Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 14
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Capítulo 14

​​ Paco

uando vi a esos desconocidos divirtiéndose a nuestra costa, me entraron ganas de disparar a todas las pantallas. Pero eso solo nos dejaría ciegos frente al mundo exterior. No veía ninguna cámara allí dentro, aunque eso no significaba que no las hubiera.

Después de que mi compañera esbozara una sonrisa de oreja a oreja al encontrar la maceta, no supe si reír o echarme a llorar.

Durante un instante pensé que estaba bien, que todo era normal.

Pero no. Se encontraba en aquel lugar por un motivo, y algunos engranajes de su cabeza necesitaban aceite. Yo no podía —ni debía— olvidarlo.

Me temía que de eso dependía su supervivencia… y también la mía. Y la de todos los demás.

Regresamos a la sala de monitores. Me quedé de pie en medio de la habitación, con ganas de darme un cabezazo contra la pared. Estaba tan bloqueado que no sabía qué hacer.

Lo más razonable habría sido avisar a las autoridades para que nos sacaran de allí, pero, sin forma de comunicarme, resultaba imposible.

Un pitido sonó en el ordenador que contenía el chat, y los dos nos quedamos mirándolo.

—¿Qué pasa ahora?

Rita se encogió de hombros.

—La tecnología no es lo mío. Lo máximo que tengo es Alexa… y porque mi hermana se empeñó en regalármela.

Lo dijo con una naturalidad desconcertante. Y, no sé por qué, me pareció aún más dulce. Y todavía más rara.

Me senté frente al ordenador y empecé a tocar botones sin ningún resultado. Probé teclas, menús y cables… y no conseguí nada.

Luego abrí armarios, cajones y cualquier hueco que encontré, sin tener demasiado claro qué buscaba. Supongo que algo que arreglara aquella situación o, al menos, que me diera la sensación de estar haciendo algo útil.

Al cabo de un rato me di cuenta de que el silencio empezaba a pesar demasiado y caí en la cuenta de que llevaba bastante tiempo sin oír a Rita.

Cuando la busqué vi un bulto negro sentado en el suelo frente a la pared dibujada, con la maceta al lado.

Respiré aliviado.

Me acerqué y me puse en cuclillas delante de ella.

—¿Qué haces?

Había cogido dos folios y un bolígrafo. En uno había dibujado la cuadrícula de la pared; en el otro anotaba todas las instrucciones con la concentración de alguien que sabe lo que hace.

—Nos quedan pocas opciones —dijo sin levantar la vista—. O nos escondemos y esperamos a que alguien nos eche de menos antes de catorce días… cosa que dudo, porque todos nuestros allegados sabían que no íbamos a estar… o seguimos sus reglas y vemos a dónde nos llevan.

La miré en silencio.

Mientras yo llevaba diez minutos dando vueltas por la habitación sin sacar nada en claro, ella había convertido aquella pared absurda en algo que se podía analizar.

—¿Estás resolviéndolo?

—Estoy ordenándolo —me corrigió.

Observé los papeles: flechas, números, palabras posibles y huecos marcados por todas partes.

Empezaba a parecerse demasiado a un plan.

Suspiré.

—Genial —murmuré—. Estamos atrapados en una isla llena de locos, y la única persona que parece saber lo que hace es la chica de los crucigramas.

Rita levantó la vista por primera vez.

—Eso es porque los crucigramas tienen reglas.

—¿Y qué dicen tus reglas?

Apoyó el bolígrafo sobre la cuadrícula que había dibujado.

—Que tenemos que encontrar los nombres que pertenecen a estas descripciones. No creo que sea tan complicado.

Solté una risa corta.

—Pues empieza a explicármelo despacio, a ver si puedo ayudarte y sentirme menos inútil.

—En el primer papel que encontramos estaban nuestras fotografías. Antiguas, por cierto. Solo habían puesto como referencia tu descripción y la mía.

—Eso de mi descripción… —protesté—. Porque para una vez que mato un gato no me pueden llamar «matagatos». Además, estoy convencido de que la mayoría habría hecho lo mismo.

Rita se volvió a enfocar en el folio.

—Tienes que meterte en la cabeza de quien está haciendo esto. Para esa persona, nosotros somos así.

—Vale, aceptamos pulpo como animal de compañía —murmuré—. Pero cuando me lo eche a la cara voy a explicarle un par de cositas.

Ella arqueó una ceja, y me arrepentí de inmediato de mi amenaza velada.

—En el siguiente papel nos dan información de las palabras —continuó—, y ya tenemos dos como referencia resueltas. Nos faltan los nombres de cada uno y el problema que puedan tener.

Carraspeé.

—O el que crean que tienen —matizó.

—¿Y ahora qué hacemos? Ayer me aprendí los nombres de casi todos y puedo imaginar qué tara arrastra cada uno, pero deberíamos comprobarlo otra vez sabiendo lo que buscamos.

Rita dejó el bolígrafo.

—Primero tengo que ir a hacer algo muy importante a la caseta del sheriff . Luego podemos reunirnos con los demás para que nos ayuden. Será más rápido.

Le lancé una mirada.

—¿Y lo de Mercedes?

—No sé si es un montaje o no —respondió—, pero, si la tienen en esas condiciones, puede que no dure demasiado.

En ese momento oímos un golpe fuerte en la entrada del búnker y nos sobresaltamos.

Saqué la pistola y, con un gesto de cabeza, le indiqué que se colocara detrás de mí. Avanzamos por el pasillo con cuidado.

Yo, con los huevos de corbata.

Ella, con el cactus apretado contra el pecho.

Si seguía abrazándolo así, iba a terminar pareciéndose a un erizo.

—¡Te dije que la dejases conducir a ella!

—Esa mujer está majara y borracha. Si me mato, me mato yo, bonita.

—Yo no estoy borracha, solo he olido un poquito la botella de absenta.

—¿Ves?

Chus, Ulises y Edurne estaban al lado del quad , que había pasado a mejor vida. Lo habían estampado contra un árbol, y de la parte delantera salía humo.

—¿Se puede saber qué mierda hacéis? —les corté antes de que Chus acabara estrangulando a Ulises.

—Este, que más tonto y no nace. Le da la neurona para mear dentro del boquete que tenemos por baño y poco más —siguió quejándose la chica, haciendo aspavientos.

Ulises levantó las manos, indignado.

—Hemos venido a salvaros, tío. Somos tus refuerzos… Pero el árbol se movió.

—En realidad, el único árbol que se mueve es la palmera caminante, la Socratea exorrhiza .

Puede desplazarse dos o tres centímetros al día gracias al crecimiento de nuevas raíces fúlcreas hacia zonas con más luz, mientras que las antiguas mueren y permiten que el tronco cambie de posición.

Pero estos son pinos —explicó Rita sin soltar la maceta.

Los cuatro nos quedamos mirándola sin saber qué responder.

Edurne ladeó la cabeza.

—¿Ella también está borracha? Se le traba un poquito la lengua.

—¡Yo me cago en todo lo cagable! —exploté.

Porque, reconozcámoslo, a ver qué narices hacía yo ahora con este grupo de desquiciados.

—Vale, escuchadme bien —dije, intentando sonar más calmado de lo que estaba—. Vamos a la cabaña del sheriff . Los cinco. Ahora.

—¿Para qué? —preguntó Ulises, todavía sacudiéndose el polvo del quad .

—Para que dejemos de ir por ahí como pollos sin cabeza y compartamos lo que sabemos. Si seguimos así, vamos a terminar matándonos entre nosotros antes de que lo haga quien sea que esté detrás de todo esto.

Chus asintió.

—Tiene razón. Yo ya estoy hasta el coño de gilipolleces.

Edurne se limitó a mirarme con media sonrisa mientras se despedía del quad destrozado. No tenía muy claro cuál de todos estaba más para que lo encerrasen.

—De acuerdo —dijo Rita—. Vamos.

La cabaña del sheriff era pequeña, apenas un cuartito con una mesa de madera astillada, un armario metálico y dos celdas al fondo que olían a humedad y a ratón muerto. Rita entró la última, todavía con Bartolo pegado al pecho, como si fuera Espinete en versión planta.

Cerré la puerta.

—Bien. Vamos a poner los puntos sobre las íes y a salir de aquí.

Me senté en el borde de la mesa y respiré hondo.

—Anoche descubrí a alguien entrando en el búnker. No pude ver quién era. Estaba oscuro y llevaba capucha. Pero me pareció sospechoso, y más teniendo en cuenta lo que hemos descubierto.

—¿Qué habéis descubierto? —preguntó Edurne, que parecía un poco menos perjudicada.

—Todo se está retransmitiendo en internet. No sé si en abierto o en algún canal privado.

Se lo solté sin rodeos; las malas noticias se digieren mejor cuanto antes salen a la palestra.

—¡No jodas! —alucinó Ulises.

—Eso quisiera yo…

Dejé la frase flotando un segundo.

—Hay más —continué—. Encontré una nota en el escritorio de Mercedes. Estaba arrugada, como si la hubiera leído muchas veces. Decía: «Pagarás por todo lo que hiciste, y el mundo entero lo sabrá».

Se hizo el silencio.

—Parece que la doctora tiene algunos cadáveres en el armario —murmuró Edurne, dejándose caer en el suelo.

—¿Y el mensaje de la pantalla? —recordó Rita, en modo apuntador de teatro—. Ese que decía «Hospital Santa Águeda, 2018».

Asentí.

—Eso también. No sé qué pasó ahí, pero algo me dice que es la clave de todo esto.

Rita se había quedado callada, mirando el suelo con esa expresión que ponía cuando su cerebro iba a mil por hora procesando datos.

—¿Rita? —la llamé.

Levantó la vista.

—Tengo que hacer una cosa. Ahora vuelvo.

Y salió. Así. Sin más explicación, dejándonos a los cuatro mirando la puerta cerrada por la que acababa de irse.

—¿Siempre es tan rara? —preguntó Edurne.

—Sí —respondí—. Pero es lista. Dejadla.

Pasaron cinco minutos. Luego, diez.

Empecé a inquietarme, porque no terminaba de fiarme demasiado de lo que se le pudiera ocurrir a ese cerebrito suyo. Me levanté y salí a buscarla.

La encontré al fondo, frente a una de las celdas, de pie ante los barrotes. Dentro, sobre el suelo de cemento agrietado, estaba Bartolo. Solo. Bajo un hilo de luz que entraba por la pequeña ventana enrejada del techo.

—Rita, ¿qué haces?

No se giró.

—Así no le harán daño —dijo en voz baja.

Me acerqué despacio.

—¿Quién va a hacerle daño?

—Quien sea que me lo quitó antes. Aquí está a salvo. Nadie entra en una celda si no tiene la llave. Y la llave estará conmigo.

La miré sin saber qué decir.

Bartolo; había encerrado al puto cactus en una celda como si fuera un preso de alta seguridad. Y lo peor era que lo miraba con la satisfacción de quien acababa de salvarle la vida.

—Vale —dije al final, resignado frente a sus locuras—. Está bien. Bartolo estará seguro ahí.

Asintió sin moverse.

—Rita.

Conseguí que me mirase.

—Tenemos que volver con los demás.

Tragó saliva y asintió otra vez.

Caminamos de regreso en silencio. Antes de entrar, se detuvo.

—Paco.

—¿Qué?

—Yo también sé algo. Algo que no dije.

Esperé.

—Anoche, antes de que todo empezara a salirse de madre, escuché a Mercedes discutiendo con alguien.

Estaban fuera de mi caseta, cerca de las duchas.

No vi quién era, pero sé que se trataba de un hombre encapuchado, como el que viste entrar en el búnker.

Hablaban bajo, aunque se notaba que estaban enfadados.

—¿Qué decían?

—No lo sé. Solo alcancé a escuchar algunas frases. Él protestaba porque no lo habían contratado para esto y ella le decía que era lo que tenía que hacer. Luego discutieron y él la amenazó con contarlo todo si alguien salía herido.

La miré fijamente.

—¿Y no pensaste que eso era importante?

—Pensé que sería parte de algo de la terapia y que no era asunto mío entrometerme. Cuando me meto donde no me llaman, la cosa acaba mal…

Suspiré.

—Rita, aquí todo es asunto de todos.

Asintió, avergonzada.

—Lo sé. Perdona.

Entramos.

Los otros tres seguían sentados, esperando. Edurne nos miró con curiosidad.

—¿Todo bien?

—Sí —respondí—. Rita tiene algo que contarnos.

Ella repitió lo que me había dicho.

—Esto cada vez me gusta menos —confesó Chus, y se cruzó de brazos.

—Y que lo digas —estuvo de acuerdo Ulises.

Edurne se quedó callada, mirando la mesa con expresión pensativa.

—¿Qué opinas tú? Ahora que parece que se te ha pasado el pedo aromático —ironicé, porque eso de que nada de oler... mis cojones treinta y tres.

Levantó la vista y me guiñó un ojo; al final me marcaba un clérigos y les daba aún más espectáculo a los cerdos del chat.

—Creo que deberíamos separarnos. Cubrir más terreno. Algunos pueden buscar a Mercedes. Otros pueden intentar averiguar más sobre ese hospital.

—¿Y cómo vamos a hacerlo sin internet? —preguntó Chus.

—Revisando sus cosas —respondió Edurne—. Su caseta, su despacho. Algo tiene que haber.

Asentí.

—De acuerdo. Rita, Chus y Ulises, vosotros buscáis a Mercedes. Recorred la isla, preguntad a los demás y revisad los sitios donde no hemos mirado todavía.

Asintieron.

—Edurne, tú vienes conmigo. Vamos a registrar la caseta de Mercedes.

—¿Yo tengo que ir? —preguntó Rita.

La miré.

—Sí, pero la idea es que sigas con el crucigrama. Anota todo lo que sabemos. Y si descubres algo importante, nos avisas.

Asintió con gesto serio.

—Una cosa más —añadí—. Nadie va solo a ningún sitio. Siempre en grupos. ¿Entendido?

Todos asintieron.

Salimos de la cabaña con un plan. No era gran cosa, pero al menos era algo.

Y mientras caminaba hacia la caseta de Mercedes, con Edurne a mi lado, no pude evitar pensar que estábamos a punto de abrir una caja que tal vez habría sido mejor dejar cerrada.