Capítulo 10
Paco
e juro que tenía que hacer un esfuerzo titánico para no perder los papeles con esa mujer. Poseía ese don que solo unos pocos alcanzan: tocarme los huevos y dejarme fascinado en el mismo segundo. La balanza oscilaba según la hora del día. A veces la quería estrangular. A veces… no.
Cuando vi al extraño hombre vaca enterrado en la mierda me temí lo peor. Por suerte, logré reanimarlo y que volviera a respirar. Lo que no tenía tan claro era si acababa de contraer quince enfermedades nuevas, porque el tío llevaba excrementos hasta en las pestañas, y yo también.
Cuando me arrodillé y empecé con las insuflaciones, al inclinarme más de la cuenta, oí un crac seco y traicionero, y me congelé medio segundo.
Seguí con el boca a boca fingiendo que nada había ocurrido y crucé los dedos para que el resto no lo hubiera oído. Porque lo único que me faltaba era cachondeo mientras yo intentaba salvar una vida y, de paso, exhibía mi patrimonio nacional por la parte trasera.
Entonces lo sentí.
Ese fresquito inconfundible recorriéndome la raja del culo.
Confirmado. Brecha abierta. Mi pantalón había decidido independizarse en el peor momento posible.
—¡Rita, llama a Mercedes! —ordené al ver el golpe que tenía el tipo en la cabeza.
—No tengo teléfono —respondió la lista del grupo con esa serenidad inútil.
—Voy —dijo Chus.
Y salió disparada antes de que pudiera decirle nada. Tomé nota mental: subirla un peldaño en mi ranking personal de respeto.
—¡El walkie , Rita! ¡Úsalo! —le grité, porque la gente que se bloquea cuando arde Roma me pone nervioso.
Sacó del bolsillo un aparato que chorreaba más agua que Bob Esponja en un jacuzzi . Lo agitó un poco y el cacharro respondió con un chisporroteo agonizante.
En ese momento el hombre vaca soltó otro gemido.
Y entonces ocurrió lo inevitable.
Ulises carraspeó detrás de mí.
—Francis… —dijo con voz grave, la de quien intenta ser solidario y no puede—. Creo que tienes… ventilación extra.
No necesitaba más datos.
Aun así, Rita habló.
—Se te ve el calzoncillo —informó con frialdad clínica—. Es de patitos.
Cerré los ojos un segundo.
—Son águilas —gruñí sin girarme.
—Ah. —Hizo una pausa microscópica—. Pues parecen patitos.
Escuché una risa ahogada. Luego otra. Y otra.
Y allí estaba yo. Arrodillado junto a una montaña de mierda, con el pantalón reventado, oliendo a establo medieval y defendiendo la dignidad de mi ropa interior mientras salvaba a un tío disfrazado de vaca.
Si esto era una terapia, alguien había leído el manual al revés.
El rugido de un motor cortó el cachondeito. Giramos la cabeza y vimos aparecer a la posadera conduciendo un quad , con Mercedes sentada a su lado con el maletín sujeto entre las rodillas y Chus enganchada detrás, abrazada al hierro al más puro estilo de Kevin Costner en Waterworld .
—Flipa —alucinó el chivato.
Sí, les había cambiado el puesto. Él también se había fijado en la pose de su compañera, y me daba a mí que a partir de ahora iba a buscar algo más que oro en ese río.
El quad derrapó al frenar y las ruedas lanzaron una lluvia generosa de barro y excrementos en dirección a Rita, que no se movió ni un milímetro.
Ni parpadeó.
Ahí empecé a pensar que lo mismo le había dado un aire, porque eso no era normal. A cualquier otro le cae una lluvia fecal y salta como si hubiera pisado brasas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mercedes nada más bajar, colocándose a mi lado.
—Ni idea. Lo encontramos así. No respiraba. No sé cuánto tiempo ha estado sin oxígeno.
Me aparté para dejarla trabajar y me coloqué, todo lo discreto que puede estar un hombre con el culo ventilado, al lado de Rita.
—¿Estás bien? —le susurré.
—No.
No dejó de mirar la escena.
—¿Necesitas algo? —insistí.
Si no me había soltado ninguna de sus chorradas enciclopédicas era que la cosa era peor de lo que pintaba.
De pronto empezó a recitar y a contar con los dedos, uno por uno.
— Escherichia coli, Salmonella, Campylobacter, Listeria monocytogenes, Yersinia enterocolitica, Bacillus anthracis, Mycobacterium paratuberculosis, Leptospira, Cryptosporidium parvum, Giardia, Rotavirus y Coronavirus bovino.
Ulises abrió mucho los ojos.
—¿Qué le pasa? ¿Ha entrado en modo la niña de El exorcista ?
Negué con la cabeza.
—Rita, escúchame. No vas a coger ninguna de esas cosas, ¿vale? Ahora nos duchamos, nos restregamos hasta que chirríe la piel y listo. Fin del apocalipsis bacteriano.
Su ojo izquierdo estaba en modo discoteca, y la nariz se le movía con una velocidad que ni el conejo de Pascua buscando huevos.
—Paco, nos vamos a la enfermería. Voy a necesitar que vengas —me llamó Mercedes.
Me vi dividido.
Miré a Rita.
—Chus, ¿puedes encargarte de que no le dé un ataque de ansiedad? —le pidió la doctora.
—Sí, jefa. Yo me quedo con ella.
Asentí para mí mismo, aunque no me convencía dejarla. Entre el bombero, la posadera, Ulises y yo subimos a Cosme al remolque del quad . Me quedé sujetándolo por si decidía caerse en mitad del trayecto, porque no era plan que encima se nos hostiara.
La posadera conducía como si estuviéramos en el Dakar. En las curvas veía mi vida pasar en panorámico, y en más de una ocasión pensé que nos estampábamos contra un pino.
Miré atrás.
La figura de Rita seguía inmóvil en medio del barro, cada vez más pequeña a medida que nos alejábamos hacia el centro del poblado.
Y, contra todo pronóstico, mi preocupación crecía más rápido que la distancia que nos iba separando.
Cuando llegamos, no me agaché a besar el suelo porque eso ya era tentar demasiado a mis defensas corporales. Agarré a Cosme y, junto a otras dos personas, lo metimos en la enfermería. Una de ellas iba vestida de árbol.
¡De árbol!
Con el paso de los minutos entendía menos aquella terapia. Y hablando de mierda, acabábamos de convertir una sala aséptica en una extensión del establo. El olor era denso y pegajoso. Del suelo era mejor no emitir informe.
Fui directo al lavabo y me restregué las manos con saña. Necesitaba sentir algo de mi cuerpo limpio.
Mercedes dio las gracias y despachó al resto con una prisa poco disimulada. Cerró la puerta y echó el pestillo.
Se la veía nerviosa. Demasiado para alguien con una carrera de Medicina. Aunque, siendo justos, su especialidad no incluía cabezas abiertas ni tipos rescatados de una fosa séptica improvisada.
—¿Qué crees que ha pasado? —me preguntó sin apartar la vista de la herida.
—Mercedes, no tengo ni idea. Tiene un golpe feo en la cabeza.
—Sí, eso ya lo veo. Quítate la ropa.
Parpadeé.
—¡Coño! No creo que sea el mejor momento para esto. A ver, que el joder y el rascar todo es empezar, pero dudo que el ambiente acompañe y lo mismo no se me levanta…
El tortazo en la nuca fue inmediato. De esos que te recolocan las ideas y parte de la adolescencia. Me cortó la diatriba más rápido que mi madre cuando le escondía el mando de la televisión para que mi hermano no me cambiase de canal y luego se me olvidaba dónde.
—¡No me vas a ayudar lleno de mierda, Paco! —estalló.
Era la primera vez que la veía perder el control. Y eso me inquietó más que el golpe.
Me sentí bastante idiota.
Asentí sin rechistar y la dejé atendiendo a Cosme mientras yo me metía en el cuartito contiguo a buscar algo que ponerme.
Llámalo deformación profesional, pero no pude evitar hurgar en los cajones del escritorio del despacho. En el segundo encontré un papel de cuaderno cuadriculado, arrancado, casi igual que el que vimos en el tablón. La diferencia era que este no llevaba ningún crucigrama misterioso.
En tinta roja se leía una frase:
Pagarás por todo lo que hiciste, y el mundo entero lo sabrá.
Además del amenazador mensaje, lo que más llamó mi atención fue que la firma era la silueta en negro con las interrogaciones abajo.
—¡Paco! Creo que en el armario del fondo hay ropa de trabajo —gritó Mercedes desde la otra sala.
Cerré el cajón y lo dejé igual que lo había encontrado.
En el armario había un mono azul, de los que llevaban los albañiles hacía treinta años. Me lo puse sin nada debajo y metí mi ropa en una bolsa de basura. Si quería prenderle fuego, que lo hiciese ella cuando creyese oportuno.
Salí de nuevo.
—¿Mejor?
—Bastante. Me uno al chantaje de mi compañera de dejar de usar esa mierda de vestuario.
—Ya hablaremos de eso.
Le dio unos puntos a Cosme y le tomó la tensión con movimientos automáticos.
—Lo más probable es que se haya resbalado —dijo.
No estaba de acuerdo. Allí no había nada lo bastante duro para provocarle ese golpe. Lo de cortarse las venas con un mojón seco no era una ciencia exacta, y te puedo asegurar que todo lo que pisé estaba bastante blandito. Sin embargo, le di la razón.
Siempre es mejor guardar un as bajo la manga. Y la información es poder.
No podía confiar en ella. Algo turbio se movía en aquel lugar.
—Deberías avisar para que vengan a buscarlo. Este hombre no está para seguir con ninguna terapia.
—No puedo —murmuró.
—Mercedes, necesita atención médica urgente.
—Va a haber tormenta. No llegarán barcos ni helicópteros. Estará bien. Solo ha sido el golpe.
Su tono pretendía mostrar firmeza, pero el miedo asomaba por las costuras.
—No puedo ayudarte si no tengo todos los datos. ¿Qué pasa?
—Nada, Paco. Es normal que tu cerebro vea fantasmas. Estás acostumbrado a buscar culpables, pero te aseguro que aquí no hay ninguno. Solo torpeza y mala suerte.
Sonrió.
La sonrisa no le alcanzó los ojos.
—Puedo sola. Prefiero que salgas y te asegures de que no pasa nada más.
Me echó con disimulo.
Y, la verdad, no protesté.
Porque, en el fondo, lo que en realidad quería era comprobar cómo estaba Rita.
Fui en busca de mi compañera catatónica al único lugar donde yo estaría de ser ella: las duchas.
Antes de entrar oí el agua detenerse y la voz de Chus.
—¿Necesitas algo más?
—Creo que debería acostarme un rato.
Asomé la cabeza.
—¿Hay sitio en la cama para uno más? Si nos metemos los tres ahorramos calefacción.
Las pillé desprevenidas. Chus me lanzó una toalla. Rita me miró con esa mezcla de cansancio y paciencia limitada.
—Chus, ¿cómo vais? —Ulises apareció por el otro lado y se quedó mirándome de arriba abajo—. Tío, ahora pareces el del anuncio de Coca-Cola. Yo quiero un mono de esos.
—Tú con uno de esos te parecerías más bien a Luigi Mario —disparó Chus.
No pude evitar reírme, y Rita también lo hizo.
Ese detalle, pequeño y aparentemente insignificante, me dio más información de la que parecía.
Primero, que era bastante más friki de lo que aparentaba: pilló la referencia al vuelo y, lo más importante, no corrigió a Chus diciendo que el apellido era Bros , como cree medio planeta.
No. Lo dejó pasar. Eso significaba que sabía que el pobre Luigi carga con un apellido bastante más cutre de lo que la cultura popular le ha adjudicado. Punto para ella.
Segundo, que estaba mucho mejor que cuando la dejé plantada en mitad de la mierda con la mirada perdida y los tics desfilando sin control.
Y tercero —el que más me incomodó—, que comprobarlo me alivió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ese último pensamiento me dejó peor que cualquier tortazo bien dado.
—Simpática, que yo también tengo mis músculos, ¿eh?
—Sí, tú también estás buenorro, como Francis… a tu manera —siguió pinchando al pobre chaval.
Ulises infló el pecho un segundo, lo desinfló al siguiente y decidió cambiar de tema.
—Acabo de ver a un tío vestido de árbol dando saltos por la plaza y al bombero con una caja de cerillas al lado. Venía a contároslo, pero creo que mejor me vuelvo a ver el espectáculo yo solo.
—¡No jodas! —solté sin saber muy bien si correr hacia el conato de fuego o hacia el árbol.
—Sí —respondió Ulises con un entusiasmo preocupante para lo que acababa de contar.
Chus abrió los ojos y añadió:
—Esto de no tener móvil es una putada. Eso se haría viral seguro.
Y, por desgracia, tenía razón.
—Corred, que lo mismo todavía no lo ha incendiado —nos urgió Ulises, ya medio girado.
Me puse serio antes de que salieran disparados.
—Eh, alto. Tengo una misión muy importante para vosotros dos.
Se quedaron congelados. La palabra «misión» tiene un efecto inmediato en cerebros jóvenes y poco supervisados.
—Desde hoy os nombro co-ayudantes del ayudante de la sheriff .
Ulises se quedó clavado.
—¿En serio?
Se le iluminó la cara de tal manera que tuve que morderme la lengua para no reírme.
—Y tanto. Mientras la jefa se recompone, vuestra tarea es impedir que los majaras prendan fuego a nada, a nadie o a sí mismos. ¿Trato?
—Claro. Voy a por una rama o algo —se activó Chus.
—¿Para qué? —preguntó Ulises, genuinamente confundido.
—Para arrearle a quien se porte mal.
Y salió disparada otra vez antes de que pudiera añadir cláusulas que pensaba que no eran necesarias, del tipo «sin lesiones permanentes» o «preferiblemente sin cargarse a nadie».
—Esa no ha sido una buena idea —apuntó Rita con su antigua serenidad restaurada.
Me llevé las manos a la cara.
Acababa de fundar una milicia improvisada en mitad de una terapia experimental.
Y lo peor era que, durante tres segundos, me había parecido brillante.