Capítulo 16 #2
A los pocos segundos apareció el hombre árbol con las manos levantadas y bastantes menos ramas en el disfraz de las que recordaba.
—¿Se puede saber qué coño haces? —pregunté.
—Esconderme —reconoció.
—¿Y no te ha dado tiempo a quitarte eso? —preguntó Edurne, incapaz de esconder el pitorreo en la voz.
El tipo frunció el ceño, confundido.
—No quiero que me echen de la terapia.
Me llevé la mano armada a la cabeza en un gesto de absoluta desesperación. Te juro que iba a matar a Mercedes yo mismo.
—¿De quién te escondes? —lo interrogué intentando no sonar tan agotado como me sentía.
El hombre árbol bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspiranoico.
—De los locos.
—Ah, claro —asintió Edurne con total seriedad.
—¿Quieres que te llevemos a un sitio seguro? —le pregunté.
Una punzada de culpa me atravesó el estómago, porque el pobre desgraciado parecía sinceramente aterrorizado, pero tampoco podía dejarlo suelto por ahí.
—Sí, por favor —respondió de inmediato—. El bombero me está buscando con una caja de cerillas, y creo que ya ha encontrado combustible.
Y, por desgracia, no dudé ni un segundo de sus palabras.
—Tenemos que subir primero a este desgraciado a la silla —indiqué, señalando al herrero inconsciente.
Intenté agarrarlo por un brazo, pero Edurne me apartó antes de que pudiera hacer el esfuerzo.
—Ni se te ocurra hacerte más el héroe —gruñó.
El árbol parlante también colaboró, aunque, con las pintas que llevaba, toda la escena se parecía más a una función escolar cutre que a la vida real. Entre los dos consiguieron levantar al gigante y sentarlo en la silla después de que estuviera a punto de escurrírseles un par de veces.
La estructura metálica protestó con un chirrido horrible bajo el peso.
—Como esto reviente, yo no lo recojo —advirtió Edurne jadeando.
El hombre árbol levantó la mano tímidamente.
—Yo puedo ayudar, pero no soy muy fuerte. Mi mujer es la que me abre los tarros...
Lo miré unos segundos en absoluto silencio.
—Bien. Perfecto. Fantástico. Cada vez estamos más preparados para el apocalipsis de majaretas. Ahora nos vamos a las oficinas de la sheriff .
Empujamos la silla de ruedas por el pueblo mientras el hombre árbol caminaba a nuestro lado mirando nervioso hacia todas partes.
A ratos se le enganchaba una rama del disfraz en algún sitio distinto y teníamos que detenernos para esperarlo.
Yo empezaba a marearme por momentos, y el herrero pesaba lo mismo que un frigorífico industrial metido en una armadura medieval.
Cuando llegamos a las celdas di gracias mentalmente, por primera vez desde que empezó aquella mierda, porque Mercedes hubiese puesto más de una.
Entre los tres conseguimos sacar al herrero de la silla y meterlo dentro después de varios intentos lamentables que hicieron que casi se nos escurriese de cabeza contra el suelo.
—¿No… no creéis que esto es un poco ilegal? —preguntó el árbol con inquietud.
—Muchísimo —reconoció Edurne.
—Pero también práctico —añadí, cerrando los barrotes.
El herrero soltó un ronquido salvaje desde el suelo de la celda justo cuando Edurne se quedó quieta unos segundos mirando hacia la otra.
—¿Hay un cactus encerrado ahí dentro?
—No preguntes —le pedí, masajeándome el puente de la nariz.
Me apoyé un instante contra la pared porque empezaban a aparecerme lucecitas negras en los bordes de la visión, y sospechaba que no era precisamente una buena señal.
El hombre árbol dio un paso atrás.
—Yo no quiero quedarme aquí… El bombero podría encontrarme.
Entonces se me ocurrió una idea, casi seguro que mala, pero útil.
—Por eso necesitamos que vigiles las celdas.
Él parpadeó varias veces.
—¿Yo?
—Eres el único que no ha intentado matarnos todavía —le expliqué—. Y si ese grandullón despierta o aparece alguien raro, necesitamos que nos avises.
El árbol se irguió un poco. Lo suficiente para parecer orgulloso.
—¿Sería… como un guardia de seguridad?
Edurne me miró de reojo al comprender lo que estaba haciendo.
—Más bien el jefe de seguridad —añadió con absoluta seriedad.
El hombre árbol abrió muchísimo los ojos. Creo que nadie le había dado una responsabilidad en toda su vida.
Le entregué las llaves de las celdas que Rita no se había llevado después de poner a buen recaudo a su cactus, y las agarró con ambas manos como si acabara de recibir los códigos nucleares del país.
—No dejaré que nadie entre —prometió, muy serio.
—Cierra por dentro y no abras —le indiqué.
El hombre se puso tan firme que casi se saca un ojo con una rama al llevarse la mano a la sien.
—¿Ves las cámaras? —le pregunté, señalando la esquina del techo.
—Sí, jefe.
—Pues al otro lado tenemos al resto del grupo vigilando que no te pase nada. Si necesitas cualquier cosa, hablas por ahí y alguien vendrá a ayudarte.
El árbol tragó saliva, emocionado.
—Entendido. Si mi Rogelia me viera ahora mismo, no volvería a llamarme pelele.
Y, por alguna razón, me dio más pena que el cuchillazo.
Abrí un pequeño frigorífico camuflado entre los muebles, y encontré agua y bebidas isotónicas.
—Aquí tienes provisiones. Tu patria estará en deuda contigo después de esto.
Los ojos se le humedecieron.
—Me dejaré hasta la última rama si hace falta —declaró con solemnidad.
Cuando salimos, todavía podíamos oírlo dentro insuflándose ánimos a sí mismo.
Edurne me miró mientras echábamos a andar hacia el búnker.
—¿Tú estás seguro de esto? Acabas de nombrar jefe de seguridad a un ficus con ansiedad y complejo de inferioridad.
—Edurne, a estas alturas ya no estoy seguro ni de cómo me llamo.