Capítulo 17
Rita
racias al cielo, Ulises logró encontrar el botón que encendía el micrófono justo a tiempo para que pudiéramos avisarlos. Te prometo que durante esos segundos casi me dio un infarto.
Después de ver cómo salían de la enfermería con Paco cada vez más pálido, aquel tío atado con gasas a una silla de ruedas y el hombre árbol ayudando a Edurne a empujar, tuve que apartar la vista de las pantallas.
Miré a Ulises en calzoncillos delante de los monitores y a Chus rebuscando por todos lados algo que pudiera servirnos de arma, y me sentí completamente inútil.
Así que hice lo único que se me daba bien en este mundo.
Resolver crucigramas.
Cogí el cuaderno y las notas con intención de irme a la habitación donde habíamos encontrado encerrado a Bartolo. Necesitaba silencio, orden y dejar de escuchar a Ulises insultar a un cortafuegos como si fuera su exnovia.
—Si consigues algo, me dices, ¿vale?
—Lo intento, pero cuando logro saltarme una restricción, algo me capa y me manda a la jodida casilla de salida. Me está tocando los huevos a base de bien —protestó sin apartar la vista de la pantalla.
—He encontrado esto —anunció Chus sonriente, levantando un martillo.
—Das un poco de miedo.
—De eso se trata.
Me detuve antes de salir.
—Necesito haceros unas preguntas.
Los dos levantaron la vista hacia mí.
—Dispara, jefa. Soy un libro abierto —respondió Chus.
—De terror —puntualizó Ulises.
—Prefiero ser de terror que pajillero.
—No empecemos —corté su intercambio antes de que degenerase todavía más—. La idea es resolver el crucigrama. Ya tenemos algunas casillas claras, pero, cuantas más consiga confirmar, más fácil será entender qué está pasando aquí.
—Guay —respondió Chus, sentándose sobre la mesa y balanceando las piernas.
La observé unos segundos y no pude evitarlo.
—El columpio más alto y rápido del mundo se encuentra en el acantilado Yunyang Longgang, en China. Tiene una estructura en forma de arco de cien metros de altura que lanza a los usuarios a más de ciento veinte kilómetros por hora sobre un abismo.
Los dos se quedaron mirándome.
—¿Necesitas que salgamos un poquito a que te dé el aire? —se preocupó el exhibicionista, y tuve que mover la cabeza varias veces para centrarme.
—¿Cómo describirías tu vida? —le pregunté a Chus, que parecía más colaborativa.
—Una mierda.
Ulises soltó una carcajada.
—¿Se puede copiar la respuesta?
—Estoy hablando en serio —protesté, empezando a frustrarme—. Necesito datos concretos.
—Pues pregunta cosas normales, Rita —intervino Ulises—. Pareces un test del Super Pop de mi abuela para averiguar qué tipo de cuchara eres.
Preferí ignorar el comentario.
—Vale… Chus. Cuando robas, ¿qué sientes?
Los dos volvieron a mirarme raro.
—Hostia, qué pregunta más chunga —dijo Ulises.
—Necesito entender el patrón.
—Pues… adrenalina, supongo —respondió Chus.
Apunté la palabra.
ADRENALINA.
—¿Y antes de hacerlo?
—No sé… hambre a veces. O aburrimiento.
—¿Y después?
—Depende de si me pillan.
Ulises volvió a reírse.
—Te juro que parece que estás interrogando a Hannibal Lecter versión cutre.
Seguí escribiendo.
Impulsividad.
Necesidad.
Recompensa.
Las palabras empezaban a encajar dentro de mi cabeza.
Levanté la vista hacia Ulises.
—Tu turno.
—Uy, no. A mí no me psicoanalices, que bastante tengo ya con mis demonios y con ir en gayumbos delante de vosotras.
—¿Por qué entraste en la consulta de Mercedes, para empezar?
—Porque era eso o la cárcel.
Su respuesta me sonó tristemente familiar.
—Trapicheaba con drogas antes de meterme en la ciberdelincuencia —reconoció, mirando otra vez la pantalla.
Por primera vez desde que lo conocía pareció incómodo de verdad.
—¿Qué sentías cuando hacías esas cosas?
Ulises tardó unos segundos en responder.
—Sentirme útil, supongo.
No sé por qué, pero aquella respuesta me dio mucha más pena que cualquiera de las que podría haberme dado.
Un golpe metálico resonó en algún lugar del búnker, y los tres dimos un respingo.
Chus agarró el martillo al instante y se bajó de la mesa de un salto.
—Por favor, que no sea otro puto trovador —masculló.
La seguí, sujetando la rama que había dejado apoyada contra la pared, y me pregunté cómo había conseguido Chus cargar con aquello tanto tiempo sin dislocarse un hombro. Pesaba más que mis ganas de vivir en esos instantes.
Avanzamos despacio por el pasillo y oímos otro golpe.
—Sal de dondequiera que estés antes de que te dispare —amenazó Chus.
El silencio que siguió me puso todavía más nerviosa, pero no vimos a nadie.
—¿Has comprobado bien todas las puertas? —le pregunté en voz baja.
—Sí. Ahí tenemos un baño con una ducha, mejor que el de nuestras casetas, todo sea dicho. En esa está el tartaja. —Señaló la habitación contigua—. Esa es la entrada, ahí dentro hay una mesa y una silla, y luego la sala de los monitores. No hay más.
—¿Y esa?
Chus frunció el ceño.
—¿Cuál?
La adelanté lentamente y me detuve al final del pasillo.
El brazo empezaba a temblarme por el peso del palo, pero aun así levanté la rama señalando la pared del fondo.
Chus se colocó a mi lado y achinó los ojos mientras palpaba el mamparo gris.
—No veo una mierda.
Y era normal que no la hubiera visto antes porque, a simple vista, parecía solo una continuación más de la pared gris del pasillo.
Sin embargo, cuando te detenías a mirar con atención, acababas distinguiendo una ligera marca rectangular integrada a la perfección del mismo color apagado del resto del mamparo, tan sutil que resultaba casi imposible verla si no tenías mi absurda manía de fijarme en detalles que para el resto de las personas no tienen demasiada importancia.
No había pomo, cerradura ni ninguna abertura visible.
—Mierda… —susurró Chus al darse cuenta por fin.
Pasó varias veces la mano por el borde casi invisible del rectángulo y después golpeó suavemente con los nudillos.
El sonido fue distinto al del resto de la pared, más hueco, como si realmente hubiera algo detrás, pero no oímos nada más.
Ni voces, ni pasos, ni movimiento, y por alguna razón eso me inquietó todavía más.
—No me gusta una mierda esto —admitió Chus en voz baja.
Asentí sin apartar la vista del mamparo mientras un escalofrío incómodo me recorría la espalda.
—¿Qué coño habrá detrás?
—No lo sé —mentí, porque en mi cabeza ya se habían formado demasiadas posibilidades, desde un simple almacén hasta el lugar donde habíamos visto a Mercedes atada.
Chus levantó ligeramente el martillo.
—Deberíamos abrirla.
Iba a responderle, cuando un pitido resonó desde la sala de los monitores. Las dos dimos un respingo y nos giramos hacia el pasillo. El sonido volvió a repetirse, corto e intermitente, y nos miramos apenas un segundo antes de echar a andar rápido hacia la sala.
Ulises estaba intentando apagar un pequeño incendio con los pantalones mientras daba saltos y se cagaba en todo lo cagable.
—¡¿Qué haces?! —le gritó Chus, entrando la primera.
—¡Bailar la conga, no te jode! —bramó él, agitando la prenda contra todo lo que empezaba a echar humo.
Corrí hacia ellos apartando una silla y vi chispazos salir de uno de los ordenadores acompañados de un olor horrible a plástico quemado. Las llamas empezaban a extenderse por varios papeles desperdigados sobre la mesa.
—¡Quita! —gritó Chus.
Agarró la papelera metálica y empezó a aplastar el fuego a golpes mientras Ulises seguía sacudiendo las llamas más pequeñas de la mesa con los pantalones.
—¡Me estoy quemando los putos dedos! —aulló.
Cogí una de las botellas de agua que había sobre la mesa del fondo y vacié el contenido encima de la esquina que todavía seguía chisporroteando. El ordenador soltó un crujido extraño, lanzó una última nube de humo negro y, por fin, las llamas terminaron extinguiéndose.
Durante unos segundos los tres nos quedamos quietos, respirando agitados en medio del olor a plástico quemado.
Ulises se pasó la mano sudada por la cara y señaló el monitor medio chamuscado.
—Ahora sí estamos jodidos.
Algunas de las pantallas se habían apagado y solo veíamos fragmentos del pueblo, demasiado silencioso y vacío para mi gusto.
Cogí el micrófono y Ulises pulsó el botón de encendido.
—Uno, dos, tres, probando —dije, y mi voz salió distorsionada por los altavoces sin parecerse en nada a la mía, pero al menos continuaba funcionando.
—Seguimos teniendo comunicación con el exterior. Algo es algo —suspiró él.
—¿Me explicas cómo mierda has conseguido casi quemarte vivo en menos de cinco minutos? —inquirió Chus.
Ulises miró hacia un lado y carraspeó.
—A lo mejor se me cayó una chusta del petardo encima de un pañuelo y luego todo se ha descontrolado un poco.
Chus cerró los ojos unos segundos.
—¿Estabas fumando mientras intentabas sacarnos de aquí?
—Las variedades de cannabis con alto contenido de cannabidiol pueden ayudar a mejorar la concentración en algunas personas, aunque no está demostrado y sigue siendo bastante subjetivo —intervine, no queriendo echar más leña al fuego.
Los dos se quedaron mirándome.
—Vamos a salir a buscar a Paco. Hace mucho que se fueron y ya no se los ve por las cámaras —les informé, dejando el crucigrama para más adelante, cuando todos estuviéramos juntos y, con un poco de suerte, vivos.
Tengo que reconocerte que no conseguía quitármelo de la cabeza y que estaba bastante más preocupada por él de lo que admitiría en voz alta.
—Espera, que busco algo que ponerme.
—No, tú te quedas aquí e intentas arreglar este desastre —le ordenó Chus.
Ulises abrió mucho los ojos.
—En todas las películas, cuando el guapo rubio se queda solo, muere.
—Mira, eso no lo había pensado. Otro motivo más para que te quedes.
—Eres mala.
—Y tú gilipollas.
Antes de que empezaran otra discusión absurda, me acerqué a él.
—Ulises, necesito que te quedes vigilando. Si ves que alguien se acerca o pasa algo raro, usa los altavoces para avisarnos. No podemos hacerlo sin ti.
Él resopló y bajó la vista hacia el monitor medio chamuscado.
—Podríamos hacerlo mejor con un colibrí harto de azúcar —añadió Chus.