Capítulo 7
Rita
uando salimos, Francis dejó de atosigarme y se dedicó a entablar conversación con cualquier ser humano que se cruzara en nuestro radio de acción.
Conocimos al alcalde, Chano, un hombre con síndrome de Diógenes al que, por algún retorcido sentido del humor, habían colocado al frente del cargo que exigía tenerlo todo impecable por si aparecían visitas importantes.
También nos acercamos al río para comprobar que Chus y Uli seguían con vida.
Los gritos se oían desde lejos, y cuando llegamos la vi hundirle la cabeza a Ulises bajo el agua.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro; durante un segundo pensé que lo estaba intentando ahogar.
Pero, cuando él salió y le devolvió el remojón entre carcajadas, entendí que aquello formaba parte de su peculiar dinámica.
No había sufrido ataques de pánico y el tic en mi ojo solo aparecía cuando el extraño de mi subordinado soltaba alguna de sus bromas con doble intención.
Tenía que admitir que estar allí, en mitad de la nada, respirando aire limpio y escuchando el murmullo del campo, no resultaba tan horrible como había imaginado.
Nuestros pasos nos llevaron de vuelta a las vaquerizas y él insistió en seguir socializando, empeñado en conocer a todo el mundo.
Mi nivel de tolerancia a la interacción humana llevaba rato parpadeando en rojo, pero acabé cediendo.
Me daba la impresión de que Francis estaba acostumbrado a salirse con la suya, y dudaba bastante de su supuesta homosexualidad después de ver cómo miró el pecho de la tabernera las dos veces siguientes que me arrastró a por lo que él llamaba «provisiones líquidas potentes».
Como ya supondrás, yo no bebí nada. Lo que no lograba entender era cómo él no iba dando bandazos con la cantidad de alcohol que llevaba encima.
Llegamos a un prado lleno de vacas enormes.
Gigantes. Solo las había visto en documentales, y en persona imponían bastante más.
Repasé mentalmente las estadísticas de muertes por ataques de bovinos y apenas recordé un par de casos: el de una mujer de sesenta y dos años, y el de un hombre que salió herido.
Las probabilidades jugaban a mi favor. Malo sería que yo engordase esa cifra.
Al llegar a la entrada, Francis se llevó las manos a la boca.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Sonó un cencerro a nuestra derecha y giré la cabeza antes que él. De la puerta lateral salió un hombre vestido de vaca.
—Muuu.
No me dio tiempo a reaccionar.
Francis agarró una pala apoyada en la cerca y la estampó contra el estómago del figurante. El pobre se dobló sobre sí mismo. Lo sujeté del brazo justo cuando levantaba la herramienta para rematarle en la cabeza.
—Pero ¡¿qué haces?! —le solté.
Tardó un segundo en entender lo que había hecho. Se quedó blanco. Dejó caer la improvisada arma y ayudó al disfrazado a incorporarse.
—Perdona, perdona, tío. Te juro que no quería atacarte —balbuceó, sin recuperar el color—. Pero es que… ¿a quién se le ocurre?
No supe si reír o salir corriendo.
La voz afeminada había desaparecido, dando paso a otra varonil y grave que no le pegaba para nada con la vestimenta y que me hizo desconfiar aún más de él. Tuve un flashback de lo que ponía en su crucigrama: «Agresivo».
Regresamos en silencio después de convencer al herido —Cosme, en su vida real— de que no contara nada.
Nosotros no diríamos que había abierto la boca, cosa que, por cierto, tenía terminantemente prohibida: al parecer, según las normas debía limitarse a mugir y pastar, y las blasfemias que le había dedicado a Francis no entraban en la categoría de comportamiento bovino.
Apreté el paso y dejé un par de metros entre nosotros. Le había visto demasiada soltura empuñando una pala, y no entraba en mis planes convertirme en abono orgánico antes de los cuarenta.
Por lo visto, la vaca humana trabajaba en un matadero y arrastraba una fijación inquietante con el ganado. No entró en detalles y tampoco quise rascar. Hay datos que no aportan nada bueno a tu salud mental.
Tomé nota: mejor no acercarme demasiado a ninguno de los dos.
No podía dormir.
Había probado de todo: contar hasta siete, luego hasta setenta, después hasta setecientos. Nada. El colchón era demasiado duro. O demasiado blando. No sabría decir cuál de las dos cosas, pero desde luego no era el mío. Y mi cabeza no dejaba de girar, repasando cada detalle del día.
Bartolo descansaba en la ventana, bañado por la luz de la luna que se colaba entre las cortinas. Al menos uno de los dos mantenía la paz interior.
Me giré otra vez, y la madera de la cama volvió a crujir.
Perfecto. Ahora también tenía que preocuparme por el ruido.
En mi casa todo resultaba silencioso; allí, en cambio, las tablas chirriaban y cualquier movimiento sonaba igual que si alguien estuviera desmontando el mobiliario a martillazos.
Dormir en aquella cabaña se parecía bastante a intentar descansar dentro de un instrumento desafinado.
Además, hacía calor. Demasiado calor. Respiré hondo y conté otra vez.
Entonces oí un susurro fuera.
Me quedé inmóvil, aguzando el oído. Alguien hablaba cerca de mi ventana. Me incorporé despacio; el corazón me latía con más fuerza de la habitual.
Miré el reloj de la mesita y vi que eran las tres y cuarto.
Según un estudio de la Universidad de Oxford de 2023, las personas con trastornos de ansiedad tienen un cincuenta por ciento más de probabilidades de despertarse entre las tres y las cuatro de la madrugada por picos de cortisol. Mi cerebro eligió ese momento para recordármelo. Muy útil.
Me levanté con cuidado, me puse el chaquetón, que era lo único negro que tenía, y abrí la puerta sin hacer ruido. Las voces provenían de la zona de las duchas.
Alguien sensato habría regresado a la cama. Yo no. Y, además, era la sheriff . Aunque el turno de guardia correspondiera a mi compañero, si alguien estaba incumpliendo las normas, tenía la obligación de intervenir.
Entre las sombras distinguí dos siluetas. Una de ellas hablaba con evidente agitación.
Apreté los puños dentro de los bolsillos del chaquetón y me obligué a avanzar. El tic del ojo empezó a palpitar, pero lo ignoré.
Caminé pegada a las paredes de las casetas, manteniéndome oculta, pese a que la luna llena lo iluminaba todo con ese tono plateado que hacía que aquello pareciera irreal, como si estuviera andando por un decorado de película.
Las voces se volvieron nítidas.
—…no deberías haberlo traído.
Era una voz de hombre. Grave. Distorsionada, como si hablara con algo delante de la boca.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo. No nos dará problemas. Era la pieza que nos faltaba —respondió la otra voz.
Mercedes.
Me detuve en seco y sentí que el corazón me daba un golpe contra las costillas.
—Sé perfectamente lo que digo. Esto se te ha ido de las manos. No era el plan.
—El plan sigue adelante. Tú limítate a hacer tu trabajo.
—Mi trabajo no incluye…
—Tu trabajo incluye exactamente lo que yo diga que incluye.
El silencio que siguió pesaba.
Avancé un poco más y me pegué a la esquina de la caseta de las duchas. Desde allí los veía mejor.
Mercedes estaba de espaldas a mí, con la bata puesta sobre el pijama. Enfrente había una figura. Un hombre. Alto, con una capucha puesta, al que no podía verle la cara.
—Hay líneas que no pienso cruzar —dijo él.
—Debiste pensarlo antes de firmar.
—No firmé para esto.
—Firmaste exactamente para esto. Y te están pagando bien.
El hombre dio un paso hacia ella. Mercedes no retrocedió.
—Como alguien salga herido, hablaré.
—Nadie va a salir herido. Todo está controlado.
—¿Controlado? Eso no estaba en el guion.
La doctora tardó un segundo en responder. Cuando lo hizo, su voz ya no sonaba tan firme.
—Eso lo investigaré mañana.
—¿Es posible que alguien más se nos haya colado?
—No seas absurdo. Nadie más tiene acceso.
—Entonces, explícame el destrozo en la caseta del sheriff . Justo en esa.
El aire pareció congelarse.
El hombre giró ligeramente la cabeza y la luna lo iluminó, y pude distinguir una prominente barriga, una nariz chata y una cara enmarcada por unas gafas de pasta que no me cuadraban para nada con alguien que intimidase demasiado...
Memoricé cada detalle.
No lo había visto durante el día. Y dudaba que fuera alguno de los participantes.
—Vuelve a tu puesto —ordenó Mercedes—. Y mantén la boca cerrada. Si esto sale a la luz antes de tiempo, los dos tenemos mucho que perder.
—Tú tienes más que perder que yo.
—¿Eso crees?
El tono de Mercedes se volvió gélido.
El hombre le sostuvo la mirada un instante más y después se dio la vuelta. Caminó en dirección contraria a donde yo me escondía y se perdió entre las sombras de los árboles que rodeaban el recinto.
Mercedes se quedó allí de pie, mirando hacia donde él se había ido. Luego se llevó las manos a la cara y vi cómo sus hombros se sacudían ligeramente.
¿Estaba llorando?
Me quedé paralizada, atrapada entre la necesidad de huir y el miedo a hacer ruido. Si me movía, podía oírme. Si esperaba demasiado, podía verme.
Al final, Mercedes se recompuso. Se ajustó la bata con un gesto mecánico y regresó hacia su caseta.
Esperé y conté hasta siete. Muy despacio.
Cuando estuve segura de que se había ido, salí de mi escondite con las piernas temblándome.
«No deberías haberlo traído». «Si alguien sale herido de verdad, esto se acaba». «¿Es posible que alguien más se nos haya colado?».
Las frases rebotaban en mi cabeza sin encontrar sitio donde posarse.
—Cálmate, Margarita —susurré—. Cálmate.
No funcionó.
Eché a correr hacia mi caseta. No me importó el ruido. No me importó nada. Solo quería estar encerrada, con el pestillo echado, con Bartolo a mi lado proporcionándome la paz que necesitaba.
Cuando llegué, cerré la puerta con tanta fuerza que el golpe resonó en la noche. Me apoyé contra la madera, respirando agitadamente.
—Bartolo, creo que estamos en problemas —murmuré.
Me senté en la cama con las piernas cruzadas, mirándolo.
—He oído a Mercedes discutir con un hombre. Decía que no debería haberlo traído. Que si alguien sale herido de verdad… —Noté cómo la voz se me quebraba—. Bartolo, ¿qué está pasando?
El cactus permanecía inmóvil en la ventana, bañado por la luz de la luna, ajeno a conspiraciones humanas.
—Tengo que contárselo a alguien. Pero ¿a quién? ¿A Francis? Apenas lo conozco. ¿A Chus? Parece amable, pero no deja de ser una desconocida. ¿A Mercedes? Ella forma parte del problema.
El silencio de la habitación se volvió más denso que el calor. Y, por primera vez desde que llegué a la isla, tuve la sensación clara de que no tenía que haber aceptado ir.
Me tumbé mirando al techo mientras la luna dibujaba sombras en las paredes. Las ramas de los árboles se proyectaban contra ellas y se movían con el viento, formando figuras que mi cerebro decidió interpretar como amenazas. Una parecía una mano extendida. Otra, un rostro inclinado sobre mí.
Cerré los ojos con fuerza.
En España, cerca del treinta por ciento de la población adulta sufre insomnio ocasional. Acababa de engrosar la estadística.
Intenté dormir. De verdad que lo intenté. Pero siempre que cerraba los ojos volvía a aparecer la silueta del hombre encapuchado.
Las horas pasaron lentas. Cualquier ruido me sobresaltaba y todas las sombras adquirían un aire sospechoso.
Cuando por fin empezó a clarear y escuché los primeros pájaros, solté el aire que no sabía que había estado conteniendo. Hasta que alguien aporreó mi puerta y yo pegué un grito digno de una película de slasher .
—Jefa, traigo café. Sin novedad en el frente —chilló la voz de Francis al otro lado antes de abrir sin esperar permiso—. Buah, qué mala cara tienes. Parece que la guardia la hayas hecho tú.
—No he dormido bien.
—¿Duermes con el chaquetón puesto?
—Tenía frío.
Me miró de arriba abajo.
—Eres rara de cojones. ¿Te lo habían dicho alguna vez?
—A ver si tú estás aquí por ser el paradigma de la normalidad —repliqué, arrebatándole el vaso y sentándome a la mesa.
Él dejó el suyo, se puso serio y dijo:
—Rubia, tenemos que hablar.
Arrastró una silla y la encajó bajo el pomo de la puerta. Luego empezó a mirar detrás de los muebles, levantar cuadros y revisar cada rincón de la cabaña con una concentración que no le había visto hasta entonces.
El corazón me dio un vuelco.
Ahora era cuando sacaba un cuchillo, me degollaba y me dejaba desangrándome en el suelo mientras mi pobre Bartolo lo presenciaba todo, impotente, desde la ventana.