Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

No fue un chapuzón elegante. Fue un impacto sonoro, con salpicadura generosa y gritito incluido. El agua me recibió con entusiasmo glacial y quedé flotando boca arriba, mirando el cielo y preguntándome en qué momento de mi vida dejé de tomar decisiones sensatas.

Lo peor no fue caerme, eso vino después, cuando recogí el sombrero, que flotaba a mi lado con más dignidad que yo, y me lo encasqueté intentando recomponer la escena… a lo que el agua acumulada me cayó por la cara en modo catarata.

—¿Está de tu agrado el agüita? —preguntó Paco con esa media sonrisa suya.

Porque sí, desde que había salido a la luz su verdadero yo, lo de Francis no le pegaba ni con cola.

—Un baño de agua fría por la mañana activa el cuerpo, aumenta la alerta mental, mejora la circulación y potencia el sistema inmune, estúpido —solté a toda velocidad, procesando datos al vuelo para no hundirme más en mi miseria.

—Ya decía yo que me notaba más espabilado hoy —apuntó Ulises, muy serio.

—¿Ves?

Paco se acercó y me tendió la mano para ayudarme a salir.

Una persona normal la habría aceptado sin más.

Yo, en cambio, llevaba desde que llegué sin comportarme de forma reconocible y, para mi sorpresa, aquella deriva me estaba resultando liberadora.

Así que me incorporé tirando con más fuerza de la recomendable.

Lo que no calculé fue la física básica.

La mole de mi subalterno cedió. Lo suficiente para que yo perdiera el apoyo y volviera a caer de culo, arrastrándolo conmigo.

Durante un segundo quedamos suspendidos en una coreografía torpe e inevitable, y acto seguido ambos aterrizamos en las aguas gélidas del río con un nuevo plaf aún más aparatoso.

El desconcierto de Chus y Ulises se volvió todavía más incómodo, porque los pobres no tenían la menor idea de qué demonios estábamos haciendo.

—Eres..., eres..., eres… —empezó mi compañero, corto de adjetivos y largo de indignación.

—¿Inteligente? ¿Digna de admiración? ¿Una mente prodigiosa? —propuse con toda la poca vergüenza del mundo mientras él parecía a punto de echar humo por las orejas.

—¡Imbécil! ¡Eres imbécil! —me insultó.

De lo que vino después no me siento orgullosa.

Iniciamos una competición absurda de agravios y salpicones, intentando ponernos en pie mientras el musgo de las rocas conspiraba contra nosotros. Cada intento de incorporarnos acababa en un nuevo resbalón.

Cuando por fin conseguimos levantar la cabeza, el público había aumentado. Además de Chus y Ulises, estaban el bombero y el alcalde, alineados en la orilla con expresión de tertulia improvisada. Solo les faltaban las palomitas y un comentarista deportivo narrando la jugada.

—¿Nadie tiene nada mejor que hacer? —les gritó Paco, empapado.

—La doctora nos ha mandado a buscaros —informó el bombero, sudando como si el incendio fuera interno debajo del aparatoso traje.

Decidí que tenía que terminar. Me puse a cuatro patas y avancé hacia la orilla con cautela, tanteando las piedras como si estuviera escalando el Everest en versión fluvial.

Opté por no pensar en la perspectiva que mi anatomía estaba ofreciendo en ese preciso instante. Sobre todo porque Paco venía justo detrás de mí. Y mi pose no estaba ayudando a que nada quedara a la imaginación.

Chus se colocó a mi lado y, cuando fuimos a volver a la plaza central del pueblo, vi algo raro en la zona de las vaquerizas, justo donde casi me había convertido en croqueta de heces humanas la mañana anterior.

Me quité las botas mojadas y rotas y eché a correr, ignorando las protestas del resto.

En cuanto llegué, me llevé las manos a la boca y a la nariz; el olor era tan denso que parecía masticable.

—¡Paco, corre! —le chillé.

Debió de notar la urgencia en mi tono porque no discutió.

—¡Mierda!

Cosme estaba medio hundido en la masa, ladeado, con la cabeza peligrosamente inclinada hacia abajo.

—¡Sácalo, que se ahoga! —le urgí.

Paco hizo una mueca de puro asco, le silbó a Ulises y bajó rápido. En cuanto apoyó el pie, se hundió hasta las rodillas.

—¡Joder, tío…! —protestó el chico.

—Ulises, dale la vuelta —ordenó mi subalterno.

—¿Por qué yo? Como esté muerto no voy a volver a dormir en mi vida.

—Desde luego… tener hombres para esto —soltó Chus.

Y, antes de que nadie pudiera replicar, saltó, se apoyó en los hombros de los dos y, con un movimiento rápido y sorprendentemente eficaz, consiguió girarlo boca arriba.

—Bombero, agárrale un pie. Que no se vuelva a hundir —le mandó la chica, tomando la batuta de la situación.

Yo observaba desde arriba, bloqueada. A veces mi cerebro decide desconectarse cuando la realidad supera cierto nivel de irrealidad. El alcalde tampoco se movió de mi lado, lo que me hizo sentir menos inútil.

Entre los cuatro lograron sacarlo y tumbarlo sobre el suelo más o menos firme.

Paco se inclinó sobre él y le dio un par de palmadas en la mejilla.

—Cosme, ¿me oyes?

Nada.

Me fijé un poco mejor y me percaté de que no se le veía el pecho moverse.

Paco colocó dos dedos en su cuello, buscando el pulso, y frunció el ceño.

—No respira.

El aire se volvió espeso.

Le inclinó la cabeza hacia atrás, levantándole el mentón para despejar la vía aérea, y miró dentro de la boca por si había algo que la obstruyera. Luego le tapó la nariz y le insufló aire, sellando su boca con la suya.

Yo aparté la vista un segundo. No por el gesto, sino por el contexto. Los dos estaban de mierda hasta las cejas, los rodeaba un olor infernal y todo era demasiado escatológico.

Después colocó la palma de la mano en el centro del pecho y empezó a presionar con fuerza, con los brazos rectos y un ritmo constante.

—Uno, dos, tres… —murmuró para sí.

Las compresiones hacían que el cuerpo se hundiera y volviera a subir con un sonido desagradable.

Ulises, incapaz de gestionar la escena, se alejó tambaleándose hasta un árbol y empezó a vomitar mientras Chus le palmeaba la espalda.

Paco volvió a insuflar aire.

—¡Vamos, joder… respira!

Yo sentía cómo las tostadas del desayuno luchaban por emprender el camino inverso mientras observaba aquella mezcla grotesca de heroísmo y estiércol.

Y entonces Cosme soltó un sonido húmedo, tosió con violencia y giró la cabeza para vomitar. Nunca en mi vida me había alegrado tanto de ver a alguien expulsar contenido estomacal.

Fue entonces cuando me percaté de una herida que tenía en la parte posterior de la nuca.