Capítulo 11
Rita
o lo pude evitar. Al principio fue el olor el que me detuvo.
Si la vida del hombre vaca hubiera dependido únicamente de mí, quizá me habría obligado a reaccionar.
Pero tenía la tranquilidad de saber que Paco sabría llevar la situación.
Se le notaba acostumbrado a las crisis. A mí, en cambio, ese territorio me queda grande.
Improvisar, no tener un plan previo, moverme sin brújula…
eso me bloquea. Mi cerebro no fluye: chisporrotea. Ya pagué caro un cortocircuito una vez.
Lo que terminó de colapsarme fue el baño de mierda. Literal. Sentí que algo se taponaba por dentro y me apagué. Sin drama externo, sin gritos. Solo desconexión interna. Y entonces aparecieron todos mis tics a la vez, como si hubieran estado esperando turno.
Chus me acompañó a mi caseta, y ese gesto no se me olvidará. Entró sin hacer preguntas incómodas y sacó de mi maleta unas mallas, una sudadera y mis zapatillas. Di gracias por haber metido ropa deportiva por si acaso. Los «y si…» sostienen más vidas de las que la gente reconoce.
Las duchas estaban vacías. Otra pequeña victoria del universo. Mientras el agua caía y el charloteo inagotable de Chus llenaba el espacio, fui soltando tensión. La urgencia de quitarme aquella capa de suciedad ayudó. A veces el cuerpo entiende antes que la cabeza.
Hay algo que envidio de otras personas: la capacidad de desconectar.
Me pregunto cómo será vivir sin ese murmullo permanente dentro del cráneo.
Sin esa voz que analiza, clasifica, anticipa, corrige y reprocha al mismo tiempo.
La mía no descansa. Organiza cada paso que doy y, cuando me equivoco, archiva el error con fecha y hora para recordármelo en los peores momentos.
Y en medio de todo ese ruido, lo que más me inquietaba no era la mierda, ni las bacterias, ni siquiera la tormenta que se avecinaba. Era esa sensación persistente de que algo no encajaba.
Cuando salí y vi a Paco, mi pecho terminó de aflojarse.
No fue espectacular ni cinematográfico. Fue algo más discreto, casi químico.
A veces el mundo te coloca delante a personas opuestas para que entiendas lo que podrías llegar a ser…
siempre que no fueras tú. Resulta irónico que admire en él justo lo que a mí me paraliza: la reacción inmediata, el impulso sin análisis previo, la capacidad de lanzarse sin dibujar primero el mapa.
Me sentía dividida. Una parte de mí quería contarle lo que había escuchado la otra noche, aquella conversación robada en la oscuridad.
Ponerlo en palabras. Compartir la sospecha.
La otra prefería dejarla en silencio, fingir que no había ocurrido.
Porque cuando algo se dice en voz alta deja de ser hipótesis y empieza a convertirse en problema.
—Te juro que en mi cabeza no había sonado mal. ¡Yo me cago en mi puta vida! —protestó entonces, llevándose las manos a la cara tras su brillante decisión de otorgar poder a dos mentes inquietas.
Parecían buenas personas, sí. Eso no te lo discuto.
Pero una cosa es tener buenas intenciones y otra muy distinta, estar preparado para dar órdenes o contener a alguien que pierde el control.
Y, viendo cómo Chus había salido a buscar una rama con entusiasmo casi medieval, no estaba segura de que el experimento fuese a salir como él esperaba.
Observé a Paco unos segundos más.
—Tenemos que hablar —dijimos a la vez.
Sonreí.
—Tú primero —cedí.
Prefería escuchar antes que exponerme. Eso no iba a cambiarlo ninguna terapia excéntrica.
—A ver… —carraspeó—. Sé que no hemos empezado con buen pie, pero no quiero que seamos enemigos. Estamos juntos en esto, nos guste o no, y creo que lo sensato sería unir tu cerebro con mis músculos.
Lo dijo con una mezcla extraña de torpeza y honestidad mientras caminábamos despacio hacia el caos que, sin duda, nos esperaba en la plaza.
—Estoy de acuerdo.
Se detuvo un segundo.
—¿Seguro que no quieres ir a la enfermería? Me estás dando la razón, y eso me inquieta.
—Imbécil.
—Ah, vale. Eso ya me resulta más familiar. Entonces, ¿qué dices, jefa? ¿Unimos fuerzas?
—Bien. Unimos fuerzas. Pero solo si me cuentas qué haces aquí. No encajas con lo que ponía en el tablón. Confiesa que estás infiltrado y que me debes una cena vestido de vaquero porque no vas a resolver el crucigrama.
—Y la burra al trigo… No, Rita, no estoy infiltrado. Ya me gustaría no estar metido aquí con esta panda de majaras… —levantó las manos—, mejorando lo presente, claro. Aunque tienes que reconocer que un pequeño toquecito sí que tienes. ¿Sabes que llevas un palito de café en la capucha?
—Sí. Y se va a quedar ahí.
—Lo que yo decía. Como una regadera. —Se señaló la sien con el dedo, girándolo en círculos.
—Creo que así no vamos bien. Estoy a nada de mandarte a la mierda y, créeme, no te queda lejos y sé el camino.
—Espera, detengan las rotativas —soltó de pronto, frenándose en seco y extendiendo los brazos para pararme también con el antebrazo—. ¿Acabas de gastar una broma?
—¿Sabes que hacer el tonto para evitar un tema comprometido no te va a servir conmigo?
— Sibis qui hicir il tinti piri ivitir in timi cimprimitidi ni ti vi i sirvir cinmigui… mimimimimi…
—Madre mía…
— Mimimimimi…
—¡Eres desesperante! —Me enfadé porque no terminaba de entender su bipolaridad—.
¿Sabes que el síndrome de Peter Pan, ese miedo a asumir responsabilidades adultas y empeñarse en vivir en una adolescencia perpetua, es más frecuente en hombres?
Suelen ser irresponsables, inmaduros, con baja tolerancia a la frustración y alergia al compromiso.
—¿Y tú sabes que me acabas de poner vestido de limpio en veinte segundos, bonita?
—Es un don. —Sonreí, encogiéndome de hombros.
—No soy Peter Pan, lista. Prefiero vivir al día. Mañana no sabemos si estaremos aquí.
—¿Perdiste a alguien? —pregunté sin pensar.
Se hizo un silencio breve.
—Mi padre era policía. Murió en acto de servicio. Nunca encontraron a los culpables.
—Lo siento, yo no quería…
—Nah, tranquila. En el fondo, y digo solo en el fondo, puede que tengas un poco de razón.
—No intentaba insultarte. A veces mi boca corre a la misma velocidad que mi cabeza y se olvida de poner filtro. Creo que lo tengo sin estrenar.
—Sí soy agresivo —reconoció.
Me quedé helada.
—A ver, no voy por ahí pegándole a gente disfrazada de árbol con una rama. Pero sí, acertaste en lo del trabajo. Y no estoy infiltrado. Estoy aquí porque me dieron a elegir: o esta terapia o me echaban del cuerpo.
—Te gano. Yo, era esto o volver a la cárcel.
Alzó una ceja.
—¿Eso significa que debajo de esa fachada estirada hay una chica peligrosa de la que debería protegerme?
—Idiota. —Me reí y le di un golpecito en el hombro que no le pasó desapercibido.
—Las órdenes de alejamiento no funcionan tan rápido como deberían —continuó, más serio—. Defiendo la ley, pero hay cosas que me cuesta aceptar cuando no protegen a quien deberían.
Lo miré sin interrumpir.
—Conocí a una mujer aterrada. Su marido la maltrataba. Si se iba, abandono del hogar. Si se quedaba, miedo por su vida. Él era lo bastante listo para no dejar pruebas. Yo… pensé que se podía arreglar por la vía legal. Le aconsejé que volviera y que plantara cara.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y?
Tragó saliva.
—Le di mi número. Me llamó una noche. Pero no llegué a tiempo.
—Lo siento.
—Lo que lamento es no haber llegado antes.
El grito de Chus cortó el aire.
—¡Te he dicho que no!
Nos miramos apenas un segundo y echamos a correr sin decir una sola palabra más.
Cuando llegamos a la plaza del pueblo, no supe muy bien cómo clasificar lo que estaba viendo. Chus tenía la rama en alto, apuntando al hombre árbol, que a su vez sostenía al bombero por el cuello con una fuerza nada compatible con alguien de su tamaño.
Ulises estaba arrodillado en el suelo intentando reanimar al alcalde, que yacía boca arriba con muy mala cara.
Y en medio de todo aquel caos, la vi.
Una mujer vestida de payaso tétrico, con la pintura corrida y una sonrisa dibujada demasiado grande, escondida bajo el remolque del quad .
Parpadeé.
Volví a mirar.
Seguía allí.
—Dime que también la estás viendo y que no me he vuelto loca del todo —murmuré.
—¿El árbol estrangulando al bombero o la payasa debajo del remolque? —preguntó Paco con una calma inquietante.
—La payasa.
—Ah. Bien. No soy yo, entonces.
El hombre árbol gritaba algo ininteligible sobre «la purificación» mientras el bombero intentaba zafarse sin demasiado éxito.
—¡Que lo sueltes! —chilló Chus, avanzando un paso con la rama en alto como si estuviera a punto de nombrarlo caballero medieval de un maderazo.
—¡No lo hagas! —le grité a la chica, que tenía pinta de querer soltar ya el primer mamporro.
El alcalde emitió un gemido y Ulises levantó la vista.
—¡Está diciendo algo!
—¿Qué dice? —pregunté, a ver si así nos enterábamos de qué estaba pasando.
—No sé… Habla raro.
—En serio, yo en otra vida tuve que ser, como mínimo, el juez Frollo —protestó Paco.
—En la novela de Víctor Hugo, Nuestra Señora de París , publicada en 1831, era el archidiácono de Josas en la catedral de Notre Dame —le indiqué, porque mi boca suelta este tipo de datos cuando estoy nerviosa.
Y estaba empezando a estarlo mucho, sobre todo porque la payasa no dejaba de mirarme—.
Aunque casi mejor quedarnos con la película.
El final del libro es bastante más oscuro.
—¿En serio, Rita? ¿Te parece el mejor momento para una clase de literatura?
Me encogí de hombros y señalé a la figura que empezaba a salir de debajo del remolque al más puro estilo de la niña del pozo. Yo, mientras tanto, valoraba seriamente subirme a un árbol y quedarme allí a vivir.
Para rematar la escena, la tormenta decidió anunciar su llegada con una lluvia fina que calaba sin prisa pero sin pausa.
La payasa terminó de incorporarse. Llevaba el traje cubierto de barro y la sonrisa pintada se había deformado hasta parecer un inquietante manchurrón.
Dio unos pasos hacia nosotros mientras todo a su alrededor parecía detenerse.
Juraría que incluso el secuestrador arborícola aflojó ligeramente el agarre del cuello del bombero.
Dejó un sobre en el suelo, dio dos palmadas lentas y teatrales, y salió corriendo como si no acabara de provocar que estuviéramos a punto de cagarnos encima.
—Señoras y señores —dijo entonces una voz modulada por los altavoces—, la función acaba de empezar.
En ese instante sucedieron varias cosas a la vez, y mi cerebro, que suele ir con exceso de revoluciones, tuvo que hacer horas extra para ordenarlas: el hombre árbol soltó al bombero y este cayó de rodillas, tosiendo y llevándose la mano al cuello; el viento levantó el sobre y lo arrastró hacia nosotros, y yo me agaché para recogerlo antes de que la lluvia terminara de empaparlo.
Fue entonces cuando lo entendí con una claridad incómoda: aquello no podía tener nada que ver con la terapia. Alguien estaba moviendo los tiros del teatro. Y no éramos más que el espectáculo.
Miré el sobre. Estaba húmedo pero intacto. Lo abrí con manos temblorosas mientras Paco se colocaba a mi lado, lo bastante cerca para que nuestros hombros se rozaran.
Dentro había una fotografía. De nosotros cuando llegamos a la plaza, y lo más macabro era que habían tachado cuatro caras: las dos de los religiosos que ya no estaban, la del hombre vaca y la de… Mercedes.
La imagen estaba tomada desde arriba, probablemente desde una de las cámaras que nos vigilaban.
Debajo, escrito en tinta roja con una caligrafía demasiado pulcra, había una sola palabra:
Bienvenidos .
—Paco… —murmuré, girando la foto para que pudiera verla.
Su mandíbula se tensó. Lo vi contar mentalmente cuántos éramos, calcular ángulos y buscar la cámara.
El altavoz chasqueó. La voz volvió a sonar, esta vez con un matiz casi juguetón:
—Que gane el mejor.