Capítulo 17 #2
Soltó un bufido, agarró el martillo con una mano y la rama con la otra, y salió de la habitación.
—Soy un mierda que jode todo lo que toca. Manitas eróticas, me llaman en mi casa.
—No es verdad —repliqué—. Estamos nerviosos, encerrados en una isla llena de locos y en una situación extrema. No todos reaccionamos igual. Mira yo, parezco hasta sociable.
Eso consiguió arrancarle una pequeña risa.
—A mí me caes bien, jefa.
Y, antes de que pudiera reaccionar, me dio un abrazo rápido y torpe. Me quedé rígida unos segundos, completamente descolocada, sintiendo incluso el ojo empezar a temblarme del estrés justo cuando Chus volvió a aparecer en la puerta.
—¡Es para hoy!
Ulises me soltó de golpe y carraspeó, incómodo.
Después nos acompañó hasta la entrada y cerró desde dentro mientras yo intentaba convencerme de que aquel extraño pinchazo que sentía en el pecho no tenía absolutamente nada que ver con empezar a preocuparme por la gente.
Cuando nos alejamos un poco del búnker decidí hablar con ella. Llevaba callada y con esa cara de pocos amigos desde que salimos, y necesitaba que todos estuviéramos centrados si queríamos sobrevivir a aquella mierda.
—¿Quieres hablar de lo que te pasa con Ulises?
—No.
Ni siquiera me miró.
Seguimos caminando unos metros más entre el crujido de la grava y el silencio raro del pueblo.
—Tal vez sea la menos indicada del mundo para pedirle a alguien que se abra —insistí—, pero no creo que sea mala persona y me da la sensación de que hay algo más aparte de que se le pueda considerar un desastre andante.
Chus se detuvo tan de golpe que casi choqué con ella.
—Es de esa clase de tíos que cree que con una sonrisa bonita y dos chistes puede arreglarlo todo —soltó de pronto—. Y luego la caga, claro. Porque la gente así siempre la acaba cagando.
La última frase le salió más rota.
Vi cómo tragaba saliva y apartaba la vista rápidamente. Ahí entendí que el drama no iba realmente sobre Ulises.
Me sentí mal porque sabía que la gente normal probablemente la abrazaría o haría alguna de esas cosas reconfortantes que salen naturales cuando no tienes el cerebro lleno de cables cruzados.
Pero yo llevaba demasiadas horas soportando voces, contacto humano y emociones ajenas como para atreverme a tocar a nadie sin riesgo de cortocircuitar.
—Me parece que no estás hablando de Ulises —dije al final.
Ella soltó una risa seca.
—A lo mejor.
Fue hasta un tocón y se sentó dejándose caer pesadamente. Yo me puse en cuclillas delante de ella porque parecía lo correcto y porque las películas enseñan que la gente confía más si te colocas a su altura y la miras a los ojos.
—No te he contado por qué estoy aquí —admití.
—¿Por rara? —preguntó, y sonrió apenas.
—Además de eso.
Ella levantó un poco las cejas, esperando.
—Intenté encajar. Tuve amigos… o eso creía. Hice cosas para gustarles y acabé metida en problemas bastante turbios.
—¿Qué clase de problemas?
—Estuve en la cárcel.
Chus abrió mucho los ojos.
—Joder.
—Sí.
—No tienes pinta de haber estado en prisión.
—¿Y qué pinta tiene una presa exactamente?
—No sé… con tatuajes. O cuchillos. O cara de malota.
—Decepcionante, lo sé —confesé, encogiéndome de hombros.
Eso consiguió arrancarle una pequeña risa, y después volvió a quedarse callada.
—Mi ex también era encantador al principio —murmuró mientras arrancaba hierba seca del suelo—. De esos que te hacen sentir especial. Segura. Que convierten cualquier desastre en una aventura divertida.
Noté la amargura en su voz incluso antes de que levantara la vista.
—Y un día te das cuenta de que llevas meses viviendo de las migajas de alguien que solo sabe quererse a sí mismo, alguien que responde a todo con golpes y cree que un regalo barato arregla las heridas después.
El viento movió varias ramas por encima de nosotras.
—Ulises no es él —dije.
—Ya lo sé.
Y sonó todavía peor porque parecía que necesitaba convencerse de eso.
Después de hablar seguimos caminando en silencio. Uno incómodo, espeso, que parecía haberse quedado pegado entre nosotras después de hablar de cosas que normalmente la gente evita mencionar en voz alta.
Yo seguía dándole vueltas a lo que Chus había dicho sobre su ex y a lo rápido que mi cerebro lo había relacionado con Paco, con el crucigrama y con la palabra «agresivo», cuando algo cruzó la calle delante de nosotras a toda velocidad.
Las dos dimos un respingo.
—¿Has visto eso? —susurró Chus levantando el martillo.
No me dio tiempo a responder porque un estruendo metálico sonó un poco más adelante, seguido de unos pasos rápidos y desacompasados que parecían acercarse y alejarse al mismo tiempo.
Un segundo después, un chico extremadamente delgado salió disparado de detrás de una carreta y casi se estampó contra nosotras.
Llevaba un uniforme de cartero antiguo, una bandolera repleta de sobres cruzándole el pecho y el pelo tan revuelto que parecía haberse electrocutado hacía escasos minutos.
No paraba quieto. Movía las manos, las piernas, la cabeza y los ojos constantemente, como si quedarse inmóvil más de dos segundos pudiera matarlo.
Al vernos frenó tan en seco que estuvo a punto de irse de boca contra el suelo.
—¡Hostia! Vale, menos mal, personas normales… bueno, normales relativamente, porque aquí ya he entendido que normales hay pocos, pero no sois asesinas y eso baja muchísimo la media de estrés.
Chus lo miró de arriba abajo y levantó el martillo.
—No descartes todavía lo de asesina.
El chico tragó saliva y dio un paso atrás.
—Vale, sí, justo ese tipo de comentarios son los que hacen que me suba la taquicardia.
—¿Quién coño eres? —preguntó Chus.
—Nico —respondió el chico demasiado rápido—. Cartero. Bueno, técnicamente, repartidor interno de correspondencia terapéutica, pero eso suena bastante menos emocionante.
Lo observé unos segundos. Tenía las pupilas dilatadas y juraría que iba hasta arriba de algún tipo de droga.
—¿Y por qué corres como si te persiguiera Satanás? —preguntó Chus.
—Porque llevo dos horas buscando a la gente para entregar las cartas antes de que se me acabe el tiempo. Tengo que hacer bien mi parte o me expulsarán de la terapia.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago.
—¿Qué tiempo?
Pero Nico ya estaba rebuscando nervioso dentro de la bandolera.
—Ah, mierda… ¿la he perdido? No, no, aquí está. La tengo. Toma.
Sacó un sobre arrugado y me lo lanzó. Lo agarré por puro reflejo y sentí un escalofrío al ver mi nombre escrito en la parte delantera con letras rojas.
RITA .
Levanté la vista despacio.
—¿Quién te ha dado esto?
Nico dejó de moverse por primera vez desde que había aparecido.
—Mercedes —susurró.
Después echó a correr calle abajo y desapareció antes de que pudiéramos reaccionar.