Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 6
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Capítulo 6

​​ Paco

ra una mezcla entre Jesulín de Ubrique y la Veneno. Ni en carnavales me habría puesto algo así. Llevaba el paquete tan embutido que, si respiraba de más, se me metería en el culo. A mi lado, el disfraz de los Sanmolontropos verdes, del carnaval de Cádiz, resultaba discreto.

​​ Respiré hondo, me encasqueté el sombrero hasta las cejas y recé para que nadie me reconociera en aquel circo. Al pasar junto a una caseta oí a otro desgraciado maldecir y sentí alivio. No era el único incómodo con su papel.

​​ Me asomé por la ventana y vi a la loca del palito gritándole a lo que juraría que era un cactus. A esa ya la podíamos dar por perdida. Ni terapia ni descargas eléctricas le ordenaban el cableado.

​​ «Infiltrado no vas a hacer amigos. Vas a encajar. A parecer uno más». Así que me lo tomé como una misión. Y yo no fallo misiones.

​​ Me acerqué a un corrillo de gente ya cambiada. Para mi desgracia, ninguno llevaba mis pintas.

​​ —¿En el Oeste ya existía Elvis Presley? —preguntó una mujer de senos protuberantes vestida de posadera.

​​ —El rey siempre vive, pequeña —dije, guiñándole un ojo, justo cuando Mercedes pasaba a mi lado y me fulminaba con la mirada—. Yo me lo tiraría.

​​ Recordé rápido que me habían castrado y que ahora mis inclinaciones sexuales iban por otros derroteros. Con lo que conseguí que todos se rieran.

​​ —Hay que tener muy mala leche para ponerme en la cantina —protestaba la tetona, cruzándose de brazos.

​​ —A mí me ha tocado sacar oro del río… ¿Si me guardo algo lo notarán? —preguntó un chaval de veintipocos con más cara de sinvergüenza que yo a su edad.

​​ Me incliné hacia él.

​​ —Hay cámaras.

​​ —No jodas. Pensé que era un farol —dijo otro, con la dentadura torcida y el mejor atuendo del grupo.

​​ —No lo es. Y si hay cámaras, habrá micrófonos. Cuidado con lo que hacéis y con lo que decís.

​​ Antes de poder estrechar más lazos sonó una campana y, por pura inercia, todos volvimos al centro. Una vaquera de infarto sostenía una bolsa de papel; a su lado, una chica de corte de pelo pixie la miraba con preocupación.

​​ Me acerqué. La rubia vestida igual de hortera que yo levantó la vista, y entonces la reconocí. Era la mujer que susurraba a las plantas.

​​ Cuando asumí que mi papel quedaba reducido a un simple monigote, la dejé guiarnos hasta la zona de las vacas. En el último momento la agarré del brazo y evité que se estrellara contra una montaña de excrementos. Me dio un poco de pena, para que veas que en el fondo tengo mi corazoncito.

​​ Lo feo vino después, cuando entramos en la caseta del sheriff .

A ella le había tocado el puesto que yo interpretaría a la perfección.

Cuando Mercedes se fue, descubrimos que en el tablón tirado en el suelo había algunas fotografías.

Debajo de su cara habían escrito una palabra: «mentirosa», y de la mía: «agresivo», el resto no tenían nada.

​​ Su gesto cambió y noté cómo se ponía blanca, más aún, por lo que decidí tomar las riendas sin que se notase demasiado.

Una cosa es hacer el idiota y otra que me tocasen las pelotas y jugasen conmigo.

Guardé todo sin dar explicaciones mientras ella seguía en una especie de limbo, por lo que dudaba que me delatara.

​​ —Deberíamos salir a que te dé el aire, jefa —propuse.

​​ Necesitaba esconder la carpeta.

​​ Asintió y salió conmigo. La del pelo corto apareció dando pisotones.

​​ —Rita, yo así no puedo.

​​ —¿Perdona?

​​ —Mi compañero quiere que hagamos trampa y escondamos pepitas de oro. Me niego a trabajar con él. No llevamos ni media hora y ya me arrastra al lado oscuro. Yo necesito paz, no que me la quiten.

​​ A lo lejos estaba el caco de antes, apoyado en un árbol, y fingía que el mundo no iba con él.

​​ —Quiero que des parte a la doctora.

​​ —¿Cómo? —Rita seguía flotando en su nube.

​​ —¿Y si le damos una oportunidad y hablo yo con él antes? Es muy mono. Seguro que logro que se porte bien —dije, poniendo voz afeminada.

​​ Rita me miró con el ceño fruncido. No se creía ni una coma.

​​ —¿Habrá café? —soltó de pronto.

​​ La chivata y yo nos quedamos mudos.

​​ —Supongo. Id a la cantina y yo me encargo. ¿Le parece, jefa?

​​ Todavía tenía que guardar la carpeta. Y darle un tirón de orejas al aspirante a expulsado número uno.

​​ Asintieron y se marcharon. Una, parloteando. La otra, alejándose cada vez más. La pequeña hablaba, Rita más bien parecía querer escapar. Cuando la alcanzaba, mi compañera aceleraba con más cara de pánico.

​​ Si seguían así, acababan en la playa.

​​ Me apoyé al lado del acusado y le tiré del pañuelo que llevaba anudado al cuello. Se tensó al instante y reculó hasta pegar la espalda al tronco, como si esperara que el árbol se lo tragara.

​​ —Ey, tío… Sé que a lo mejor mi atractivo te ha confundido, y me siento halagado, de verdad, pero no me van los hombres —soltó, nervioso.

​​ Me acerqué más y le hablé al oído.

​​ —Gilipollas. Te he dicho que te están vigilando. Tu compañera duraría medio telediario en la trena… y tú, con ese atractivo, aún menos. Si quieres mantener ese culo intacto, deja de hacer el imbécil y compórtate.

​​ Me separé justo cuando Mercedes pasaba a nuestro lado acompañada de dos armarios empotrados vestidos de seguridad, con porras colgando del cinturón, rumbo a la cabaña del sheriff .

​​ —Y recuerda —añadí en voz alta y delicada—: en época de trinchera, un boquete es un boquete.

​​ La doctora me miró y me sonrió, satisfecha porque me estuviera portando como un buen majara adiestrado para seguirle el rollo.

​​ —Joder, tío, eso no hacía falta. Casi me meo encima —protestó el chaval, llevándose la mano al pecho.

​​ —¿Cómo te llamas?

​​ —Ulises. Uli para los colegas.

​​ —Vale, Ulises. Yo soy Paco. Pero aquí me toca ser Francis. Y vas a ayudarme en todo lo que te pida. ¿Estamos?

​​ Me sostuvo la mirada un segundo. Calculando.

​​ —Trato.

​​ Nos encaminamos hacia la cantina. Tocaba seguir lidiando con la rara y la chivata. Y, si podía ser, evitar que el circo ardiera antes de la hora del café.

​​ Las dos estaban en la entrada, vaso en mano. La chivata seguía hablando sin coger aire. Esa debía de llevar las pilas escondidas en algún sitio.

​​ Sentí la necesidad de fumar, y cuando fui a echar mano al bolsillo de la chaqueta para coger el paquete me di cuenta de que la llevaba puesta Rita.

Me acerqué a ella y extendí los brazos, y dio un chillido de rata mojada que casi nos deja sin tímpanos.

A continuación lanzó un puñetazo que esquivé, y atinó en toda la cara al pobre desgraciado de Ulises mientras la pixie se quedaba blanca y después se descojonaba.

​​ —¿Estás loca? —le solté.

​​ Pregunta absurda, teniendo en cuenta el sitio.

​​ —¡Querías meterme mano! —me acusó.

​​ —Yo no te tocaba ni con un palo.

​​ Vale, puede que con un palo sí.

​​ Di otro paso más mientras a mi espalda escuchaba lloriquear al raterillo, y le señalé el bolsillo de mi chaqueta. Ella abrió mucho los ojos, metió la mano y sacó el maldito tabaco. Sabía que me iba a matar tarde o temprano, pero no me imaginaba que fuese de esa forma.

​​ —Gracias —le dije mientras me encendía un cigarrillo.

​​ —Creo que me ha roto la nariz —se quejó Ulises.

​​ Me giré a mirarlo. La verdad era que el chico tenía una napia considerable, y la salvaje le había acertado en el tabique. Le agarré con dos dedos la nariz y se la moví hacia un lado, a lo que se escuchó un crac bastante desagradable.

​​ Ulises se quedó rígido, y yo solté el humo despacio.

​​ —De nada, guapetón.

​​ La doctora pasó corriendo otra vez en dirección a su caseta, y a mí me dio mala espina. Cuando alguien con bata corre, casi nunca trae buenas noticias.

​​ —Si no me tientas a robar nada más, te perdono —le dijo la chivata a Ulises, dándole un pañuelo para que se limpiara el estropicio, y se marcharon juntos.

​​ —Problema solucionado, jefa.

​​ Rita me miró con esa cara de documental de La 2.

​​ —En España, el tabaquismo provoca entre cincuenta mil y sesenta mil muertes al año. Y unas veintidós mil corresponden a personas que no fuman pero respiran el humo —recitó sin pestañear—. Por no hablar del destrozo que eso hace en tu higiene bucal.

​​ Me quedé un segundo en blanco.

​​ —¿Eres la jefa del INE o qué?

​​ —El Instituto Nacional de Estadística no entraba en mis planes laborales. Aunque esto tampoco. —Se rio sola, soltando un bufidito ridículo y, por desgracia, un poco encantador.

​​ Mal asunto.

​​ —Deberías ir a tu caseta a cambiarte. Me gustaría recuperar mi chaqueta. Es fea, pero tapa —dije, cortando el momento.

​​ —Es verdad. Perdona por lo de antes. No me gusta el contacto físico.

​​ —Pues, para no gustarte, tu puño ha conectado de maravilla con la nariz de Ulises. Buen golpe, por cierto.

​​ No me respondió y se encaminó a su caseta, que, por casualidades de la vida, era la que estaba al lado de la mía.

Entró sin despedirse, y yo aproveché para meter los papeles bajo el colchón, junto al resto de cosas.

Si seguía en modo urraca, al final me iba a salir un bulto sospechoso en la cama. Y no precisamente romántico.

​​ Salí rápido para no levantar sospechas y la vi por la ventana otra vez hablándole al cactus, moviendo las manos con vehemencia y paseándose de un lado a otro del reducido espacio como si estuviera manteniendo una discusión trascendental con una planta.

​​ Por la noche investigaría lo que ponía en el crucigrama; no me pasó por alto que estuviera firmado por el famoso Pedro de Puente, el ídolo de mi hermano, y me maldije por no haber prestado más atención a su dichoso pasatiempo. Las letras nunca fueron lo mío.

​​ —Listo, gracias —dijo Rita cuando salió al fin y me devolvió la estrafalaria prenda.

Se había cambiado de camisa y juraría que ahora llevaba dos, una encima de la otra. Empezaba a pensar que esta mujer estaría más tranquila en un psiquiátrico que aquí dentro.

​​ —¿Te parece si damos una vuelta a ver si alguien necesita ayuda? —propuse.

​​ Aceptó sin discutir.

​​ Detesto los silencios incómodos. Tal vez por eso siempre terminaba liándome con compañeras; prefiero tener la lengua ocupada, en lo que sea. Ya me entiendes.

​​ Entramos de nuevo en la cantina y nos acercamos a la barra. La tetona de antes miraba las estanterías de madera con auténtica desolación.

​​ —¿Te pasa algo…?

​​ —Edurne. Me llamo Edurne, Elvis —bromeó.

​​ Rita se quedó un poco descolocada.

​​ —¿No era Francis?

​​ La ignoré porque no estaba el horno para explicaciones y seguí dándole conversación a la posadera. Todos los cotilleos nacen en los bares y en las iglesias.

​​ —No sé cómo han escogido los puestos, pero estoy a punto de darme por vencida —confesó, apoyando la cabeza en la barra.

​​ —Acabamos de empezar —señaló mi compañera, demostrando que la empatía la tenía guardada en algún cajón con llave.

​​ —Cuéntale a Francis qué putada te ha hecho nuestra querida Merceditas —le pedí con tono meloso, sin salirme de mi papel de amigo íntimo de las féminas.

​​ Si conoces la debilidad del enemigo, ya tienes medio camino hecho.

​​ —Era alcohólica —reconoció sin levantar la cabeza.

​​ —Joder… —se me escapó.

​​ Porque una cosa es poner a prueba y otra muy distinta, meter a un pirómano en una tienda de petardos.

​​ —Los expertos indican que más o menos el sesenta y el ochenta por ciento de quienes completan un tratamiento de entre dos y cinco años logran rehabilitarse con éxito —recitó Rita con esa precisión quirúrgica suya.

​​ —Llevo cuatro —admitió la pobre mujer.

​​ —Pues te queda uno y esta es la prueba final. Además, si estás sobria te enteras de más chismes y luego puedes chantajear mejor —le expliqué.

​​ Levantó la cabeza y sonrió.

​​ —Eso no lo había pensado. ¿Qué os pongo?

​​ —Dos chupitos de tequila, por favor —pedí, consciente de que acababa de acordarse de todos mis antepasados.

​​ A regañadientes, los sirvió. Le tendí uno a la rara para ver si así se relajaba un poco.

​​ —No bebo.

​​ —Es solo para entrar en calor.

​​ —No tengo frío.

​​ —Un sorbo no te hará daño. Después te dejo ser Dora la Exploradora y caerte en todas las boñigas que quieras.

​​ —En España se registran aproximadamente entre cien y ciento cincuenta muertes por reacción aguda al alcohol y…

​​ Como empezara otra vez con las estadísticas, iba a perder la paciencia. Cogí un vaso con cada mano y me bebí los dos chupitos.

​​ —Listo, problema resuelto. ¿Nos vamos?

​​ —No se bebe estando de servicio —añadió.

​​ Y por un segundo valoré seriamente pegarme un tiro.

​​ —Suerte, Francis. La vas a necesitar —me gritó Edurne desde la barra cuando salíamos.

​​ Estaba convencido de que en otra vida hice algo muy grave para merecer esto.