Capítulo 23 #2
Ulises soltó una risa nerviosa, aunque apenas duró un instante. Seguía mirando aquellos documentos como si esperara encontrar algo todavía peor escondido entre las hojas.
Cerré la carpeta despacio y respiré hondo intentando ordenar el caos que tenía dentro de la cabeza.
El dormitorio de Mercedes empezaba a resultarme asfixiante.
Había demasiadas respuestas allí dentro y ninguna conseguía tranquilizarme.
Guardé los documentos junto a los medicamentos dentro del maletín, me lo colgué al hombro y me dirigí hacia la salida deseando marcharme de aquella habitación cuanto antes.
Fue entonces cuando Chus abrió el pequeño frigorífico que había junto a la pared.
—¡Eureka! Mira esto. Mira bien, porque pienso robar todo lo que hay, y ojalá me echen de esta jodida terapia de una maldita vez.
Me giré hacia ella y no pude evitar sonreír al ver a qué se refería.
Dentro había fruta fresca, botellas de agua fría, embutido, yogures, queso, pan y varios platos preparados perfectamente etiquetados con fechas recientes.
Durante unos segundos me limité a observar aquella comida sintiendo una mezcla incómoda entre rabia, agotamiento y la humillante felicidad de haber encontrado algo que no pareciera alimento para presos.
—Bueno, al menos ya no tenemos que ir a la taberna —murmuré mientras empezábamos a meter comida en varias bolsas que encontramos en los armarios—. Podemos apañarnos con esto y dejar las excursiones suicidas para cuando sea de día.
Ninguno puso objeciones.
Y creo que fue porque los tres teníamos las mismas ganas de salir de allí cuanto antes.
—O sales ya o te quedas aquí tirado y solo —urgió Chus desde la puerta.
Miré al interior y vi que Ulises seguía rebuscando entre los armarios del baño igual que un mapache hiperactivo. Un par de segundos después oímos un suspiro indignado seguido del ruido de varios botes chocando entre sí.
—En serio, me van a salir canas por vuestra culpa. ¡Qué estrés, cojones!
Terminó apareciendo unos segundos más tarde con una mochila rosa colgada a la espalda que desentonaba tanto con el martillo, la linterna y la situación general que estuve a punto de echarme a reír.
Los ojos de Chus brillaron de ilusión.
—¿Más comida?
—No, bonita —respondió él apartándola con el brazo cuando intentó abrir la mochila—. Me niego a ducharme con lejía industrial cuando lleguemos al búnker. He pillado todos los productos de higiene de Mercedes. Somos los tres mosqueteros; si roba uno, robamos todos.
Chus bufó decepcionada, y yo terminé sonriendo pese al cansancio y al dolor de cabeza.
Porque, dentro de toda aquella locura, ellos dos empezaban a parecerme la pareja más extraña y equilibrada que había visto jamás.
El pueblo seguía sumido en aquel silencio incómodo al que ya empezaba a acostumbrarme.
—Odio este sitio —murmuró Chus mientras se recolocaba las bolsas en los brazos—. Tiene vibra de pueblo donde desaparecen turistas y luego nadie investiga porque «era una chica muy alegre y seguro que se fue con un músico».
—Eso ha sonado aterradoramente específico —comentó Ulises.
—Veo mucho true crime .
Seguimos avanzando entre las cabañas hasta que la pequeña comisaría apareció al fondo de la plaza. La verja estaba abierta y uno de los focos exteriores parpadeaba intermitente, lanzando destellos irregulares sobre la fachada.
No pude evitar sentir un mal presentimiento casi al instante.
—Decidme que esto va a ser sencillo y que nadie va a intentar matarnos —murmuró Ulises bajando la voz.
—Con nuestra suerte, lo mismo hasta están haciendo cola detrás de la puerta —contestó Chus, levantando un poco más la linterna.
Nos acercamos despacio y vimos que la puerta principal estaba entreabierta. Entonces oímos una voz amortiguada proveniente del interior.
—Gaspar te protegerá porque somos hermanos de savia y espinas.
Chus soltó un suspiro de alivio.
—Vale, al menos el arbusto con piernas sigue vivo.
Empujé la puerta despacio y entré primero.
La escena que apareció delante de nosotros era tan absurda que tardé varios segundos en procesarla.
El hombre estaba encerrado dentro de la celda abrazando a Bartolo contra el pecho.
Tenía varias ramas torcidas, algunos golpes en la cara y expresión de pánico absoluto.
Bartolo descansaba envuelto en una manta mientras él le acariciaba las púas con muchísimo cuidado, igual que si estuviera intentando tranquilizar a un cachorro asustado.
Suspiré aliviada al ver a mi amigo en perfecto estado.
—¿Se puede saber qué mierda haces? —le preguntó Chus con su encanto habitual.
El hombre árbol levantó la cabeza de golpe al escucharnos, y sus ojos se abrieron tanto de alivio que durante un segundo pareció a punto de echarse a llorar.
—¡Habéis llegado! Han llegado, ¿ves? Te lo dije. Sabía que el jefe no me fallaría. ¿Dónde está?
—Esperemos que respirando… —murmuró Ulises.
Un pinchazo desagradable me atravesó el estómago, y tuve que obligarme a no pensar demasiado en Paco tirado sobre aquellas mantas, sudando fiebre y empeñándose en fingir que no estaba al borde del colapso.
Me acerqué a la celda y comprobé que la puerta estaba cerrada con llave. Me saqué la cadena del cuello para abrirla y Gaspar señaló enseguida la cerradura de al lado.
—Era la misma que esa.
Lo miré en silencio durante un segundo y después tuve que contener unas ganas enormes de darme cabezazos contra la pared. Cuando había dejado allí a Bartolo no se me ocurrió pensar que quizá las llaves no fueran exclusivas y que alguien con dos neuronas funcionales podía descubrirlo.
Abrí la celda y le quité a Bartolo de los brazos, pero Gaspar me fulminó con una expresión de traición absoluta.
—Eso es mío.
Al ver la cara de auténtica desolación que puso por perder contacto con el cactus, sentí que algo dentro de mí se ablandaba de una forma bastante poco habitual. Solté un suspiro resignado y terminé devolviéndoselo.
—¿Quieres llevarlo por mí?
—Sí —respondió tan rápido que casi dio un salto antes de volver a abrazar la maceta contra el pecho.
Ulises observó la escena meneando lentamente la cabeza de un lado a otro.
—Surrealista. Esto ya es demasiado surrealista hasta para mí.
—¿Dónde está el otro? —preguntó Chus mirando alrededor con desconfianza.
Gaspar tragó saliva.
—Antes de que se escapase y me matase, me encerré yo mismo aquí dentro.
Fruncí el ceño al fijarme mejor en los golpes que tenía repartidos por la cara.
—¿Y eso?
—Me tropecé con las raíces del traje cuando corría… varias veces.
Ninguno dijo nada durante unos segundos porque, sinceramente, aquello sonaba tan ridículo que probablemente era verdad.
Ulises terminó levantando la linterna otra vez y miró hacia la puerta con evidente nerviosismo.
—¿Podemos irnos antes de que venga alguien todavía más majara que este y quiera hacernos compañía?
Los tres asentimos con bastante rapidez.