Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 8
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Capítulo 8

​​ Paco

scogí el turno de noche para poder estar a solas y rascar información sin testigos con complejo de enciclopedia.

Me repetí que lo hacía por simple curiosidad, pero en el fondo sabía que no era eso.

Necesitaba entender qué estaba pasando antes de que algo se torciera y me pillara con el paso cambiado.

Tenía que demostrarme a mí mismo que mi última cagada no había terminado con mi instinto.

​​ En cuanto llegué a mi caseta saqué el cuaderno y desplegué el papelito bajo la bombilla amarillenta. Coloqué las instantáneas del tablón delante de mí, alineándolas como si al hacerlo pudiera ordenar también mi cabeza.

​​ Veintiún nombres con sus respectivas fotografías más una silueta negra que parecía observarme desde el papel. Debajo, varios signos de interrogación. Como definición, un ocho entre paréntesis. Nada más. Ni una pista, ni una palabra a la que aferrarme. Solo un número.

​​ Lo inquietante no era el enigma en sí, sino la sensación de que éramos piezas movidas por alguien. Y me planteé que era posible que formase parte de la dinámica de la terapia para ponernos a prueba.

​​ Intenté rebajar la tensión.

​​ Durante el día había hablado con todos los usuarios, para consternación de la rara, y memoricé lo que pude.

De algunos retuve nombres; de otros, apenas el oficio.

El bombero sudaba como si ya estuviera dentro de un incendio, y no conseguí decidir si era nerviosismo o algo más.

La vaca humana era otro tema. En ese, mejor no profundizar.

​​ Repasé la lista otra vez. Cuanto más la observaba, más evidente resultaba que no estaba diseñado para entenderse de forma directa. No era un simple reparto de papeles, sino una putada en toda regla.

​​ Cerré el cuaderno, frustrado. Seguir sentado no iba a darme respuestas.

​​ Salí a recorrer el recinto con paso tranquilo, fingiendo que estaba haciendo la guardia.

Al pasar junto a la iglesia oí un fervor poco litúrgico al otro lado de la ventana.

Me asomé lo justo para confirmar que los dos religiosos tenían las sotanas por la cabeza y una entrega que nada tenía de espiritual.

Por un segundo, solo un segundo, sentí envidia de quien puede desconectar así.

​​ Continué hasta el extremo del campamento, donde la vegetación se volvía más densa.

Allí descubrí varias construcciones bajas camufladas entre los arbustos.

Desde lejos parecían almacenes anodinos, pero demasiado discretos para serlo.

Oí pasos y me oculté detrás de un árbol.

A los pocos segundos apareció un hombre vestido de negro, con capucha, que se acercó a una de las casetas.

Miró a ambos lados, abrió la puerta y se deslizó dentro con rapidez.

​​ Cuando la hoja comenzó a cerrarse, corrí y metí el pie para impedirlo.

En el instante en que la madera golpeó mi suela supe que estaba cruzando una línea que no podría descruzar.

Si me pillaban, podría perder mi trabajo por una gilipollez.

Aun así, quería echar un vistazo y, si me cogían, ya pondría mi cara de niño bueno y que saliera el sol por donde quisiera.

​​ Se veía un pasillo angosto con puertas a los lados. El aire olía a metal caliente y a electricidad. Desde el fondo llegaba un zumbido constante que parecía el de equipos electrónicos funcionando.

​​ Di un paso más sin que la puerta se cerrase y, a través de una abierta, pude distinguir la luz de algunos monitores encendidos.

​​ Un frío seco me recorrió la espalda.

​​ Entonces oí pasos acercándose desde el interior. Retrocedí despacio, retiré el pie y dejé que la puerta terminara de cerrarse sin ruido. Solo cuando estuve a varios metros me permití girarme.

​​ Caminé hacia la oscuridad con el pulso desbocado y una certeza nueva y desagradable instalándose en mi pecho: algo no terminaba de cuadrar.

​​ Si esto era una terapia, ¿en qué momento empezaba la parte de sentarnos en círculo y decir aquello de «Hola, me llamo Francis; Paco para los amigos y Francisco para mi madre cuando se encabrona»? ¿Cuándo tocaba añadir que se me va la pinza cada vez que veo a un hijo de puta maltratar a su mujer?

​​ Porque, hasta donde yo sabía, en las terapias alguien acaba diciendo: «Te queremos».

​​ Y yo todavía no había oído a nadie querer a nadie. Vale, al cura y a la monja, pero esos no contaban…

​​ Hice tiempo merodeando por la valla hasta que el olor a café inundó mis sentidos y fui corriendo con una idea en la cabeza, una de la que lo mismo me arrepentía, pero a veces había que jugársela y delegar o saber cuándo necesitas ayuda.

​​ Después de pillar dos cafés para llevar, me dirigí rápido a la caseta de la rara para poner la bandera blanca y las cartas sobre la mesa.

Verla medio vestida con cara de zombi me hizo pensar que había dormido lo mismo que yo y que así no íbamos a funcionar bien.

Examiné todo en busca de escuchas o cámaras.

Cuando me quedé satisfecho me senté frente a ella.

Su cara era un poema, le faltaba ponerse a suplicar por su vida.

​​ —Rubia, tenemos que hablar —le pedí después de que me arrebatase el vaso de café y se lo tomase como la que se bebe un carajillo después de una guardia.

​​ —Pienso ponerme a chillar si te acercas —me amenazó, y me hizo gracia.

​​ —Mientras no me pegues ningún puñetazo, podría vivir con ello —ironicé y, justo cuando abrió la boca para cumplir con lo que me había dicho, saqué el papel del crucigrama y lo levanté—. Vale, vale, no me jodas. Quiero que colaboremos.

​​ —¿Dónde están tus mil tonos de voz distintos? —me preguntó, irónica.

​​ —Mira, me estoy fastidiando la garganta con tanta feminidad. Además, hay homosexuales muy masculinos con voz grave. No entiendo por qué mierda tengo que poner voz de haberme hartado de helio.

​​ —Inhalar helio para cambiar la voz puede parecer un juego inofensivo, pero conlleva riesgos críticos para la salud.

Aunque el helio no es una sustancia tóxica por sí misma, su peligrosidad reside en su capacidad para desplazar el oxígeno de los pulmones y el torrente sanguíneo. Así que no es ninguna gracia.

​​ —Tú eres lista, ¿verdad?

​​ —¿Cómo?

​​ —A ver, yo también soy inteligente, pero en otros ámbitos. Las letras no son lo mío. No creo que lo que encontramos ayer en la caseta fuese casualidad. ¿Qué te parece si lo investigamos juntos?

​​ —¿Y qué gano yo a cambio?

​​ —¿En serio? —pregunté, atónito porque la rara con cara de buena se quisiera pasar de lista, pero a eso podíamos jugar dos—.

Bueno, supongo que no eres la persona que buscaba.

Siento haberte molestado, me voy con mis incógnitas a otra parte y me pasaré los catorce días que nos quedan entretenido yo solo solucionando esto.

​​ —Espera —me detuvo cuando me levanté y me encaminé hacia la puerta. A lo que no pude más que poner una sonrisa maquiavélica que ni los villanos de las películas que veía con mis sobrinas.

​​ —¿Has cambiado de opinión? —la chinché.

​​ —Puede ser que me guste hacer crucigramas.

​​ —Vale, pero vamos a dejar las cosas claras —le advertí, volviendo sobre mis pasos y sentándome de nuevo frente a ella—. Hay dos puntos importantísimos que tienes que aceptar. Primero, nadie puede enterarse de que estamos haciendo esto. Y segundo, tienes que confiar en mí.

​​ Después de que hiciera una copia del crucigrama, con regla y todo —sí, no me preguntes por qué alguien se trae una regla a una jodida isla, pero ella la tenía—, atronó la campana en el exterior y salí para que pudiera ponerse el ridículo modelito del día.

Cuando miré si había escuchas y abrí su armario vi que compartíamos modista, y eso me alivió un poco.

​​ Ulises y Chus se colocaron a mi lado. El primero lucía un moratón que prometía ir cambiando de color con el paso de los días, arcoíris incluido. Confiaba en que nadie le preguntara qué le había pasado.

​​ —Explicadme por qué tenemos que despertarnos temprano. Estoy segura de que en ese jodido río no hay una mierda y que solo quieren que cojamos una pulmonía —protestó ella con la simpatía de un lunes sin café.

​​ Iba a contestarle, cuando apareció Rita con el chaquetón puesto y unas botas rosas con lentejuelas que parecían de la Barbie Malibú.

La prenda le llegaba hasta las rodillas, y por un instante imaginé que debajo de aquella cosa fea —que aún conservaba el palo del café clavado en la capucha— no llevaba nada.

Sentí un tirón en la parte baja del abdomen que tuve que controlar.

Si levantaba la bandera dentro de esos pantalones, o me la quebraba o los reventaba.

Y ninguna de las dos opciones figuraba en mis planes de futuro.

​​ —Buenos días —nos saludó a los tres, clavando los ojos en la jeta de Uli con gesto culpable—. ¿Cómo sigues?

​​ —Bien, no te preocupes. Se liga más con heridas de guerra. He dicho que me resbalé con el musgo de la linde del río. No hay problema, jefa.

​​ Ella frunció el ceño al oír el apelativo.

​​ Nos callamos porque apareció Mercedes. Sonriente, sí, pero con una sombra bajo los ojos que no cuadraba con tanta felicidad impostada.

​​ —Espero que todos os hayáis ubicado ya. Os advertí en consulta y aquí que quien no cumpliera las reglas se iría y tendría que empezar de nuevo… o incluso retroceder en su vida.

​​ El silencio y la tensión eran palpables. Y yo tenía los huevos de corbata, no te voy a mentir.

​​ —Hay cámaras por vuestra seguridad y para monitorear el proceso de la terapia. Aunque parece que no a todos os quedó claro este punto. Anoche descubrimos a alguien haciendo algo imperdonable. Ha tirado por la borda su recuperación… y mi confianza.

​​ Movió la cabeza, dolida, mirando en nuestra dirección. Detrás de ella habían colocado una televisión enorme sobre un carrito. Me temí que el escarnio fuese en alta definición.

​​ Los murmullos crecieron.