando un rastro rojizo sobre las baldosas recién fregadas.

Me guardé el arma en la cintura y recogí la barra metálica antes de seguirla.

Cuando dejó el cuerpo junto a la puerta camuflada y regresó hacia mí, aproveché para colocarme delante de la habitación que habíamos usado de celda. El corazón me golpeaba con tanta fuerza que empecé a notar el pulso hasta en la garganta, pero mantuve una expresión tranquila.

—Está todo hecho una porquería —comenté, fijando la vista en el interior—. Mira eso de ahí. Es increíble.

Ágata frunció el bigote con auténtica indignación y giró la cabeza hacia el cuarto antes incluso de terminar de escucharme.

—Pero ¿qué han hecho aquí dentro…?

Entró sin pensarlo dos veces, y aproveché aquel instante.

Empujé la puerta con todas mis fuerzas y la cerré de golpe antes de que pudiera reaccionar. El impacto retumbó por el pasillo, y enseguida coloqué la barra metálica atravesando los soportes para bloquearla.

El silencio duró exactamente medio segundo.

Después, la estructura tembló con un golpe brutal desde el otro lado.

—¡¿Qué haces?! —rugió Ágata.

Retrocedí varios pasos mientras agarraba otra vez el arma.

La barra metálica vibró entre los anclajes con cada golpe y la madera crujió de una forma poco tranquilizadora.

Perfecto. Porque, al parecer, aquella psicópata bigotuda también tenía fuerza suficiente para echar abajo una puerta si se empeñaba.

Corrí hasta Edurne y me encontré con el problema que llevaba evitando desde hacía rato: decidir si podía confiar en ella o no.

Lo único que se me ocurrió fue convertirme en poli malo y asumir que, si metía la pata, después tendría que disculparme unas cien veces.

Soy de los que prefiere pedir perdón que permiso...

Avancé despacio hacia la silla. Edurne levantó la cabeza al verme y, al fijarme en las lágrimas que le recorrían la cara, estuve a punto de echarme atrás. Parecía aterrorizada de verdad.

No podía permitirme dudar. Necesitaba confiar en cualquiera que me cubriese la espalda, y quizá no volviera a tener una oportunidad tan clara para comprobar de qué lado estaba en realidad.

Me coloqué delante de ella y le apoyé el cañón del arma en la frente.

Edurne se quedó inmóvil.

—Paco… —susurró con la respiración temblorosa.

—Empieza a hablar. Ahora. Porque, si vuelvo a descubrir que alguien me está mintiendo en este sitio, juro que voy a perder la poca paciencia que me queda.

Otro golpe sacudió la puerta a nuestra espalda. La barra chirrió sobre el metal y Ágata soltó un insulto ahogado desde dentro.

Edurne cerró los ojos un instante y rompió a llorar todavía más.

—Yo no he hecho nada… Te estaba intentando ayudar.

La culpa volvió a abrirse paso dentro de mí, lenta y molesta, pero mantuve la pistola quieta.

—¡Demuéstralo! —le grité.

La voz me salió más agresiva de lo que pretendía, cargada de agotamiento, adrenalina y varias horas acumulando decisiones de mierda.

Edurne dio un pequeño respingo contra el respaldo y rompió a llorar todavía más fuerte.

Durante un instante empecé a notar esa sensación incómoda que aparece justo antes de asumir que quizá la has cagado de forma histórica.

Y entonces oí pasos detrás de mí.

El cuerpo se me tensó entero. Giré apenas la cabeza, preparándome para encontrarme otra vez a media isla intentando matarme, pero lo que apareció en la entrada de la sala de ordenadores fue casi peor.

Rita, Ulises, Chus y el hombre árbol con Bartolo en brazos.

Todos me observaban en absoluto silencio.

Rita tenía la cara pálida y los ojos clavados en el arma que apuntaba a la frente de Edurne.

Ulises parecía debatirse entre llorar o salir corriendo.

Chus directamente había adoptado expresión de funeral, y el hombre árbol…

bueno, ese creo que estaba más perdido que el barco del arroz, pero incluso así conseguía transmitir decepción.

—No es lo que parece —intenté explicarme, pero a ver cómo cojones lo hacía.

Después me di cuenta de que estaba sujetando una pistola contra la cabeza de una mujer atada a una silla mientras una psicópata encerrada aporreaba una puerta a pocos metros. Sí, la imagen era complicada de defender.

—Pues parece que estás intentando matar a Edurne, colega… —comentó Ulises con su tono irónico habitual.

—No, no. De verdad que yo no quería.

—¿Te han obligado? ¿Quién? ¿El fantasma de Ted Bundy? —añadió Chus.

Me aparté de la silla porque continuar en aquella posición no iba a ayudar demasiado a convencerlos de que yo seguía siendo el bueno de la historia.

Al girarme con la pistola todavía levantada, terminé apuntándolos a todos sin querer, y levantaron las manos a modo de rendición.

La cosa es que Gaspar también lo hizo y Bartolo se fue a tomar por culo, maceta de barro incluida.

El ruido del material haciéndose añicos se me quedaría en la memoria al lado de la barra cayendo de la mano de Leandro antes de morir.

Resonó por toda la sala y consiguió que a Rita se le borrara el color de la cara en cuestión de segundos.

—¡Bartolo! —gritó avanzando hacia él.

Aquello consiguió paralizarme más que los golpes de Ágata al otro lado de la puerta. Rita cayó de rodillas junto al cactus y empezó a apartar pedazos de barro con manos temblorosas mientras la tierra se desparramaba por el suelo.

—Joder, Gaspar… —murmuró Ulises.

—Yo qué sé, pensé que nos iba a disparar —se defendió él sin bajar todavía las manos.

Rita sacó a Bartolo de entre los restos de la maceta y lo abrazó contra el pecho, clavándose varias púas en el proceso sin parecer darse cuenta siquiera.

Lo observó con una desesperación genuina que me hizo comprender que acababa de cruzar otra línea invisible y que, esta vez, probablemente no iba a perdonármelo.

—¿Está bien? —preguntó Chus bajando la voz.

Rita no respondió enseguida. Seguía examinándolo entre respiraciones tensas mientras Bartolo parecía haberse quedado un poco lacio, ajeno al trauma colectivo que acababa de provocar.

Solo entonces Rita levantó la vista hacia mí.

Y, sinceramente, habría preferido que siguiera pensando que quería matar a Edurne.