Capítulo 21 #2
—Me topé en el bosque con otro usuario. Creo que tiene TOC y algún tipo de retraso madurativo —expliqué.
Pero Paco me cortó antes de que pudiera continuar.
—¿Ahora eres ayudante de Mercedes o qué? ¿Hay algo más que debamos saber? Por ejemplo, qué mierda ponía en la nota que te dio el canijo del bosque para que salieras corriendo, te enfrentaras a la payasa psicópata y terminaras haciendo de almonteña antes de convertirte en el Correcaminos.
Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.
—El trastorno obsesivo compulsivo es bastante fácil de reconocer, no hace falta una carrera para detectarlo. Además, verlo cavar haciendo exactamente los mismos movimientos y colocando la tierra en montones idénticos ayudó bastante. Al principio no parecía mala persona.
—¿Al principio? —preguntó Edurne, acercándose a la mesa para observar la caja.
—Sí. Le dije que podía traerlo aquí para comer algo y se alteró.
Cree que en el búnker hay un hombre malo.
Y una mujer… supongo que Mercedes… le dijo que alguien intentaría engañarlo para impedir que terminara de cavar las veinte tumbas y, por tanto, fallara en la terapia.
Fue entonces cuando intentó matarme y me tiró dentro de una de ellas.
Ulises abrió mucho los ojos.
—Vale. Esto cada vez mejora más.
—Antes de lanzarme al agujero me dijo que había enterrado pistas para una búsqueda del tesoro. La caja estaba allí abajo.
Ulises se dejó caer en una silla. El mono azul que llevaba puesto le quedaba enorme, y tenía casi el mismo color blanquecino que Paco.
—Creo que me estoy mareando con tanta información.
En ese momento, un ruido grotesco, parecido al de unas tuberías vacías, retumbó por la sala.
Chus se llevó una mano al estómago.
—Tengo hambre. Si no como me pongo de mala leche, y llevamos sin probar bocado desde esta mañana.
Ulises la miró igual que si acabara de admitir que coleccionaba cadáveres de palomas.
—No me creo que estés pensando en comida ahora mismo.
—La gente come, ¿sabes? —se defendió ella—. Es una actividad bastante popular desde hace siglos.
—Estamos atrapados en una isla llena de psicópatas, hay paredes secretas, tumbas en el bosque y un tío vestido de trovador atado a una silla. Perdona si no me apetece ahora mismo un menú degustación.
—Pues a mí sí. Y, además, me duele la cabeza de no comer.
—A Rita la han intentado asesinar esta noche.
—Precisamente por eso hay que cenar. Si mañana me intentan matar, prefiero que me pillen con el estómago lleno.
Mientras ellos seguían discutiendo, sentí cómo el dolor de cabeza me golpeaba con más fuerza y observé las expresiones de Paco, que iba pasando del agotamiento a las ganas de estrangular a alguien por segundos.
—¡Chicos! —los cortó Edurne.
Y di gracias porque hubiera sido ella y no él, porque empezaba a sospechar que escuchar discutir a dos adultos inconscientes era una combinación peligrosa para su estabilidad emocional.
—Ha empezado ella —protestó Ulises.
—¿Qué edad tienes? —replicó Chus cruzándose de brazos.
Paco abrió la boca para decir algo, dio un paso hacia delante y de pronto se tambaleó.
El cambio fue tan brusco que apenas tuvimos tiempo de reaccionar antes de que terminara cayendo de rodillas contra el suelo.
—¡Paco!
El grito de Chus resonó por toda la sala, y durante un instante el cansancio, las discusiones y el dolor desaparecieron de golpe.
Ulises fue el primero en agacharse junto a él.
—Eh, eh, mírame. No te me mueras ahora, que eres el único que sabe disparar.
Paco soltó algo parecido a un insulto, pero apenas vocalizó y terminó apoyando la mano libre contra el suelo mientras respiraba con dificultad.
—Tiene fiebre —dijo Edurne, acercándose rápido y poniéndole una mano en la frente—. Mucha.
Todos miramos automáticamente hacia el cabestrillo. Edurne le quitó las vendas con cuidado y Chus exteriorizó lo que todos exclamamos en nuestra cabeza.
—Ay, la Virgen…
No hizo falta que nadie tuviera muchos conocimientos médicos para comprender que aquello tenía muy mala pinta.
La piel alrededor del corte estaba inflamada, enrojecida y brillante por la tensión.
Algunas venas oscuras empezaban a marcarse cerca de la herida y el vendaje tenía manchas amarillentas mezcladas con sangre seca.
Incluso desde donde estaba podía notar el olor desagradable que desprendía la infección.
Paco intentó incorporarse otra vez.
—Estoy bien.
—Sí, claro —bufó Edurne—. Y yo soy virgen...
Chus salió disparada hacia uno de los armarios metálicos del fondo y empezó a rebuscar dentro.
—Aquí hay mantas.
Las tiró al suelo, y entre los tres consiguieron tumbar a Paco encima mientras él seguía protestando con la poca dignidad que le quedaba estando medio inconsciente.
—No necesito que me arropéis, cojones.
—Calla o te canto una nana también —gruñó Ulises.
Mientras Edurne le revisaba el brazo, Chus volvió a abrir otro armario y soltó un silbido.
—Bueno… al menos podremos morir conjuntados.
Sacó varios monos azules iguales a los que llevaban Ulises y Paco, y empezó a repartirlos.
—Perfecto. Ya somos oficialmente los cazapsicópatas —se burló Ulises al verme con el mono azul en las manos.
—Pareceremos una empresa de desatascos —añadió Edurne, nada contenta con el cambio de indumentaria. De todos nosotros, era la única que seguía limpia.
—Peor. Una secta de desatascos —la corrigió Chus.
Paco soltó una risa ahogada que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor.
Edurne volvió a cubrirle la herida con cuidado y levantó la vista hacia nosotros.
—Necesita antibióticos. Y limpiar esto bien antes de que la infección empeore.
El silencio regresó de golpe porque todos entendimos lo que implicaba aquello: teníamos que volver ahí fuera, de noche, con una isla llena de perturbados sueltos. Al final, Ulises terminó rompiendo el mutismo.
—Vale. Pues necesitamos provisiones también. Comida, agua…, lo que encontremos.
—La cantina y la enfermería —murmuré, mirando a Paco—. Tendremos que ir a los dos sitios.
Edurne terminó de ajustar el vendaje del brazo y se apartó un poco para observar a Paco con preocupación.
—Y cuanto antes mejor. Me temo que esto no va a terminar bien.
Él intentó incorporarse de nuevo, seguramente porque prefería morirse a quedarse quieto cinco minutos seguidos, pero apenas consiguió levantar medio cuerpo antes de volver a dejarse caer sobre las mantas soltando una maldición entre dientes.
—No hace falta que pongas esa cara de mártir incomprendido —le dijo Chus, cruzándose de brazos—. Estás hecho polvo.
—He estado peor —reconoció él.
Ulises abrió uno de los armarios buscando algo útil y empezó a sacar linternas, vendas y varias herramientas que probablemente no deberían usarse como armas improvisadas, aunque dadas las circunstancias tampoco estábamos para ponernos exigentes.
Cuando regresaba con todo en brazos se tropezó con uno de los cables que cruzaban el suelo y estuvo a punto de irse de boca contra la mesa.
—¡Hostia!
Las herramientas cayeron al suelo con estrépito y, al mismo tiempo, todas las pantallas de la sala se encendieron de golpe.
El chasquido eléctrico nos hizo dar un respingo.
Durante unos segundos, los monitores comenzaron a llenarse de interferencias, imágenes distorsionadas y ráfagas de ruido blanco mientras Ulises corría hacia los ordenadores.
—¿Qué coño…? Si antes no funcionaban…
Varias cámaras empezaron a estabilizarse poco a poco.
Primero apareció el río vacío bajo la niebla. Después, la plaza del pueblo, iluminada apenas por algunos faroles. Más tarde la cantina, completamente desierta, y después algo que parecía el primer plano de una nariz.
—Hola, hola, jefe. ¿Estáis ahí? Es que ya me he bebido toda el agua… y el isotónico también. El tío este se ha despertado y está intentando abrir los barrotes. Me está dando un poco de miedo. ¿Hola?
La imagen terminó enfocándose y vimos al hombre árbol caminando de un lado a otro dentro de la comisaría. Se tiraba de las ramas de la cabeza mientras murmuraba palabras inconexas y miraba hacia todas partes con una angustia bastante contagiosa.
—¿Y ese? —preguntó Ulises, tan desconcertado como Chus y como yo.
—Es el vigilante oficial del pueblo —se chivó Edurne, señalando a Paco—. Lo nombró él.
Miré al susodicho culpable de seguir otorgando cargos importantes a personas mentalmente inestables y te juro que, si hubiese estado consciente del todo, le habría dado dos tortas aunque para eso hubiera tenido que tocarlo.
—Pues nada —suspiró Ulises—. Punto número setecientos de la lista de tareas pendientes para esta noche: rescatar a un tío con complejo de geranio.
Y lo peor fue que estuve a punto de echarme a reír.
Porque la situación había alcanzado un nivel tan absurdo que mi cerebro empezaba a quedarse sin formas racionales de procesarla.