Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 20
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Capítulo 20

​​ Paco

urante unos segundos, la sala quedó iluminada únicamente por las pequeñas luces rojas de los aparatos y el reflejo verdoso de varios botones encendidos en la consola. Después llegó el silencio. Uno espeso y desagradable que hizo que el zumbido de los monitores apagados pareciera todavía más fuerte.

—No, no, no… —murmuró Ulises, incorporándose de golpe en la silla.

Golpeó un lateral del ordenador con la palma de la mano, y varias imágenes regresaron durante una fracción de segundo antes de desaparecer otra vez entre interferencias.

Yo seguía mirando la pantalla negra donde, apenas unos segundos antes, Rita había estado aporreando aquella maldita puerta metálica mientras la payasa le hacía gestos dignos de una película de terror hecha por alguien con problemas serios de medicación.

Sentí un vacío desagradable bajándome por el estómago.

—¡Enciende eso ya! —le ordené.

Ulises empezó a teclear tan rápido que parecía que sus dedos casi no tocaban las letras.

—Estoy intentando reiniciar el sistema, pero algo ha petado. Creo que se ha ido parte de la corriente de las cámaras exteriores.

—¿Cómo que «crees»? —salté, empezando a perder la paciencia—. ¿Puedes arreglarlo o no?

—Pues no lo sé, Paco, perdona por no ser el puto técnico de la NASA —contestó sin apartar la vista de la pantalla.

Edurne seguía detrás de mí en silencio, demasiado callada para lo nerviosa que parecía hacía un momento. Notaba su tensión incluso sin mirarla.

—La última vez que la vimos estaba entrando en pánico —dije, intentando ordenar mis ideas—. Algo gordo ponía en ese papel.

Ulises no respondió. Solo siguió tecleando mientras varias líneas de código aparecían y desaparecían delante de nosotros.

Entonces, una de las pantallas volvió unos segundos.

La imagen apareció llena de rayas y distorsiones, pero reconocí el bosque alrededor del búnker antes de que todo volviera a apagarse, y me pareció ver una silueta femenina que cuadraba con la de Rita.

—¡Joder!

Me apoyé sobre la mesa porque el mareo empezaba a regresar con ganas.

La herida del brazo me latía al ritmo del corazón, y la falta de sueño y comida tampoco ayudaba demasiado a mantener la estabilidad mental, aunque en aquel momento lo único que me importaba era la sensación horrible de no saber dónde coño estaba Rita ni qué estaba pasando ahí fuera.

—Esto no ha sido un fallo normal —murmuró Ulises frunciendo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Él se agachó junto a uno de los paneles abiertos bajo la mesa y apartó varios cables chamuscados.

—Que alguien lo ha desconectado desde otro lugar. Nos han quitado las cámaras a conciencia.

—Voy a matar a Mercedes en cuanto me la eche a la cara. Esa grandísima hija de puta va a querer ingresar en terapia el resto de su vida después de que termine con ella —grité, porque no se me ocurría mucho más que hacer.

El problema fue que mi discurso no quedó tan aterrador como me hubiera gustado porque un vahído me sobrevino de pronto y terminé cayendo de rodillas al suelo.

—¡Paco, tío!

Ulises se agachó enseguida a mi lado y me agarró del brazo bueno para evitar que me estampase de cabeza contra el cemento.

—No lo muevas, voy a por agua —indicó Edurne.

Los oía como si estuvieran muy lejos en vez de a escasos metros de mí. El suelo parecía inclinarse ligeramente bajo mis pies, y durante unos segundos tuve la desagradable sensación de que iba a vomitar allí mismo delante de todos.

—No necesito agua —gruñí, intentando incorporarme otra vez—. Necesito encontrar a Rita.

En ese momento, unos golpes fuertes retumbaron al otro lado de la puerta metálica del búnker.

Los tres levantamos la cabeza a la vez.

Por cómo sonaron, rápidos y desesperados, sentí un alivio instantáneo atravesándome el pecho.

Pensé que era ella. Que había vuelto, que le iba a echar una bronca del carajo por inconsciente y que todo aquello no había sido más que otro susto absurdo dentro de una terapia diseñada por una psicópata con título universitario.

Dejé que Ulises me ayudara a levantarme y avancé hacia la entrada casi sin notar el dolor del brazo.

—Abre ya.

—¿Y si no son ellas? —preguntó Edurne detrás de nosotros.

Ni siquiera respondí. En aquel momento me daba exactamente igual quién hubiese al otro lado.

Ulises quitó el cierre y abrió la puerta.

Chus apareció prácticamente cayéndose hacia delante. Tenía barro en las piernas, la respiración descontrolada y el pelo pegado a la cara por el sudor. Entró tan deprisa que casi se estampó contra mí.

Miré detrás de ella esperando ver aparecer a Rita entre los árboles.

No había nadie.

Y aquella ausencia me golpeó bastante más fuerte de lo que esperaba.

—¿Dónde está? —pregunté al instante.

Chus apoyó las manos sobre las rodillas, intentando recuperar el aire, mientras negaba con la cabeza.

—No lo sé… —jadeó—. La he seguido, pero salió corriendo y la perdí entre los árboles.

Noté cómo se me tensaba la mandíbula.

—¿Cómo que la perdiste?

—Pues eso, Paco, que desapareció —contestó todavía sin resuello—. Pensé que lo mismo había vuelto aquí.

El silencio que siguió a esa frase bastó para dejar claro que Rita no había aparecido por el búnker.

Y entonces sentí que algo frío empezaba a extenderse dentro de mi pecho.

Di un paso hacia la salida dispuesto a volver al bosque en ese mismo instante, pero el suelo se me movió bajo los pies antes siquiera de llegar a la puerta.

—Hostia…

Noté cómo todo se inclinaba hacia un lado, y habría terminado estampándome contra el cemento si Ulises no me hubiese agarrado otra vez del brazo bueno.

—Paco, para ya de una puta vez —gruñó, sujetándome con fuerza—. Te estás desangrando desde hace horas.

—Me da igual.

Y era verdad. En ese momento me daba exactamente igual acabar desmayado, perder el brazo o morir allí mismo de una infección medieval. Lo único que tenía claro era que Rita estaba sola ahí fuera y algo dentro de mí llevaba demasiado rato diciéndome que aquello iba a terminar muy mal.

Chus frunció el ceño al verme tambalearme.

—¿Qué coño ha pasado aquí?

Su mirada recorrió la sala de monitores apagados, los paneles abiertos y el olor a cable quemado que empezaba a extenderse por el búnker.

—Las cámaras han dejado de funcionar —explicó Ulises, soltándome por fin—. Y no ha sido un fallo normal. Alguien las ha desconectado desde otra parte del sistema.

Vi cómo la expresión de Chus cambiaba ligeramente.

—¿Desde otra parte?

—Sí —continuó él, señalando los cables abiertos—. Hay una línea secundaria conectada a otro sitio. Estaba siguiéndola cuando has llegado.

Chus se quedó callada unos segundos y después levantó la vista hacia nosotros.

—Rita y yo encontramos algo antes.

Sentí cómo se me tensaba otra vez la mandíbula.

—¿Qué encontrasteis?

Ella pareció dudar un instante.

—Una puerta escondida al fondo del pasillo.

El silencio que siguió fue tan inmediato que hasta Ulises dejó de moverse.

—¿Cómo que una puerta escondida? —pregunté despacio.

—Había una pared falsa allí —explicó, señalando hacia el fondo del búnker—. La descubrimos antes de salir a buscaros.

Noté cómo empezaba a hervirme la sangre.

—¿Y no se os ocurrió comentar ese pequeño detalle sin importancia?

—Tampoco hemos tenido mucho tiempo entre payasas asesinas, cartas raras y tú sin dar señales de vida, Paco —saltó ella empezando a perder la paciencia.

Ulises levantó la cabeza de golpe.

—Espera… entonces los cables tienen que ir ahí.

Sin añadir nada más, salió prácticamente corriendo hacia el pasillo.

Edurne dejó el vaso de agua sobre la mesa y fue detrás de él mientras yo me apoyaba un segundo contra la pared intentando evitar otro mareo.

—Joder… —murmuré, pasándome la mano buena por la cara.

Chus me observó unos segundos en silencio.

—Estás blanco.

—Y tú llena de barro. Todos tenemos problemas.

Ella no respondió. Solo miró hacia la entrada del búnker con gesto cada vez más nervioso.

—No debería haberla dejado sola.

Aquello me golpeó duro, porque era lo mismo que llevaba repitiéndome yo desde que las pantallas se apagaron.

Un golpe metálico sonó desde el fondo del pasillo.

Después otro.

Y la voz de Ulises llegó hasta nosotros.

—¡Venid a ver esto!

Fuimos hacia él lo más rápido que nos permitían el cansancio y mis ganas de no desplomarme otra vez delante de todos.

Cuando llegamos, Ulises estaba agachado junto a la pared que Rita y Chus habían descubierto antes.

Había arrancado parte de una chapa oxidada pegada al suelo y encontrado varios cables gruesos que iban hasta el interior, atravesando el hormigón hacia algún punto oculto detrás del muro.

Edurne iluminaba la zona con una linterna mientras él terminaba de retirar una pequeña rejilla metálica.

—Mira esto.

Me acerqué apoyándome contra la pared y me asomé por la rendija que había abierto.

—Parece que alguien sigue usando esta parte —murmuró Edurne.

Tenía razón. Dentro del hueco que había quedado al descubierto no había polvo acumulado, y algunos cables parecían incluso nuevos.

Ulises golpeó suavemente una parte del panel y este devolvió un sonido hueco.

—Aquí detrás hay espacio —aseguró, levantando la vista hacia nosotros.

—¿Puedes abrirlo?

—No lo sé. Parece algún tipo de cierre magnético o mecánico.

Entonces oímos un ruido al otro lado y los cuatro nos quedamos completamente inmóviles.

Fue un golpe seco, apagado por la pared.

Después, algo pareció arrastrarse durante apenas un instante, y el silencio volvió a llenar el pasillo.

Noté cómo Chus se acercaba un poco más mientras Edurne levantaba la linterna apuntando directamente hacia el panel oculto.

Ulises tragó saliva.

—No me gusta una mierda esto.

Se inclinó otra vez hacia el hueco abierto y golpeó con los nudillos cerca de la chapa metálica.

—¿Hay alguien ahí dentro?

Nadie respondió.

Pero unos segundos después oímos claramente una respiración al otro lado del muro.

Aparté a Ulises con el hombro bueno y golpeé la pared con fuerza.

—¡Abre la puta puerta! ¡Mercedes, si eres tú, abre antes de que esto sea peor para ti!

La amenaza sonó bastante más convincente en mi cabeza que en la realidad, porque el impacto me recorrió el brazo herido como una descarga y tuve que apretar los dientes para no doblarme allí mismo. Aun así, ya me daba igual el dolor.

—¡Sabemos que hay alguien ahí! —volví a gritar—. ¡Abre ahora mismo!

Durante unos segundos nadie se movió.

Después oímos un clic amortiguado al otro lado del muro y los cuatro nos tensamos a la vez.

Pensé que la pared iba a abrirse de golpe, pero no ocurrió nada parecido. El silencio regresó todavía más pesado que antes mientras Ulises volvía a acercarse al panel con expresión tensa.

—Creo que acaba de bloquearse desde dentro —murmuró.

Chus soltó una risa nerviosa.

—Perfecto. Tenemos a un psicópata escondido detrás de una pared secreta y a un tartamudo vestido de trovador encerrado. Todo va genial.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tartamudo?

Ulises y ella me miraron unos segundos, y entonces comprendí que me había perdido bastante más de lo que pensaba mientras andaba jugando a ser pinchito humano en la enfermería.

Ulises se pasó una mano por la cara.

—Vale… pues resulta que mientras tú estabas fuera encontramos a uno de los participantes escondido aquí dentro. Chus le dio con un palo y lo encerramos porque intentó rebanarle el cuello a Rita.

—No le di tan fuerte —se defendió ella.

—No se movía...

—Bueno, detalles.

Los observé, intentando procesar aquella información mientras sentía que el dolor de cabeza empezaba a mezclarse con una sensación creciente de agotamiento mental.

—¿Y por qué coño no lo habéis dicho antes?

—No me he acordado —respondió Ulises, encogiéndose de hombros—. También llevaba una carta.

Eso consiguió captar toda mi atención de golpe.

—¿Dónde está?