Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 22
53%

Capítulo 22

​​ Paco

é que no estuvo bien perder los nervios con ese pobre desgraciado y que, en el fondo, era consciente de que no sabía dónde estaba Rita, pero había algo dentro de mí que dejó de funcionar en cuanto la vi correr desesperada y desaparecer entre los árboles.

No era solo miedo; era una sensación mucho peor, una mezcla de culpa y rabia que me revolvía por dentro mientras mi cabeza imaginaba una y otra vez todas las formas posibles en las que podía haber terminado muerta ahí fuera.

Cada minuto sin verla regresar hacía que me costara más pensar con claridad y más aún contener las ganas de descargar toda aquella presión contra alguien.

Y te aseguro que Mercedes encabezaba la lista.

Porque aquello no parecía una terapia. Parecía una cacería organizada por una psicópata con complejo de mesías.

En la nota que le dieron al tartamudo ponía:

«Vigila a la sheriff y, si entra en el búnker, córtale el cuello».

Así, sin más. Sin explicaciones, sin dudas, sin siquiera intentar disfrazarlo un poco. Igual que si todo aquello fuera un juego macabro y nosotros, personajes reemplazables con vidas extra esperando turno después de morir.

El brazo me latía con tanta fuerza que empezaba a notar las pulsaciones hasta en la polla.

Cada vez que intentaba moverlo, un dolor caliente me recorría desde el hombro hasta el pecho y me dejaba sin aire durante un instante.

La fiebre tampoco ayudaba demasiado; tenía frío y calor al mismo tiempo, y la sala parecía balancearse un poco cada vez que fijaba la vista en algo más de dos segundos.

Vi cómo Rita, Chus y Ulises terminaban de prepararse antes de salir. Las linternas, las armas improvisadas y aquellos monos azules hacían que parecieran una mezcla extraña entre equipo de limpieza industrial y escuadrón apocalíptico.

Rita evitó mirarme demasiado.

Y eso me jodió más de lo que pensaba admitir jamás en voz alta.

Porque desde que volvió del bosque había algo distinto en ella.

Lo notaba en la forma de hablarme, en cómo medía las palabras y en esas miradas rápidas que me lanzaba cuando creía que no la veía.

Rita estaba empezando a desconfiar de mí, aunque tampoco podía culparla demasiado; si estuviera en su lugar, hasta yo desconfiaría de mí mismo.

—No tardaremos —dijo Ulises, colocándose la mochila al hombro.

—Eso dicen siempre en las películas antes de que aparezca un cadáver —gruñó Chus.

—Me encanta tu forma de dar ánimos —contestó él poniendo los ojos en blanco.

Chus agarró una de las linternas y señaló a Rita.

—Yo vigilo a la jefa para que no adopte más enfermos mentales psicópatas por el camino.

—Uno solo, y casi me mata. Creo que ya he cubierto el cupo solidario de enfermos mentales por esta semana —protestó ella.

—Precisamente.

Pese al dolor y al mareo, estuve a punto de sonreír.

Rita se quedó apoyada junto a la mesa, observándome mientras yo intentaba recolocarme sobre las mantas sin aparentar que me estaba muriendo un poco.

—Tienes mala cara —comentó.

—Qué observadora.

Ignoró el comentario y se acercó para cambiarme el paño húmedo que me habían colocado en la frente. El gesto fue suave y sentí un escalofrío cuando sus dedos rozaron mi piel.

—La fiebre te está subiendo —murmuró.

Cerré los ojos un instante intentando soportar las náuseas.

—Sobreviviré. Hierba mala nunca muere —bromeé para que dejara de mirarme con esa preocupación rara que empezaba a incomodarme.

—Entonces, añadiremos a tu interminable lista de nombres el de «castañuela».

Abrí un ojo para mirarla.

—¿Por mi alegría innata?

—No. —Sonrió—. Porque es una mala hierba muy difícil de erradicar gracias a una red subterránea de bulbos y tubérculos interconectados. Ahora la pregunta sería si tú también escondes lo mismo que esa planta.

Me dejó sin saber qué responder. Después cogió la caja metálica y se marchó junto con los otros dos majaras que habían decidido que jugarse la vida para salvar la mía era una idea razonable.

No le pregunté dónde pensaba llevar la dichosa caja que abrazaba igual que si los Reyes Magos acabaran de adelantarse unos cuantos meses, y me limité a recolocarme sobre las mantas intentando mantenerme despierto hasta que regresaran.

Te adelanto que no lo conseguí.

Sería incapaz de decir cuánto tiempo pasé en duermevela.

La fiebre me arrastraba hacia abajo cada vez que intentaba mantener los ojos abiertos, y el dolor del brazo seguía latiéndome dentro del cuerpo igual que si me hubieran metido carbón ardiendo bajo la piel.

A ratos sentía que alguien me cambiaba la gasa húmeda de la frente, y otras veces oía voces mezclándose con el zumbido de los monitores y las interferencias de las cámaras.

Incluso llegué a abrir los ojos en una ocasión porque juraría haber visto dos siluetas al fondo del pasillo.

Estaban quietas junto a la puerta, gesticulando y susurrando entre ellas.

Intenté incorporarme para distinguir quiénes eran, pero el mareo me golpeó con tanta fuerza que la visión empezó a deshacerse delante de mí y terminé pensando que todo formaba parte del mismo delirio febril que llevaba horas friéndome el cerebro.

Después oí una puerta cerrarse. Más tarde, otra abrirse. Y, al poco rato, un grito de mujer.

El miedo me atenazó la garganta.

Intenté levantarme porque durante un instante pensé que algo le había ocurrido a Rita, pero el cuerpo dejó de responderme a mitad del esfuerzo y volví a desplomarme sobre las mantas sin llegar a oír nada más.

No supe cuánto tiempo pasó después de eso.

De pronto empecé a percibir otro sonido. Algo parecido al roce constante de una fregona contra el suelo acompañado por un murmullo nervioso que repetía la misma palabra una y otra vez.

—Sucio, sucio, sucio…

Tardé varios segundos en conseguir incorporarme lo bastante para mirar.

Había una mujer de espaldas fregando el suelo con movimientos rápidos y agresivos.

Llevaba el pelo recogido bajo un pañuelo y un delantal húmedo pegado a las piernas.

A mi lado habían dejado vendas empapadas en sangre, y el olor a desinfectante impregnaba toda la sala hasta el punto de hacerme llorar los ojos.

También noté otro aroma distinto saliendo de mi brazo; algo dulce mezclado con tomillo.

La mujer siguió restregando el suelo mientras hablaba sola sin parar.

—Así moriremos todos. Y nos lo tendremos merecido por cochinos. Esto es una zajurda. «Ágata, no te obsesiones tanto», me decían… ¿Y ahora qué? Desde luego, no sabrían qué hacer sin mí, eso seguro.

—¿Hola?

La mujer dio un respingo tan exagerado que casi lanzó el cubo de agua al suelo.

—¡Jesús, María y José, vaya susto me has dado! ¿Estás mejor? Claro que sí, antes estabas fatal. Todo estaba fatal. ¿Quién te hizo esa masacre?

—¿El corte? —pregunté desconcertado, empezando a plantearme seriamente que aquella escena tan surrealista fuese producto de la fiebre.

Ella me miró horrorizada.

—No, hombre, el corte no. La cura. Esa cura era una mansión de lujo para millones de microbios. ¿Y sabes qué es lo peor?

—Sorpréndeme —murmuré, notando, para mi sorpresa, que el dolor empezaba a bajar un poco y que me sentía bastante mejor.

La mujer dejó la fregona apoyada en el cubo y me señaló con solemnidad.

—Gangrena gaseosa.

—¿Como los refrescos?

—¡No, por Dios bendito! —Se llevó una mano al pecho, escandalizada—. No bromees con eso, muchacho, que si la pillas nos puedes matar a todos. Es con-ta-gio-so.

Después volvió a mover la fregona con energía alrededor de las mantas.

—No te muevas, que tengo que fregar por el otro lado. La desvergonzada que me abrió la puerta me ha puesto el suelo perdido de sangre. Esto es un no parar. Esta isla está para echarle gasolina, prenderle fuego y empezar de nuevo.

La observé varios segundos en silencio mientras seguía limpiando igual que si estuviera librando una guerra personal contra cada mota de suciedad del planeta. No aparentaba ser peligrosa, aunque después de lo vivido en la isla tampoco habría apostado mi cuello por nadie.

—Me has dejado el brazo bastante mejor —reconocí mirando el vendaje nuevo.

Aquello consiguió detenerla en seco.

Giró despacio la cabeza hacia mí y frunció el ceño con auténtica indignación.

—¿Bastante mejor? Muchacho, te he salvado la vida. Lo que te habían puesto antes era una atrocidad medieval. Si Florence Nightingale levantara la cabeza, volvía a morirse del disgusto.

—Bueno, técnicamente, eso significa que sí estoy bastante mejor.

La mujer resopló y siguió fregando todavía más rápido.

—Encima, sarcástico. Estupendo. Otro más para la colección.

Aquí todos están traumatizados, desangrándose o medio muertos, y luego la loca soy yo por querer que se limpien los zapatos antes de entrar.

Pues nada, perfecto. Ya me dirás tú cómo mantengo esto libre de bacterias con semejante panda de animales salvajes.

—Perdona, pero te juro que no tengo ni idea de lo que estás hablando ni de quién mierda eres —confesé, logrando ponerme en pie. Y, para mi sorpresa, incluso conseguí abrir y cerrar los dedos de la mano que hasta hacía unas horas pensaba que perdería junto con el resto del brazo.

—Ágata —respondió ella sin dejar de fregar—. Y te agradecería muchísimo que no te cayeses otra vez. Ya me costó bastante meter a la otra en el cuarto.

Fruncí el ceño.

—¿Qué otra?

—La energúmena con pinta de prostituta barata. Iba dejando sangre por todas partes. Y no te creas que el chico que había allí era mucho mejor. Uno ensuciándolo todo y la otra gritando. Desde luego, parecían criados en una cuadra.

—Espera, espera… Ágata, no te sigo. Vamos por partes, estilo Jack el Destripador, por favor.

En ese momento, unos golpes secos retumbaron desde el pasillo, y los dos giramos la cabeza hacia la puerta.

De forma instintiva di un paso hacia delante, pero Ágata reaccionó mucho más rápido. Me estampó el mocho húmedo de la fregona contra el pecho para detenerme y su expresión cambió de golpe.

Ya no parecía nerviosa. Ahora parecía peligrosa.

—Está mojado —me advirtió.

Y sonó igual que cuando mi madre me amenazaba con perseguirme por toda la casa después de fregar el suelo si se me ocurría pisarlo.

Los golpes volvieron a resonar desde el pasillo, esta vez acompañados por la voz lejana de Edurne.

—¡Abrid de una vez!

Intenté apartar la fregona para salir, pero Ágata volvió a cruzarla delante de mí con una rapidez sorprendente.

—Ni se te ocurra pasar —me advirtió.

—Hay que ayudar a mi amiga, podría estar en peligro —intenté que razonase porque, aunque ya estuviera mejor, no me sentía capaz de enfrentarme a nadie en un cuerpo a cuerpo.

—Y yo acabo de fregar.

Los golpes sonaron otra vez, más fuertes.

—¡Paco!

Aquello ya no parecía enfado. Sonaba a miedo. Y Edurne no tenía pinta de ser una mujer a la que asustaran con facilidad.

Aparté el palo con el brazo bueno y avancé hacia el pasillo mientras el mareo hacía que el suelo pareciera moverse bajo mis pies.

—¿Dónde está? —pregunté.

Ágata soltó un resoplido indignado detrás de mí.

—La metí en el cuarto del muchacho. Desde luego, hay gente que no entiende unos mínimos de higiene.

—¿Qué has hecho?

—Pues encerrarla, ¿qué voy a hacer? Así no mancha ni el suelo ni la vista.

Los golpes retumbaron otra vez al final del pasillo, y comprendí de golpe que Edurne estaba en el mismo cuarto donde habíamos dejado al tartamudo.

Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda y todo el malestar desapareció durante un instante, sustituido por una descarga helada de adrenalina.

—Ágata, déjame pasar ahora mismo.

Ella puso los ojos en blanco como si el verdadero problema siguiera siendo el estado del suelo.

—Ay, qué exagerados sois todos en esta isla.

Intenté avanzar otra vez, pero levantó el palo de la fregona amenazándome con él. Y, justo cuando parecía dispuesta a arrearme para obligarme a quedarme quieto, una sombra apareció detrás de ella.

El trovador surgió desde el pasillo con una barra metálica en la mano y le descargó un golpe seco en la cabeza antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar.

Ágata cayó desplomada sin que pudiera ayudarla, y después el chico levantó la vista hacia mí con la barra todavía alzada.

Supongo que en ese instante debería haber visto pasar toda mi vida delante de los ojos o alguna mierda parecida de esas que cuentan siempre en las películas. Pero no ocurrió.

Lo único que me vino a la cabeza fue Rita abrazando aquella maceta ridícula y sonriendo porque había conseguido salvar a un cactus. Y, por alguna razón que todavía no entiendo, pensé que no quería morirme sin volver a verla poner esa cara otra vez.

El trovador empezó a avanzar hacia mí despacio.

Yo apenas conseguía mantenerme en pie y el cuerpo todavía me temblaba por la fiebre y la adrenalina.

Intenté retroceder, pero el agua enjabonada del suelo me hizo resbalar ligeramente y comprendí que, si aquel perturbado decidía partirme la cabeza, no iba a poder hacer nada para impedirlo.

Levantó la barra metálica un poco más y sus ojos empezaron a llenarse otra vez de ese miedo enfermizo que ya había visto a otros usuarios antes, como si realmente creyera que todos nosotros éramos monstruos dispuestos a matarlo.

—No… no… no podéis entrar… —murmuró con la respiración acelerándose—. Ella dijo que vendríais… que no os… os… dejase pasar.

Retrocedí otro paso intentando ganar tiempo mientras mi cerebro trabajaba demasiado despacio para encontrar una solución útil.

—Chaval, tranquilízate. Nadie quiere hacerte daño.

La barra tembló entre sus manos.

—¡Mentira!

El grito retumbó por todo el pasillo y, acto seguido, bajó el arma improvisada y echó a correr hacia mí mientras empezaba a decir algo de forma atropellada. Apenas tuve tiempo de reaccionar, así que lo único que alcancé a hacer fue tensarme esperando el golpe.

Sin embargo, ese nunca llegó, al igual que tampoco sabré lo que intentaba decirme, porque un estruendo seco reventó el habitáculo y todo ocurrió tan rápido que durante un instante mi mente fue incapaz de entender qué acababa de pasar.

Abrió muchísimo los ojos mientras la barra metálica se le escapaba de las manos.

Después, su cuerpo se tambaleó hacia delante y terminó desplomándose a apenas unos centímetros.

El olor a pólvora inundó el aire mezclándose con el de la lejía y el agua sucia.

Me quedé paralizado mirando el cadáver del trovador mientras la sangre empezaba a avanzar despacio entre las baldosas recién fregadas.

Y entonces oí una voz justo delante de mí.