Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 12
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Capítulo 12

​​ Paco

e juro que, si la noche anterior me llego a cruzar con la tía vestida de payasa, lo mismo me cago encima. Aquello empezaba a salirse de madre, y no sabría decir qué me olía peor.

Lo primero que hice fue ayudar a Ulises con el alcalde mientras Rita iba hasta Chus y le quitaba el palo de las manos. La verdad es que no esperaba que esta vez reaccionara. A lo mejor la terapia de mierda aquella le iba a servir a alguien para algo.

Ayudamos a Chano a levantarse y nos fuimos a la enfermería. Si Mercedes llega a imaginar el curro que iba a darle su invento, me da a mí que no habría estado tan contenta de llevarlo a cabo.

Cuando entramos, me sorprendió no ver a Cosme, el hombre vaca, en la camilla.

Dudaba bastante que se hubiese ido por su propio pie, y también, que la doctora tuviera fuerza suficiente para moverlo sola.

Sentamos al alcalde en una silla, y a los pocos segundos entró Edurne, la posadera poseída por el espíritu de Paul Walker.

—¿Cómo vais? —preguntó, risueña.

—Por el momento, intentando que no se mate nadie. Lo normal cuando metes a un puñado de majaras en una isla sin seguridad… —ironicé, porque empezaba a estar bastante hasta los huevos de todo.

—Gracias por la parte que me toca —protestó, aunque con una sonrisa, así que no me vi en la obligación de disculparme—. Veamos qué tenemos aquí.

Se acercó al hombre magullado y le preguntó qué había pasado. Por lo visto, alguien le había dado un buen golpe por la espalda y lo siguiente que recordaba era la escena que nosotros nos encontramos al llegar.

Al quitarle el chaleco y la camisa, apareció una rojez que le cruzaba la columna y que en unos días tendría más colores que una feria. Edurne se encaminó hacia un armario acristalado, lo abrió y sacó una crema y unas gasas.

—¿Sabes lo que haces? —le pregunté. Si podíamos contar con algún otro sanitario, nos vendría de perlas.

—Sí. Tuve muchos años a mi hermano en la cama y me tocó ocuparme de él.

—Vaya.

—Fue hace tiempo, no te preocupes —se limitó a decir, y continuó con la cura.

—Paco, tienes que ver esto. —Rita y Chus entraron en la consulta y se quedaron en la puerta en cuanto nos vieron con el alcalde a medio vestir.

—Dime —me apresuré a acercarme.

—¡Paco, flipa con esto, tío! —gritó Ulises desde la oficina de Mercedes.

Se me estaban empezando a abrir más frentes de los que podía gestionar.

—Vamos por partes, como Jack el Destripador, cojones. ¡Coged número! —protesté, y miré a Rita—. ¿Qué pasa?

—Hemos estado hablando con el bombero —empezó Chus.

—Bruno —la corregí.

—Tengo el mismo problema que Brad Pitt, así que no me jodáis.

Rita la miró con sorpresa.

—¿Tienes prosopagnosia?

—Sí, desde pequeña. Así que esto de que vayan disfrazados me ayuda muchísimo.

—No me estoy enterando de un carajo. ¿Podemos ir al grano y dejar las lecciones de medicina para otro momento? —urgí.

—Creo que necesitas azúcar —me diagnosticó Rita.

Suspiré, me coloqué bajo el marco de la puerta para no salir y ponerme chorreando, y encendí un cigarro.

—Ahora. ¿Podéis continuar, por favor? —Intenté calmarme saboreando el tabaco.

—Te vas a morir joven.

—Y tú soltera y con un montón de gatos, y no te lo recuerdo cada cinco minutos.

—Chicos, cuando salgamos de aquí podéis echar un polvo. Pero ahora esto es importante —nos cortó Chus.

Me atraganté con el humo y Rita abrió mucho los ojos.

—Perfecto. Ya que estamos de acuerdo con las prioridades —continuó—, en las instrucciones del bombero ponía que tenía que prenderle fuego al que fuera vestido de árbol.

—Espera… ¿qué?

—No mates a la mensajera. El primer día nos dejaron claro que, si queríamos superar esto y que nos dieran el alta, teníamos que hacer todo lo que nos pidieran. Y eso incluye esto.

Tragué saliva.

—Eso es una barbaridad.

—Lo sé. Y teniendo en cuenta que el chaval es pirómano, obligarlo a ir por ahí incendiando cosas no parece la mejor estrategia para su recuperación.

De pronto, la terapia empezó a oler todavía peor.

—Yo sé que dos tetas tiran más que dos carretas y aquí hay unas cuantas en circulación, pero ¿podéis hacerme caso? —se exasperó Ulises desde la otra punta.

Tiré la colilla a un charco bajo la mirada acusadora de Rita, y los tres fuimos hasta el despacho procurando no molestar a Edurne, que seguía untándole crema a Chano como si preparase una tostada.

El cuartito estaba patas arriba. Cajones volcados, armarios abiertos, ropa por el suelo. Y detrás de la mesa, junto a una bata arrugada, varias gotas rojas que me temía que no eran de pintura.

Me agaché.

Eran gotas separadas, pequeñas e irregulares. Una más gruesa que las demás había caído sobre la baldosa y se había abierto en una estrella oscura, con los bordes todavía húmedos.

Pasé el dedo con cuidado y me lo llevé a la nariz para olerlo.

—No me jodas…

—¿Qué? —Rita se inclinó a mi lado.

—Esto no me gusta —reconocí, señalando lo que Mercedes había llevado puesto cuando me fui.

La bata tenía una mancha en el bajo, como si alguien se hubiese limpiado la mano deprisa.

—¿Y la doctora? —preguntó Rita, esta vez sin sarcasmo.

—La dejé aquí después de traer al señor vaca.

Me fijé mejor y vi que el rastro marcaba una dirección. Desde detrás de la mesa hasta la puerta lateral que daba al pasillo.

—Lo mismo lo ha llevado a pastar —intentó bromear Ulises.

Lo miramos mal los tres.

—No tenéis ni una pizca de humor —bufó.

—Reunamos a todos en el bar y hagamos recuento. Que cada uno diga si ha recibido instrucciones raras —propuse, aunque no tenía claro cómo íbamos a controlar a un grupo de inestables después de aquello.

Rita se agachó y se puso a cuatro patas mientras buscaba algo. Sí, mi mente calenturienta y falta de actividades nocturnas empezó a hacer de las suyas hasta que Edurne me devolvió a la realidad.

—No sé si tiene alguna costilla rota o astillada. Debería verlo un médico.

—En cuanto encontremos uno te lo hacemos saber —respondí. Me daba a mí que necesitaba algo más que nicotina en las venas para mejorar mi humor—. Perdona. ¿Qué podemos hacer con lo que tenemos?

—Reposo. Lo he vendado, pero le va a doler bastante. Solo encontré antiinflamatorios.

—Vale, gracias —empecé a decir, cuando un chirrido agudo nos atravesó los oídos.

—Un, dos, tres, probando. ¿Funciona esto?

La voz de Rita retumbó por la estancia a un volumen criminal.

Estaba sentada en el suelo con un micrófono en la mano y una luz roja encendida.

—¿Qué haces? —pregunté, y mi propia voz salió amplificada por el aparato.

—Intentando que todo el mundo vaya a la cantina para comprobar si alguien más se ha muerto —soltó tan tranquila, con el micro aún activado.

Me llevé las manos a la cabeza.

Fuera, el efecto fue inmediato. Gritos. Carreras. Puertas golpeando.

Le quité el cacharro y apagué el interruptor.

—La sutileza no es lo tuyo, ¿verdad? —dijo Chus, conteniendo la risa.

—Bueno, pero ha conseguido el propósito —la defendió la tabernera.

Y, mientras el caos crecía al otro lado de la pared, tuve la desagradable sensación de que acabábamos de echar gasolina a un incendio que todavía no veíamos.

La cantina parecía una feria de monos.

La gente gritaba, algunos se habían metido detrás de la barra en modo autoservicio y bebían sin medida, y otros —los menos, no te voy a mentir— estaban sentados con una compostura sospechosamente ejemplar, como si fuera una reunión de vecinos y no el preludio de una catástrofe.

Cuando nos vieron entrar a los cinco, el murmullo murió de golpe. El silencio fue tan brusco que casi pude oír mis propios latidos.

Entré con paso firme. Si algo había aprendido durante mis años en el cuerpo era que, cuando el caos asoma los dientes, alguien tiene que colocarse en el centro y parecer que sabe lo que hace aunque por dentro esté improvisando.

Me planté en medio y abrí la boca para hablar.

En ese mismo instante, algún iluminado descubrió un gramófono y lo puso en marcha. La música irrumpió a todo volumen, llevándose por delante las pocas opciones que me quedaban de imponerme.

Antes de que me diera tiempo a maldecir a toda la genealogía del responsable, un silbido agudo atravesó el aire a mi lado.

Me giré y descubrí, asombrado, que había sido Rita.

—¿Qué? Es fácil —me dijo tan tranquila—. Solo tienes que agarrarte el labio inferior con el índice y el pulgar… y aspirar.

Frunció sus carnosos labios y repitió el silbido, todavía más fuerte.

Yo seguía con cara de idiota cuando la música se cortó en seco. Detrás de la barra apareció Chus, sonriente, con un cable desenchufado en la mano.

Le lancé una mirada de agradecimiento y me subí a una silla.

—¡Eh! —proyecté la voz como me enseñaron—. ¡Usuarios!

Varias cabezas se volvieron hacia mí.

—Soy el ayudante de la sheriff . Mercedes me ha dejado al mando hasta que regresen los de seguridad. Necesito que, uno por uno, le digáis vuestro nombre a Edurne para hacer un listado de los que estamos aquí.

—¿Y la doctora? —preguntó una mujer vestida como la versión del lejano Oeste de una limpiadora.

—Cosme ha tenido un accidente en los establos y lo están atendiendo —mentí sin pestañear. Lo último que necesitábamos era otra estampida.

—¿Está muerto? —gritó un tipo que parecía el lavandero de una figurita del belén.

No me dio tiempo a responder. Las voces comenzaron a encadenarse unas con otras.

—¡Vamos a morir aquí!

—¿Nos quedaremos sin comida?

Esa pregunta, por desgracia, despertó más interés que cualquier posible fallecido. Acto seguido, varios salieron disparados hacia la cocina.

De allí emergió un hombre con sobrepeso, con un delantal grasiento y algo a medio masticar en la boca. No le dieron opción a reaccionar. Lo apartaron de un empujón y el pobre cayó al suelo.

Quedó boca arriba, agitando brazos y piernas sin lograr incorporarse, parecía una tortuga humana en plena crisis de ansiedad.

Cerré los ojos un segundo.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Rita desde abajo, mirándome con expectación.

Observé el techo, el suelo, a la gente abalanzándose sobre la despensa, al cocinero pataleando.

—Rezar —respondí.

Porque tenía la desagradable sensación de que el mando me había durado exactamente tres minutos.

Y que acababa de escaparse por completo de mis manos.

Miré alrededor. Vale. Si no podía poner orden, impondría miedo.

Me bajé de la silla de un salto y agarré una botella de la barra. La golpeé contra el borde hasta romperle el cuello. El cristal estalló y el sonido cortó el aire mejor que cualquier silbido.

No apunté a nadie. Solo la sostuve.

—¡Se acabó! —rugí.

El murmullo bajó un tono. No por la botella. Por la voz.

—Nadie sale de aquí. Nadie corre a la cocina. Y nadie toca nada hasta que sepamos qué está pasando.

—¿Y quién eres tú para mandar? —soltó alguien desde el fondo.

—El único que ahora mismo está intentando que no acabemos incendiándonos unos a otros.

Eso sí caló.

—Edurne, la lista. Rita, cierra puertas y ventanas. Chus, que nadie toque la comida. Ulises… ¡deja de beber!

Los movimientos fueron torpes y atropellados, pero funcionaron. Poco a poco el volumen bajó, pero se sintió como cuando sujetas una tapa que está a punto de saltar por la presión.

Lo siguiente que haría sería sacar la pistola del escondite y llevarla encima. No me fiaba una mierda de aquel zoológico con piernas.

Entonces, el altavoz crepitó con un ruido sucio, eléctrico.

Y la voz de Mercedes se coló en la cantina, entrecortada, amplificada y un poco distorsionada.

—Queridos usuarios… soy Mercedes.

Se me heló la nuca porque no sabía qué esperar.

—Si queréis superar la terapia, debéis seguir las instrucciones que habéis encontrado esta mañana en vuestras casetas al pie de la letra. Os estaré vigilando.

Se hizo el silencio. Y, al segundo siguiente, el caos regresó, aunque esta vez no lo hizo en forma de gritos ni de golpes, sino de huida. Salieron disparados de la cantina como cucarachas cuando enciendes la luz. Cada uno corriendo hacia su paranoia particular.

En menos de diez segundos nos quedamos solos.

Me acerqué a la barra, donde Ulises todavía sujetaba un vaso con hielo temblando dentro. Se lo quité y me lo bebí de un trago.

—¿Y ahora? —preguntó Rita.

No había sarcasmo en su voz, solo un atisbo de miedo e incertidumbre, la misma que temía que el resto sentíamos. Miré la puerta por la que habían desaparecido todos y después el altavoz del techo.

—Y ahora… sálvese quien pueda.

Me pasé las manos por la cara, notando el sudor frío en las palmas y la mandíbula tan tensa que me dolían los dientes.

Aquello ya no tenía nada de terapia ni de experimento social ni de chorradas motivacionales con aroma a incienso barato.

Era manipulación, era jugar con gente inestable y prender la mecha para ver quién explotaba primero.

Cuando encontrara a la doctora, no iba a pedir explicaciones ni a escuchar discursos sobre crecimiento personal. La iba a encerrar yo mismo, lejos de altavoces, de papelitos y de juegos macabros.

Se oyeron unos cristales rotos, y Rita salió corriendo y gritando:

—¡Bartolo!

Si todavía no me había vuelto loco, cuando lograra salir de aquí me encerraban en un manicomio de los convencionales, acuérdate...