Capítulo 23
Rita
l salir escondí la caja debajo del asiento del quad .
Lo sentía mucho, pero no pensaba dejarla sin vigilancia y quería ver con mis propios ojos lo que había dentro en el instante exacto en que la abriéramos.
A esas alturas ya no confiaba lo suficiente en nadie como para descartar que alguien cambiara su contenido mientras yo no miraba.
Hasta ahí había llegado mi nivel de paranoia.
El pueblo no parecía demasiado distinto de noche. Los faroles iluminaban la niebla a trozos y las calles estaban tan silenciosas que el ruido de nuestros zapatos resonaba demasiado fuerte entre los árboles.
Ulises caminaba delante con una linterna en una mano y un martillo en la otra.
Desde luego, estábamos preparadísimos para sobrevivir a un apocalipsis.
Chus iba a mi lado mordiendo una barrita energética caducada que había encontrado en uno de los cajones del búnker, y la expresión de sufrimiento en su cara dejaba claro que aquello sabía peor de lo que olía.
—Te juro que, si en la cantina no hay comida decente, voy a empezar a morder gente —gruñó.
—Técnicamente, eso te convertiría en parte del problema de la isla —comenté.
—Pues prefiero ser caníbal antes que volver a comer esta mierda de fibra.
Ulises soltó una risa breve, pero enseguida volvió a ponerse serio mientras alumbraba hacia la plaza.
—¿Soy yo, o esto está demasiado tranquilo?
Ninguno respondió, aunque creo que los tres pensábamos lo mismo.
—¿Por qué no hemos ido primero a ayudar al arbusto con piernas? —preguntó Chus.
Y me sentí bastante culpable.
Pero Paco necesitaba los medicamentos cuanto antes y, además, mi intención era rescatar a Bartolo y llevármelo conmigo al búnker antes de que algún perturbado decidiera usarlo para terapia de grupo, sacrificio ritual o cualquier otra locura.
Hacer el recorrido al revés solo habría complicado más las cosas.
Llegar a la enfermería sirvió para confirmar dos teorías bastante rápido. La primera era que Mercedes organizaba los medicamentos igual de bien que las terapias. La segunda, que no había antibióticos por ningún lado.
Ulises cerró uno de los armarios metálicos con más fuerza de la necesaria después de rebuscar entre cajas de gasas, suero, vendas y medicamentos destinados a problemas tan inútiles en aquel momento como el estreñimiento, las alergias o el insomnio.
—Pues nada, perfecto. Si Paco desarrolla una infección mortal, al menos podremos hidratarlo mientras se muere.
Chus soltó un gruñido frustrado desde el otro lado de la sala y siguió abriendo cajones con movimientos cada vez más bruscos.
—Tiene que haber algo. Nadie monta una isla llena de perturbados y se olvida de los antibióticos.
La frase sonó tan absurda y tan lógica al mismo tiempo que ni siquiera encontré energía para discutirla.
El cansancio empezaba a convertir mis pensamientos en una masa espesa y lenta difícil de ordenar.
Me apoyé un instante contra la encimera intentando ignorar el dolor de cabeza mientras el olor antiséptico de la enfermería me revolvía el estómago.
Fue entonces cuando recordé la pequeña caseta adosada al edificio.
—La habitación de Mercedes está aquí al lado —dije, señalando la puerta lateral—. Si guardaba algo importante, probablemente estará allí.
Ulises levantó la linterna y suspiró.
—Claro. Porque toda psicóloga psicópata necesita una guarida privada. La Mercueva, la vamos a llamar.
Empujó la puerta primero y nosotras entramos detrás, aunque nos detuvimos en seco nada más cruzar el umbral.
El dormitorio estaba completamente destrozado.
Los cajones aparecían abiertos de mala manera, parte de la ropa estaba tirada por el suelo y varios libros tenían las páginas dobladas o arrancadas.
El colchón parecía haber sido desplazado a tirones y una de las cortinas colgaba medio arrancada de los enganches.
Aquello tenía el aspecto inconfundible de una búsqueda desesperada.
Alguien había registrado la habitación con muchísima prisa.
Ulises empezó a revisar los armarios mientras Chus entraba en el baño mascullando amenazas contra todas las psiquiatras del planeta.
Yo avancé hacia la cama despacio, observando alrededor con una sensación desagradable creciendo dentro de mí.
Había algo inquietante en entrar en el espacio privado de Mercedes después de todo lo ocurrido.
Hasta entonces siempre había sido una figura molesta en mi vida, una voz amable que organizaba dinámicas absurdas y sonreía con una felicidad impostada bastante obvia para cualquiera que mirase un poco más allá.
Fue entonces cuando me fijé en el somier. Estaba desplazado apenas unos centímetros, y aquella irregularidad llamó mi atención enseguida. Me agaché despacio, aparté parte de la tela que colgaba y distinguí una cosa oscura escondida debajo.
—Aquí hay algo.
Tiré con cuidado hasta sacar un maletín negro de médico. Ulises vino enseguida a ayudarme, y entre los dos conseguimos abrirlo sobre la cama.
Dentro había antibióticos, jeringuillas, analgésicos fuertes y varios frascos etiquetados a mano.
Chus soltó un suspiro tan exagerado que parecía que acabáramos de descubrir agua en mitad del desierto.
—Vale. Genial. Paco no va a perder el brazo. Solo nos falta encontrar comida y yo no tendré que convertirme en caníbal.
Pero apenas la escuché.
Porque en un compartimento lateral había varias carpetas clasificadas por colores.
Las saqué despacio mientras una sensación incómoda empezaba a instalarse en mi pecho. No sabría explicar por qué, pero incluso antes de abrirlas tuve la impresión de que nada bueno iba a salir de allí.
Ulises alumbró las hojas con la linterna mientras yo abría la primera carpeta esperando encontrar historiales médicos normales.
Se trataba de protocolos de actuación psicológica redactados con un lenguaje tan frío y clínico que tardé varios segundos en comprender lo que estaba leyendo realmente. La primera hoja describía una situación concreta acompañada de una serie de objetivos y respuestas esperadas.
«Paciente con adicción sexual expuesto a convivencia íntima prolongada».
Debajo aparecían anotaciones.
«Evaluar capacidad de autocontrol».
«Registrar niveles de ansiedad».
«Analizar conductas manipulativas bajo privación de libertad».
Sentí un malestar extraño recorriéndome el estómago y pasé a la siguiente página.
«Paciente con trastorno alimenticio expuesto a cocina comunitaria y acceso libre a comida».
«Objetivo: observar recaídas bajo estrés grupal».
Seguí leyendo.
Cada hoja describía una trampa distinta disfrazada de convivencia terapéutica.
Un alcohólico rodeado de bebidas. Un paciente paranoico sometido a secretos constantes.
Una persona con problemas de agresividad enfrentada a situaciones continuas de tensión y frustración.
Un usuario con ansiedad social obligado a convivir sin espacios seguros ni posibilidad de aislamiento.
No aparecía ningún nombre, tan solo trastornos, patrones de conducta, síntomas y las respuestas esperadas.
Aquello significaba que nunca nos habían visto como personas. Éramos perfiles clínicos encerrados en un experimento diseñado para empujarnos al límite y observar cuánto tardábamos en rompernos.
—Esto no es una terapia… —murmuró Ulises leyendo por encima de mi hombro.
Negué despacio sin apartar la vista de los papeles.
—No. Esto es un estudio conductual.
Las palabras me dejaron un sabor amargo en la boca.
Seguí pasando páginas hasta que una frase consiguió detenerme.
«Paciente con ansiedad social severa expuesto a convivencia grupal forzada y estímulos sociales permanentes».
El aire pareció atascarse dentro de mis pulmones.
Debajo había varias anotaciones escritas a mano.
«Evaluar aparición de vínculos emocionales».
«Observar capacidad adaptativa bajo pérdida de rutina».
«Provocar crisis controladas para medir evolución».
Noté un vacío desagradable creciendo en mi estómago mientras releía aquellas líneas una y otra vez.
Estaba convencida de que hablaban de mí, de mis ataques de ansiedad, de mi necesidad de aislamiento y de lo mucho que me costaba relacionarme con otras personas.
Pero no lo hacían con empatía ni interés terapéutico. Lo describían igual que si estuvieran analizando el comportamiento de una rata dentro de una jaula.
Ulises seguía revisando documentos, cuando encontró otra carpeta distinta.
—Rita… Mira esto.
Levanté la vista y vi folios llenos de transferencias bancarias, ingresos y cantidades absurdas de dinero entrando en una cuenta registrada en un paraíso fiscal cuyo nombre era Águeda 2. Fruncí el ceño mientras Ulises pasaba páginas cada vez más rápido.
En otros papeles había categorías organizadas por niveles. Algunos eran simples observadores, otros tenían participación limitada, mientras que los que aportaban más dinero podían acceder a una intervención autorizada.
Chus se acercó despacio detrás de nosotros.
—¿Qué estáis mirando tan concentrados?
Ulises levantó la vista y, por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico miedo reflejado en su cara.
—Quiero salir de aquí —reconoció.
Y era razonable. Yo me sentía igual que un mono dentro de un zoológico, con la diferencia de que aquellas personas no se limitaban a observarnos desde fuera.
También podían provocar estímulos concretos, modificar situaciones o intervenir en el comportamiento de los usuarios.
Algunas incluso estaban pagando por ver cuánto tardábamos en destruirnos unos a otros… o a nosotros mismos.
El silencio que quedó en la habitación después de aquello resultó insoportable.
Chus fue la primera en romperlo cerrando uno de los cajones de golpe.
—Vale. Genial. Nos han traído a una isla para convertirnos en monos de laboratorio y encima hay gente pagando entrada para ver cómo nos desquiciamos. ¿Podemos irnos ya antes de que descubra que además retransmiten en directo mis problemas intestinales?