Capítulo 21
Rita
a cabeza me latía con tanta fuerza que durante unos segundos fui incapaz de recordar dónde estaba.
Abrí los ojos despacio y solo vi oscuridad, tierra húmeda y varias raíces sobresaliendo de las paredes que me rodeaban.
El olor a petricor me llenó los pulmones, y tardé demasiado en comprender que estaba dentro de una zanja.
Entonces llegó el dolor de verdad. Uno profundo y pulsátil en la parte trasera del cráneo que me revolvió el estómago en cuanto intenté moverme.
Me llevé una mano a la cabeza por puro reflejo y, al apartarla, distinguí sangre oscura pegada a mis dedos incluso con la poca luz de luna que las nubes dejaban pasar.
—Genial… —murmuré con la voz pastosa—. Justo lo que me faltaba.
Me quedé quieta unos segundos intentando respirar sin vomitar mientras, sobre mi cabeza, oía tan solo los ruidos del bosque, y eso, por contradictorio que parezca, además de hacerme sentir sola, también me consoló un poco.
No quería imaginar lo que la mente desquiciada de Ezequiel podría hacerme si descubría que seguía con vida.
Cerré los ojos un instante e intenté obligarme a pensar con lógica.
Entrar en pánico allí abajo no iba a ayudarme a salir ni a entender qué estaba ocurriendo en aquella isla.
Apoyé las manos contra la tierra húmeda para incorporarme, pero el mareo me golpeó tan fuerte que volví a caer hacia un lado.
Entonces, mi rodilla chocó contra algo demasiado duro para ser una piedra.
Palpé a tientas entre la tierra hasta que mis dedos tocaron una superficie metálica cubierta de barro. Tiré de ella varias veces antes de conseguir sacarla del todo y tuve que limpiarla con la manga para distinguir mejor la forma.
Era una caja rectangular metálica con un candado.
«Y que escondiera las pistas para la búsqueda del tesoro donde nadie las encontrara».
Abracé la caja contra el pecho y conseguí levantarme, esta vez mucho más despacio, ignorando las náuseas y la sensación pegajosa de la sangre secándoseme junto a la sien. Después empecé a trepar fuera de la tumba ayudándome de las raíces y de los huecos irregulares de la tierra.
Cuando por fin conseguí salir, me quedé quieta varios segundos intentando recuperar el aliento mientras observaba el claro.
La visión de los veinte agujeros abiertos en mitad del bosque bajo la luz enfermiza me provocó un miedo irracional.
No sabía qué estaba ocurriendo allí, ni quién manipulaba a quién, ni cuánto de verdad había en la carta de Mercedes. Pero sí tenía clara una cosa: ya no confiaba en ninguno de ellos.
Ni siquiera en Paco.
Porque, después de años diseñando crucigramas, había aprendido algo importante. La Navaja de Ockham sostiene que, cuando varias respuestas parecen posibles, la más sencilla suele ser la correcta.
Y empezaba a sospechar que aquella isla entera funcionaba exactamente igual.
La explicación más lógica era que Mercedes había perdido la cabeza y alguien dentro de la isla estaba ayudándola.
Por desgracia, la opción más sencilla, evidente y peligrosa era él.
Me aferré a la caja metálica con la intención de usarla como arma si fuese necesario y empecé a caminar entre los árboles poniendo todo mi empeño en orientarme algo mejor de lo que lo hacía en mi día a día.
Podía diseñar crucigramas de seis niveles de dificultad y recordar definiciones absurdas sobre filosofía medieval, pero si me soltabas en un bosque durante la noche tenía menos posibilidades de supervivencia que un hámster doméstico.
Avancé despacio, apartando ramas con la mano libre mientras intentaba reconstruir el camino de vuelta al búnker. El suelo húmedo resbalaba bajo mis zapatillas, y varias veces tuve que apoyarme en los troncos porque el mareo regresaba en oleadas desagradables cada vez que caminaba demasiado rápido.
Solo oía ramas crujiendo, hojas agitadas por el viento y algún ruido perdido entre la niebla que mi cerebro insistía en transformar en posibles asesinos.
La verdad es que no ayudaba demasiado saber que probablemente sí había psicópatas sueltos por allí, y prometí a cualquier ser supremo que me estuviese escuchando que, si conseguía no volver a encontrarme con la payasa ni con Ezequiel, intentaría ser más sociable con la gente.
Seguí caminando varios minutos completamente desorientada hasta que distinguí algo oscuro y voluminoso entre los árboles.
El quad .
Continuaba estampado contra el tronco igual que antes, inclinado hacia un lado y con el frontal destrozado.
La visión del vehículo consiguió que me detuviera en seco y estuviera a punto de ponerme a llorar de alivio, cuando distinguí la brasa anaranjada de un cigarrillo brillando unos metros más allá entre la niebla.
—¡Alto, estoy armado y soy peligroso!
—Creo que eres un poco joven para recordar esa película. Armados y peligrosos , estrenada en 1986 y protagonizada por John Candy, Eugene Levy y Meg Ryan —respondí, porque mi cerebro consideraba buena idea ponerse en modo enciclopedia repelente cada vez que entraba en pánico.
—¡Dios, Rita! Jamás en mi vida me había alegrado tanto de escuchar una de tus gilipolleces.
Vi cómo tiraba la colilla lejos y me prometí recriminárselo más tarde. Después echó a correr hacia mí y me abrazó con tanta fuerza que casi me deja sin aire. El ser supremo que estuviera ahí arriba parecía haberse tomado muy en serio el pacto que acababa de hacer en mitad del bosque.
No le devolví el abrazo, pero tampoco me aparté.
—Ulises… no puedo respirar —le advertí, procurando no sonar al borde del colapso.
—Joder, perdón.
Se separó enseguida y me recorrió con la mirada, deteniéndose en la sangre seca de mi cara, la ropa cubierta de barro y la caja metálica que seguía abrazando contra el pecho.
—Tenemos algunos problemillas por aquí, y me alegro tela de que no te hayan matado, pero Paco está a punto de cargarse al pobre tartaja. ¡Corre!
Lo seguí hasta el interior del búnker, todavía mareada y con la caja metálica pegada al pecho.
Ulises avanzaba tan rápido que tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
El dolor de cabeza seguía golpeándome detrás de los ojos, y empezaba a sospechar que una conmoción cerebral no entraba dentro de las experiencias terapéuticas recomendadas por la Asociación Mundial de Psiquiatría.
Ulises abrió una puerta de golpe y entré detrás de él, pero la escena que apareció al otro lado consiguió detenerme en seco.
Habían sentado al trovador tartamudo en una silla y lo habían atado usando vendas y gasas de enfermería a falta de cuerdas mejores. Tenía media cara ensangrentada, un ojo hinchado y expresión de estar aterrorizado.
Paco estaba inclinado frente a él sosteniendo una nota arrugada a pocos centímetros de su cara.
—Es la última vez que te lo pregunto —gruñó con una voz que no le había oído antes—. ¿Qué mierda significa esto?
El chico negó con la cabeza tan rápido que parecía a punto de desencajársela.
—Y-yo no h-he h-hecho n-nada…
—¡Paco! —le grité antes de que terminara haciéndole honor a su propia definición del crucigrama.
Los cuatro giraron la cabeza hacia mí.
Y durante un instante bastante incómodo tuve la sensación de que todos se habían quedado demasiado sorprendidos de verme viva.
—¡Rita!
Mi nombre en sus labios sonó a alivio y a desesperación al mismo tiempo.
Tenía el brazo herido en cabestrillo y el color había desaparecido casi por completo de su cara.
Las ojeras le marcaban los ojos, y juraría que en unas pocas horas le habían salido más arrugas.
Dio varios pasos hasta detenerse delante de mí y durante un instante pensé que iba a abrazarme, pero en lugar de eso entrecerró los ojos y me gritó:
—¿¡Tú estás bien de la cabeza!? ¡No, claro que no, por eso estás en esta isla de mierda! Pero un poquito de instinto de supervivencia sí que podrías tener, por el amor de Dios. Hasta el animal más estúpido lo tiene.
Me quedé tan desconcertada que el enfado me llegó antes que cualquier otra emoción.
—Pues mira, sí que los hay. El kakapo, por ejemplo, se olvida de que no puede volar y se cae de los árboles cada vez que se sube.
¿Me has visto olvidarme de andar? ¿Eh? Pues no.
Mira qué bien ando. ¿Me subo a los árboles?
Tampoco, porque yo sí sé que no vuelo. Así que sí, sí existen animales más estúpidos que yo y con menos instinto de supervivencia, ¡imbécil!
—¡Joder, jefa, cómo te había echado de menos! —exclamó Chus.
Y ella sí corrió hacia mí para abrazarme.
El impacto casi consiguió que volviera a caerme dentro de otra zanja imaginaria, pero después de aquella noche había decidido tolerarlo porque empezaba a sospechar que el contacto humano quizá no era tan horrible cuando no intentaban asesinarte antes.
Salimos de la habitación y le lancé una última mirada a Leo. Seguía atado a la silla con cara de estar viviendo la peor experiencia de turismo rural de toda su vida, y juraría que fue la persona más aliviada de la habitación al verme aparecer por aquella puerta.
En cuanto salimos, Paco cerró detrás de nosotros con más fuerza de la necesaria y echó a andar hacia la sala de ordenadores.
Fui detrás de ellos, todavía abrazada a la caja metálica, mientras intentaba ignorar el dolor de cabeza y la sensación creciente de que todos estábamos perdiendo la poca estabilidad mental que nos quedaba a una velocidad preocupante.
En cuanto entramos en la sala de ordenadores dejé la caja sobre la mesa con más cuidado del necesario. Aun así, el golpe resonó por toda la habitación y los cuatro bajaron la vista hacia ella al mismo tiempo.
—¿Qué coño es eso? —preguntó Paco.
Me limpié la sangre seca de la sien con la manga antes de responder.
—La encontré dentro de una de las tumbas de Ezequiel.
El silencio que siguió llenó el espacio más que una detonación.
—¿Cómo? —preguntó Edurne, que se había mantenido callada hasta entonces.
—¿Qué tumbas? No me jodas que hay un cementerio, porque me cago encima, te lo juro —añadió Ulises.
Y fue ahí cuando comprendí que quizá tendría que haber explicado aquello un poco mejor.