Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 15
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Capítulo 15

​​ Rita

i a Paco y a Edurne alejarse en dirección al centro del pueblo mientras Chus, Ulises y yo nos quedábamos frente a la comisaría sin saber muy bien qué hacer.

Ahora que Bartolo estaba a salvo, debía volver a centrarme.

Nunca había sido una persona valiente, pero tampoco me consideraba la típica damisela en apuros.

—¿Qué hacemos, jefa? —preguntó Ulises tras varios minutos de silencio.

Tanto él como Chus me observaban esperando una respuesta, y eso me provocó un nudo desagradable en el estómago. No me gustaba que la gente esperase que yo tomara decisiones. Significaba que podía decepcionarlos en cuanto descubrieran que no era lo bastante fuerte para cargar con nada ni con nadie.

Cuando no respondí enseguida, el gesto de ambos cambió. La expectación dejó paso a algo peor: miedo. Desconfianza. Esa clase de expresión que aparece cuando empiezas a sospechar que has apostado por el caballo cojo.

Apreté el cuaderno contra el pecho.

—¿Cómo se os dan los ordenadores? —pregunté al final.

Chus soltó un resoplido.

—Como el culo. Yo soy más de abrir cosas a hostias.

Ulises dudó antes de hablar.

—A lo mejor puede ser que a mí se me den relativamente bien.

—Venga ya —se burló Chus—. Tú no tienes cara de cerebrito.

Él bajó la vista hacia sus zapatillas.

—No soy un cerebrito. Pero en mi casa tampoco había mucho para comer y aprendí algunas cosas para sacar un dinerillo extra.

Eso encajaba bastante más con el Ulises que conocíamos.

Lo observé unos segundos. Había respondido demasiado rápido y evitaba mirarnos directamente a los ojos. Mentía regular, y me daba que no estaba siendo del todo sincero.

Anoté dos palabras en una hoja sin pensar demasiado.

ULISES — OCULTA ALGO.

—¿Qué has puesto ahí? —preguntó Chus, inclinándose hacia mí.

Cerré el cuaderno de golpe.

—Nada importante.

Era mentira; a esas alturas, todo empezaba a parecer importante.

Levanté la vista hacia el camino que conducía al búnker y noté cómo se me tensaban los hombros. No quería volver allí. Aquel lugar me producía la misma sensación que meter la mano en agua negra sin saber qué podía rozarte desde abajo.

—Vamos otra vez al búnker —decidí—. A lo mejor podemos usar los ordenadores para contactar con el exterior.

Chus asintió sin protestar, y Ulises tragó saliva antes de echarse a andar detrás.

Regresamos en silencio. El viento movía las ramas y el pueblo parecía más vacío que antes, como si la isla entera estuviera conteniendo la respiración.

Cuando llegamos a la puerta metálica, me detuve en seco.

La habíamos dejado cerrada, y ahora estaba entreabierta.

Chus me miró, se acercó al quad estampado contra el árbol y abrió el maletero. Rebuscó unos segundos antes de sacar una rama gruesa.

—¿Qué? Cada uno aporta su granito de arena. —Sonrió, colocándose delante de nosotros con el palo en alto, lista para partirle la cara a alguien.

No discutí su lógica. Ya empezaba a parecerme hasta razonable.

Entramos otra vez en el búnker.

Nuestros pasos resonaban con eco por el pasillo mientras el zumbido constante de la electricidad flotaba en el aire. El lugar seguía oliendo a humedad, metal caliente y encierro. Intenté no mirar demasiado tiempo las cámaras del pasillo.

Entonces, la puerta metálica se cerró de golpe a nuestra espalda.

El portazo me atravesó el pecho. Di un respingo tan fuerte que juraría que el corazón intentó escapárseme por la garganta.

Chus giró sobre sí misma levantando el palo, lista para atacar, y Ulises, a su vez, alzó las manos de inmediato, colorado hasta las orejas.

—Perdón.

—¡Tú eres tonto! ¡Por mi madre que eres tonto!

—Ya he pedido disculpas. No controlo mi fuerza.

—¿Y la neurona que te queda? ¿También se te escapa de las manos?

La discusión consiguió que mi pulso descendiera un poco. Verlos pelearse de aquella forma absurda tenía algo extrañamente… normal.

Y eso me asustó bastante.

Porque durante unos segundos me pregunté si eso era tener amigos. Formar parte de un grupo. Aunque estuviera compuesto por un ladrón nervioso, una mujer con complejo de leñador y yo, que hablaba con un cactus y lo encerraba en una celda para protegerlo.

La última vez que intenté encajar en algún sitio, no terminó bien. Y una parte de mí seguía convencida de que, tarde o temprano, la gente siempre acababa descubriendo que había algo defectuoso dentro de mi cabeza.

No fue hasta que sentí una respiración pegada a mi oído y algo frío presionándome la garganta cuando comprendí que habíamos cometido un error.

No habíamos estado lo suficientemente alertas. Alguien ya estaba dentro esperándonos.

—Claro, porque con un palito vamos a salir de esta, ¿verdad?

—Yo al menos sirvo para algo.

—Chicos… —intenté avisarlos, aunque apenas podía hablar con eso apretándome la tráquea.

—No lo defiendas. Tiene cara de no haber roto un plato en su vida, pero este se ha cargado la vajilla entera y luego la ha vendido diciendo que era porcelana china de esa rara con oro.

—Kintsugi —corregí por reflejo.

—¡Jesús! Al final te resfrías.

No supe si echarme a llorar o a reír.

—¡No he estornudado! —logré gritar.

Los dos se giraron hacia mí, molestos porque interrumpiera su discusión, pero al verme se quedaron blancos.

—¡Coño, Rita, avisa! —protestó Ulises.

Si hubiera podido moverme, le habría estampado la cabeza contra la pared.

La presión sobre mi cuello aumentó un poco.

—Su… su… suelta e… e… eso —ordenó una voz masculina detrás de mí.

Chus frunció el ceño.

—¿El qué?

El desconocido tragó saliva. Noté el temblor de la mano que sostenía el cuchillo.

—Su… su… suelta…

Ulises miró el palo.

—Creo que quiere que le des la rama.

—Voy, pesado, la suelto. Me estás poniendo nerviosa tú también —bufó Chus antes de entrecerrar los ojos—. Espera… ¿de qué mierda vas vestido?

El hombre dudó.

Ulises empezó a inclinar la cabeza hacia un lado, estudiándolo.

—¿Eso es… terciopelo? ¿De trovador? —aventuró después.

Y entonces, contra toda lógica, los dos empezaron a reírse a carcajadas.

El tipo pegó el cuchillo todavía más a mi garganta.

—No… no tie… tiene gra…

—Oh, no me jodas, sí la tiene —replicó Chus secándose una lágrima—. Hay que ser muy cabrón para vestir a un tartamudo de trovador.

Noté cómo el agarre se tensaba alrededor de mi cuello.

Y, por primera vez en mi vida, pensé que lo mismo moría degollada.

Había imaginado mil formas posibles de acabar: intoxicada por una seta venenosa, aplastada por una estantería mal anclada o víctima de una bacteria rara por pulsar el botón equivocado en un ascensor público. Incluso había contemplado un ataque letal de palomas.

Pero jamás pensé que mi final estaría relacionado con un trovador tartamudo armado con un cuchillo y dos imbéciles riéndose delante de él.

La vida tiene un sentido del humor espantoso.

El cuchillo se movió un milímetro contra mi piel.

Tragué saliva con muchísimo cuidado.

—Chus… —susurré—. Creo que el trovador se está agobiando.

—Normal, míralo. Lleva encima más cortinas que el salón de mi abuela —respondió ella sin bajar el palo.

—Soy ora… dor maña... ñane… ro. No… no… no he… he venido a ha… haceros daño.

La risa reapareció en el rostro de Ulises.

—Pues el cuchillo transmite un mensaje regulero, la verdad.

El desconocido soltó un jadeo frustrado y aflojó apenas un poco la presión sobre mi cuello. Aproveché para respirar.

Entonces conseguí apartarme lo suficiente para verlo bien por primera vez.

Era joven. Más o menos de nuestra edad. Delgado. El supuesto traje de trovador estaba arrugado y manchado de barro, y el gorro ladeado le daba aspecto de haber sobrevivido a una feria medieval especialmente traumática. Tenía ojeras profundas y una expresión aterrorizada.

No parecía un asesino. Más bien, alguien a punto de mearse encima de puro miedo.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, intentando que confiara un poco en nosotros.

—Le… le… le…

—¿Leo? —aventuró Chus.

El chico negó con la cabeza.

—¿Leila? —soltó Ulises.

Chus le arreó un tortazo en la nuca.

—¿Tiene cara de Leila, tolai?

—¡¿Qué?! Cada uno es libre de llamarse como quiera. Lo mismo sus padres eran fans de Star Wars .

—Esa es la princesa Leia Organa —puntualicé.

El trovador soltó una carcajada nerviosa que nos dejó a los tres desconcertados.

—Leandro.

—¿Y no has pensado en acortártelo un poco? —ironizó Chus mientras Ulises seguía frotándose la nuca.

—¿Quieres salir de aquí, Leandro? —le pregunté, ignorando a la burra de mi nueva amiga.

Asintió de inmediato.

—Nosotros también. Podemos hacerlo juntos.

—La te… te… tera… pia…

—Mira, colega, creo que la terapia se ha ido un poquito a la mierda —dictaminó Chus.

El cuchillo volvió a tensarse contra mi cuello.

—No le hagas caso —intervino Ulises rápidamente—. A esta la encerraron aquí porque no está bien de la cabeza. ¿Tú estabas buscando a Mercedes?

La presión volvió a aflojarse.

Como siguiera así, iba a terminar tatuándome un collar.

—Sí —respondió.

—Pues ya está. Somos del mismo bando. ¿Tú también recibiste una carta esta mañana? —insistió Ulises.

Leandro asintió otra vez y empezó a rebuscar nervioso en el bolsillo de su chaleco.

Y, en menos de lo que dura un parpadeo, Chus se agachó, agarró la rama y le arreó un golpe en la cabeza.

Leandro cayó desplomado al suelo.

Si no llego a apartarme a tiempo, me abre la crisma a mí también.

—¿Eso era necesario? —protesté mientras me arrodillaba para tomarle el pulso.

—De nada por salvarte la vida —bufó ella, malhumorada.

Y siguió avanzando pasillo abajo con el palo en alto, abriendo puertas una tras otra como una SWAT salida de un mercadillo de segunda mano.

Ulises no le quitaba ojo de encima.

—Me da miedo y me pone cachondo a partes iguales —reconoció con absoluta sinceridad.

Lo miré.

—Eso explica bastantes cosas sobre ti.

—¿A que sí?

—Todo despejado —anunció Chus desde el fondo del pasillo—. Tú, agárralo de un brazo. Tenemos que deshacernos de él.

Ulises abrió muchísimo los ojos.

—¡No pienso ayudarte a asesinarlo!

—Señor, dame paciencia porque, si me das fuerza, lo mato —masculló ella—. Vamos a encerrarlo en una habitación, imbécil.

—Ah… vale. Mira, así sí.

Las puntas de sus orejas se pusieron rojas mientras se agachaba junto a mí.

Entre los dos arrastramos a Leandro hasta uno de los cuartos vacíos mientras Chus vigilaba el pasillo con el palo apoyado sobre el hombro. No dejaba de mover la pierna derecha arriba y abajo, todavía acelerada por la adrenalina.

Para mi desconcierto, nada me estaba afectando tanto como debería. De hecho, y me costaba admitirlo incluso para mí misma, me lo estaba pasando bien. Lo cual resultaba preocupante.

Si decía eso en voz alta, no me mandaban a prisión. Me ingresaban directamente en un psiquiátrico y tiraban la llave al mar.

Chus colocó una silla trabando el pomo de la puerta para impedir que Leandro escapara y después hizo lo mismo con la entrada principal del búnker.

—No pienso tener más visitas sorpresa —sentenció.

Regresamos a la sala de los monitores.

Las pantallas seguían iluminando la habitación con aquella luz enfermiza y azulada. El chat continuaba corriendo a toda velocidad en uno de los ordenadores, lleno de mensajes que subían demasiado rápido para poder leerlos bien.

Ulises se quedó quieto delante de los teclados.

Tanto Chus como yo lo observamos mientras cambiaba el peso de un pie a otro y miraba alrededor sin tocar nada.

—¿Necesitas un café? ¿Un masaje? ¿Un discurso motivacional? —preguntó Chus.

—No ayudas, ¿lo sabes? —protestó él.

—Calma los dos —intervine antes de que empezaran otra pelea absurda—. Ulises, si sabes hacer algo, este sería un momento fantástico para demostrarlo.

—Necesito estar en calzoncillos —murmuró tan bajo que al principio pensé que había entendido mal.

Chus y yo nos giramos hacia él al mismo tiempo.

—¿Cómo dices? —preguntamos a la vez.

Ulises se encogió un poco sobre sí mismo.

—A ver… En mi casa siempre hago estas cosas en gayumbos, con una cerveza, un petardo y música a todo volumen. No me concentro igual si no.

Chus parpadeó lentamente.

—Esto no puede estar pasando.

Se llevó las manos a la cabeza y empezó a caminar en círculos.

—Estamos en una realidad alternativa. Eso tiene que ser. Nos han dormido, nos han metido en unas salas blancas y esto es una pesadilla rarísima de laboratorio. Solo hay que despertarse.

Antes de que pudiéramos reaccionar, se acercó a Ulises y le pegó un pellizco brutal en el brazo.

Él soltó un chillido agudo.

—¡Hostia!

Y entonces me reí.

No una sonrisita incómoda ni una risa nasal de educación. Me eché a reír de verdad. A carcajadas. De esas que te doblan el cuerpo y te dejan sin aire. No recordaba la última vez que lo había hecho.

Porque era tan absurdo que mi cerebro había dejado de intentar procesarlo hacía rato. Ninguna persona con dos neuronas funcionales podría inventarse algo así.

—Creo que la hemos perdido —le indicó Ulises a Chus.

Dejé de verlos con claridad porque las lágrimas me cubrían los ojos y empezaba a dolerme la barriga de tanto reírme. El problema era que, después de la calma, siempre llega la tempestad, y la nuestra no tardó ni medio minuto en aparecer.

—¡Mierda, mirad esto! —gritó Chus de pronto, señalando una de las pantallas.

Nos acercamos de inmediato, yo todavía intentando recuperar el aliento, y reconocí el despacho de Mercedes.

Paco estaba sentado en el suelo, rodeado de cajones abiertos mientras rebuscaba entre papeles, y Edurne se había sentado frente a la mesa para mirar algo en el ordenador.

Ambos parecían tan concentrados que no se habían dado cuenta de que ya no estaban solos.

Justo detrás de ellos acababa de aparecer un hombre enorme vestido como el herrero de un belén viviente. Avanzaba despacio, en silencio, sujetando un cuchillo tan grande que parecía pensado para despedazar animales enteros.

Se me heló la sangre al comprender que estábamos demasiado lejos. No nos daba tiempo a llegar, avisarlos, ni siquiera gritar.

Paco y Edurne seguían completamente ajenos a la mole que se acercaba a su espalda con el arma en alto.

Y entonces entendí algo horrible: íbamos a ver morir a uno de ellos en directo.