Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 19
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Capítulo 19

​​ Rita

l papel tembló ligeramente entre mis dedos cuando abrí el sobre.

Sentí un pequeño vuelco desagradable en el estómago mientras Chus seguía a mi lado observándome con curiosidad.

El bosque permanecía demasiado silencioso alrededor de nosotras y, por algún motivo, hizo que el simple sonido del papel al desplegarse pareciera mucho más fuerte de lo normal.

Empecé a leer para mí.

«Rita:

Si estás leyendo esto es porque algo no ha salido como esperaba.

Necesito que salgas de la isla y avises al exterior. No confíes en nadie, por mucho que creas conocerlos. Aquí todos ocultan algo.

Sé que eres la única capaz de entender lo que está ocurriendo realmente porque ves el mundo de una forma distinta al resto. Sin disfraces. Sin falsas emociones. Sin necesidad de convertir las mentiras en algo bonito.

Recupera los archivos de mi ordenador.

La clave ya la sabes. Lleva tiempo en tu cabeza.

Y, por favor, cuando descubras la verdad, intenta recordar que no hice nada de esto sin una razón.

M.».

Leí la carta dos veces seguidas y después una tercera, más despacio todavía.

Las palabras seguían exactamente igual sobre el papel, pero mi cerebro parecía incapaz de colocarlas en el orden correcto.

Era una sensación parecida a cuando una definición encaja perfectamente dentro de un crucigrama y, aun así, sabes que alguna letra está mal aunque no consigas descubrir cuál.

Noté cómo empezaba a faltarme el aire de forma gradual mientras la frase «no confíes en nadie» se repetía una y otra vez dentro de mi cabeza con la insistencia desagradable de un pitido.

Levanté la vista del papel casi sin darme cuenta y observé el bosque que nos rodeaba, la niebla baja entre los árboles y la oscuridad que empezaba a extenderse entre las ramas con la llegada de la noche.

Chus seguía delante de mí sujetando el martillo con expresión confundida, esperando que dijera algo de una vez.

—¿Rita? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Qué pone ahí?

No contesté.

Porque acababa de comprender algo mucho peor que el contenido de la carta.

Mercedes no me había escrito eso para tranquilizarme ni para ayudarme. Me lo había escrito porque creía que iba a pasarle algo y había dejado el peso de solucionarlo todo sobre mis hombros.

Y yo no podía.

De pronto sentí unas ganas horribles de salir corriendo.

Necesitaba aire, pero no el viciado de aquella isla.

Quería escapar antes de que descubrieran que no era capaz de arreglar nada, que todo me venía demasiado grande y que, en el fondo, seguía siendo la rara mediocre de siempre, algo que no iba a cambiar aunque ahora hubiera vidas dependiendo de mí.

No te voy a mentir, cuando vi a la payasa salir de entre los árboles casi me dio el síncope que llevaba varios minutos gestándose dentro de mi cuerpo, pero la necesidad de entender qué estaba ocurriendo y de escapar resultó todavía más fuerte que el miedo que me provocaba ella.

La aparté al pasar y empecé a buscar desesperada alguna forma de abrir la enorme puerta metálica.

Tenía que existir algún mecanismo de seguridad, una palanca, un botón oculto o cualquier mierda parecida.

No podía creerme que nadie hubiese pensado en algo tan básico como un incendio, una pelea multitudinaria, un brote psicótico colectivo o un holocausto caníbal.

Joder, éramos un montón de personas con problemas mentales encerradas en una isla perdida siguiendo una terapia diseñada por una psiquiatra con delirios de grandeza.

Aquello ya sonaba mal hasta dicho en voz alta.

Chus intentó sujetarme por el brazo para calmarme, pero en aquel momento cualquier contacto humano conseguía que mis nervios se multiplicaran todavía más. Me solté dándole un empujón y seguí golpeando la compuerta hasta que entendí que no iba a abrirse.

Y eso fue precisamente lo que terminó de romperme.

Salí corriendo sin una dirección clara hasta que las piernas empezaron a dolerme y el aire dejó de entrarme bien en los pulmones.

Las ramas me golpeaban los brazos al pasar y varias raíces estuvieron a punto de hacerme caer un par de veces, aun así, no reduje la velocidad hasta que llegué a una pequeña zona despejada entre los árboles.

Me detuve, doblándome ligeramente hacia delante mientras intentaba recuperar el aliento.

El bosque allí era distinto. Más abierto. Podía oírse el sonido del río no demasiado lejos, mezclado con el roce constante de las hojas movidas por el viento, y algo más.

Un golpe seco.

Clonc.

Después otro.

Clonc.

Fruncí el ceño y levanté la cabeza despacio.

El sonido volvió a repetirse con el mismo intervalo de tiempo, tan regular que mi cerebro empezó a anticiparlo antes incluso de escucharlo otra vez.

Clonc.

No sé si te ha pasado alguna vez, pero cuando mi cabeza entra en bucle con un patrón concreto resulta imposible ignorarlo.

Los seres humanos toleramos mejor los sonidos impredecibles que los repetitivos porque el cerebro intenta anticiparlos constantemente y termina agotándose solo.

Lo leí en un artículo sobre tortura psicológica acústica, y desde entonces jamás he podido escuchar un grifo goteando sin querer arrancarme los tímpanos.

El golpe volvió a sonar, y avancé despacio entre los árboles intentando no hacer ruido hasta que distinguí movimiento al otro lado del claro.

Había un hombre cavando. Levantaba la pala y la clavaba en la tierra exactamente igual en cada movimiento, con la misma inclinación, la misma fuerza y el mismo tiempo de separación entre golpe y golpe.

A un lado había varios montículos pequeños de tierra colocados en línea recta, y una linterna apoyada en el suelo iluminaba la escena desde abajo, deformando las sombras de una forma bastante poco tranquilizadora.

Di un paso más y una rama crujió bajo mi zapatilla.

El hombre levantó la cabeza despacio, y pude ver que tenía la ropa llena de barro hasta las rodillas y que sujetaba la pala con ambas manos mientras me observaba sin decir nada.

Después miró el agujero y volvió a cavar exactamente igual que antes.

Clonc.

La curiosidad mató al gato. No sé si sabes que esta expresión tiene su origen en Inglaterra durante el siglo XVI.

Allí se escuchó por primera vez la frase original en inglés, y la idea era relacionar la curiosidad con el peligro.

En realidad, los gatos sobreviven bastante bien para la cantidad de estupideces que hacen a diario, es por eso que prefiero a los cactus.

No se tiran por una ventana persiguiendo motas de polvo imaginarias.

Divagar me vino bien para recuperar un poco de lógica y evitar que mi cabeza siguiera girando alrededor de la carta de Mercedes igual que una lavadora descompensada.

Me acerqué un poco más.

El hombre tenía medio cuerpo metido dentro de una zanja enorme, y las gotas de sudor le caían por la nariz mientras seguía cavando con aquella precisión enfermiza. Incluso la forma en que apartaba la tierra parecía responder a algún tipo de norma invisible que solo existía dentro de su mente.

Lo observé varios segundos intentando decidir si aquello era más inquietante o más ridículo.

—¿Quieres algo? —me preguntó con una voz grave y rasposa, sin dejar de trabajar.

—Hola, no. Pasaba por aquí y oí los golpes —reconocí, sintiéndome un poco avergonzada porque aquello me hacía parecer una vieja del visillo en plena crisis nerviosa—. ¿Necesitas ayuda?

—No sabrías hacerlo bien.

La respuesta salió tan rápida y seca que hasta me ofendió un poco.

—Gracias por la confianza.

—Las cosas solo pueden hacerse de dos formas: bien o mal. Casi todo el mundo tiene prisa y las hace mal sin que le importe el resultado.

Después volvió a hundir la pala en la tierra exactamente igual que antes.

Clonc.

Me quedé observándolo unos segundos más y, contra todo pronóstico, empecé a notar cómo mi cabeza se relajaba poco a poco siguiendo aquel patrón repetitivo.

El sonido constante de la pala, el ritmo exacto de sus movimientos y hasta la forma obsesiva en que recolocaba la tierra consiguieron que mis pensamientos dejaran de atropellarse entre sí por primera vez en horas.

Así que terminé sentándome en una piedra cercana mientras seguía viéndolo trabajar.

No sé si has visto los vídeos de ASMR de gente cortando jabón o aplastando arena cinética, pero algo parecido empezó a ocurrirme allí.

Resultaba perturbador y tranquilizador al mismo tiempo, una combinación bastante rara teniendo en cuenta que estaba viendo a un desconocido cavar una zanja enorme en mitad del bosque al anochecer.

—Me llamo Margarita —me presenté cuando decidí que ya había sido bastante maleducada.

—Ezequiel —contestó sin detenerse.

—¿Puedo preguntar qué haces?

—Mi misión.

La respuesta consiguió que toda la tranquilidad que acababa de recuperar desapareciera un poco.

—¿La de la nota de esta mañana?

—Ajam.

—¿Llevas aquí desde entonces?

Me costaba creer que alguien pudiera pasarse tantas horas haciendo exactamente lo mismo sin desplomarse.

—Sí. Esta es la última —anunció, satisfecho.

Señaló alrededor, y entonces me fijé mejor en el claro.

La poca luz que todavía se colaba entre los árboles dejaba ver varias zanjas repartidas por toda la zona. Empecé a contarlas casi sin querer y sentí un escalofrío desagradable al llegar a veinte.

—¿Para qué son?

—No lo sé. Solo me dijeron que hiciera veinte tumbas iguales y escondiera las pistas para la búsqueda del tesoro donde nadie las encontrara.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que otra persona comentaría que estaba arreglando un jardín.

Después levantó la vista hacia mí.

—¿Sabes qué tengo que hacer después?

Y ahí fue cuando noté aquel tono infantil escondido debajo de la voz grave. De pronto dejó de parecerme inquietante para empezar a darme pena.

—No lo sé, Ezequiel. ¿No tienes hambre?

—Un poco —reconoció mientras salía de la zanja.

Entonces entendí que dentro del agujero no había apreciado bien su tamaño. El hombre era enorme. Fácilmente podría medir casi dos metros.

—¿Quieres que consigamos algo de comer?

—No quiero que me echen de la terapia, mamá me dijo que tenía que acabarla.

—Ya es hora de descansar. Creo que las pruebas duran hasta el anochecer, y ya casi no se ve nada.

Él observó el cielo unos segundos antes de asentir.

—Entonces sí tengo hambre. Te puedo dar la mano para que no te pierdas. Yo sé volver a la cantina.

Lo dijo con tanto orgullo que sentí otro pequeño pellizco incómodo en el pecho. No quería que nadie me tocara, pero tampoco quería apartarme de él como si fuera un monstruo.

—Vamos mejor al búnker. Mis amigos están allí y podemos conseguir comida.

—¡No!

El grito me hizo dar un respingo.

—¡Allí está el hombre malo! ¡Me quieres llevar con el hombre malo!

Retrocedí un paso automáticamente mientras él respiraba cada vez más fuerte.

—Te prometo que no. Hemos echado al hombre malo.

—Ella me avisó —continuó diciendo casi al borde del llanto—. Me dijo que vendrían a engañarme para que no acabara la terapia. Me dijo que matara a quien lo hiciera y lo metiera en la tumba.

Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.

—Hay muchos malos en esta isla —susurró, mirando alrededor con expresión nerviosa—. Veinte. Ella me lo dijo.

Después volvió a mirarme y, por primera vez desde que lo había visto, sonrió ligeramente.

—Y tú eres uno de ellos.

Abrí la boca para responder, pero algo cambió en su expresión antes de que pudiera hacerlo.

El miedo infantil que había visto hacía apenas unos segundos desapareció de golpe y sus ojos empezaron a moverse nerviosos alrededor del claro mientras respiraba cada vez más deprisa, igual que un animal asustado buscando una salida.

—Te prometo que quiero ayudarte.

—No… no… Tú quieres engañarme —murmuró, retrocediendo un paso mientras negaba con la cabeza—. No voy a dejar que me encierren otra vez.

Sentí cómo se me tensaba todo el cuerpo.

—Ezequiel, tranquilo. No voy a hacerte daño.

Pero creo que ya había dejado de escucharme. Empezó a apretar la pala con tanta fuerza que los nudillos se le marcaron blancos bajo el barro.

—Ella me avisó —continuó con la voz cada vez más aguda pese a lo enorme que era—. Me dijo que vendríais. Que intentaríais detenerme antes de acabar las tumbas.

Retrocedí despacio, intentando no alterarlo más, mientras buscaba alguna forma de salir de aquella situación sin terminar convertida en abono forestal.

—Nadie quiere detenerte —intenté calmarlo—. Solo quería ayudarte.

—¡Mentira!

El grito retumbó entre los árboles, y di un respingo involuntario. Después todo ocurrió demasiado rápido.

Ezequiel se abalanzó hacia mí. Intenté apartarlo, pero fue igual que tratar de frenar una excavadora con los brazos. Me agarró por la cintura y el suelo desapareció bajo mis pies durante un instante.

—¡Suéltame! ¡Ezequiel!

Pataleé intentando librarme de él mientras seguía hablando sobre la terapia, los hombres malos y las tumbas. Noté cómo me arrastraba hacia el agujero abierto y un segundo después caí dentro.

La parte trasera de mi cabeza se golpeó contra algo duro con un sonido seco.

El dolor me atravesó entera y durante un instante dejé incluso de saber dónde estaba. Después sentí algo caliente resbalando lentamente desde mi frente hasta la mejilla mientras la oscuridad empezaba a tragárselo todo a mi alrededor.