Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 3
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Capítulo 3

​​ Rita

espués de cruzarme con el imbécil a la salida de la consulta, lo último que necesitaba era seguir soportando a más gente.

Paré un taxi y me senté con cuidado, observando el asiento con una mezcla de desconfianza y asco contenido. No es que sea tan escrupulosa como estás pensando. Es que uno de los objetos perdidos más reportados por los taxistas son las dentaduras postizas. Y eso dice mucho de la humanidad.

Porque una cosa es quitarse los zapatos para ir más cómodo —lo cual ya me parece una cerdada importante— y otra muy distinta es alcanzar un nuevo nivel evolutivo y desprenderse de los dientes.

Hay gente que se los saca, los deja ahí, tan tranquila, en el asiento de al lado, y luego se va a su casa sin ellos. Como si nada.

No suelo coger muchos transportes públicos. Y no te voy a contar qué otras cosas encuentran en ellos, por si es la única forma que tienes de desplazarte y aún conservas algo de fe en el ser humano.

—Bartolo, no te puedes imaginar el día que he tenido hoy. Espera, me ducho rápido y te cuento —le dije a mi amigo mientras me iba desvistiendo y metiéndome en la ducha.

No conseguía sacarme de la cabeza la mirada atónita del tipo torpe.

Lo mínimo habría sido deshacerse en disculpas, pero no.

Se quedó plantado, con cara de lerdo y una sonrisa fuera de lugar.

Al fijarme mejor, sin embargo, había algo más allí.

Una tristeza en los ojos que me resultó demasiado familiar, la misma que me devolvía el espejo más veces de las que reconocería en voz alta.

Puede que fuera por eso que no exploté del todo. La sorpresa cortó el ataque de raíz. El ojo se movió un poco, pero ahí se quedó.

Me anoté mentalmente que, cuando regresara a por mis papeles del alta, tendría que llevarle algunos dulces a don Javier por haber sido una grosera con él.

Después de relajarme en la ducha, me puse el pijama y me senté en el sofá con mis herramientas de trabajo delante.

Sí, me pagaban por ello, pero eso no significaba que no lo disfrutara.

Hay mucha gente que no encuentra ningún tipo de nirvana mientras se gana el sustento, y yo era una de las pocas afortunadas.

Ese pensamiento me llevó, inevitablemente, a mis padres.

Tenía que llamarlos para darles las gracias por aquella nueva jugada, así que cogí el teléfono antes de arrepentirme.

Tras unos tonos, la voz de mi padre respondió al otro lado.

—Margarita, hija, ¿estás bien?

Que su primera reacción al ver mi número fuera pensar que me estaba muriendo decía más de mí de lo que me gustaría admitir.

—Sí, padre. Estoy todo lo bien que se puede estar después de lo que habéis hecho.

—Cariño, la doctora nos aseguró que era el último paso para que por fin quedaras libre de todo. ¿Qué habrías hecho tú en nuestro lugar?

No pude llevarle la contraria. Sabía que Mercedes podía resultar muy convincente cuando se lo proponía.

—Os llamaba para deciros que en dos días me voy a la terapia y que estaré allí incomunicada otros quince.

—¿Necesitas algo? ¿Quieres que vayamos a verte? ¿A despedirte?

Sus preguntas, cargadas de pena, transformaron mi enfado en remordimiento.

—No. Estaré bien, gracias.

—De eso estoy seguro. Eres una campeona y la mujer más luchadora que conozco. Solo te falta una cosa para ser perfecta, Margarita.

—¿Qué?

—Ser feliz, cariño. Ser feliz.

En cuanto pronunció esas palabras, noté cómo los ojos se me nublaban y un nudo se me quedaba atrapado en la garganta. Si decía algo más, la voz se me rompería, y no quería preocuparlo.

—Cuando vuelva iré a veros —concluí, y colgué antes de darle margen para seguir.

¿Cómo haces una maleta sin hacerla? Es decir: la doctora había dicho que no era necesario que me llevara nada, pero ¿tendrían allí lo mínimo para que una persona sobreviviera sin perder del todo la cabeza?

Porque una cosa es viajar ligero y otra, muy distinta, lanzarte al vacío con una sonrisa terapéutica.

Decidí no ser tan cuadriculada por una vez y dejarme llevar. El símil me hizo gracia.

Porque, por supuesto, la regla y el cuaderno de anotaciones sí iban a venir conmigo.

Eso no entraba en negociación. En el día y medio de margen que me habían dado apenas dormí unas pocas horas: tuve que adelantar trabajo para quince días.

Una locura, incluso para mí. Pero no estaba dispuesta a perder mi puesto.

Sabía que había demasiados buitres esperando que cometiera el mínimo error para ocuparlo.

Por eso firmaba como Pedro de Puente y no con mi nombre real.

Por mucho que se diga lo contrario, la discriminación sigue existiendo, y en mi trabajo se nota.

Puedes pensar que hacer crucigramas es sencillo.

No lo es. Tienes que saber hasta dónde tensar la cuerda para que quien resuelve llegue al final sin sentir que le han regalado nada.

Tiene que costar. Lo justo. Lo suficiente para que, al terminar, se sienta orgulloso.

Tengo compañeros de cuadrículas que hacen trampas y luego se creen eruditos de las letras. No es mi caso. Yo soy buena en lo que hago. Las palabras no fallan. No engañan. Pueden tener varios significados, pero siempre dicen la verdad si sabes colocarlas en su sitio.

Al final opté por una maleta mediana. Metí ropa interior, un par de pijamas, algo de ropa de deporte, mis herramientas de trabajo y poco más. No era una persona materialista, y la poca decoración de mi casa lo dejaba claro.

Cuando me convencí de que ya no podía hacer nada más, miré el reloj y esperé hasta que fueron las ocho menos cuarto. Al ir a ponerme el chaquetón noté algo raro enredado en los pelos de la capucha. Era un palito de madera atrapado entre ellos, hecho un nudo imposible.

Había pasado por la lavadora y la secadora, y, aun así, seguía ahí. Resistiéndose. Aferrado a existir con más empeño del que yo tenía en ese momento.

Lo dejé donde estaba. Si no te acercabas mucho, no se veía. Y esperaba no tener a nadie tan cerca como para que lo notara. Tal vez sí estaba para encerrarme si me daba pena tirar un palo, pero justo iba a eso: a intentar reajustar la cabeza. Paso a paso.

Metí a Bartolo en su transportín y bajé con los nervios a flor de piel, deseando que cuando regresara todo aquello se hubiera acabado de una vez por todas.

Lo primero que me enfadó fue que Mercedes no cumpliera su palabra. Ni su horario.

Cuando salí a la calle vi un coche negro aparcado justo delante de la puerta.

El conductor bajó en cuanto me vio y se acercó para preguntarme mi nombre.

Antes de subir le pedí que se identificara y le hice repetir por qué la doctora no estaba allí.

Creo que llegó a explicármelo unas diez veces.

Según él, se había adelantado para preparar mi llegada.

Al final terminó convenciéndome; tampoco es que me quedaran muchas más opciones.

Me acomodé en el asiento trasero con la maleta pegada a un lado y el transportín apoyado sobre las piernas.

El trayecto se alargó más de lo que había previsto. Todo iba razonablemente bien hasta que el sonido de las gaviotas se coló por la ventanilla entreabierta y el olor a sal invadió el interior del coche.

No me gustaban los barcos.

En el sector de la náutica de recreo, en 2024 se vieron implicadas dos mil trescientas cincuenta y nueve embarcaciones en accidentes o situaciones de emergencia. Mi cerebro se aferraba a ese tipo de datos con una devoción absurda, como si fueran salvavidas.

Cuando el coche se detuvo y vi el muelle, el pánico me apretó el pecho. Había varias personas esperando con maletas y, a lo lejos, un ferry se acercaba lentamente hacia el embarcadero. Me temí que venía a recogernos.

Bajé del coche agarrando el transportín con fuerza y me coloqué al final de la fila sin mirar a nadie, con la cabeza inclinada hacia Bartolo. Su quietud me daba la calma que necesitaba. El resto de la gente hablaba entre sí y hasta oí alguna risa chillona que me hizo fruncir el gesto.

Cuando comenzaron a subir al barco, estuve a punto de quedarme allí.

De pie. Mirando cómo mi futuro y mi libertad se alejaban balanceándose sobre las olas.

Pero alguien me llamó desde la cubierta y no tuve más remedio que contar hasta siete, respirar hondo y subir por el portalón con las piernas temblando.

Una vez dentro, me refugié en una esquina del comedor, lo más apartada posible.

Mantuve la vista fija en la mesa. No quería mirar el agua ni pensar en estadísticas catastróficas.

En algún momento noté esa sensación incómoda que aparece cuando alguien te observa, y tic hace que se mueva el ojo.

Apreté los dedos alrededor del asa del transportín hasta que me dolieron los nudillos.

Cuando la isla apareció en el horizonte, solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

Esperé a que todos desembarcaran antes. Cuando por fin pisé el muelle ya me sacaban varios metros de ventaja, pero no me importó. Prefería ir detrás, sin nadie respirándome en la nuca.

Avanzamos por un camino corto y, de pronto, el paisaje cambió de golpe. Ante nosotros se alzaba un recinto rodeado por grandes muros de piedra. La escena me recordó demasiado a El corredor del laberinto . Aquello, desde luego, no tenía pinta de vacaciones pagadas.

Una vez dentro, nos hicieron colocarnos en una explanada. Fue entonces cuando apareció un hombre vestido con algo que solo podía describir como un disfraz del Oeste. Llevaba un sombrero, chaleco y botas. Todo el conjunto. Me faltó el caballo para terminar de procesarlo.

El figurante sacó una lista y empezó a decir nombres.

Cuando alguien respondía, le señalaba una de las casetas de madera repartidas por el recinto. Todas iguales. Todas pequeñas. Todas separadas entre sí lo justo para que no nos molestásemos los unos a los otros.

Tras decir el mío, levanté la mano, y apuntó a una situada en un lateral.

Cogí el transportín y avancé hacia ella con menos convicción a cada paso.

Antes de dispersarnos nos dio las únicas instrucciones que parecían importar.

Dijo que nos pusiéramos cómodos y que no saliéramos de las casetas bajo ningún concepto.

La doctora pasaría a vernos en breve y sería ella quien nos explicaría qué teníamos que hacer a continuación.

Eso fue todo.

Entré en mi caseta y cerré la puerta tras de mí. Apoyé la espalda en la madera y bajé a Bartolo al suelo. Después, lo saqué y lo puse en la ventana para que le diera un poco de luz antes de ponerme a fisgonear.

Cuando abrí el armario casi me caigo de espaldas.

Rosa. Casi todo era rosa y parecía de una talla que no me correspondía.

Yo solía llevar prendas oscuras y anchas.

No me gustaba llamar la atención, y esos tonos hacían daño a los ojos.

Cuando estaba al borde del colapso, la puerta se abrió y la conocida voz de Mercedes me tranquilizó.

—¡Cómo me alegro de verte! ¿El viaje bien? —comenzó a decir, hasta que se percató de la presencia de mi amigo—. Rita, ¿te has traído a Bartolo?

—¿No pensarías que lo iba a dejar solo en casa? Además, me da que no va a salirse mucho del entorno. ¿Me explicas qué es esto? —inquirí, señalando un sombrero blanco de vaquera con pedrería rosa. Cómo no.

—¿Te gusta?

—¿Tengo que decir la verdad?

—Oh, vamos, será divertido. Te expliqué que no era un manicomio.

—Estoy empezando a dudarlo…

—Mira, es sencillo. Vas a salir de tu zona de confort.

—Y del buen gusto —puntualicé al tiempo que sacaba una camisa con mangas en sisa y bordados.

—Estamos en el antiguo Oeste, querida.

—¿Y Narnia no estaba disponible? ¿Puedo escoger mejor ser el verducho de la siguiente caja?

—Rita, no te entiendo.

—Ya, es mi sino…

—Mira, eso es buena señal, ya estás actuando de forma distinta a como lo harías en tu entorno. Ven, te paso tu información para que la memorices antes de que empecemos —me pidió, acercándose a una mesa con dos sillas que había en un extremo de la diáfana caseta.

Obedecí porque no tenía claro cuánto tiempo podría seguir en pie, la verdad.

Por si no lo sabes —lo cual sería un sacrilegio, y esto lo sé porque soy fan de las distopías y no por mi superpoder—, se han vendido más de veinte millones de ejemplares en todo el mundo de la saga de James Dashner en la que me temía que estaba inmersa, y se ha traducido a más de cuarenta idiomas diferentes.

—¿Te parece bien? —me preguntó Mercedes, y yo me quedé con cara de imbécil, porque había disociado de una forma increíble—.

A ver, no es tan difícil, eres la que tiene el coeficiente intelectual más alto de todos los del grupo.

Tan solo lee las instrucciones y síguelas.

Yo estaré por aquí por si tienes alguna duda.

Mi papel será el de la doctora del poblado.

—En el antiguo Oeste, los dentistas eran los barberos —solté en voz alta, porque cuando me ponía nerviosa los datos salían de mis labios sin que pudiera evitarlo.

—Ah, es interesante saberlo… Te dejo, que me quedan más personas aún.

Nos lo vamos a pasar de maravilla —anunció, y se levantó de un saltito a la vez que se marchaba.

Cuando estuvo en la puerta se giró, me guiñó un ojo y agregó—: Hasta luego, Bartolo.

No acapares demasiado a Rita, que tiene que hacer amigos nuevos.

Nada, definitivamente, se le había ido la pinza más que a sus pacientes y la única cuerda que quedaba era yo.

—Bartolo, ¿dónde nos hemos metido? —me lamenté, tapándome la cara con los folios cuando leí lo primero que aparecía: la profesión que me había tocado para los quince días que estaría en aquel infierno.

«Me alegra comunicarle que será usted la sheriff del pueblo y se tendrá que encargar de socializar y solucionar los problemas de todos sus ciudadanos».

—Tierra, trágame…