Capítulo 4
Paco
n cuanto salí de allí me encendí un cigarro y fui al coche a cagarme en todo lo cagable.
En el cristal había un papelito de una multa al que, por supuesto, hice una bola y metí en la guantera para que les hiciera compañía al resto, que ya abarrotaban el reducido espacio y con los que pensaba limpiarme el culo cualquier día.
Mi cabeza le daba vueltas a mil cosas. No tenía claro qué debía hacer ahora. Lo primero fue abrir la ventana para ventilar un poco porque me estaba dando asco a mí mismo, y mira que dicen que ningún cagado huele su mierda… pues yo ya me debería estar descomponiendo, fíjate lo que te digo.
—Venga, Paco, tú puedes con esto y con más. Solo vas a estar encerrado con un montón de majaras y te van a poner a hacer el gilipollas durante quince días. Por peores cosas has pasado —me animé en voz alta para creérmelo.
Aparqué debajo de mi casa y me agaché para atarme los cordones. Entonces me llegó una señal divina de que había tocado fondo.
Mi vecina de arriba pasó por mi lado paseando su bola de pelos blanca. El animal se alejó como si hubiera visto al que inventó los perritos calientes y ella me tiró una moneda de dos euros al lado.
¡Dos euros!
Si me hubieran grabado en ese momento, me habría viralizado como meme.
Cogí el dinero, porque dejarlo en el suelo traía mala suerte y ya lo que me faltaba era que empeorase la cosa, y subí a casa para darme una ducha y desinfectarme con amoníaco, por si la mierda que llevaba encima era ya institucional.
Lo siguiente fue ponerme en modo maruja. Música alta. Ventanas abiertas. Lejía a ráfagas. No te puedes imaginar la cantidad de mierda que se puede amontonar después de gastarte dos sueldos que no tienes en comida basura y alcohol.
Cuando terminé, la casa parecía otra. Yo no.
Me asomé a la ventana y respiré aire fresco para insuflarme oxígeno porque, con la cantidad de lejía que había usado, en breve o me moría o veía dragones en el salón.
—¡He vuelto! —chillé a pleno pulmón.
Vivo en un primero. Ese pequeño detalle explica lo que vino después.
Mi vecina la filántropa pasaba justo por debajo. Se llevó el susto de su vida, bola de pelos incluida. La criatura se zafó de la correa, y lo último que vi fue la cuerdecita girando en la esquina con una señora en bata de lunares corriendo más que Forrest Gump con crisis de identidad.
Si es que yo lo intentaba. Pero el mundo me lo ponía complicado, en serio.
Fui al barbero, y cuando me vio las pintas de náufrago se frotó las manos y en sus ojos apareció el símbolo del euro.
Una hora —y más roces de los estrictamente necesarios— después, salí de allí pareciéndome al Ken.
Ahora me tocaba ir a casa de mi madre a comer con el resto de la familia, porque si desaparecía quince días sin avisar pondría patas arriba medio planeta hasta encontrarme. Y no era plan de darle ese susto a una mujer que ya tenía una edad… y una zapatilla y puntería de francotirador.
Pillé el pan en la tienda de al lado y llamé al timbre.
—No queremos comprar nada, perdona —dijo mi hermano al abrir.
Y me cerró la puerta en las narices.
Después se oyó una risa, un grito, un golpe seco que identifiqué como colleja reglamentaria y una protesta digna de sindicato. Pasos. Chillidos.
La puerta volvió a abrirse y dos pequeñas gremlins se lanzaron a mis piernas, quedándose pegadas como Epi y Blas en una cama de velcro. Tuve que avanzar por el pasillo arrastrándolas, una en cada tobillo, mientras gritaban mi nombre como si hubiera vuelto de la guerra.
—Imbécil —le dije al que, según nuestra progenitora, compartía genes conmigo, y le estampé la bolsa del pan en la cabeza.
—¿Sabéis qué edad tenéis? —nos amonestó mi enorme cuñada.
Tuve que pegarme a la pared como una lagartija en pleno agosto para que pasara. La barriga iba con matrícula propia.
—No sé cómo todavía quieres seguir teniendo más descendencia con ese —ironicé, señalando el bombo.
—Vamos a por el niño, colega. Hay que dejar la huella de los Moya en esta tierra —soltó mi hermano, inflando pecho igual que si estuviera fundando una dinastía.
—La paguita que te dan por él es alta, ¿verdad? —le pregunté a Ana, que ya había conseguido llegar a la silla de la cocina y encajar el culo en ella con gesto de triunfo.
—Francisco, deja a tu hermano tranquilo —me riñó mi madre, para, a continuación, propinarme un tortazo en la nuca—. Estás guapísimo, cariño —añadió justo después, demostrando que la bipolaridad era cosa de familia.
—¿Comemos? —preguntó el pozo sin fondo de mi cuñada.
Y por una vez en mi vida no pude estar más de acuerdo. Mi estómago llevaba días en huelga y me pedía alimentarlo con algo que no viniera envuelto en plástico o acompañado de arrepentimiento.
—Venga, suéltalo ya —me apremió el cabrón de mi hermano.
Manolo tenía una perspicacia fuera de lo común.
Éramos gemelos, y ahí terminaban las coincidencias.
Resultaba imposible encontrar dos tipos más distintos.
Yo seguí la tradición familiar y me metí en la Policía; él optó por la biblioteca y decidió pasar la vida con la nariz sumergida en los libros.
Se movía entre estanterías con la misma soltura con la que yo patrullaba entre sirenas.
—No sé a qué te refieres —disimulé, porque no era el momento de soltar la bomba.
Mi madre me miró, frunció el bigote y entrecerró los ojos. Y ahí supe que estaba perdido. Me había pillado.
—¿Sabes lo que hacen con los chivatos en la cárcel? —le advertí a Manolo.
—¿Qué hacen, tito? —preguntó mi sobrina Paula, que tenía el mismo radar que su abuela—. ¿Les cortan la lengua? —Nueve años tenía la criatura…
—Eso, tito, ¿qué hacen? —repitió Manolo, imitando la voz de su hija con una sonrisa de imbécil profesional.
Lo tenía justo enfrente y aproveché la posición para atizarle una patada por debajo de la mesa, pero en lugar del quejido que esperaba se oyó un maullido y el gato salió disparado de la cocina como si lo hubieran lanzado con tirachinas.
—¡Ratoncito! —chilló Lucía, mi otra sobrina, y se fue detrás del animal.
—¡Yo lo curo! —exclamó la mayor, saliendo también, dejándome solo ante el pelotón de fusilamiento familiar. Lo que yo te diga, el mundo me andaba jodiendo por detrás sin vaselina ni besitos en los preliminares.
—Cuenta qué pasa —aprovechó Pepa, mi madre, para iniciar el interrogatorio.
—Mamá, ¿no puede venir tu hijo pródigo a comer con la familia sin que tenga que haber pasado algo?
—No, Paco, no cuela, y yo no tengo el chichi para farolillos. Larga ya, que me estoy meando y no quiero perderme el drama —dijo mi cuñada.
—Ana, estoy seguro de que mi hermano se enamoró de ti por tu delicadeza.
—Francisco Javier Moya Jiménez.
Cuando mi madre usaba el nombre completo era porque el juicio empezaba sin abogado defensor.
—Vale, me tengo que ir unos días a una misión secreta y no podré ponerme en contacto contigo —mentí a medias.
—¿Te van a ascender? ¡Ay, qué alegría más grande, hijo! Si tu padre pudiera verte… —se emocionó, llevándose la servilleta a los ojos.
En ese momento me sentí como una mierda, pero no podía contarles la verdad. En unos pocos días todo estaría solucionado, así que ¿para qué darles el disgusto?
Cuando terminamos de comer nos fuimos al salón a ver La novia cadáver , yo me apreté en el sofá con mis sobrinas y el bombo de mi cuñada, y mi hermano se sentó en el sillón de mi padre y se puso con los estúpidos crucigramas que tanto le gustaban.
Creo que tenía hasta un grupo de Telegram con gente igual de friki que él y competían, o algo parecido.
No me preguntes, que no tengo ni zorra idea.
—¡Sí! ¡Lo tengo! —gritó de pronto, justo cuando Víctor acababa de ponerle el anillo a Emily.
Las niñas y yo le lanzamos cojines a la cabeza al mismo tiempo. Amaba a esas pequeñas demonios.
—¡Papá, calla! —protestó Paula.
Él se encogió de hombros con toda la dignidad que le quedaba.
—Lo siento, cariño, papi está haciendo una cosa muy importante y acaba de conseguir que el resto de sus amigos se metan la lengua en el cu…
No terminó la frase. Ana le propinó una patada en las pelotas con precisión militar, y mi hermano se dobló y me dolió hasta a mí.
—Lo mismo os quedáis solo con tres criaturas —me burlé.
Mi cuñada me miró como la niña de El exorcista el día que se enteró de que Chucky ya estaba pillado y no quedaban demonios libres en el mercado.
—No lo entiendes, imbécil. El primero que hace el crucigrama de Pedro de Puente se anota el tanto y, a final de mes, el que ha ganado más puntos se lleva el bote.
—¿En serio adultos responsables con canas en los… —rectifiqué a tiempo antes de que me dejasen eunuco a mí también— «bolindres» hacéis eso?
—Estamos hablando del misterioso y gran Pedro de Puente, chaval. ¿Sabes la de gente que hay intentando saber algo más sobre ese tío? Es un coco, una eminencia, el Máster del Universo de las letras.
—Vamos, que si te lo encuentras, te lo tiras.
—¿A quién nos vamos a tirar, tito? —preguntó Lucía.
Esta vez el cojinazo me lo llevé yo.
Después de una sobremesa en la que recibí más patadas en el estómago que en toda mi vida cuando las dos gremlins empezaron a saltar sobre mí tras la muerte de Lord Barkis Bittern, mi cuñada salió disparada al baño a vomitar al ver el gusano asomando por el ojo de la novia cadáver y yo aproveché el caos general para escabullirme.
Logré escapar sin que nadie sospechara nada. Pero me fui con un nudo en el estómago que no tenía que ver ni con la comida ni con los golpes, sino con esa sensación incómoda de estar engañando a la única gente que siempre había estado de mi lado.
El día y medio que me quedaba libre lo usé para intentar centrarme y no volverme loco. Lo de no tener que llevar nada para el viaje me estresaba, así que cogí una mochila y metí dentro la pistola que era de mi padre, las esposas, dos cajas de preservativos, un lubricante y algunos calzoncillos.
Vale, lo mismo me estaba viniendo un poco arriba, pero por si las moscas no pensaba quedarme con el calentón. Podía ser un poquito irascible, pero responsable.