Capítulo 13
Rita
uando oí fuera el sonido de los cristales rotos, algo también se quebró dentro de mí.
Salí disparada de la cantina con el corazón golpeándome en la garganta. En la plaza había gente corriendo en direcciones opuestas, puertas cerrándose de golpe, y yo a punto de sufrir un ataque de nervios.
—¡Bartolo! —volví a gritar, cada vez más histérica.
Mi caseta quedaba al fondo, justo donde el camino se estrechaba y los árboles se inclinaban sobre el tejado, como si quisieran escuchar lo que pasaba dentro.
Vi la ventana rota antes siquiera de llegar a la puerta: un hueco oscuro abierto en el cristal, con bordes dentados que aún brillaban, el marco astillado y la cortina desgarrada agitándose con el viento.
Noté cómo se me aflojaban las piernas.
Al entrar, el suelo crujió bajo mis botas. Había fragmentos de vidrio por todas partes, brillando a la luz gris del amanecer.
Fui directa al mueble junto a la ventana, donde había dejado la maceta para que Bartolo tomara el sol cuando la luz se colara en la habitación.
Y me quedé paralizada.
Vacío.
No estaba.
Bartolo no estaba.
Permanecí quieta un segundo, esperando ese pensamiento esperanzador que suele aparecer en las películas: tranquila, estará en otro lado . Pero no estaba tan majara. No era un puñetero perro; por el amor de Dios, lo de irse a mear fuera no era una opción.
La maceta había dejado un círculo de humedad sobre la madera, la marca exacta de su base. Hasta eso me pareció cruel, era la prueba de que había estado allí y de que alguien lo había levantado con dos manos y cero escrúpulos.
Tragué saliva y noté el sabor metálico del miedo.
Mi cabeza hizo lo que mejor se le da: enumerar las catástrofes de mi vida con entusiasmo.
Siempre me sentí diferente, sola, apartada; una palabra equivocada en un crucigrama, mal colocada, esa pieza del puzle que se pierde y que alguien intenta sustituir pintando otra encima. Yo era la pieza pintada.
Y después llegó la puñalada más estúpida y más real de todas:
Me han quitado a mi amigo.
—No… —se me escapó, y mi voz sonó pequeña, impropia de alguien que se supone que ha venido aquí a «abrirse al mundo».
Di dos pasos, luego otros dos, sin rumbo. Abrí el armario. Lo cerré. Miré debajo de la cama, porque una parte infantil de mí todavía cree que las cosas se encuentran buscando donde es imposible que estén.
Nada.
Solo polvo y una espina suelta en el suelo, fina, marrón, arrancada. La recogí con dos dedos, con cuidado, y eso me enfadó todavía más. Estaba tratando una espina como si fuera un diamante porque era lo único que me quedaba de él.
Me temblaron las manos.
No quería sentirlo. No quería esa oleada en el pecho, esa urgencia en la garganta, esa necesidad de correr y esconderme dentro de mí misma. Yo no hago escenas; yo me repliego y me encierro. Oí pasos fuera. No me dio tiempo a decidir si esconderme o atacar con una silla.
—¡Rita! —la voz de Paco cortó el aire—. ¿Qué ha pasado?
Apareció en la puerta, grande, ojeroso, con esa cara de hombre que ya ha pasado de la incredulidad al cabreo. Miró los cristales rotos, luego mi expresión, y se acercó a mí con la cautela de quien trata con un animal herido.
—Han entrado —dije, y odié lo frágil que me salió—. Se han llevado a Bartolo.
Paco parpadeó una vez. Dos.
—¿El cactus? —confirmó.
Y no sonó a burla. Sonó a preocupación.
Asentí.
Dio otro paso dentro, miró alrededor, se agachó y tocó el suelo. Había unas pisadas que yo había pasado por alto.
—¿Es importante para ti? —preguntó.
Noté que las lágrimas rodaban por mis mejillas.
Quise responder con sarcasmo, con una pulla, con cualquier cosa que me devolviera a mi lugar seguro. No me salió.
Paco miró la ventana rota otra vez, luego mi mano cerrada con la espina sobresaliendo de ella.
—Vamos a recuperar a Bartolo —dijo—. Y a encontrar a la doctora. En ese orden. Y cuando salgamos de aquí, esta mierda de terapia se va directa al carajo.
Por primera vez desde que llegué, no vi a Paco como un tipo impulsivo con mala leche. Lo vi como alguien que intenta sujetar un mundo que se está yendo al barro.
Y yo, que había venido solo para aprender a mirar a la gente sin salir corriendo, pensé que el universo tenía un sentido del humor de mierda.
Sentí entonces sus brazos rodearme y, para mi propia sorpresa, no me aparté. Oculté la cara en su pecho y aspiré.
—Hueles a caca de vaca.
—Y tú a persona Q.M.F. —respondió.
Levanté la vista.
—¿A qué?
Sonrió.
—A persona que me follaría si no oliera a caca de vaca. Vamos —me pidió, soltándome pero sin alejarse del todo—. Mira estas pisadas. Son pequeñas, así que o es un hombre menudo o una mujer.
Tenía razón, y odiaba no haberme dado cuenta yo antes.
Salimos de la caseta y me obligué a concentrarme. A poner distancia entre lo que sentía y lo que necesitaba hacer. Mi cabeza es buena en eso: compartimentar, etiquetar, archivar el dolor para revisarlo más tarde cuando no haya testigos.
Paco se agachó junto a la ventana rota y señaló el suelo.
—Aquí hay tierra.
En efecto, había un rastro fino de tierra negra que salía de mi caseta y continuaba por el camino de piedra. Pequeñas manchas irregulares, como si alguien hubiera llevado la maceta con prisa y el sustrato que le ponía se hubiera ido cayendo.
Seguimos el rastro en silencio. Yo delante, él detrás, vigilando.
El camino nos llevó hacia la parte trasera del complejo, donde las construcciones se volvían más funcionales y menos pintorescas.
—No me jodas… —murmuró él.
El rastro de tierra terminaba en una puerta metálica entreabierta de lo que parecía un búnker.
Paco sacó una pistola de la parte trasera de su mono de trabajo. No sabía que la llevaba encima.
Me miró con gesto serio.
—Quédate detrás de mí.
Por una vez, no protesté.
Entramos.
El lugar olía a humedad y a electricidad vieja. La primera sala estaba llena de cables, monitores apagados, alguna silla volcada y una puerta lateral.
Paco la empujó con el hombro, y chirrió al abrirse. Fue entonces cuando lo vimos.
La sala era pequeña, sin ventanas, iluminada por una bombilla desnuda que colgaba del techo. En el centro, una mesa con varios monitores encendidos. Veinte, quizá más.
Los monitores mostraban imágenes distintas de la isla. La cantina, las casetas, los establos, el muelle, la plaza… No había un solo rincón que no estuviera cubierto por una cámara. Cada movimiento, cada conversación, cada pelea.
Paco soltó una palabrota en voz baja y se acercó a las pantallas mientras yo me quedaba quieta, intentando procesar lo que tenía delante.
En una de ellas vi a Chus salir de su caseta mirando a ambos lados; en otra, Ulises rebuscaba en un armario con la naturalidad de quien lleva toda la vida registrando sitios ajenos; más allá, el hombre árbol estaba sentado en el suelo, balanceándose adelante y atrás, perdido en su propio mundo.
Pero lo peor no fue descubrir que nos estaban vigilando hasta ese nivel.
Lo peor fue cuando vi que en uno de los monitores corría un chat en directo. Los comentarios subían tan rápido que apenas daba tiempo a leerlos: mensajes, apuestas, risas, gente pidiendo que pasara algo peor.
—Hijos de puta —susurró Paco.
Pero yo ya no estaba mirando las pantallas.
Algo en la pared del fondo había captado mi atención. Al principio pensé que eran marcas, manchas de humedad o restos de tiza mal borrados. Luego comprendí que no.
Eran casillas.
Dibujado a mano con tiza blanca sobre el hormigón oscuro había un crucigrama enorme, del tamaño de una persona. Las casillas estaban perfectamente alineadas y numeradas del uno al veintidós. Todas vacías.
Excepto una.
En el centro, alguien había escrito con rotulador rojo, en letras mayúsculas y firmes:
MENTIROSA .
Me acerqué despacio, con esa sensación absurda de que el crucigrama podía reaccionar si me movía demasiado rápido. Debajo de cada número había una pista escrita a mano, con una letra pulcra y obsesivamente ordenada, tal y como yo lo haría.
Leí en voz alta, aunque mi propia voz me sonó extraña, distante.
—Siete vertical: «Teje redes que no son de araña».
Paco se volvió hacia mí.
—¿Qué coño es esto?
Señalé la casilla del centro.
—Esa soy yo.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mentirosa.
Paco no respondió. Se limitó a mirarme unos segundos, intentando encajar la información, antes de fijarse en otra pista.
—Dos horizontal: «Golpea primero, pregunta después».
Tragó saliva.
—Y ese supongo que soy yo.
Asentí.
—Cinco vertical: «La vida es su escenario» —continuó.
Retrocedió y se pasó la mano por el pelo.
—¿Nos están obligando a descubrir los secretos de todos?
No respondí.
Porque la respuesta era demasiado evidente.
Y porque acababa de ver algo en uno de los monitores.
—Paco —dije, señalando el de la esquina.
Se giró.
En ella aparecía una habitación que no reconocí. En el centro había una mujer atada a una silla, con la cabeza caída hacia delante y el pelo cubriéndole la cara. Aun así, reconocí la bata blanca y los zapatos.
Mercedes.
Mi compañero se acercó a la pantalla con la mandíbula tensa.
—Parece que sigue viva.
—¿Dónde está esa habitación?
No lo sabíamos. Podía estar en cualquier parte de la isla.
Entonces, la pantalla parpadeó.
La imagen desapareció y en su lugar apareció un mensaje en letras blancas sobre fondo negro.
SIGUIENTE PISTA:
HOSPITAL SANTA ÁGUEDA, 2018.
Nos miramos a ver si alguno entendía la referencia.
—¿Qué es el Hospital Santa Águeda? —pregunté, demasiado nerviosa como para que mi cerebro se centrase.
—Ni puta idea.
La pantalla volvió a parpadear hasta que se apagó.
Me giré hacia los otros monitores, buscando algo, cualquier cosa que nos diera una pista, y fue entonces cuando lo vi.
En una de las pantallas, dentro de una habitación pequeña igual que esta, sobre una mesa, estaba Bartolo.
Intacto. En su maceta. Con una nota clavada en la tierra.
—Ahí está —susurré.
Salí corriendo antes de que Paco pudiera detenerme.
La habitación estaba al otro lado del búnker, detrás de una puerta que habíamos pasado por alto. La abrí de un empujón.
Y ahí estaba.
Mi cactus. Mi amigo. Mi brújula. Mi ancla.
Lo agarré con las dos manos sin pensar en las espinas. Sentí el pinchazo en las palmas, pero no lo solté. Bartolo pesaba lo mismo que siempre y, por alguna razón absurda, eso me tranquilizó y me asustó, porque alguien se había entretenido en ir dejándonos un rastro falso que sabía que seguiría.
—Ey —murmuré—. Ya está. Ya estás bien.
Paco entró detrás de mí y señaló la nota.
La arranqué de la maceta y la leí en voz alta.
—«Completa el crucigrama si quieres salir con vida. Cada respuesta es una pieza. Cada pieza es un secreto. Y cuando lo sepas todo… serás libre».
Paco soltó el aire despacio.
—Esto no me parece una terapia. Es un juego macabro.
Asentí, abrazando a Bartolo.
—Y nosotros somos las fichas.
Paco miró el crucigrama gigante una vez más y negó con la cabeza.
—No.
Lo miré.
—Somos las respuestas.