Capítulo 4 #2
Llegué temprano al muelle y me dediqué a observarlo todo desde la distancia, como si estuviera trabajando. Podrás sacar al policía de las calles, pero jamás sacarás las calles de la cabeza del policía.
Mientras el mar se movía tranquilo frente a mí y me relajaba como hacía tiempo que no conseguía, vi aparcar un coche oscuro.
De él bajó una mujer tapada como si fuese rumbo a Siberia en lugar de a una isla del Mediterráneo.
No hacía frío para tanta tela. Yo iba en manga corta y solo llevaba una chaqueta por si refrescaba al anochecer.
Cuanto más la observaba, más curiosidad me despertaba.
Llevaba un transportín que sujetaba con un cuidado casi exagerado, como si dentro viajara algo de cristal, y se mantenía apartada del resto, evitando miradas y distancias cortas.
Su actitud era, como poco, sospechosa. Así que decidí no quitarle el ojo de encima.
Estuve a punto de quedarme en tierra por vigilarla demasiado.
Cuando por fin entró en el comedor del barco, la seguí con disimulo y me senté a unos metros de ella.
Me puse las gafas de sol, desplegué un diario y me cubrí media cara con él.
El periódico estaba abierto justo por la sección de crucigramas, los mismos que tanto le gustaban a Manolo.
Reconocí enseguida el nombre de su héroe y no pude evitar sonreír.
En ese instante comprendí que los echaría de menos más de lo que jamás admitiría en voz alta.
Volví a fijarme en la mujer. Algo en su gorro me llamó la atención.
Entre el tejido asomaba una cucharilla de madera enredada en la lana, un detalle extraño que me resultó familiar.
Até cabos despacio y, por primera vez desde que había aceptado aquel encierro absurdo, sentí cierto alivio al pensar que ya conocía a una de las locas que me acompañarían.
La verdad era que se lo habían currado. El recinto estaba amurallado como si fueran a meter dentro a los dinosaurios de Jurassic Park , tiranosaurio rex incluido.
Cuando vi al tío vestido de vaquero me quedé de piedra, pero al entrar en la caseta que me tocaba y comprobar que al menos tendría una mínima privacidad solté un suspiro de alivio.
En principio parecía que allí dentro no había cámaras, no como en el resto del recinto, donde estaban camufladas entre el follaje para que no resultaran incómodas y cualquiera que no supiera un poco de seguridad las pasara por alto.
Estaba escondiendo mi botín medio erótico, medio defensivo debajo del colchón, cuando Mercedes irrumpió como un huracán, sonrisa de oreja a oreja y un montón de carpetas apretadas contra el pecho.
—¡Paco, qué alegría verte! Albergaba mis dudas de que al final te arrepintieras.
—Tampoco es que me hayan quedado muchas opciones —ironicé, disimulando que comprobaba la firmeza del colchón—. ¿Quieres que lo probemos? Tengo la espalda regular y el médico me ha ordenado que revise si la cama aguanta el peso de dos personas.
—No ha colado, pero me siento halagada. Estás guapísimo, por cierto.
—Tú también —le seguí el juego.
—Ven, anda, que no queda mucho tiempo y tienes que aprenderte esto —me cortó el rollo mientras se acomodaba en una de las dos únicas sillas de la estancia.
Me senté frente a ella, resignado.
—Es fácil, te lo resumo rápido. Te llamarás Francis.
Puse mala cara.
—¿Francis?
—Sí. Serás el ayudante gay de la sheriff .
—¡¿El qué?! —Me levanté de un salto y la silla salió volando hacia atrás—. Y una polla como una olla.
—No puedes hablar así, recuerda lo que te juegas.
—Vamos, no me jodas, Mercedes. ¿No había ninguna otra cosita disponible?
—Quedaba libre ese y el de mamporrero de reses. ¿Cuál prefieres?
—Ya era hora de que saliera del armario… —dije en falsete, e hice un ademán con la mano.
—Sabía que entrarías en razón. —Sonrió, y te juro que vi un brillo de malicia en sus ojos. La muy cabrona estaba disfrutando de lo lindo.
—No veo cómo me va a ayudar ese papel a recuperar mi carrera.
—Vas a ser el ayudante porque necesitas aprender a obedecer órdenes de tus superiores, aunque tengan menos experiencia que tú. Estás demasiado acostumbrado a hacer lo que te da la gana y a pasarte las normas por el forro.
—Hombre, mirándolo así… ¿Y lo de homosexual?
—Ya te dije que no puedes mantener relaciones con tus compañeras. ¿Me recuerdas cuántas han pedido un traslado o la baja después de acostarse contigo?
—Mmmm.
—Exacto. Adiós a la heterosexualidad y a conseguir cosas por tu cara bonita. A partir de ahora serás algo más que un pene sonriente.
Solté una carcajada al imaginarme a mi amigo con dientes y gafas de sol.
—Vale, te lo compro también —refunfuñé, porque, muy a mi pesar, tenía razón.
—Te dejo para que te cambies. En cuanto suene la campana os quiero a todos en el patio central. ¡Esto va a ser genial! —concluyó, igual de feliz que una niña el día de Reyes.
—Sí, espectacular…
Se marchó y casi me eché a llorar cuando terminé de leer las cláusulas de la mierda que tenía que hacer. Pero nada comparado con lo que sentí al abrir el armario.
Eso no era un vestuario. Era una explosión nuclear de brillo, lentejuelas, rosa y azul eléctrico. Yo creo que ni en una producción porno ambientada en un carnaval de Río habría tanto exceso junto.
Me quedé mirando el conjunto unos segundos largos, procesando la cantidad indecente de brillo que tenía.
—Mamá, esto lo hago por ti, porque si llega a ser por mí lo iba a hacer Panete…
Suspiré, agarré la prenda menos ofensiva del armario y me la puse con la resignación de un condenado que sabe que al menos va a salir guapo en la foto policial.