Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 18
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Capítulo 18

​​ Paco

mpujé la puerta de mi caseta con el hombro porque el brazo empezaba a dolerme tanto que ya hasta respirar me molestaba. En cuanto entramos, Edurne se quedó quieta mirando alrededor.

—Vaya… —murmuró.

—¿Qué?

—Tengo una gran duda. ¿Esa ropa la has traído de la realidad o te han puteado igual que al resto?

Apartó con dos dedos una camiseta rosa fluorescente tirada sobre una silla.

—Digamos que no creo ser la persona favorita de la loquera.

Eso le arrancó una pequeña risa, y se acercó para ayudarme mientras levantaba el colchón con la mano buena.

—¿Qué buscas en particular?

—Guardé aquí las cosas importantes por si acaso.

Metí la mano debajo y fui sacando cosas mientras ella arqueaba cada vez más las cejas.

—¿Preservativos? —preguntó con sorna.

—Importantes.

—¿Lubricante?

—Más importante todavía.

—¿Y esto? —preguntó, levantando unas esposas metálicas que había olvidado completamente que estaban allí.

—Eso no es mío.

Edurne empezó a reírse, ya sin disimulo.

—Claro.

—Te juro que no recuerdo haber traído eso —aseveré, haciéndome el tonto.

Negué con la cabeza y seguí rebuscando hasta que por fin encontré el sobre marrón doblado al fondo.

—Aquí están.

Saqué varias fotografías y las extendí sobre la cama. Poco a poco, Edurne fue dejando de reírse mientras las observaba conmigo.

Eran las fotos que había arrancado del tablón de la oficina de la sheriff la mañana anterior. Algunos participantes salían sonriendo. Otros parecían haber sido obligados a posar a punta de pistola.

—¿Por qué las escondiste? —preguntó.

Me encogí de hombros.

—Instinto, supongo. Algo no me cuadraba desde el principio.

Fui separando algunas fotos.

—Mira este —dije señalando al bombero—. Estoy casi seguro de que es el que quiere prenderle fuego al pobre arbusto que hemos dejado de vigilante.

Edurne soltó una risa breve.

—Gaspar. El hombre árbol se llama Gaspar —me corrigió, y no recordé en qué momento nos había dicho su nombre. Aunque tampoco es que yo estuviera atravesando mi etapa de mayor lucidez.

Cuando intenté guardar las fotografías dentro de la maleta, esta se volcó hacia un lado y todos los papeles terminaron desperdigados sobre el colchón.

—Joder…

Edurne se inclinó para ayudarme a recogerlos, y entonces encontramos una fotografía vieja medio escondida entre varios folios.

La imagen mostraba a un grupo de personas delante de un edificio con el cartel de «Hospital Santa Águeda» detrás. Mercedes aparecía mucho más joven, y también reconocí a la enfermera de la fotografía del herrero, pero en esta parecía más mayor que en la anterior.

Al fondo, casi fuera de plano, había un chico sentado en una silla de ruedas mirando directamente a la cámara.

—Este hospital sigue apareciendo.

Edurne dejó la fotografía sobre la cama.

—Demasiado.

Resoplé, frustrado.

—Es en estos momentos cuando uno echa muchísimo de menos la maldita tecnología. Si tuviera internet ya habría buscado qué coño pasó allí.

Recogí varios papeles con la mano buena mientras el brazo me latía cada vez más fuerte.

—Vámonos ya —murmuré, cerrando la maleta—. No me hace ni puta gracia dejar solos tanto tiempo a los tres mosqueteros del apocalipsis.

Edurne soltó una pequeña risa.

—¿No te fías de ellos?

—Edurne, ahora mismo no me fiaría ni de mi santa madre si apareciera por esa puerta.

Ella dio un paso más hacia mí.

—¿Y de mí? ¿Te fías?

Me sostuvo la mirada mientras acortaba el poco espacio que quedaba entre los dos, y te juro que mi cerebro dejó de funcionar durante unos segundos.

Ya no sentía el dolor del brazo, ni el cansancio, ni el olor a sangre.

Solo a ella. A su respiración cada vez más cerca, al calor de su cuerpo pegándose al mío y a cómo aquella maldita ropa ajustada dejaba demasiado poco a la imaginación.

Cuando volvió a rozar el cabestrillo con el pecho al moverse, se me tensó hasta el alma.

Le sujeté la nuca con la mano buena y noté cómo ella contenía el aire. Sus dedos se agarraron a mi camiseta arrugada, despacio al principio, con cuidado por la herida, aunque la forma en la que me miraba no tenía nada de cuidadosa.

Podía sentir el roce de su nariz contra la mía, su aliento chocando contra mis labios entreabiertos y la tensión desesperante de saber que era una pésima idea, pero también justo lo que necesitaba para olvidarme durante unos minutos de la sangre, del dolor y de la maldita isla.

Y lo peor era que ella también lo quería.

Se le veía en los ojos oscuros clavados en mi boca, en la forma en que se había quedado completamente quieta entre mis brazos, esperando a que fuera yo quien terminara de romper la distancia ridícula que todavía nos separaba.

Entonces, sus labios rozaron apenas los míos.

Y justo en ese momento un chirrido agudo reventó los altavoces del pueblo.

Los dos dimos un respingo mientras una voz distorsionada inundaba la calle.

—Uno, dos, tres, probando…

Después llegó otra voz.

—Seguimos teniendo comunicación con el exterior. Algo es algo.

Y entonces, la tercera en discordia:

—¿Me explicas cómo mierda has conseguido casi quemarte vivo en menos de cinco minutos?

Edurne soltó el aire despacio y apoyó la frente un instante contra mi pecho antes de separarse.

—Corre —le ordené, intentando ignorar el desastre hormonal que llevaba encima.

—¿No podemos esperar un par de minutos? —murmuró.

Tuve que hacer un esfuerzo importante para que la sangre me volviese al cerebro.

—Edurne, lo que me gustaría hacerte no se arregla en un par de minutos, y esos tres son capaces de hundir la isla mientras tanto.

Cogí la maleta y salimos corriendo hacia el búnker.

Llegamos al lugar sin cruzarnos con nadie y, por un momento, estuve tentado de pasar antes por las celdas para comprobar cómo le iba a Gaspar con su nuevo puesto de guardia de seguridad. Pero al final pudo más la urgencia de volver a ver a Rita.

Y eso ya era preocupante de por sí.

Además, mientras caminaba, no conseguía quitarme de encima la sensación incómoda que me había dejado lo de Edurne. Hacía apenas unos minutos estaba dispuesto a arrancarle la ropa allí mismo y ahora, en cambio, mi cabeza parecía haberse dado la vuelta sola.

No porque no me apeteciera. Lo hacía, y mucho. El problema era que tenía la absurda sensación de estar traicionando de alguna manera a mi compañera de batallas en aquella isla infernal, algo bastante ridículo teniendo en cuenta que Rita y yo no éramos pareja, ni siquiera amigos normales.

Tal vez fuera por la pérdida de sangre o por llevar demasiadas horas sobreviviendo en aquella puta isla sin dormir, aunque si algo tenía claro era que Rita me importaba bastante más de lo que quería reconocer.

Di dos golpes en la puerta y esperamos varios segundos sin que nadie abriese.

—¿Se habrán ido?

—No creo… o eso espero. Les dije que no se movieran de aquí.

Oímos ruido detrás del metal y volví a llamar.

—Rita, abre. Somos nosotros.

—Aquí no hay ninguna Rita —respondió la inconfundible voz de Ulises al otro lado.

Cerré los ojos un segundo.

—No me jodas y abre de una vez, Ulises.

—No has usado la contraseña. ¿Cómo sé que eres tú y no alguien imitando tu voz?

Me cagué mentalmente en Satanás, en la Virgen de Lourdes y en el Espíritu Santo al mismo tiempo.

—Uli, cariño, somos nosotros —intervino Edurne.

Se oyó el clac de la cerradura y la puerta terminó abriéndose dejando a la vista el pasillo del búnker.

En cuanto entramos, Ulises volvió a cerrarla corriendo detrás de nosotros.

Llevaba solo los calzoncillos, un cigarro colgándole de la boca y los ojos tan rojos que parecía llevar tres días llorando o fumándose la selva amazónica entera.

—No sé si quiero saberlo —reconocí.

Después seguí andando hasta la sala de monitores buscando a Rita para contarle todo lo que habíamos descubierto.

—¡Rita! —la llamé.

—No están.

Me giré de golpe.

—¿Cómo que no están?

El mareo me golpeó tan fuerte de pronto que tuve que apoyarme en la mesa para no irme al suelo delante de todos.

—Chus y ella han salido a buscaros porque estabais tardando mucho, tío. Se estaban rayando.

—¿Puedes localizarlas por las cámaras? —preguntó Edurne.

—Lo intento. Ha habido un pequeño accidente técnico y algunos monitores han pasado a mejor vida —reconoció el chico, sentándose delante de los ordenadores.

Fruncí la nariz.

—¿Huele a quemado?

Ulises evitó mirarme.

Solté la maleta sobre la mesa y me dejé caer en la silla de al lado porque empezaba a no tener demasiado claro cuánto tiempo más podría mantenerme consciente.

—¿Estás bien? —me preguntó Edurne, poniéndome una mano sobre el hombro mientras se mantenía de pie a mi espalda.

El contacto me incomodó más de lo normal porque, de pronto, me pregunté si habría cámaras en las casetas y si Rita podría habernos visto.

—¿Las cabañas tienen cámaras? —pregunté, levantando la vista hacia Ulises.

—No. Solo las zonas comunes, la enfermería, la taberna y sitios así… aunque ahora vemos bastante menos porque he frito el sistema sin querer.

Asentí despacio y sentí cómo se me aflojaba algo dentro del pecho.

Ulises se cruzó de piernas en la silla dejando un huevo peligrosamente al aire.

—¿Te quieres poner unos jodidos pantalones?

—No puedo. Han muerto en acto de servicio.

Sentí cómo Edurne retiraba la mano de mi hombro y, no te voy a engañar, parte de mí suspiró aliviada.

Al momento, apareció con un mono de trabajo gris doblado entre los brazos y se lo lanzó a Ulises a la cara.

—Ponte esto antes de que acabemos todos traumatizados.

—Mi cuerpo es una obra de arte y no pienso censurarla —protestó él, apartándose la tela de la cabeza.

—Tu huevo izquierdo lleva un rato saludándome —le informó ella.

A pesar del dolor y del cansancio, no pude evitar soltar una pequeña risa.

Después me dejé caer delante de los monitores intentando ignorar el mareo que me subía desde el brazo hasta el cerebro cada vez que me movía demasiado rápido.

Varias cámaras seguían muertas y otras mostraban imágenes congeladas del pueblo vacío.

Entonces vi movimiento en una de las pantallas.

—Esas son Rita y Chus —les informé.

Ulises dejó el mono sobre una silla y se acercó rápido para cambiar entre cámaras. En la imagen apareció un tipo delgado acercándose a ellas a toda velocidad. Les entregó algo y volvió a desaparecer entre los árboles tan deprisa que apenas pude verle la cara.

Rita abrió el sobre y algo en ella cambió.

No sabría explicar qué fue, pero sentí un vuelco desagradable en el estómago al verla quedarse tan quieta y su ojo empezar a moverse. Miraba el papel sin pestañear mientras el color iba desapareciéndole poco a poco de la cara.

Se vio cómo Chus le decía algo.

O eso supuse, porque el audio no funcionaba y únicamente podíamos observarlas moverse en silencio desde el monitor.

Rita levantó la cabeza de golpe y echó a correr.

—¿Qué coño pasa? —pregunté, incorporándome demasiado rápido.

El mareo me obligó a agarrarme a la mesa mientras Ulises cambiaba frenético entre cámaras intentando seguirlas.

—Espera, espera… ya casi… mierda… aquí.

La siguiente imagen mostró parte del bosque que rodeaba la entrada de la comisaría.

Rita corría entre los árboles tropezándose varias veces mientras todavía sujetaba el papel arrugado en la mano.

Chus iba detrás de ella gritándole algo que no podíamos oír y cada vez parecía más nerviosa al ver que no conseguía alcanzarla.

Cuando Rita llegó hasta la enorme puerta metálica, frenó tan bruscamente que estuvo a punto de caerse.

La payasa estaba allí, de pie, mirándola.

Había salido de detrás de uno de los árboles y permanecía plantada frente a la entrada del búnker con aquella quietud antinatural.

Bajo la luz grisácea del bosque, la pintura blanca de su cara parecía todavía más enfermiza, y la enorme sonrisa roja le deformaba el gesto hasta hacerla parecer algo que no terminaba de encajar del todo con una persona normal.

Noté cómo se me erizaba la piel al verla mover los labios lentamente.

Parecía estar hablándole a Rita.

Pero había algo en la forma en que la miraba que hizo que incluso desde la sala de monitores sintiera un escalofrío recorriéndome entero.

Rita retrocedió un paso y después miró desesperada la puerta metálica que tenía delante. Entonces esquivó a la payasa y empezó a golpear el metal con ambas manos mientras buscaba algo alrededor de la compuerta con movimientos cada vez más nerviosos.

La payasa seguía observándola sin apenas moverse, balanceándose despacio mientras continuaba hablándole en aquel silencio horrible que nos impedía entender qué estaba ocurriendo allí fuera.

Chus apareció pocos segundos después jadeando y trató de sujetar a Rita por los hombros, pero ella se soltó enseguida y volvió a golpear la puerta.

Entonces la payasa levantó lentamente una mano hacia la entrada del búnker. Después miró a Rita y deslizó un dedo por su propia garganta.

Y por último se llevó un dedo a los labios sin dejar de sonreír.

—¿Qué coño le está diciendo? —pregunté, sintiendo que algo iba muy mal.

Y justo en ese momento todas las pantallas se apagaron.