Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 16
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Capítulo 16

​​ Paco

i te digo que no me pareció raro no cruzarnos con nadie de camino a la enfermería, estaría mintiendo.

La calma me ponía de los nervios. Casi prefería encontrarme a un puñado de majaras saltando entre los árboles antes que oír con tanta claridad el canto de los pájaros y la respiración acelerada de Edurne intentando seguirme el paso.

Entré primero, con la pistola por delante. Al comprobar que no había nadie, le hice una señal para que pasara y cerré la puerta con el cerrojo. No pensaba llevarme ninguna sorpresa desagradable si podía evitarlo.

Mientras ella se ocupaba del ordenador, yo empecé a registrar cajones y armarios.

Lo único que estaba encontrando eran expedientes médicos, carpetas llenas de informes y evaluaciones psicológicas.

Dudé si llevármelo todo para que Rita lo analizara después.

Tenía que reconocer que confiaba más en su cerebro que en cualquier plan improvisado que pudiera ocurrírseme a mí.

—¿Ves algo? —le pregunté, porque oír únicamente mis propios pensamientos empezaba a sacarme de quicio.

—He buscado el Hospital Santa Águeda, pero la carpeta está encriptada —me respondió Edurne sin apartar la vista de la pantalla—. ¿Se te ocurre alguna contraseña que Mercedes pudiera usar?

—¿Psicópata?

Ella soltó una risa breve.

—Creo que no.

Pero el sonido de las teclas me hizo sonreír al comprender que acababa de probarlo igualmente.

Entonces, un pitido agudo atravesó la sala, seguido de un estallido de estática tan fuerte que los papeles se me escaparon de las manos y cayeron bajo la mesa.

Me tapé los oídos justo antes de que el altavoz cobrara vida. La voz de Rita explotó por toda la enfermería.

—¡Paco, salta!

—¿Rita?

—¡Atrás!

Esta vez reconocí a Chus.

Y cuando me giré para ver qué coño estaba pasando, apenas tuve tiempo de levantar el antebrazo antes de que el cuchillo me alcanzara. La afilada hoja cortó la delgada tela del mono de trabajo y sentí primero la presión y después el dolor agudo del metal abriéndome la piel.

Un escozor caliente y salvaje que me arrancó un gruñido y me hizo retroceder tambaleándome contra la mesa mientras él se me echaba encima otra vez sin darme ni un segundo para reaccionar.

Era enorme y fuerte de cojones.

—¡Paco! —oí gritar a Rita desde el altavoz, y algo en su tono hizo que se me revolviera el estómago.

La sangre empezó a correrme brazo abajo al instante, caliente, resbalándome por la mano y empapándome los dedos.

—¡Joder! —rugí.

Forcejeé con él intentando apartar el cuchillo mientras Edurne soltaba un grito y buscaba algo desesperadamente sobre la mesa de madera.

—¡La derecha, Paco! —gritó Rita desde los altavoces—. ¡Cuidado!

El cabrón volvió a abalanzarse sobre mí antes de que pudiera recuperar el equilibrio. Vi el brillo de la hoja bajar directa hacia mi estómago y reaccioné por puro instinto, agarrándole la muñeca con la mano sana justo antes de que el cuchillo me atravesara.

Mi espalda chocó contra el escritorio y sentí el filo presionando la tela del mono, avanzando poco a poco hacia mi barriga mientras aquel animal empujaba con toda su fuerza para hundírmelo dentro.

—¡Paco, quítatelo de encima! —gritó Rita desde el altavoz.

El muy hijo de puta empujó todavía más fuerte.

La herida me ardía tanto que apenas podía sujetarlo. La sangre me hacía resbalar los dedos, y notaba cómo el cuchillo descendía poco a poco hacia mí. El muy cabrón seguía empujando con una fuerza descomunal mientras yo intentaba frenarlo con el brazo sano, pero empezaba a perder.

Y no pude evitar pensar que esos eran mis últimos segundos de vida.

Por mi cabeza pasaron la sonrisa de mis sobrinas, la cara de lerdo de mi hermano y la expresión de mi madre cada vez que me despedía de ella como si todavía tuviera diez años y fuera a matarme cruzando un paso de peatones.

Entonces, Edurne reaccionó.

Agarró una bandeja metálica de la mesa y se la estampó en la cabeza con todas sus fuerzas.

El golpe resonó por la enfermería, mezclándose con los gritos ahogados que llegaban desde el altavoz. El agresor trastabilló, aturdido, y terminó desplomándose de cara contra las baldosas como un árbol gigantesco al que acaban de talar.

Te juro que sentí vibrar el suelo bajo mis pies cuando aquel animal se estampó contra las baldosas.

—¡Paco! ¿Estás bien? —El grito de Rita atronó dentro de mi cabeza.

—¡Baja el volumen a esa mierda! —gruñí, intentando que el malhumor paliase un poco el dolor que me estaba subiendo por el brazo.

—Sí, jefa. Tiene la misma mala leche de siempre. Yo diría que de esta sale... —añadió Ulises.

Si no hubiera tenido los dientes apretados para no gritar, lo habría mandado a la mierda.

—Dame el brazo, rápido —me pidió Edurne, que ya tenía unas gasas preparadas en la mano.

—No, no. Átalo primero —le ordené, señalando al tío inconsciente.

Ella se quedó quieta unos segundos, paralizada, mirando alternativamente mi brazo ensangrentado y al mostrenco tirado en el suelo.

—¿Cuál es el número de personas que hay que tener secuestradas para acabar en prisión? —susurró Chus.

O al menos intentó susurrarlo, porque la oímos todos perfectamente.

—Creo que con una ya la palmamos… —respondió Ulises.

—Mierda, estamos jodidos, jefa —dictaminó Chus.

Y no pude evitar sonreír.

Porque estaban como una puta regadera.

Y porque, sinceramente, no tenía claro si quería saber de qué coño estaban hablando.

—Vamos para allá —advirtió Rita.

—No. ¿Estáis en el búnker?

—Afirmativo, jefe —respondió Chus.

—Quedaos ahí y atrancad la entrada —ordené—. Ahora vamos.

—¿Y cómo vais a entrar? —preguntó Ulises.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Y de este es del que nos vamos a fiar para hackear el sistema? —soltó Chus.

Entonces se oyó un golpe seco que sonó sospechosamente a guantazo.

—¡Ay! Pero ¿tú eres gilipollas o qué?

—Llamaremos a la puerta con tres golpes seguidos, una pausa y otro más —expliqué, notando que empezaba a marearme por la pérdida de sangre—. ¿Entendido?

—Copiado, capitán drama —contestó Chus.

El pitido indicó que la comunicación se había cortado, y Edurne por fin dejó de mirar mi brazo con cara de querer amputármelo allí mismo.

Terminó de apretar las gasas alrededor de la zona herida y tuve que morderme el interior de la mejilla para no soltar un grito.

Después usó varias gasas para maniatar al herrero, que seguía inconsciente y babeando sobre las baldosas.

—Si sobrevivo a esta mierda, voy a enchironarlos a todos —mascullé.

Me agaché junto al herrero inconsciente y empecé a registrarle los bolsillos con la mano buena mientras Edurne volvía al ordenador.

Encontré primero una llave oxidada, luego un pañuelo usado y por último, un papel doblado varias veces. Sentí un escalofrío al reconocer la misma letra que había en la nota que nos había entregado la payasa, con la que probablemente tendría pesadillas el resto de mi vida.

—Edurne.

Ella levantó la vista.

—Mira esto.

Abrí el papel como pude y leí en voz alta:

«SI NO COMPLETAS TU MISIÓN, ELLA MORIRÁ».

Noté un nudo desagradable cerrándome el estómago.

—¿Quién? —murmuró Edurne.

Le di la vuelta a la nota y le mostré que en el reverso había pegada una fotografía en blanco y negro. En ella se veía a una mujer joven sonriendo frente a un edificio con el cartel de «Hospital Santa Águeda» detrás. Alguien había tachado su cara con tinta roja hasta deformarla por completo.

—Esto empieza a darme tantas ganas de beber que voy a terminar vaciando todas las botellas de la cantina —confesó Edurne en voz baja.

Antes de que pudiera responderle, soltó un pequeño sonido triunfal frente al ordenador.

—Espera… espera…

Se inclinó hacia la pantalla y empezó a teclear más rápido.

—No puedo abrir la carpeta encriptada, pero sí copiarla.

Sacó un pequeño USB del bolsillo trasero del pantalón y lo conectó al ordenador. La miré raro. Yo, como mucho, llevaba preservativos encima, no lápices de memoria.

—Lo encontré en el cajón —respondió a mi pregunta muda sin dejar de teclear.

Una barra de transferencia apareció en pantalla.

COPIANDO ARCHIVOS — HOSPITAL SANTA ÁGUEDA.

Guardé en una maleta vacía el portátil junto con todos los informes que encontré y me la colgué del hombro, cagándome en toda la familia del desgraciado que seguía durmiendo plácidamente en el suelo.

—¿Qué hacemos con este? —preguntó Edurne mirando al gigante inconsciente.

—Te diría que lo llevásemos a las celdas, pero no creo, porque ahora mismo me está costando mover hasta las pestañas —reconocí, frustrado.

Tenía el brazo inmovilizado en un cabestrillo improvisado con un pañuelo de flores que habíamos encontrado en los cajones de Mercedes. Parecía un narcotraficante jubilado en Benidorm.

Edurne miró el cuerpo tirado en el suelo y luego mi brazo.

—Puedo salir a buscar si hay más vehículos por la zona.

—No vamos a separarnos.

Ella suspiró.

—Pues tú dirás.

Miré alrededor, intentando pensar mientras el dolor me martilleaba el brazo al ritmo de mis pulsaciones. El herrero seguía inconsciente, respirando tan fuerte que parecía un tractor averiado.

Entonces vi las ruedas metálicas de una silla plegada apoyada junto a la pared.

Y sonreí.

—Mira, al final sí va a servirnos la enfermería.

La puerta por la que había entrado nuestro agresor se abrió de golpe, y me insulté mentalmente por no haberla revisado antes. Si alguien más intentaba matarme ese día, te juro que iba a enfadarme muchísimo.

Empujé a Edurne detrás de mí y levanté la pistola con la mano izquierda. Voy a contarte un secreto: era diestro con alevosía. Con la zurda no podía ni hacerme una paja decente, pero tampoco tenía muchas más opciones.

—¿Hola? —preguntó una voz masculina un tanto temblorosa.

Lo primero que apareció por la puerta fueron unas ramas llenas de hojas verdes.

Edurne y yo nos quedamos mirándolas en silencio.

—¡Alto o disparo! —advertí apuntando hacia el arbusto—. Manos arriba y sal de ahí.

—Vale, vale. No dispares. Tengo mujer, cinco hijos, un perro, tres gatos, un hurón, catorce hámsteres y una hipoteca más larga que mi esperanza de vida.

Nos miramos sin entender una mierda.