Capítulo 9
Rita
a verdad es que era la vez que más tiempo había pasado rodeada de gente sin que me asaltara un ataque de pánico en meses, y eso me llenó de un orgullo discreto pero firme.
La dinámica de resolver el crucigrama antes que el poli infiltrado resultó…
divertida. Y te aseguro que esa palabra no solía aparecer en mi día a día.
Antes de que termináramos de desayunar, Mercedes se acercó a nuestra mesa. El efecto fue inmediato y hubo una evidente tensión colectiva.
—Rita, Francis, tengo que hablar con vosotros. ¿Os importa pasar por la enfermería cuando acabéis?
—¿Sucede algo? —pregunté, incapaz de evitar que la voz me temblara.
El espectáculo de antes me había dejado claro que la doctora no se casaba con nadie y que a ella no le temblaría el pulso si decidía echarnos y arruinarnos la vida.
—No, es para asignaros las tareas de hoy. ¡Que aproveche, chicos! —respondió con lo que me pareció una felicidad impostada.
Cuando ya se marchaba, se fijó en la cara amoratada de Ulises.
—¿Qué te ha pasado?
—Esto… —titubeó él, mirándome.
—Le di un puñetazo por equivocación —solté antes de que pudiera inventar otra cosa.
Con cámaras por todas partes, tarde o temprano lo descubrirían.
El gesto de Mercedes se endureció.
—Pero no fue en serio. Estábamos haciendo el tonto —intervino Francis con una de sus voces camaleónicas.
El semblante de la doctora se suavizó.
—Muy bien, Rita. Me alegro mucho —dijo, para desconcierto general.
Ulises abrió los brazos.
—Doctora, igual no hace falta animar a la gente a que me endiñe. Lo mismo no salgo vivo de aquí.
No pude evitar reír. Mercedes también sonrió, me dio unas palmaditas en la espalda y se marchó con una satisfacción sospechosa.
—Esta mujer está un poco regular, ¿no? —susurró Chus.
—Es una larga historia —la corté.
Sabía de dónde venía aquella felicidad y no pensaba explicarlo.
—Y gracias por lo de antes.
—De nada. Ya me debes unas cuantas —presumió Francis.
Y no pude evitar poner los ojos en blanco.
—Ahora me alegro de no estar en el Team chicas —confesó Ulises.
Las risas nos salieron solas. Hacía tiempo que no me reía así. Tenía ganas de ir a la caseta y contárselo a Bartolo.
Al terminar, fuimos hacia la enfermería. Por el camino, Francis se acercó más de lo necesario y me habló al oído.
—Ni se te ocurra mencionar lo del tablón.
—Si crees que soy estúpida, estás bastante equivocado.
—Hace un rato has cantado como un pajarito. Perdona si desconfío de tu talento para mentir.
—Las mentiras no llevan a ningún sitio.
—Curioso. Bajo tu foto ponía otra cosa.
El maldito tic volvió justo cuando llegábamos a la puerta.
—No tengo que darte explicaciones. Y, por si te sirve de consuelo, no le he contado a nadie más que a ellos que eres el poli infiltrado que nos vigila.
Se detuvo.
—¿Dibujar no te gusta? Porque lo de adivinar se te da fatal. Me voy a reír mucho cuando te restriegue ese crucigrama resuelto por la cara.
—Si lo tienes tan claro, pongamos un premio —propuse, con mi mejor sonrisa diplomática.
—¿Segura? Será como quitarle un caramelo a un niño.
—Por completo.
—Está bien. El perdedor tendrá que limpiarle el coche, vestido así, al que gane.
—No tengo coche —le informé.
Esta vez fue él quien puso los ojos en blanco.
—Vale. Pues la casa. Tendrá que limpiarle la casa.
—No vas a entrar en mi piso bajo ningún concepto.
—¿Una cena? El perdedor llevará al otro a cenar con esta ropa. ¿Te vale o sigues buscando excusas?
—Trato —acepté.
Lo de vernos fuera de la isla no entraba en mis planes. Pero imaginarlo con aquellas pintas en un restaurante compensaba cualquier riesgo.
Me tendió la mano y no me quedó más remedio que estrechársela. Aunque procuré que el roce durase apenas unos segundos.
—Ya sé que no te gusta el contacto físico, pero no he escupido para sellar el pacto, eso me da puntos —protestó al notar mi retirada inmediata.
—En este caso sales perdiendo tú. Las mujeres solemos tener mayor diversidad microbiana en las manos que los hombres.
Abrió la boca para replicar, pero en ese momento la puerta cedió y Mercedes nos observó con una ceja arqueada.
—¿Todo bien, chicos?
Asentimos y pasamos a la sala. La enfermería era aséptica, ordenada y silenciosa, y nos condujo a un despacho que había al fondo. Su caseta duplicaba la nuestra, y apostaría dinero a que ella sí tenía ducha privada.
—Os he hecho venir porque sois en quienes más confío —comenzó—. Se han detectado algunas irregularidades.
Estuve a punto de mencionar lo de las fotos, pero recordé la acusación de hacía unos minutos y me mordí el interior del carrillo.
—Lo de los religiosos ha sido una forma curiosa de empezar el día —comentó Francis con su voz grave.
Cuando la doctora lo miró, rectificó:
—Por Dios, ¡qué bochorno!
Mercedes negó con la cabeza.
—Paco, no cuela. Lo de poner voz de Piolín no es lo tuyo. Será mejor que lo dejes.
—Menos mal. Esta terapia me iba a destrozar las cuerdas vocales.
Casi me reí.
—Todo lo demás sigue igual, o estarás fuera. No puedes mantener relaciones con nadie y sigues teniendo tus partes nobles de adorno. Te puse con Rita porque estoy convencida de que no lograrás encandilarla.
—Mujer de poca fe —ironizó él.
—Tiene usted toda la razón —añadí, bajándole el ego.
Mercedes nos miró a ambos.
—Mis seguridades se han tenido que ir para llevar a los dos pacientes expulsados, pero no podrán regresar. Por lo visto, se espera una tormenta y estaremos aislados. Necesito vuestra ayuda para que esto no se salga de madre hasta que puedan regresar —confesó.
—No hay problema, jefa —se apresuró el pelota de mi compañero.
—¿Y qué recibiremos a cambio? —intervine.
Ambos me miraron. Él, sorprendido y ella, evaluándome.
—Rita, no creo que estés en posición de…
—He firmado para una terapia, no para hacer de vigilante. Si me equivoco, corríjame. —Sostuve su mirada—. Quiero poder llevar mi propia ropa.
La doctora dudó.
—Eso rompe la dinámica.
—Estoy encerrada con desconocidos y emparejada con el ególatra oficial del grupo. Creo que mi zona de confort ya está suficientemente demolida.
El aludido bufó.
—No tengo ropa para ti —intentó la doctora.
—No se preocupe. Yo sí traje. Por si no acertaban con mi talla.
Por un instante, supe lo que debía de sentirse al ganar un premio internacional de crucigramas.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó él, de mal humor.
—Lo mismo que estáis haciendo, pero un poco mejor. Intentad que nadie se meta en líos. La única diferencia es que os daré esto —fue explicando mientras sacaba un walkie del cajón—. Así, estaremos en contacto por si pasase algo.
Me lo entregó y lo guardé en el bolsillo del chaquetón, pero antes de que saliéramos añadió una cosa más:
—Paco, nada de tomarte la justicia por tu mano.
—Sí, jefa —refunfuñó.
Nos marchamos de allí. Yo, feliz y él, como si le hubieran dado una bofetada sin manos.
Cuando nos alejamos lo suficiente, me agarró del brazo y me arrastró detrás de un árbol. No me esperaba otro contacto físico, me solté de inmediato y levanté los puños.
—¡Eh, tranquila! ¿Seguro que no estás aquí por agresiva?
—Yo no. Tú, en cambio, encajas bastante bien en esa definición. Te he dicho que no me toques.
Él alzó las manos en señal de rendición.
—Vale, perdón. Pero hay algo que no me cuadra. Huele mal.
Levanté un dedo, lo humedecí y lo alcé al aire.
—¿Qué demonios haces?
—Comprobando el viento. Puede que venga de la zona de excrementos de las vaquerizas.
Se echó a reír con ganas, como si acabara de escuchar el chiste del año, aunque a mí no me hizo ninguna gracia.
Me giré y caminé directa hacia la caseta del sheriff . Es decir, la mía. No la suya. La mía, por si no había quedado claro.
Cuando intentó entrar detrás de mí, cerré la puerta con fuerza y con intención, no te voy a mentir. Sonó un golpe seco y después un quejido, y fue música celestial para mis oídos. Me senté rápido tras la mesa que llevaba mi nombre y desplegué unos papeles al azar para disimular.
La puerta se abrió con violencia.
—¿Te sientes mejor contigo misma? —gruñó, sujetándose la nariz.
—Puede.
—Iba a contarte lo que descubrí anoche, pero ahora te van a dar mucho por culo y me voy a decírselo a Chus y a Ulises, por gilipollas —me dijo, y salió dando otro portazo.
Creo que fue de las pocas veces en mi vida que la soledad me pesó, y la sensación no me gustó nada.
Salí tras él sin pensarlo, avanzando a toda prisa, escudándome en los árboles y matorrales que encontraba a mi paso.
Si creía que no me iba a enterar, era más iluso de lo que aparentaba, sobre todo después de insinuar que algo había sucedido la noche anterior.
La conversación de la doctora con el encapuchado seguía ardiéndome en la cabeza.
Los localicé a los tres en la linde del río. Chus mostraba un desconcierto que no sabía disimular y Uli fruncía el ceño con pinta de no estar enterándose de nada de lo que le contaba Francis. Lo mismo que yo, pero por razones distintas.
Decidí acercarme un poco más. Me escabullí hasta el árbol que tenían al lado y me pegué al tronco con la absurda esperanza de fundirme con la corteza.
El plan era impecable. El calzado..., no tanto.
Uno de los tacones de las botas vaqueras —que aún no me había quitado por pura cabezonería de sacarle ventaja a mi compañero— se enganchó en una raíz justo cuando me giré al oírlos moverse.
Intenté recomponer la postura, pero ya era tarde: el tacón se quedó anclado al suelo y mi dignidad siguió avanzando sin mí.
Perdí el equilibrio con un braceo desesperado que no solucionó gran cosa.
Di un saltito inútil, me abracé al árbol durante una fracción de segundo en un gesto que no figuraría en ningún manual de espionaje y, cuando el tacón cedió con un crujido traicionero, emprendí un descenso poco heroico hacia el río bajo la mirada alucinada de tres pares de ojos.