Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Salimos de la comisaría cargados. Ulises caminaba feliz con sus productos de higiene robados de la «Mercueva», Chus sostenía las bolsas de comida mientras le arrancaba mordiscos a lo que juraría que era un salchichón y Gaspar, todavía con medio disfraz de árbol encima, avanzaba abrazado a Bartolo y murmurándole cosas incomprensibles sobre savia, raíces y traiciones vegetarianas.

Y lo peor fue que, en mitad de toda aquella escena ridícula, me descubrí observándolos con una sensación extraña creciendo despacio dentro del pecho.

Tres días antes, todo aquello habría sido impensable para mí.

Caminar de noche por una isla perdida junto a un grupo de desconocidos debería haberme provocado un ataque de ansiedad de manual. Lo lógico habría sido que me encerrara en una habitación, me tapara con una manta y esperara a que el universo explotara sin mí.

Sin embargo, allí estaba.

Cansada, dolorida, paranoica y cubierta de barro seco y sangre, sí, pero caminando junto a ellos sin sentir esas ganas desesperadas de salir corriendo que me habían acompañado prácticamente toda mi vida cada vez que tenía que convivir demasiado tiempo con otras personas.

Y eso me asustaba bastante más de lo que quería reconocer.

Porque significaba que Mercedes había acertado al menos en una cosa. Aunque sus intenciones hubieran sido enfermizas, la isla nos estaba cambiando.

El problema era que la carta seguía pesándome en el bolsillo y en la cabeza. Cuanto más cariño terminara cogiéndoles, peor sería el golpe al descubrir quién de ellos me estaba mintiendo.

El viento movió las ramas de los árboles cuando el búnker apareció al fondo del sendero, y todos aceleramos el paso casi a la vez.

Creo que ninguno quería seguir demasiado tiempo ahí fuera después de descubrir que estábamos participando en el experimento psicológico más perturbador que había visto jamás.

Fue Ulises quien llegó primero a la entrada, y se detuvo en seco al encontrar la puerta abierta.

El gesto bastó para que todos frenáramos también.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

El aire frío de la noche seguía moviendo despacio las ramas de los árboles a nuestra espalda, y el silencio que salía desde el interior del búnker resultaba muchísimo peor que cualquier grito.

Era de esos silencios que hacen que el cuerpo entienda antes que la cabeza que algo va mal.

Porque nosotros habíamos cerrado aquella puerta al salir y Paco apenas podía levantarse sin caerse.

—No… —murmuré casi sin darme cuenta.

Ulises levantó la linterna despacio, aunque esta vez no hizo ninguna broma. Ni siquiera Chus dijo nada. Los cuatro nos quedamos mirando la abertura durante un instante que se me hizo eterno, como si todos estuviéramos esperando que algo apareciera de pronto desde dentro.

Pero no ocurrió nada.

Y creo que eso fue lo que terminó dándome más miedo.

Ulises avanzó primero y los demás fuimos detrás con una rapidez bastante menos valiente de la que nos habría gustado aparentar. El sonido de nuestras pisadas resonó por el túnel de entrada mientras la luz intermitente de los fluorescentes iluminaba trozos del pasillo a sacudidas irregulares.

En cuanto crucé el umbral, el olor metálico de la sangre me golpeó de lleno.

Las manchas rojas se extendían por las baldosas igual que si alguien hubiera intentado arrastrarse después de resultar herido. Algunas todavía brillaban húmedas bajo la luz blanquecina y otras empezaban a secarse alrededor formando bordes oscuros y pegajosos.

Noté que el pulso comenzaba a martillearme las sienes.

Seguimos avanzando por el pasillo, y entonces vimos algo tirado al fondo.

Oí a Gaspar soltar una exclamación ahogada detrás de mí, y abrazó a Bartolo con tanta fuerza que temí que terminara partiéndolo en dos o dejándolo sin púas.

Al acercarnos, me sentí la peor persona del mundo por el alivio que me invadió al comprobar que el cuerpo pertenecía al tartamudo y no a Paco.

Estaba desplomado junto a la pared en una postura imposible, rodeado por un charco oscuro que seguía extendiéndose despacio. Tenía la cabeza ladeada y los ojos abiertos, congelados en una expresión de miedo que todavía parecía seguir allí, atrapada en su cara incluso después de muerto.

—Joder… —susurró Chus.

El sonido de unos golpes secos nos hizo dar un respingo ridículo.

Alguien estaba golpeando con fuerza desde el interior de la habitación donde se suponía que el trovador debía seguir encerrado.

Todos nos miramos al mismo tiempo.

Y después echamos a correr.

Llegué la primera a la sala de ordenadores y el cuerpo entero se me paralizó al cruzar la puerta.

Paco estaba de pie en mitad de la habitación.

Tenía la cara pálida, el brazo herido cubierto ahora por una venda blanca impecable y una pistola temblando ligeramente en la mano buena mientras apuntaba directamente a la cabeza de Edurne.

Ella estaba atada a una silla. Tenía sangre seca en la sien y la mirada fija en él, inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera empeorar todavía más la situación.

Durante un segundo nadie respiró.

Y lo peor fue que Paco levantó la vista hacia nosotros con una expresión que no le había visto jamás.