Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 5
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Capítulo 5

​​ Rita

n mi vida me había puesto nada parecido.

Siempre fui la niña introvertida que se entretenía leyendo, haciendo crucigramas, resolviendo sopas de letras y almacenando datos aleatorios que a nadie parecían importarle.

Mi hermana pequeña era mi opuesto absoluto, pero ni siquiera ella se habría enfundado algo así sin que la amenazaran de muerte antes.

—Bartolo, no quiero que digas ni una palabra. Ni un movimiento de tus espinas o te prometo que te quito del sol y te riego como a cualquier otra planta, a ver la gracia que te hace.

No se me da bien tratar con nada que dependa de mí. Sería incapaz de convivir con un animal; requieren demasiados cuidados, demasiada empatía, demasiado contacto. El único que sigue conmigo sin exigir nada es Bartolo, un cactus brújula.

Es una especie protegida por leyes ambientales estrictas en México y en el suroeste de Estados Unidos.

En España, solo algunos viveros especializados pueden vender ejemplares con licencia.

De ciertos cactus, como la biznaga, se extraía tradicionalmente el acitrón, un dulce cristalizado muy usado en la repostería mexicana, especialmente en el roscón de Reyes.

Hoy su producción está muy restringida precisamente para proteger la especie.

Para mí, sin embargo, Bartolo era mucho más que una planta exótica.

Era mi compañero silencioso, mi testigo permanente, el único que no me interrumpía ni me exigía respuestas rápidas.

Me escuchaba sin juzgar y esperaba, paciente, a que cada mañana lo girara unos centímetros hacia el sol, como si ese pequeño ritual fuera nuestra forma particular de entendernos.

Encontré en una percha un pantalón vaquero con tachuelas brillantes, pero al menos la tela era blanca y no rosa. Si alguien me hubiera dicho hacía unas horas que me alegraría de encontrar algo tan níveo, me habría reído en su cara.

El problema vino con el conjunto. Tuve que conformarme con una camisa de cuadros rosa y el dichoso sombrero.

En los papeles especificaban que debía llevar siempre, cuando estuviera en exteriores, la chapa del sheriff para que todo el mundo me reconociera.

La sola idea de que la gente se acercara a saludarme y a socializar me dejó la boca seca y el pulso acelerado.

Noté cómo empezaban a sudarme los sobacos.

Fui directa a la única puerta que había en la caseta, convencida de que sería el baño, para echarme agua en la cara y recomponerme.

Y sí, era el servicio… si se podía llamar así.

Un inodoro estilo letrina de madera que, aun limpio y aparentemente sin estrenar, me dio náuseas, y un barreño metálico con agua. Fin. Ahí acababan las comodidades.

Sentí que el aire empezaba a escasear y que las paredes se estrechaban, como si alguien estuviera ajustando el espacio con una manivela invisible.

Salí fuera casi corriendo y me detuve unos metros más allá, intentando llenar los pulmones sin éxito.

Estaba hiperventilando. En breve me daría un ataque de pánico.

—¡¿Dónde me he metido?!

—Toma, respira aquí. —Oí una voz femenina, y una mano me acercó una bolsa de papel.

Obedecí. Me agaché, apoyé los codos en las rodillas y coloqué la bolsa sobre la boca y la nariz. Observé cómo se hinchaba y se desinflaba, una y otra vez. Ese movimiento rítmico, predecible, exacto, consiguió que mi respiración empezara a acompasarse y que el pánico retrocediera unos centímetros.

Fue entonces cuando me di cuenta de lo estrecho que me quedaba el pantalón.

Me apretaba tanto que tenía la sensación de que cualquier mínima fuga de dignidad saldría disparada por la boca en lugar de por donde correspondía.

La imagen fue tan absurda que me entró la risa.

Y al mismo tiempo se me saltaron las lágrimas.

Me quedé tan solo con el tic nervioso en el ojo y esa sensación extraña de haber ganado otra pequeña batalla contra mí misma. Otra más para la colección.

Una mano apareció en mi campo de visión. La acepté y me ayudó a incorporarme. Al alzar la vista me encontré frente a una chica bajita, morena y delgada, con el pelo mal cortado y una cicatriz en la mejilla que, lejos de afearla, le daba personalidad. Y cierto carisma inesperado.

—Gracias —acerté a decir, soltándola enseguida y dando un paso atrás lo bastante discreto como para que no pareciera un rechazo, aunque lo fuera.

—De nada. Creo que todos estamos un poco nerviosos con esto —le restó importancia, abriendo los brazos para abarcar el recinto amurallado, las casetas y al vaquero que, sentado en la entrada de una de ellas, parecía escapado de un parque temático y completamente ajeno a todo lo que lo rodeaba—.

Me llamo Chus y soy buscadora de oro. Estos son unos cabrones; tengo que devolver cada jodida pepita que encuentre para demostrar que me he reformado. ¿Qué eres tú?

—Soy la sheriff —respondí, encogiéndome de hombros.

—Buah, tía, tienes que ser muy chunga para que te hayan puesto de jefa —alucinó, interpretando mi silencio como dureza en lugar de pánico social.

No me dio tiempo a corregirla, porque una campana desagradable empezó a sonar y la gente salió de las casetas para formar un círculo… justo a mi alrededor.

Perfecto.

La voz amplificada de Mercedes resonó por todo el recinto, y eso consiguió que dejaran de mirarme.

—Buenos días, queridos usuarios. Como ya sabéis, estamos en una terapia beta que espero que os ayude y os dé ese pasito que os falta para conseguir lo que tanto queréis.

Cada uno tiene las instrucciones de su rol y no podéis saliros de él bajo ningún concepto.

Quien acumule tres penalizaciones será expulsado y, por tanto, volverá a la casilla de salida en su vida o, en algunos casos, retrocederá aún más.

Hubo un murmullo leve. Y yo tragué saliva.

—Confío en todos vosotros y sé que lo haréis a la perfección.

Estaré en la caseta de enfermería, pero las visitas restarán puntos, y quien se quede sin ellos también abandonará la isla.

La idea es que lo logréis solos. No obstante, tenéis la tranquilidad de saber que estaré vigilando vuestros pasos por si fuera necesario intervenir.

Lo de «vigilando» no me gustó.

—Bienvenidos. Que empiece a tener vida nuestro pequeño pueblo del Oeste. ¡Yiiiiii-ja!

El «Yiiiiii-ja» sonó tan impostado que me dieron ganas de volver a hiperventilar.

Alguien vestido de vaquero —pero de vaquero normal, no de payaso con lentejuelas como yo— empezó a repartir panfletos. Cuando me tocó el mío, lo guardé para memorizarlo después.

—Hola, ¿eres Rita? —me preguntó un hombre con mis mismas pintas. Bueno, siendo justos, las suyas eran aún peores que las mías. Además, tenía un tono de voz extraño, como si se hubiera quedado a medio camino entre la pubertad y la edad adulta.

Me quedé muda. Tenía unos ojos que me resultaban familiares, aunque no sabía de dónde.

—Me llamo Francis y, me temo, soy tu ayudante —me informó, señalándose una estrellita como la mía, pero más pequeña y plateada en lugar de dorada.

Por descarte y pura deducción, aquel pobre debía de tener el mismo problema que yo con la gente, así que intenté ser amable.

—Sí, compi. Nos lo vamos a pasar genial. ¡Yiiiiii-ja!

Me miró con el ceño fruncido y, en ese instante, deseé que la tierra me tragase por imbécil.

—¿Quieres que vayamos a ver nuestro lugar de trabajo? Me hace muchísima ilusión. —Aplaudió y dio unos saltitos vergonzosos.

Bueno, entre psicópatas nos entendíamos, ¿no? Al menos no haría el ridículo yo sola ni delante de alguien importante.

Esa es la actitud, Margarita . Tú puedes , me animé mentalmente.

Cogí el plano y le indiqué a mi extraño compañero por dónde creía que era. Te aviso desde ya que el sentido de la orientación no es lo mío. Sé perfectamente dónde está el norte y cómo localizarlo, pero luego aplicarlo en la práctica es otra historia.

Pasamos junto a otros usuarios que formaban corrillos y hablaban. Algunos parecían animados; otros discutían, probablemente quejándose de sus trabajos. No era para menos si nos habían hecho la misma encerrona a todos.

—Perdona, Rita, cariño —me detuvo Francis con una voz melosa y demasiado aguda. Cada vez que hablaba parecía probar un tono distinto—. Creo que te has equivocado de camino.

—No, es por aquí, mira —le indiqué, señalando el plano.

—Estoy convencido de que no es por ahí —insistió, esta vez apretando los dientes con una sonrisa que parecía más una urgencia fisiológica que amabilidad.

Un pitido sonó desde un árbol cercano y la voz de Mercedes nos alcanzó como si estuviera a nuestro lado.

—Francis, le recuerdo que debe seguir las reglas del juego. Esta es la primera advertencia. No habrá más.

Leí en sus labios un insulto de los gordos y no pude evitar sonreír.

—No, perdona, estaba equivocado. Vamos bien —rectificó de inmediato.

—¿Seguro? No me importa que me digas por dónde es.

—Seguro. Vamos a oler de maravilla... —susurró lo último tan bajo que casi no llegué a oírlo.

Consideré que ya había sido lo suficientemente sociable por un día, así que seguí mi instinto. No mi nariz, porque de haberla seguido probablemente habría acabado en cualquier sitio menos donde lo hicimos.

Estaba mirando el mapa, cuando sentí que el pie no tocaba suelo y que alguien me sujetaba con fuerza por la parte trasera de la camisa. Grité. Al alzar la vista vi el socavón abierto ante mí, oscuro y con un hedor que subía directo al alma.

—¡Mierda!

Volví a tierra firme moviéndome con dignidad cuestionable.

—En eso sí has acertado —se mofó mi ayudante.

Anoté mentalmente que aquella relación laboral tenía fecha de caducidad.

Nos habíamos equivocado. Bueno, más bien yo lo había hecho. Nos encontrábamos justo en la zona donde acumulaban los excrementos. Estuve a un paso de convertirme en croqueta de caca humana. Respiré hondo y le di las gracias sin ganas.

Francis sonrió.

Entonces noté su mirada. Bajé la vista, siguiéndola. El botón de mi camisa había decidido independizarse y mi escote ofrecía más información de la necesaria. Él apartó los ojos, se quitó la chaqueta y me la tendió.

—No queremos toros con iniciativa, jefa.

Me la puse sin replicar. Señaló el camino con discreción y recalculamos la ruta. La caseta del sheriff estaba prácticamente al lado de las demás. Lógico.

Al llegar al porche vimos que la puerta estaba entreabierta.

—¿No deberíamos avisar a alguien? —susurró.

Empujé la puerta y esta chirrió.

El despacho era un campo de batalla: papeles por el suelo, escritorio volcado, cajones arrancados. Y en la pared, escrito con algo rojo que deseé que fuese pintura:

Bienvenidos al juego. Alguien va a morir.

Francis soltó un juramento que ruborizaría a un marinero. Las cámaras pitaron y Mercedes apareció en menos de un minuto, con la bata mal cerrada, sin aliento.

—¿Qué ha pasado?

—Eso me gustaría saber —respondí, notando el tic en el ojo—. ¿Quién ha estado aquí?

—Nadie. Las cámaras lo habrían grabado.

—Pues alguien ha querido saludarnos —añadió mi compañero.

Mercedes activó el walkie .

—Código rojo. Reunión en cinco minutos. —Se guardó el comunicador y nos miró—. Borrad eso y dejad todo en orden, por favor.

Nos lo pidió midiendo su temple de nuevo como si nada hubiese sucedido. Se marchó y nos dejó allí en silencio.

Decidí que era mejor ponerme manos a la obra que dialogar. Mientras yo empezaba por el fondo, Francis lo hacía por la entrada.

Lo que me llamó la atención fue el tablón de corcho volcado al revés en el suelo. Le di la vuelta y me percaté de que había fotos.

Me acerqué despacio, con el corazón acelerándose.

Eran fotos antiguas de los usuarios. Mías del instituto, con el pelo recogido en una cola alta y una sonrisa que ya no recordaba tener.

De Francis en lo que parecía un uniforme de policía, serio.

De Chus con el pelo hasta los hombros, sin la cicatriz.

—¿Qué coño es esto? —murmuró él.

Debajo de nuestras imágenes había dos palabras en tinta roja:

MENTIROSA.

AGRESIVO.

La mía estaba en el centro, más grande que las demás. Intenté arrancarla, pero, cuando tiré con fuerza y cayó al suelo, descubrí algo detrás. Otro papel más pequeño y doblado. Lo abrí con manos temblorosas para descubrir que era un crucigrama incompleto.

1. Vertical: «Rita» (7) MENTIROSA.

2. Horizontal: «Francis» (2) AGRESIVO.

3. Horizontal: «Chus» (12).

Y así, casilla tras casilla, junto a cada nombre aparecía el número de la entrada que ocupaba en el crucigrama. Supuse que las definiciones asociadas a cada una los describían a ellos del mismo modo que la mía me describía a mí.

Firmado con mi seudónimo en letras cursivas, pero yo estaba segura de no haber hecho eso.

—Mi hermano es fan de este tío —comentó Francis, leyendo el papel por encima de mi hombro. Demasiado cerca.

Antes de que pudiera reaccionar, se movió rápido. Arrancó las fotos y lo guardó todo en una carpeta.

Cuando se dio cuenta de que no me había movido un milímetro, se giró y se llevó los dedos a los labios, haciendo la señal universal de silencio. Al momento se acercó y me susurró al oído:

—No queremos que esta información caiga en manos indebidas, ¿verdad, jefa?

Me puso los pelos de punta. Y me creó una desconfianza que nunca había sentido por nadie.