Capítulo 33 #3
Me lancé hacia él con todas mis fuerzas y lo empujé por el costado justo cuando el estampido de la pistola explotaba en mitad de la plaza. Durante una décima de segundo absurda llegué incluso a creer que había conseguido apartarlo a tiempo.
Después sentí el impacto atravesándome el pecho.
El disparo me golpeó con una violencia brutal, igual que si alguien acabara de incrustarme una barra de hierro ardiendo entre las costillas.
El aire desapareció de golpe de mis pulmones y una sensación caliente e insoportable se expandió inmediatamente por todo mi cuerpo, dejándome incapaz de comprender qué acababa de ocurrir realmente.
Las piernas dejaron de responderme casi al instante.
Sentí cómo el equilibrio se rompía bajo mis pies mientras el mundo entero parecía inclinarse de forma extraña a mi alrededor.
Las llamas se deformaron frente a mis ojos, el humo comenzó a mezclarse con manchas borrosas de luz y el rugido del incendio se volvió distante durante unos segundos, como si alguien acabara de sumergirme bajo el agua.
Cada intento de respirar me atravesaba el pecho como un cuchillo, y fue entonces cuando entendí que me habían disparado.
Durante unos segundos todo quedó envuelto en un silencio irreal.
Veía las llamas moviéndose frente a mí, el humo ascendiendo hacia el cielo y la boca de Paco abriéndose a la vez que me sujetaba, pero no conseguía oír nada.
Era como si el disparo hubiera levantado una pared invisible entre el resto del mundo y yo, aislándome en una especie de vacío espeso donde ni siquiera el caos parecía capaz de alcanzarme.
Después, el sonido regresó de golpe.
Los gritos estallaron alrededor de la plaza mezclándose con el rugido salvaje del fuego devorando las casetas.
Oí pasos corriendo sobre la tierra, otro disparo perdido entre el humo y, por encima de todo, la voz de Paco rompiéndose mientras intentaba sujetarme antes de que acabara desplomándome entre sus brazos.
—¡Rita! ¡Rita, mírame! ¡Joder, no… no, no!
Su voz sonaba irreconocible, desgarrada por un miedo tan puro y desesperado que me costó asociarlo al mismo hombre que llevaba dos días enfrentándose a amenazas, asesinos y cadáveres sin permitir que nadie lo viera derrumbarse.
Ahora no quedaba nada de aquel policía impulsivo que parecía capaz de bromear incluso en mitad del desastre.
Solo había una persona aterrorizada sujetándome entre sus brazos mientras sentía que me escapaba.
Intenté respirar, pero el dolor me atravesó el pecho con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos un instante.
Era una sensación caliente, profunda y devastadora que parecía extenderse poco a poco por todo mi cuerpo cada vez que iba a coger aire.
Entonces noté algo húmedo y caliente deslizándose bajo mi ropa, empapándome la piel y extendiéndose entre sus manos.
¿Cuándo se había quitado el cabestrillo? Estuve tentada de regañarle, pero las palabras se negaron a salir de mis labios.
—Mírame —insistía con la voz quebrada—. Rita, por favor, mírame.
Conseguí abrir los ojos.
Todo alrededor empezaba a verse borroso. Las llamas deformaban las sombras, el humo lo cubría todo y el calor del incendio chocaba contra el frío extraño que empezaba a extenderse despacio por mi cuerpo.
Vi a Mercedes llorando en silencio, tapándose la boca con las manos. Vi a Edurne inmóvil, observándome como si acabara de comprender que aquello tampoco iba a devolverle nada.
Y, en medio de todo aquel caos, Paco seguía aferrándome con fuerza, como si sujetarme más fuerte pudiera impedir que me escapara.
El sonido de las hélices empezó a retumbar entonces sobre la isla, y enormes focos atravesaron el humo iluminando la plaza con una luz blanca y cegadora.
Miré hacia arriba.
Durante un instante, las luces parecieron suspendidas sobre nosotros igual que algo irreal, casi extraterrestre, y una risa débil escapó de mis labios antes de que pudiera evitarlo.
Paco bajó la cabeza hacia mí.
—No te rías. No hagas eso. Quédate conmigo.
Intenté coger aire otra vez y el dolor me obligó a apretar los dientes.
—¿Sabías… —murmuré con dificultad— que un cuatro por ciento de la población asegura haber visto ovnis…?
Paco soltó una especie de sonido ahogado entre una risa rota y un sollozo desesperado. Tenía los ojos completamente llenos de lágrimas y las manos manchadas de mi sangre mientras seguía presionando la herida con una fuerza casi desesperada.
—No me hables ahora de marcianos, joder —murmuró, inclinándose más hacia mí—. Te juro que cuando salgamos de aquí te compro al mismísimo E.T., pero no te vayas, Rita. No me hagas esto.
Intenté sonreír al verlo tan al borde del colapso y sentí otra punzada de dolor atravesándome el pecho.
—Estadísticamente… alguno tiene que estar diciendo la verdad…
Él cerró los ojos un instante apoyando la frente contra la mía, completamente roto.
—Pues ahora mismo me da igual si vienen extraterrestres, Batman o tu puto cactus a salvarnos. Tú te quedas conmigo. ¿Me oyes? Te quedas conmigo.
—Cuida de Bartolo —le pedí.
Las lágrimas empezaban a caerle sin que pareciera darse cuenta siquiera.
—No te mueras en mi guardia, Rita. No se te ocurra hacerme esto.
Y, mientras las luces seguían girando sobre la isla en llamas y Paco me apretaba contra su pecho como si pudiera protegerme del mundo entero, comprendí algo que me habría parecido imposible apenas unos días antes.
Ya no quería desaparecer sola.